jueves, 7 de julio de 2011

Definitivamente, música y palabra. El salón de casa está vertebrado por un puñado de libros y por un equipo para reproducir música. No hay más necesidad que eso, es sobrante, inabarcable, suficiente. Todo eso y el amor, que es amparo.

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Por diversas razones, releo algunas novelas de Unamuno y de Baroja y otras páginas de Gabriel Miró, Azorín y López de Ayala. Con todos, en sus virtudes, me deleito y confirmo que la prosa española ha obviado a algunos escritores sobresalientes que solo pueden devolver la sombra de lo que fueron.

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Desde esta mañana noto un rubor extraño, una sensación de amanecida insólita y una manera de observar cadenciosa. Ha transcurrido la mañana sin desasosiego lo cual no puede traducirse en complacencia. Hemos preparado nuestra excursión anual a Cabo Trafalgar y eso me tiene expectante, pues aquel lugar resulta pleno de sensaciones y ensueños. Las playas, los episodios históricos, los libros que han recreado tal acontecimiento y que percuten la memoria con solo recordarlos. Será una vista enigmática, como todos los años, y allí podré traducir las cadencias del sol bramando en la tierra, la usura del viento tajante sobre el mar, los equinoccios eclipsados del labio en salitre.