martes, 11 de mayo de 2010

La poesía, dije hace poco, deja al escritor ágrafo trágico, porque al volverse la luz en unas pocas palabras, ¿cómo escribir sin mesura? La prosa, a fuerza de disciplina y constancia, puede ir tomando las aspiraciones del verso: reducir el mundo a un solo momento. Cuando eso sucede, cuando un escritor consigue que un lector pueda apreciar por instantes la compleja sucesión de lo real, el prodigio es factible. Por eso Borges insistía en el aleph, en eso que consigue la poesía. Esa aglutinación y síntesis que nutre el espacio poético.

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Luego es evidente que la prosa consigue otras formas de expresión, porque la palabra es ancha y ajena. Y de la misma forma que el novelista debe leer poesía, el poeta debe enfangarse en la prosa, revolcarse en ella y observarla por extenso. Por ejemplo, Thomas Mann. Por ejemplo, Proust. Por ejemplo, Pessoa. El ritmo de la prosa, la realidad nombrada, los temas que se cruzan revocan siempre a otra realidad velada que en el poema se manifiesta con la máxima claridad de la palabra, pero que en la prosa se muestra incluso con sus demasías.

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En esas demasías de la palabra, en ese material sobrante, hay renuncias que deben ser consideradas para saber atestiguar lo que no hace falta, como esas pinceladas sobre el lienzo que terminan difuminadas i sin integrarse. Me refiero a esas páginas lastimeras de algunos prosistas que esconden, más bien, un ego demasiado vistoso. Eso sucede cuando la narración se subleva a la realidad. Toda creación debe ser palabras a borbotones, nacidas de lo hondo...aunque lo hondo pertenezca al reino del silencio.

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En algunas ocasiones me dicen que no leo a los escritores de mi edad. Y ello sucede porque no considero la edad ningún criterio para la lectura. De cualquier forma, cuando voy a la librería, siempre (h)ojeo docenas de libros, sobre todo de poesía. Y sucedió la pasada tarde que, en uno de esos ejercicios de cata, leí unos poemas que me entusiasmaron. Poemas que, a la postre y tras una lectura atenta, han resultado jugosos y complacientes. Puedo decir, menos mal, el nombre de un poeta relativamente joven: José Luis Rey, La luz y la palabra –I- y –II-.