sábado, 2 de julio de 2011

Preparo un spritz con todo el ritual posible. Por supuesto, siempre que lo comienzo a preparar, me imagino que Mauricio Wiesenthal está observando cómo lo preparo y que nos encontramos en Trieste, delante de la casa en que vivió Joyce.

El spritz en Trieste es distinto, le añaden anguria y eso le confiere una cadencia especial en relación al que puedas tomarte en Venecia, por ejemplo. Así que lo preparo recordando la estancia en la tierra de Svevo, Joyce y Magris.

Cuando preparo el segundo, me traslado a Venecia. La Plaza de San Marcos recogida por las melodías de Vivaldi. Allí, sentado junto a M.C., degustamos un spritz de la casa, en el café Florian. El camarero acaba de atendernos con un señorío atractivo y con italiano susurrante. Nos recomienda el spritz Florian porque dice que lleva albahaca molida que casi no puede percibirse en el trago, pero que se degusta en el paladar. La historia de la palabra basilico (albahaca) nos tiene ensimismados y por eso, siempre que podemos, añadimos basilico a cualquier ensalada o cóctel o pizza que elaboramos.

El verano es ya irremediablemente Italia. Lo es porque la luz allí convoca la eternidad y porque si el amor posee una geografía, la nuestra es el canto de las cúpulas y el desiderio de los puentes.

Sin embargo, escribo todo esto desde Bologna y después de haber estado unos días en Ravenna. Quizás la emoción transfigure la esencia en deseo y ejecute, en las palabras de un hombre, la mayor de sus ficciones.