viernes, 1 de julio de 2011

Todos los veranos los comienzo escuchando Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla. Esas piezas escritas para piano han sido, desde mi infancia, como un bálsamo. Es una obviedad que hasta que no escuché a Falla no pude leer a Lorca, quiero decir, entenderlo y realizar una lectura cabal y certera. Fue entonces cuando los poemas del granadino adquirieron en mi conciencia la pasión que hasta ahora les profeso.

En este sentido, es cierto que me sucedió lo mismo con Góngora y con Antonio Machado, dador verdadero de mi conciencia poética. A pesar de las divergencias y las propuestas estéticas tan dispares de estos tres autores, gracias a Falla pude desentrañar lo que de común había en ellas.

No sé si se trata de una materia oculta o de un sustrato cultural que los creadores adquieren debido a la geografía en la que vivían. No seré quien defienda los localismos ni por supuestos los provincianismos que Ortega tanto enjuició, pero sí diré, al rescoldo de estas páginas peregrinas, que hay una luz, un aire, una naturaleza y una cosmovisión en el sur de este país que no encuentro similar a ninguna otra sociedad que conozco.

Es por eso por lo que en la música, en la forma más elevada y pura de creación y de recepción del arte, hallé un subsuelo oculto de decires y nostalgias que, cada verano, regresa con la silueta de una noche que se transfigura en jardín, en limonero, en aurora volcánica o en columna de záfiros.

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Los veranos eran tiempos de poemas. Recuerdo que el colegio era una extensión de las playas que tan cerca teníamos. Desde el colegio podíamos ver el Coto de Doñana, apreciar la llegada de los barcos, vislumbrar a lo lejos el esqueleto informe del barco del arroz, percibir la fragancia del salitre y del yodo o confiar en el anuncio del siroco o del levante o del poniente. En esas circunstancias leíamos los romances recopilados por Menéndez Pidal, Flor nueva de romances viejos. Fue en ese entorno cuando comencé a estudiar música y a interpretar con la flauta dulce las pequeñas partituras que se añadían en la edición de marras.

Fue igualmente cuando cayó en mis manos el primer libro de poemas de Antonio Machado y cuando la maestra, Manuela Escobar, trajo anuncios para mi vida de la obra de su hermano Manuel. Tendríamos doce o trece años si mal no recuerdo y desde entonces pertenezco a la raza mora. A esas lecturas con fruición de los poemas de Machado se añadían no pocas reflexiones sobre pintura y, en ocasiones, la maestra nos preparaba para escuchar una ópera de Verdi. A estas manías que tanto le debo, he de sumar en la memoria, las tribulaciones de un maestro de matemáticas, -Alfonso Perales, creo recordar-, un melómano sofisticado que nos hacía escuchar Réquiem, de Mozart, mientras completábamos un examen de matemáticas.

A estas prácticas se sumó la aparición de un músico llamado José Antonio López quien, con un entusiasmo límpido y verdadero, insufló para siempre en mi persona la pasión por la música.

Jamás podré devolverles a ellos todo lo que me han dado y siguen dando, porque gracias a estos resortes puede uno llegar a ser lo que es y lo que está siendo. Apenas nada, es cierto, pero apenas también la evidencia de que cuando un hombre concentra su vida en una pasión, en un fuego de entendimiento y lo transmite de la misma forma que lo siente, traslada la llama de amor viva más allá de su prole y genealogía.

Así que, con el paso del tiempo, cuando en mi vida se atraviesa alguien de la que me provienen remembranzas antiguas, no puedo dejar de advertirle con mi agradecimiento, porque a los nombrados anteriormente nunca pude decirles lo que tanto los quería, ni lo que tanto agradezco ahora y siempre.