domingo, 24 de julio de 2011

Si Homero o Cervantes no hubieran existido no estaríamos hablando hoy de la literatura tal y como lo hacemos. Si Dante o Virgilio, Shakespeare o Rilke no hubieran sido engendrados, probablemente el curso del teatro y de la poesía hubiera sido bien distinto. Es por ello por lo que me pregunto que cuando Valéry, -y en buena medida Benedetto Croce-, opinaba sobre la historia de la literatura, nos estaba marcando un problema futuro. Una historia de la literatura es la historia de un puñado de escritores y sus obras, sus obras sobre todo, pero de escritores que han aportado una nueva manera de leer y de escribir a la humanidad.

Estos vericuetos del discurso literario podrían llevar a la escritura de una obra conjunta, ingente, poliédrica en que cada escritor ofrecería un universo distinto del otro y en el que las influencias serían tomadas, no como la piedra de toque o el detonante de la aparición de una nueva estética, sino como una circunstancia fluctuante, asimilada por el espíritu de un individuo que continúa por las insinuaciones no escritas. Es decir, podría escribirse una obra enciclopédica, como de botánica, en que cada autor y sus obras fueran comentadas. No ha sucedido así, hasta el momento en el acervo hispánico.

Es tradición analizar las obras literarias con demasiados membretes y con el amparo de criterios más académicos que estrictamente literarios. Las Universidades deberían ceñir su trabajo a la elaboración de un trabajo hercúleo, desmesurado para un solo hombre, que consiste en la escritura de las líneas maestras por las que se han conducido las obras literarias. Es evidente que un hombre solo no podría realizar dicha tarea, pero sí una Facultad compuesta, en teoría, por eminentes estudiosos y lectores muy capacitados no solo para leer sino para transmitir lo leído, pero, ¿está la Universidad llena de lectores magníficos, óptimos, para dicha tarea?

No ocurre así, sin embargo, ya que los estudios literarios están muy apegados a la supuesta originalidad de los planteamientos y a la necesidad de escribir sobre un escritor o una obra de la que nadie tiene noticias. ¿Qué aportan esos estudios a los estudios literarios o a la Teoría de la Literatura? En este sentido, los nuevos estudiosos que realizan sus tesis están mirando únicamente por su futuro individual y no por el devenir de los estudios literarios en general. Existe, de esta forma, un problema ético que inunda una buena franja de los que sientan cátedra, supuestamente, desde las Universidades, pues ninguno defiende el hecho literario en sí, sino sus más miserables pretensiones personales. Es así como un estudioso vuelca diez o quince años de su vida en estudiar a un escritor peregrino sin haber leído jamás la obra de Petrarca o la de JRJ, porque ninguno de los autores mencionados le interesa para sus estudios. ¿Cómo es posible que la mayoría de los profesores universitarios no hayan leído a Marcel Proust o a Tólstoi, a Platón o a Pessoa y puedan enseñar qué es la literatura? Ya lo ha escrito Bayard, se ha desarrollado la técnica que habla de los libros que nunca se han leído.

Las obras que muestran claras influencias, intertextualidades evidentes o que rubattean con los temas o las propuestas formales de los autores precedentes no marcan, en conclusión, la pauta de interpretación más adecuada. Están, los lectores modernos, demasiado apegados a la deconstrucción del texto y olvidan su dimensión como discurso, esto es, como discurso literario que comunica más allá de su construcción formal y su entramado de hipertextos. Desde ellos, pero trascendiéndolos.

Un autor transmite una cosmovisión gracias a la palabra, es cierto, pero no solo gracias a ella. Hay que acercarse a la literatura como un hecho estético, de una época, como una disciplina más y no como la única.

Es innegable que si Garcilaso no hubiera actuado de aquella forma o si Rubén Darío no hubiera hecho lo propio, quizás la literatura española no sería la que es, pero es igualmente innegable que hubiera sido otra, no con menos cualidades o menos certera, sino otra, distinta, singular en la misma medida.

Por tanto, no puedo dejar de escribir en esta mañana de domingo que los estudios de literatura deberían replegarse y replantear de nuevo sus finalidades, así como los nuevos estudiosos, profesores y críticos deberían comenzar a leer en serio las grandes obras que han hecho posible que la literatura siga viva, la literatura en cualquier idioma, porque si solo tuviéramos las obras de las últimas décadas, la literatura andaría muerta, yerma, difunta total. Y un estudio sobre una obra inane resulta igualmente mediocre.