viernes, 21 de mayo de 2010

En estos días, la mesa en la que escribo y leo está repleta de libros que no he podido ni siquiera abrir. Delibes, Trapiello, Gaya, E. Dickinson, Petrarca. Ante esta imprudencia, someto a juicio crítico la manía de la lectura, más bien, del hecho del iluso proyecto de la lectura cada vez que estamos en una librería y agarramos un volumen. En esas circunstancias, obviamos nuestra condición de mortales y nos alzamos en pequeños héroes macedonios que quieren ingresar en la posteridad por el mero acto de la valentía que hay en hacerse con una biblioteca que jamás será visitada al completo por nuestros ojos.
Pienso que la lectura es una coartada idealista para comprender el mundo y que todos los lectores de raza, son, en el fondo, hojeadores de un universo indescifrable a sus ojos, pero presentes en su fuero interno. Hojeadores de la luz, del alba, de la ciudad, del verde que empapa las hojas de las moreras. Qué importa los libros que uno haya leído o que haya hojeado. En el fondo, solo nos quedamos con un puñado de escritos que, en su momento, leímos con intensidad. Nos quedan libros que fueron significativos, esto es, que dejaron una señal en la que nos revolcamos, de vez en cuando, y volvemos a sentir la misma celebración de antaño. Son esos libros muy pocos y sobre todo de poesía. Y, precisamente, hoy he caído en la desgracia de comprobar que cada vez son menos los que dejaron un significativo cauce de encuentro.