domingo, 10 de julio de 2011

Ha expresado el poeta su impotencia y lo ha hecho, normalmente, otorgando la escasez de fuerzas a su intelecto y a su sensibilidad. Lleva meses sin escribir un poema que a él le parezca digno para seguir en construcción. Esa incapacidad en los poetas es circunstancial y, diría yo, necesaria. Cumple un ciclo que se completa con la producción, con la creación que, al final, termina siendo otra incapacidad tal que la agrafía. ¿Qué diferencia hay para el poeta entre escribir un poema y no escribirlo; hay satisfacción plena acaso en uno de los dos procesos?

Según esta interpretación, el poeta deberá aprender a edificar en la agrafía y a silenciar en la creación. Como fuerzas centrífugas y centrípetas, en el equilibrio de ambas podrá hallar acaso algún fruto incierto en su vida. Mientras tanto, todo es un fervor de continuo paso, de meditado estar, de imposible definición. Sabe la fidelidad del poeta que en el algún momento recobrará el ímpetu necesario para volver a escribir, pero, igualmente, debe aprender que, si ese momento no llegase más, solo la espera será suficiente.

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Transcribo unas notas escritas en un cuaderno comprado en Roma, con las tapas en marrón, de piel. La caligrafía refleja la impaciencia en que fueron escritas en Italia. No recuerdo bien si están ejecutadas con el bolígrafo que me regaló M.C. hace ya más de un año. Esas letras intentan explicar torpemente lo inexplicable, por eso todos los intentos son fallidos de antemano y las leo con estupor, decididamente turbado.

El proceso de creación en el poeta. El proceso que incluye la agrafía y la desmesura verbal. El ciclo en que uno escribe sin saber qué está realizando esos meses, pero que incluye un periplo de silencios, renuncias, solo tanteo y deseo. No desistir en ninguno de ellos, mas no otorgarle supremacía tampoco.

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Así pensado, el proceso puede que se distribuya en tres fases: escritura, barbecho sensible y estado de fervor. El primero se identifica con los tramos en que el poeta escribe, borra, prueba, explora sin saber a dónde se dirige con ello. La segunda coincide con el estado de la lectura, del acercamiento silencioso a lo que otros llamaron el daimon y, por último, el estado de fervor que coincide con una mixtura de los procesos anteriores: lectura, escritura, pero únicamente como un paso de depuración, como un rito de paso al estado de equilibrio que se produce al comienzo.

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Si alguien llegara a leer estas imprecisiones podría pensar que estas palabras son demasiado endebles y que soslayan diferentes cuestiones de la creación. Las fases que había escrito en Arezzo creo que se dan al mismo tiempo, como una armonía completa. Solo si falta una de ellas el poeta deja de serlo, pero solo por unos compases de espera. En ese tiempo, el pentagrama de su vida solo soporta las marcas del silencio, solitariamente establecidos en la clave armónica de toda una vida.