miércoles, 20 de julio de 2011

la mañana, -con su cara de sapo-, ha perpetrado la transparencia. Ella sucede sin más mediaciones. Es sin permanencia. Es sin que la luz sea notada, sin que la noche la trastoque. Extática y viuda. Meditabunda y solemne.

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Después de leer un buen rato algunos poemas, pienso que deberíamos diferenciar la poesía y el poema como asuntos de un mismo fenómeno. La poesía entendida como una entelequia, un sueño, una premonición, una idea, una sustancia, un continuo. El poema, el lugar de sus apariciones.

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¿Podemos exigirle al poema el ser de la poesía?

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En el desarrollo de un arte por parte del artista hay un punto crítico, un punto de paso. En él aparece el momento del imperativo supremo e irrenunciable: no hacer lo que ya ha sido hecho.

Podemos entender que una obra está acabada cuando se ha completado una fase humana. Con su conclusión también se pierde por siempre el estado de la obra de arte. Solo los genios, por tanto, mantienen perenne, durante toda su vida, un estado exclusivo, único, singular. La mayoría solo optan por estaciones caducas de lo humano.

Llegados a este punto es habitual que el creador consigne una obra incomprensible y que, en principio, solo responda a unas ansias inexplicables. La poesía es el género que mejor refleja estas palabras, pues ni el poeta mismo es consciente de su creación hasta que no pasan unos años y hasta que no se produce la transformación necesaria en el ser. si esto no ocurriera, ni él mismo sería capaz de tener consciencia de la creación. Los ejemplos de esta consciencia liminar los tenemos en Beethoven, Miguel Ángel, Bach, Velázquez, Rilke o San Juan.

La poesía hace que la realidad sea deseada, que lo que veamos nos exalte, que lo sensible se haga más sensible. Es una intensificación del estado mortal al que pertenecemos. Como dice Paul Valèry: “Toda obra bella es un estado cerrado. Resplandece muda”. En esa mudez debemos conformarnos, pues en ella podremos escuchar la música más inhumana posible.

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Caemos en el error si pensamos que el arte contemporáneo supone el arte primitivo. En cualquier caso, en el primitivo ya está insinuando el contemporáneo. Depende del artista convertir la insinuación en realidad artística.