miércoles, 13 de julio de 2011

Como una sinfonía que vuelve a una coda con variaciones, el diario es la vida en sí. De esta forma, a pesar de que vaya ofreciendo variantes y modulaciones bien distintas a lo largo de los años, vuelven a aparecer las mismas inquietudes, las mismas pretensiones con que fue inaugurado. En el periplo en que se metamorfosea, el autor deberá ir seleccionando las posturas más adecuadas del alma, insuflar en el ánimo solo lo verdaderamente necesario y pertinente.

No sucede así con ningún otro género o convención, pues la poesía es fruto de la ausencia y la novela la ambición del ego que quiso ser demiurgo. Ni una ni otra sostienen lo que el diario: las variaciones embemoladas de una vida ajena.


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Me advierten de que acaban de verme por un lugar en que nunca estuve, que me mostraba triste, meditabundo, dubitativo. Incluso me dejan muy trastocado unas palabras acerca de los últimos textos que uno va urdiendo, pues parecen que flojean y que no poseen lo vigoroso de entonces. Todo eso me deja en un limbo momentáneo, justo en la frontera para dejar de escribir por siempre y dedicarme a leer, únicamente a leer, pues probablemente es el acto ético más rotundo que jamás realicemos en la vida.

Sigo pensando en el doble, en el oscuro hermano gemelo, en el otro que transita con mis palabras, mis obsesiones, probablemente percuta la música de piedra en sus retinas. Ese juego me fascina y recuerdo, cómo no, a Borges, sentado en un banco en que estaba el propio Borges. También recuerdo el poema de Coleridge y sus flores y sus sueños. Una mezcolanza errática que no logra redimirme de mi extravagancia.

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La vida va cargándose de atracciones y, sin duda, la más potente es la música. Ya Berkeley se preguntó cómo es posible que nos sintamos atraídos por algo que niega las palabras y cualquier atisbo discursivo o gramatical. El filósofo estaba conjeturando algo más profundo: ¿cómo es posible que concibamos algo inconcebible? Recuerda este episodio Steiner en Errata y dice al final del mismo: “Ante la música, los prodigios del lenguaje son también sus frustraciones”.

Pocas situaciones se han aclarado en el estudio de qué es la música. Ciertamente, los filósofos que se han atrevido con ella, -pocos, muy pocos- solo han llegado a la misma conclusión, la que Shopenhauer determinaba con el alfa y el omega del ser. La música es anterior a las palabras y las traspasa igualmente, las sobrevive y reconfigura. Las palabras parecen derivaciones imperfectas de la música y toda la aspiración de la poesía, todos sus recursos aspiran a ser musicales. Parece que Orfeo meguó de músico a poeta cuando no cejó en su empeño de volver la vista atrás. La música, la fe, la invisibilidad, lo permanente, lo intuitivo. La palabra lo visible, la vuelta atrás, la confirmación de que e amor fue a los infiernos.

La palabra está sujeta a la segmentación espacio-temporal. Su sintaxis solo puede ofrecer fragmentos más o menos lógicos, una interpretación monocorde, absolutamente monocorde. La percepción de tiempo solo puede darse en segmentos, en trancos ordenados por coordenadas que no pueden llegar a contagiarse, por mucho que los escritores lo hayan intentado, entre sí. El discurso de la palabra es lineal.

La música es todo lo contrario: es polifónica, armónica, conglomerada, sin principio ni fin, sin anclajes en un antes o un después. Ni siquiera existe el ahora. No hay deícticos en la música. No hay verdad o mentira en la música, ya que ella no se encarga de discernirla. Está, como supo Nietzsche, más allá del bien y del mal. Y eso es un imposible para nuestras palabras, las nuestras, lo que somos.