lunes, 31 de mayo de 2010

Algunos versos de Virgilio y un vasto jardín que anuncia la aurora. Un cuerpo tendido, que reclama las horas del insomnio, y una palabra a la espera de ser concebida como una luz. Cuando ella brote, el mundo surgirá y el hacedor de versos tendrá la conciencia de que acaba de otorgar los dones del olvido al mundo. Pero nunca tendrá en la memoria cómo fue capaz de nombrar. Toda poética es improbable. No puede retomarse ni caber en una explicación verbal el elemento mágico de la poesía. Está más allá donde se copian fugitivos los deseos.

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La noche es fruto incierto donde perece yerma la biblioteca en la que habito. Seré en los libros ajenos, jamás escritos. Porque el hombre es uno y ha sido todos, ha dejado la daga de los visires en la carne de los espartanos y ha soñado desde la flor encendida de la Alhambra como tú ahora lo haces. Hubo un hombre con tu rictus que soñó los océanos ensartados por el sol del poniente y eras tú como fui yo. En él quedaron aquilatados nuestra palabra y nuestros deseos. Estas palabras también le pertenecen.