lunes, 25 de julio de 2011

Tengo enfrente la inmensidad del mar, en ella estoy, en ti, todo, sin mí. Enfrente, las aguas del mediterráneo, las aguas que han presenciado trances de la humanidad fundamentales. Lo observo quedo, con la llanura de la plata quieta. Entre sus aguas, los matices son más elevados que entre los hombres. Y al fondo parece que lucha por mantenerse entre su inmensidad, por mantenerse entre la acechanza ingenua de la noche.

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A veces escribe uno unas notas en el diario sin que nunca antes lo hubiera tenido planeado, quiero decir que, en la mayoría de las veces, llega uno a estas páginas solo para mantener una relación delicuescente con la literatura.

Ocurre casi siempre. Como suceden los días que, aunque estén estructurados y planeados, siempre pueden ofrecer una declinación o un matiz necesario para seguir alimentando lo mortal que nos atraviesa hasta los tuétanos. Por ejemplo, nunca observé el verde esmeralda ni conocía las virtudes de la buganvilla roja.

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La poesía, como la roca rodada por el mar, como los aires que provienen de donde es imposible decir dónde, es el misterio de lo que presenciamos con los ojos vivos de los cuerpos muertos.