lunes, 22 de septiembre de 2014

LO HE llamado Cuaderno de París y he comenzado a escribir en él unas prosas encadenadas que parecieran tener a un solo sujeto por hilván. Puede que este cuaderno no sea más que una suma de cuadernos imaginarios, de estancias especulares por las calles, los bulevares, los jardines, los museos de París. El viaje, sin embargo, ha sido distinto a los demás, pues he viajado solo, -sin M.C., sin E.- , y las caminatas han ido adquiriendo una suerte de celebración de estar vivo, llanamente vivo. 
El viaje no termina con los aterrizajes y los despegues; existe una psique que moldea el tránsito del cuerpo y del espíritu. Una suerte de iter vitae eventual, que formula una consciencia aunque tan solo perdure unos meses. En ese tramo estoy, soy todavía en los pasos allí.  Sigo tan allí, tan presente por los bulevares, tan  enquistado en la magnificencia de la piedra encendida, que aún conservo el olor húmedo de su cielo en cada recuerdo.
Tengo las costumbre de ir guardando algunos tiques, boletos, trípticos de los viajes para luego pegarlos en los cuadernos. Me parecen la ilustración más obvia y plural, realmente metafórica,  de lo que fue todo a pesar de estas divagaciones tan cercanas a la ensoñación.  Vivir es actuar en vida. Las acciones permutan con las palabras para la literatura. Lo que fue y lo que pudo haber sido en una misma memoria. Sea cual sea la virtud de escribir existe aún un misterioso componente que lo jalona todo hasta darlo en armonía.

He tenido la suerte de estar muy bien acompañado. Jaime me ha brindado la oportunidad de residir en el Colegio de España; no solo de eso, sino de compartir sus ya gigánticos conocimientos sobre los textos, los manuscritos, las ediciones, sobre todo, de los siglos áureos.  En él la filología de pureza, la que ensalza el texto por encima de todo, la que predica, como tenía a bien Alfonso Reyes, que la filología es “el arte de leer despacio”. Cuanta falta hace leer con lentitud entre los escritores. Con la lentitud con que puede escucharse los ecos de la belleza antigua en los odres nuevos.

sábado, 20 de septiembre de 2014

EL otro cuaderno muestra un retrato de Castiglione realizado por Rafael en 1519. Siempre me fascinó ese retrato: las manos recogidas en una secuencia semiespiritual y carnal al tiempo, la vestimenta y la paleta de grises y blancos en la escena, la barba más modernista que cualquier modernismo, casi sugerida, la pose serena, sostenida del personaje y, sobre todo, la mirada de lapislázuli del individuo. Toda la figura resume un espíritu y, eso mismo, en la pintura, es una virtud innegable. 
Más allá de la admiración casi religiosa por Sanzio, al comprobar que el cuaderno quedaba ilustrado por ese retrato, no pude más que comprarlo. Estuve un tiempo considerable delante del cuadro, solo, injustamente solo, pues ningún turista prestaba atención ni a la importancia de Castiglione, ni a la pintura en sí. 
Destaca el blanco de su camisola en el entorno grisáceo que la rodea. Por sobre todo, la contenida y nítida mirada estoica: las pasiones quedan sumidas en una serenidad que el cuadro transmite. Esta pintura comunica el entendimiento de una idea de la realidad, la de la armonía y la contemplación.

Cuando me encontraba en el Louvre contemplando el cuadro me senté a escribir. Lo hice en el Cuaderno del caminante y en él dejé algunas anotaciones. Sin embargo, comencé a leer lo que de antiguo estaba entre las páginas del cuaderno. Hay en ellas unas palabras de Paul Valèry, a saber: "Nuestro propio espíritu, nuestra -conciencia, nuestra memoria, nuestra- vida no son más que una probabilidad, a cada instante". 

Quizás la pintura forma parte de esa galería de actos que conforman la consciencia. La entelequia de estar vivos, de ser vivos, resulta una especulación constante con lo vivido. En esos reflejos, las lecturas, la pintura, la música, las artes todas tienen un lugar de privilegio pues no solo ocupan ese espacio imaginario, sino que lo conforma y establece sus dimensiones y sus mecanismos. Vivir en el arte es entregarse a los actos del arte. 


jueves, 18 de septiembre de 2014


LA VIDA azota de esa forma, con esas encrespadas presencias que parecieran desmembrar lo que pensábamos unidad. Sin embargo, en esos golpes, zarandeos, virajes, la vida va figurándose tal y como es, con sus fauces y sus paradojas. 


Mi admirado Paul Valéry prefería ejercitar su mente, "hacer" su mente. No deseaba construir libros de ficción, sino explorar su propia condición humana en una permanente lucha entre lenguaje y pensamiento. Colosal tarea que, desde joven, Paul tomó como el único sentido de su vida. Fruto de ello son los Cahiers, quizás la ficción más humana de la literatura moderna tras los ensayos de Montaigne. Tan solo Zibaldone di pensieri de Leopardi comparte la naturaleza humanística de estos escritos, también Novalis y algunos escritos de Rilke se acercan a la magnitud de la prosa de Valèry.  En cualquiera de los casos, nos encontramos ante el fenómeno literario y artístico por antonomasia, upe son libros que elevan (convierten, metamorfosean, conjuran) el yo de un individuo al yo plural y universal.  
Esta misma respuesta tuve que haberle dictado a J. cuando paseábamos por París y cuando me puso por delante esta disyuntiva, a de hacer una obra narrativa de ficción, una novela, un cuento, un artefacto de cualquier pelaje. Debí decirle a las claras que no poseo la capacidad de crear ficción entendida como la edificación de un mundo como si uno fuera un demiurgo con todo previsto y con las técnicas necesarias para que la maquinaria funcione con sus engaños y sus retoricismos.  Aunque, como advertía Valèry, ¿qué son estas notas si no huellas de una sombra, ecos de un figurante en el teatro del mundo? Palabras con referentes escurridizos, acaso inexistentes, tan solo proyecciones en la caverna. ¿Qué es la literatura después de todo?


IRONIZAR es ausentarse.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

13 de septiembre de 2014, París

ANTES  de entrar en el Louvre decido comer. Hoy paseo solo por la ciudad, pues J. tiene asuntos pendientes de su trabajo que le impiden acompañarme. Por un lado me apena ese hecho, pues dejamos d¡conversaciones todavía muy crudas y faltas de profundidad, pero, por otro lado, decido actuar con la máxima alegría. Solo, en París, una mañana de septiembre. 

Es temprano, el mediodía casi está asomando por las calles aledañas al edificio. Aquí, me digo, almuerzan más temprano que en España. Esa apremiante necesidad de almorzar del resto de ciudadanos termina por contagiarme. Y decido comer yo también. Solo, en París, en una mañana que no se caba nunca.

El lugar se llama Chez Claude y posee una carta para los comensales que va precedida por una cita de Proust. Decido, al verla, entrar sin más miramientos. Mientras voy acomodándome recuerdo la visita al Museo de manuscritos y documentos sito en el bulevar Saint Germain. Los de Copérnico y Petrarca fueron los que más me sorprendieron, a pesar de la valiosa y diversa colección que contemplamos con minuciosa atención. Esta mañana estuvimos desayunando juntos y recordamos algunos pasajes del día anterior. 

mediodía
El tiempo es el enigma. El tiempo pasa, se escurre, sin embargo, seguimos siendo sin comprender. 

Tomo café en el Marly. Es mediodía y el sol azota los ritmos de la plaza del museo. Antes de entrar definitivamente decido dar otra vuelta que atraviese Isla de St.Louis, Notre Dame, St. Germain y la Rue de Rivoli. No se me olvida que ese mismo día debo pasear, quizás cuando termine en el museo, por el Jardín de Luxemburgo, Tuilliers, Quai du Seine, Rue Dauphine, quizás como esa mirada que advierte que pronto dejaré de estar aquí.  Anoto todo como si estuviera trazando una ruta secreta, que condujera a un tesoro escondido renacentista. Llega la noche. El aire fresco de madrugada acaricia cada sílaba prendida. 

martes, 16 de septiembre de 2014

HE TRAÍDO de París dos cuadernos. Uno de ellos es para M.C. y representa, con doble solapa, en colores grisáceos, un detalle del Plan de Turgot diseñado por Louis Bretez y grabado por Claude Lucas. La perspectiva muestra el coeur de Paris; las dimensiones son afinadas y preciosas. En cuanto lo vi supe que debía llevarle esta dádiva a quien tan feliz me ha hecho desde siempre. Cuando lo estuvo revisando sus manos comenzaron a acariciar el lomo, las páginas y su imaginación comenzó a irradiar una contenida sonrisa. Esa minúscula nota de complicidad me provocó un derrumbe del que aún tengo sus ecos en el recuerdo. 

He ido escribiendo en Cuaderno del caminante algunas notas mientras, de vez en cuando, cesábamos de pasear o decidíamos tomar algo, algún vívere que nos hiciera resurgir con nuevos bríos. Cierto es que J. ha sido un perfecto y exquisito anfitrión, a pesar de que se haya convertido marxista y defensor del materialismo histórico por momentos, quizás los menos, puede que nunca, qué sé yo, a lo mejor buscando el diálogo y la fructífera palabra contrapuesta. A él le debo la fabulosa estancia y los días en París de esta nueva llegada a la ciudad. Siempre atento, los dos fuimos con el escalpelo ante las cajas de libros, ante ediciones extrañas y arcaicas. Su zancada es la cdd un centauro y a uno le costaba esfuerzo seguir el ritmo alargado de sus pasos. Todo parecía congraciarse cuando, ante unas viandas, unas copas de vino, se sucedían las disquisiciones sobre esto y aquello. 

En París los tejados son de cobre fundido y de oros en la piedra. Altos, pertrechados de voluptuosos acabados, el caminante se siente envuelto  por una portentosa magnitud que lo sublima a la pura nada. 
Los pasos allí no encuentran sentido ante la inmensidad; pierden el centro tan vivamente como Cortázar supo entrever. París son concéntricas vueltas hacia una mismidad, a diferencia de otras ciudades, ninguna plaza es la plaza central, ninguna calle es más céntrica que otra. Es el caminante el que establece su propio centro, su propio meandro arrebolado y el que irradia, acaso, desde sí mismo, su fragancia de sombras, sus labios de nenúfar acabado. 

martes, 9 de septiembre de 2014

DUERMEN las dos en la habitación de arriba. Sigo leyendo mientras suena música de Corelli. Encima de la mesa están los libros de Julio Mariscal y de Ángel García López. No me he alejado de ellos ni un momento desde que llegaron a casa esta tarde. El primero, por esencia lírica y por haberlo leído casi al unísono con M.C; el segundo porque me hace feliz que Ángel y Javier lo estén y hayan quedado satisfechos. 
Poseo esta noche una extrañeza enorme pues me complace, como nunca, el atisbar en los otros una complacencia. Eso, que tan alejado está de la tarea solitaria del lector y del escritor, me ha conmocionado. Tras hablar con los dos por teléfono he roto en llanto y en una tremenda sensación de gratitud. 

El jueves comenzaré el regreso a París, que no se acaba nunca. Ya mis pasos allí, mi memoria tomada por los recuerdos. Qué viveza siento cada vez que imagino los paseos por la ribera y los encuentros con los bulevares; los atardeceres en los jardines, acaso aquel café solitario en Sain-Germain-des-Près que dejé al socaire de los susurros de Borges. Regresaré al restaurante Polidor para saborear un pollo y un vaso de vino al tiempo que silabee las páginas iniciales de Cortázar y los fragmentos de mi querido Ernest en aquellas barras ya antiguas y baqueteadas. Paseos eternos, cafés insondables con un cuaderno y un bolígrafo. Todavía añoro aquella pueril entonación de querer vivir como los escritores sin norte, como quien espera el alba de no se sabe qué belleza. Vivir acomodado a la lectura y la escritura en aquellas habitaciones minúsculas para poder pasear por el Jardín de Luxemburgo. Recuerdo que me deslumbraron los puentes y que el puente del que se arrojó Celan me provocaba unas náuseas momentáneas. Las aguas del Sena, la piedra encendida del amanecer, la lengua francesa, los jardines, cementerios, bibliotecas...el paisaje desde Montmartre. 

De todo ello pareciera alejarme lentamente, de todo incluidos la memoria. La certeza reside en seguir siendo, de continuo, un pasajero de sombras, un círculo irradiado que recorre lo ya vivido por la consciencia, una mera estación del ser fugitivo. 

   


domingo, 7 de septiembre de 2014

PONGAMOS por caso que existe un ciudadano llamado Ryszard, un ciudadano  que nació en Polonia en 1932 y que murió en 2007. Este señor consiguió, a pesar de todas las rémoras posibles, estudiar la carrera de Historia y formarse en distintas materias culturales que irían macerando lo que después, tras sus muerte, ha quedado de él. Poco a poco, Ryszard logró emparentar la cultura, la lengua, los viajes y su propia cosmovisión en una sola cosa: literatura. Hecho de índole especial, mágico, que pasa inadvertido por los muchos pseudoescritores que luego han querido apoderarse de su genio y visión y adherirse, sin consciencia, su singular maridaje entre vida y cultura.  
Al cabo de los años y de las experiencias que sus viajes y sus lecturas le iban procurando, logró escribir un puñado de libros valiosos. Uno de ellos, el que más adoro, se titula Viajes con Heródoto y, para colmo, posee una portada que utiliza una pintura de mi admirado Durero. La acuarela es un apunte al natural de una liebre que resulta perfilada con una minuciosa cadencia de todos sus trazos. Pelo a pelo, gesto a gesto, matiz a matiz, la acuarela resalta las grandes virtudes de la liebre a pesar de presentarse en quietud. Durero estuvo interesado en plasmar los animales exóticos que iban conociendo los expedicionarios de la época y nunca antes nadie los había retratado de esta forma. Durero y Kapucscinski conciliando los mundos conocidos.  

Los primeros tanteos de Kapuscinski con la historia antigua surgió de la mano de una profesora que dictaba unos apuntes y referencias que los alumnos iban anotando, cuidadosamente, en unos cuadernos que, a la postre, eran la única fuente de información para esos pupilos. Podría decirse que en la infancia de este escritor no existían las bibliotecas, no había llegado Internet; las bancas de la universidad eran largos tablones en que se sentaban estudiantes campesinos en su mayoría y maltrechos. El mundo que lo rodeaba estaba falto de ingenio, repleto de ilusiones desnortadas. Cuando la profesora enseñaba una lámina de una escultura antigua los alumnos proyectaban esa realidad como una ilusión fantástica que jamás hubiera existido. El trastoque que había sufrido la sociedad de 1951 en Varsovia provocaba que los estudiantes no pudieran entender plenamente aquella realidad antigua. Sin embargo, esa virginidad en la mentalidad de esos jóvenes estoy seguro que procuró al joven Ryszard la voladura de su imaginación, la proyección sin rémoras de todas las posibilidades. Cuando Heródoto apareció en la entendederas del joven estudiante comenzaron a detonarse todos los deseos de vida que estaban aletargados en él.  La liebre, el conejo están asociados en las tradiciones distintas con los astros de la noche. Duerme de día, despierta de noche, qué mágica entonación del hombre mismo. 

jueves, 4 de septiembre de 2014

AYER, por la noche, subí de nuevo a la azotea para tratar de encontrarme. Estaba solo, puramente respirando y resguardado en un trino de jazmín. La noche preparaba su aposento mientras la dimensión de las palabras alcanzaba un indefinido significado que todavía ulula en el recuerdo. No deseaba dormir a pesar del cansancio y de la extrema somnolencia; quería vivir, sentir el golpeo y la válvula en el pecho. Respirar, respirar profusamente sin nada más pues en ese ejercicio se alcanza, quizás, la más sublime de las estancias para un hombre. 

Después del expurgo y de la recolección de los libros vienen las dudas. Pienso que no tendría que haber eliminado aquel volumen de las baldas o aquellas ediciones de antaño. Sin embargo, un sosegado estoicismo va apoderándose de todo lo que hago y recuerdo a Sócrates deseando tocar la flauta la noche de su muerte segura. Lección poderosa e indolente del vivir. Los objetos, las acciones quedan, van adquiriendo una pátina de finitud. Siento muy cerca la epidermis de la muerte. 

Ahora estoy observando las fotos de Italia; la de aquella tarde en Arezzo y la de aquella otra tomando un spritz al socaire de la bora en Trieste. Habíamos paseado esa tarde por los alrededores del Castillo de Duino y gustado del color extasiado del Adriático. ¿Quiénes fuimos?, me pregunto, ¿para qué la vida? Reímos en esas imágenes y parecemos complacidos con los augurios de aquella tarde de hace ya varios años.  Supongo que lo vivido tendrá esa dimensión del olvido negro, del golpe fastuoso con que vamos dejando de ser. 

Leer o releer. Hace poco un compañero me describía la lista de libros y de autores que estaba leyendo. No conocía a ninguno; ninguna de esas obras me interesaba; antes al contrario, todo me parecía una nebulosa artificial. Le dije que me conformaba con aprender de memoria algunos pasajes de Virgilio, otros de Dante; algunos versos de Rilke y con tener, tras eso mismo, la consciencia encendida.  Ante mis palabras se quedó extrañado, más aún con sus preguntas, ¿Virgilio ahora?, me dijo. Al término de su disquisición sonreí gratamente.    

miércoles, 3 de septiembre de 2014

SÉ que todo va alcanzando su natura, es decir, la inconsistencia de ser.

martes, 2 de septiembre de 2014

EN OCASIONES, todo se revuelve, incluidas las certezas. Y ello conlleva una turbación esporádica, tan eventual como nuestra existencia. Es una miniatura de lo que somos, destello contenido de la avidez de misterios a que estamos sometidos en cuanto levantamos los ojos más allá de nosotros mismos.  

domingo, 31 de agosto de 2014

ACONTECE la noche y me encuentro solo, en una habitación, escribiendo. El silencio perturba el colorido taimado de la noche porque lo adentra en un confín a mis ojos. Tan solo se escuchan las teclas del ordenador al roce de mis dedos; los objetos resultan recogidos en sí mismos, en sus contornos; la aritmética de todo parece conjugarse en su más alto punto de armonía. 
Aquí estoy solitariamente empedernido con la lectura y pensando en el episodio del caballo de Montaigne. la vida se entrecruza con las ideas que han vertido los libros en el lector. Para el recuerdo y la memoria las lecturas forman la misma realidad etérea que cualquiera. Lo más evidente es entonación, la más remota realidad es plena irrupción de lo real para un lector. Quizás, por esto mismo, la noche es un espacio luminoso y el silencio una polifonía susurrada. 
¿Cómo vivir?, me digo entonces. Esta pregunta va repitiéndose en las últimas semanas con demasiada frecuencia. Acepto la condición del mortal pero no sé cómo. Con el tiempo, tengo la certeza de la finitud con demasiada claridad y eso me conduce a discernir entre esto y aquello con el único motivo de la preferencia y de la selección. Esa lucha entre la selección y el todo es connatural a nuestra condición y siempre estaremos en un enfrentamiento de continuo entre lo que deseamos y lo realmente podemos realizar. Montaigne en esto es un verdadero único pues ha diseñado una forma de pensamiento basado en su propia vida, estos, sus escritos devienen de su vida y de sus lecturas. El lector de sus ensayos encontrará una inmensa peregrinación de un solo individuo, en sus ensayos están todas las variantes a las que puede someterse un hombre. 
Perseguir el placer, como afirmaba Ovidio, como ejecutaba el escritor francés, es la única causa que parece desplegarse en mi corto entender. 

jueves, 28 de agosto de 2014

DEJÉ, ya de madrugada, la lectura de los poemas y comencé a razonar con sosiego sobre las paradojas de los lectores, ya que todo lector las tiene y tan solo le queda evitarlas, mesurarlas con el candor de su consciencia. Supongo, con mucho, que habrán existido desde la irrupción masiva del libro y del fenómeno literario, esas paradojas, digo,  pero me alerta la desgracia actual del desconocimiento. Pongamos por caso que un poeta de este tiempo que corre prefiere leer a los poetas de su camarilla y etiquetados con el nombre (paradójico) de contemporáneos o actuales: conocidos, críticos, ensalzadores varios, toda esa estirpe -patética en el fondo- de confederaciones de egos. Uno lee al otro y el otro lee al uno. ¿Qué se aseguran? Lo que ya fijó para siempre Petrarca en Triumphi: la vanagloria. 
Ocurre en todos los ámbitos. Un profesor de literatura en la universidad puede que explique qué es la narrativa sin haber leído a Proust o sin haber leído una sola línea de Kafka o de Flaubert. Tal es el caso de la lírica y del género dramático, quién puede decir qué es la lírica, la poesía, sin haber leído a los inventores de la misma, esto es, a Homero, Virgilio, Horacio, Dante o Petrarca. Así es, sin embargo, el bagaje de los que poseen el privilegio de difundir, explayarse sobre el qué de lo literario. Prefieren, por contra, escribir una reseña sobre un narrador, un poeta o un dramaturgo desconocido a con el fin de ganarse una estancia en otro país o de ser especialista de.. qué, me digo esbozando una sonrisa, ¿de lo contrario a la literatura? 

Tras haber rediseñado el sótano y de haberle otorgado una nueva e importante función hogareña, es el paso de rectificar el expurgo de la biblioteca. Como ser orgánico, explico, cada vez va menguando en su musculatura pero ensanchando sus tristes virtudes. 

E. acelera el tiempo que percibo, el que me llega enroscado en la apariencia de todo. En sus nuevas palabras, sus gestos, sus recuerdos configurando un confín nonato me voy perdiendo. Y eso me fascina, me provoca un furor que nunca antes había sentido. Cualquier banalidad es ahora un recipiente para recogerme, para tratar de dejarle siempre mi paso junto al suyo. Quiero ser donde ella sea, reír como ella lo hace, acariciar con sus manitas y dedicar la sonrisa verdadera a quien no inyecta en su mirar maldad alguna más que la de estar vivo. 


lunes, 25 de agosto de 2014

TENÍA la sensación de ir viendo en la tarde una sosegada cadencia de luces. Agazapado en ese recodo de la parsimonia, inicié la contemplación o en mejor decir las contemplaciones, pues toda plenitud concierne a todas las realidades acordadas en un punto, en un instante, en una armonía para el hombre. 
Las rocas, el mar enaltecido, el crujiente batir del oleaje, la emigración de las aves trazando vendetas en el firmamento, la tierra en las manos, los ojos entrecerrados por el fogón de luz, el eneldo acariciando las manos, la voz de E. surgida de un confín, uno mismo diluido y sin ser nada. 

Borges decía que ordenar una biblioteca es una forma de ejercer la crítica literaria. Con esta van cuatro o cinco remodelaciones y expurgos en la biblioteca. Ha menguado su cuerpo, también lo sobrante, de la misma manera que ahora agarro un libro que me parecía notable y ahora no es nada, menos que eso, un objeto sobrante. Algunos permanecen y aguantan el paso del tiempo, pero tengo la sensación de que me sobran la mayoría. Quizás la última acción como lector que deba hacer uno es escoger tres o cuatro o cinco libros y nada más. Los libros en los que resultan los destellos que alguna vez fuimos.

¿Has visto hoy las siluetas de klas estrellas? ¿has notado la esbelta claridad de la noche a tus ojos? Sí, ¿has visto el lejano y minúsculo resplandor de cada una de ellas, infinitas, insignificantes desde tu persona? Tanto o más que eso eres tú mismo, luciérnaga replegada, luminosa esencia de un todo demasiado amplio y ajeno a ti. Entonces, ¿a qué tanta celeridad, tanta ignominia? Párate y escucha y contempla. Eso serás, al menos, en un reflejo cóncavo de tu palabra. 


  

sábado, 23 de agosto de 2014

ESCRIBO en un nuevo cuaderno y con un nuevo teclado, un teclado blanco que asoma a los libros que se apilan en el sótano. Ordenados, bien dispuestos, hemos estado dándole nuevos aires a nuestros lugares de lecturas pero, sobre todo, expurgando aquí y acullá para dejar magra la biblioteca. La selección también incluye el desecho y la renuncia. 
Volúmenes que llegaron a las baldas y que ahora sufren la sentencia de la selección que no se le aplicó en su debido momento. Bien apilados, reordenados en sus muebles, los libros parecen otros, mejor acicalados para su lectura, más duchos para mostrar aquello que los sustancia.
Hay un silencio de papiro en el sótano y una soledad relicaria y una nueva amplitud que lo aviva todo. Aquí escribo tras haber estado junto al mar, con E. muy risueña, con M.C. asintiendo en cada palabra de E., en cada gesto con la hermosa condescendencia de las madres. 

Vuelvo a estar solo en la noche, leyendo escribiendo. Hace tiempo que el cuaderno con que anoto lo he tenido olvidado estos días; alejado igualmente del estruendo y la estridencia del estío. Vuelven a la mesa acaso presintiendo la caricia del otoño, de un otoño que ha dejado sus fauces en más de una ocasión estos días. Levanto la mirada, observo: delante de mí los libros en la biblioteca. Hermoso mirar este, me digo, hermoso y nuevo para mí. Todo quieto, repleto de un sustento suficiente, de una mesura retenida de la presunción de eternidad que con el tiempo se va alejando de todo, sobre todo de uno.  

jueves, 14 de agosto de 2014

LA bruma y Cicerón acompañan el paisaje mediterráneo. Estaba releyendo la miniatura de Zweig sobre el excelso orador mientras que, cobijado en la terraza, observaba la penetración de la bruma sobre la silueta de África; más que penetración era un preciosa difuminación de la tierra en el mar, del mar en la tierra. ¿Qué es la amistad?, me pregunto. ¿Será acaso una deriva de la fidelidad? Los personajes que rodeaban a Cicerón terminaron, en su mayoría, respondiendo al ímpetu del egotismo. Sus seguidores más cercanos habían escuchado, casi memorizado sus discursos acerca del bien público, de la justicia, de la belleza de las acciones justas. Estos mismos individuos se habían llegado a emocionar con las palabras vertidas por Cicerón al orbe de lo público. Fueron los mismos que atendieron a sus confidencias, los mismos que evidenciaron la defensa de su vida, -como el propio Octavio-, los que finalmente recurrieron a la dádiva del poder en sus más infames siluetas. Estas traiciones personales se han sucedido a lo largo de la historia de los hombres, tanto en personajes cultos e ilustrados como en analfabetos integrales. La condición humana se sobrepone a las capas de cultura, a las propias lecturas, a la música, a la belleza misma de la tierra cuando el ser se convierte en único individuo, cuando el mortal descentra su esencia y la dirige tan sólo al placer de su propio yo, es decir, de su inexistencia, de su vacío. Todos llevamos un vacío extenso dentro de nosotros, sólo la armonía templada de la belleza, el bien y la justicia nos restituye y aún así, seguimos perpetrando destellos de mortalidad hasta que morimos. 

El individuo se hace débil cuando frecuenta los límites entre la individualidad y la concesión al otro. Si bien es cierto que la amistad es una virtud, mantenerla es todavía una constante concesión de nuestra propia vida. Así entendida, la amistad verdadera, en estos tiempos de extremas costumbres y de vacíos de valores humanos básicos es rayana a la heroicidad. 



Es la luz cambiante de estas aguas la que me conmociona sobremanera, la que deleita mis recuerdos en cada oleaje en Brindisi golpeando la enfrente ida muerte de Virgilio. Junto a Zweig, Dante. El de poeta italiano se ha convertido en una lugar de apariciones como lector. Leo sin orden, saltando de un espacio a otro, de un verso a otro, de una dimensión a otra. Es el libro de la conversión, el que da pasó de la oscuridad a la luz y viceversa. Cada vez que lo leo, hallo en él más reminiscencias cervantinas y

Ahora un barco cruza el mar en calma, es un barco pesquero cuyo ruido es muy familiar para uno. Los motores ya somnolientos de la máquina, las travesías de sus pescadores, la esencia del fruto que tanto admiro. 

sábado, 2 de agosto de 2014

AL PASAR por los tenderetes pude identificar el libro de Píndaro en una notable edición. lo compré sin miramientos pues llevaba unos días soportando una terrible agrafía y una soberbia desgana de todo. Al comenzar a leer a Píndaro el alma sobrevoló todo lo infame y encontré en ello, tras este alejamiento de la literatura, una bendita forma de ser.
Eso nos queda a los mortales pues nuestro disfrute solo consiste en sucesivas y finitas armonías del instante. Esos  eventuales trazos en que nuestra materia toda pareciera conjuntarse por una aritmética desconocida. Fugaz, se fue, no quedo nada, ni siquiera la memoria de su realidad. 
A esto mismo Platón lo llamaba “fenómeno”, un acontecimiento que se origina por una fuerza primigenia llamada noumeno. Sea cual sea el membrete el mortal va conociendo su estado de vigilia perpetua, de eterna ensoñación, de permanente insuficiencia. Cuando esto no es así, es decir cuando soportamos una aparente plenitud de vida es cuando más lejos de la vida estamos. A la entrada de templo de Delfos la inscripción milenaria es explícita: si pretendes descubrir los arcanos de naturaleza, deberás conocerlos dentro de ti. El hombre trata de buscar fuera lo que lleva dentro, desea hallar en lo externo lo que anida en su interior. Quizás la vida debiera ser la búsqueda silenciosa de esa llama, quizás la vida debiera ser el deseo de encontrar, en soledad, la piedra primera en nuestra alma. 

He ido repasando los versos y los poemas y me conmueve la penuria que hay en ellos. ¿Cómo me atrevo?, me pregunto en cada verso. Leer y leer es un acto de perfección para un hombre, para su naturaleza patética es ya un logro entender dentro de sí los pormenores de otro individuo; añadir en uno lo que otro logró crear. 

Al leer a Virgilio no puedo dejar de recordar el mosaico del siglo III que lo representa y que lo recrea rodeado de musas: «musae poetarum patronae sunt». Aunque el libro que tengo en las manos en La lámpara maravillosa de Valle-Inclán. Lo llamaba «el milagro musical», esto es, «el poeta debe buscar en sí la impresión de ser mudo, de no poder decir lo que guarda en su arcano, y luchar por decirlo, y no satisfacer nunca». 

lunes, 28 de julio de 2014

SON las doce y media de la madrugada. Debo descansar. Llevo tres días con la insuficiencia respiratoria de todos los veranos cuando la humedad impera. No duermo por las noches, pero leo caninamente. Terminé el libro de Vasari y he comenzado a releer algunos pasajes de Eneida.
E. descansa después de un día de ajetreo. Ella me muestra el mundo nuevamente cada día. Sus palabras, sus gestos, sus incomprensiones. Lo mira todo con la extrañeza de un avejentado sabio, pues cuanto más tiempo estamos aquí más perturbada se convierte nuestra mirada sobre el mundo y nosotros mismos. 

jueves, 24 de julio de 2014

EL escritorio ha quedado como un recoleto surtidor de variedades. Andan los libros revueltos, los bolígrafos y cuadernos, plásticos por encima, útiles que dejaron de serlo hace mucho, papeles escritos a mano. De todo el paisaje, como un lugar secreto, los libros predilectos. Virgilio y también Dante, cada vez más, Dante.
Está todo como uno, buscando una forma y una silueta a su naturaleza. En constante transformación, debe uno aceptar la naturaleza toda, los contrarios, y tañirlos al unísono en cada respiración sostenida. Si suena una música, una sola armonía, serremos en ella más que nunca. 




martes, 22 de julio de 2014

A MANO o con el ordenador, la grafomanía sigue punzando cada mañana. Distintos son los textos que uno va pergeñando, pero todos poseen últimamente el afán de quedar en nada, de restar más que sumar, de terminar siendo un huella transparente quizás tan sólo de una coincidencia furtiva entre la figura del mundo y de un individuo. Cuando eso sucede ocurre en el individuo una suerte de fuerza pertinaz que lo sobrecoge y lo conduce a la armonización con el entorno.
Sin embargo, lo que más me satisface es defender la condición de lector efervescente, de lector que espumea y se dispara para ocuparlo todo al contacto con las letras, las sílabas, las palabras, los enunciados y los sentidos que modelan la literatura. Al roce con un texto literario, pareciera desorbitarme, -en una gustosa soledad-, y diluirme en el texto mismo. 
En este sentido, pienso que el texto literario posee este sentido primero desde su nacimiento como tal. El sentido de la transformación del individuo tal que las distintas disciplinas artísticas. ¿No podríamos clasificar las artes según su potencial de transformación y catarsis? El propio Schopenhauer, tras la pista de los presocráticos, Platón y neoplatónicos, así lo confiere, pero no es el único. El propio sistema mitológico parece estar desarrollado en función del calado espiritual de sus disciplinas. 
Esta influencia que culmina en el interno abismo de cada uno y que es intransferible, acaso solo sugerida a través de la belleza, es fuerza teleológica que convierte el mundo en un lugar de cifras y símbolos. Para el que vive poseído por las figuraciones del arte el mundo mismo se transforma -el canto del pájaro, el amanecer, los astros, el campo, la noche, por ejemplo- en lugares de esa interpretación inicial. ¿Engañosa, irreal? Como todas. Pues, ¿cuál termina siendo verdadera?

sábado, 19 de julio de 2014

PENSABA que la banalidad no permitía apreciar la eternidad, pero ahora pienso que la eternidad tampoco deja fructificar en lo eventual que la forma. Quizás existan varias estancias que nos perforan la consciencia y nos aturden en el entendimiento del devenir, mas incluyo, en estas semanas, otro estadio, una suerte de purgatorio, demediado, limítrofe, neblinoso, en que suceden una y otra temporalidad y que transforma y renueva. Todo en él ocurre en el silencio de la soledad, nada conmueve al sentir, todo es aséptico para el espíritu. 

lunes, 14 de julio de 2014

AQUÍ, en Capri, el atardecer se llena de tules y de esencias marinas. Arrinconado de todo, recuerdo al poeta, a Rilke, ensimismado por estas laderas que caen hasta el fondo mismo del azul del mar, de la intensa transparencia. Es una suficiencia todo esto, lo que contemplan mis ojos y mi espíritu.  








miércoles, 9 de julio de 2014

SIETE
           AÑOS
                       escribiendo
                                         de continuo.
                                                            Escribir para leer.
                                                                                        R
                                                                                            E
                                                                                               E
                                                                                                  L.

lunes, 7 de julio de 2014

"El yo siente como rota y fragmentada su propia naturaleza psicosocial y su participación en los sistemas de signos en que descansa la vida cotidiana. Es la crisis que vivió Ovidio", explica Claudio Guillén. creo que el poeta termina anulando el tiempo eventual y se instala en lo que Jung llamaba "el tiempo de lo venidero". 


"La contemplación de la grandeza determina una actitud tan especial, un estado de alma tan particular que el ensueño pone al soñador fuera del mundo próximo, ante un mundo que lleva el signo de un infinito". Pocas palabras como estas, de mi admirado Gaston Bachelard explican y razonan la poesía de Leopardi. 

¿Qué es un cuaderno sin erratas? Una bitácora moderna. 

domingo, 6 de julio de 2014

LEO. RELEO. Anoto las palabras de los demás para escribir la lectura. Memorizo las palabras de los demás, sean falsas, sean verdaderas. me guío por el dictado del corazón, pues, disfruto en la frontera de lo irracional. Por ello, cuando leo me satisface en grado sumo que las palabras de otro, de otro hombre, de otro ser, lleguen a conmover -en el sentido del étimo- y provoque que escriba. Es quizás, en estos días, la única fuerza que lo provoca. 

***


"De las cosas que tienes escoge las mejores y después medita cuán afanosamente las hubieras buscado si no las tuviera", Marco Aurelio. 

*** 

El mundo nación sin palabras, pero había luz. Surgió sin hombres, pero había aritméticas invisibles.




sábado, 5 de julio de 2014

viernes, 4 de julio de 2014

domingo, 29 de junio de 2014

AVENTADAS, las lecturas siempre llegan en una sucesión sin razones.  Leer es una fuerza activa que no subyuga a ninguna estética ni a ningún ideario predeterminado. Si es puro, el acto de leer es una revelación contra el devenir de la realidad, pues la incluye, la devora.  Es una acción sustancial, que lo barre todo, que se convierte en un movimiento tan complejo y diverso como el trazo minúsculo y repetido de las retinas. ¿Han observado a alguien leyendo? Pareciera que queda poseído por una pócima de ensueños, de fierabrás,
de no se sabe qué rarezas del alma. 

Por ejemplo, sin saber cómo, leo el libro de Vasari Las vidas. Escribo esto ya que me encontraba leyendo a Ovidio y acababa de releer Poética musical de Stravinsky al tiempo que sigo urdiendo algunos versos, pasajes, prosas. Estas relaciones secretas en las historias de las lecturas de cada individuo me parecen fascinantes, pues cada una podría establecer una idea de qué es leer. Leer es tan plural y único como cada individuo, pues, en cada uno, se encarna de una forma inamovible pero cambiante. Como una macroestructura sintáctica estas sucesiones de libros, para cada lector, conforman a la postre una imagen del mundo y una imagen de sí mismo. 


A finales del año ocho de nuestra era cristiana, cuando el poeta se encontraba en la isla de Elba,  el emperador Augusto dictó sentencia irrevocable para Ovidio. Quedaba expulsado  de Roma y relegado a la extrañeza bárbara de Tomos, actual Constanza, justamente en la costa rumana de Dobrucha, ribera occidental del Mar Negro. La última noche de Ovidio en Roma, junto a sus seres queridos  y más allegados, forma parte del imaginario colectivo. Sin embargo, las causas del destierro, de esta fulminante sentencia, siguen siendo un misterio para la filología y la historia de la cultura. 
Son muchas las posibles causas por las que esto sucedió; el propio poeta mantiene constantes referencias en Tristes y Pónticas ( "carmen et error") acerca de este origen, de la acción que desencadena todo. Tras leer no pocos aspectos sobre este asunto, llego a la conclusión general de que Ovidio se había convertido, como otros próceres de la cultura en siglos posteriores y anteriores, en un individuo ingobernable para Augusto. El reino de la belleza supone una península inexpugnable para quien no se inserta en el reino finito de lo bello. 

sábado, 28 de junio de 2014

SIGO con Ovidio. Vivo su destierro dentro de mí, en cada uno de los solsticios de mi espíritu.
Leo.Releo.Exploro los espacios en blanco; la luz en la oscuridad el alba en la gruta de tu boca.

Utilizo                    
                        signos                      
                                        en                    
                                                  la                              
                                                            noche

martes, 24 de junio de 2014

UN desfiladero de sensaciones contrarias; estación, unidad, reencuentro. Medianas vibraciones en el tuétano, altas luces bajo los pies; ausencia de verbos en el relato -pues la luz carece de relato vivo-; sustancia nominada: la poesía.

***

Recuerdo ahora el paseo por los Jardines de Boboli aquella tarde taimada de restellos y de atardeceres. Llovía, inusualmente, lluvia sobre las frescas y aromáticas hierbas que, por entonces, estaban dormitando la sequedad de sus cuerpos. Recuerdo cada paso, cada pulsación sobre la tierra, como si estuviéramos ahora allí, los dos, atravesando un dédalo. 

***

De los que muestran sus renuncias en la vida no me creo nada. La renuncia a todo es precisamente la estela insonora de la soledad y de lo invisible. Esa renuncia es música y polifonía para una sola voz ya diluida, cuyo eco dejó de estar. 

***
Ni antes eras ni ahora eres. 





- ¿DÓNDE ESTABAS?
- Leyendo.
- ¿A un contemporáneo?
- No.
- ¿Poesía?
- Sí. A Dante.
- ¿A Dante?
-...y a Petrarca. Después, algo de Ovidio.
-¿Hay algo más contemporáneo? Indique, por favor.
- ...
Cada vez creo más en la no existencia de trancos de tiempo en la belleza.
- Insisto. ¿Metamorfosis?
-TRristes y Pónticas: "que no te envuelvan los arándanos con su color rojizo..."
 

viernes, 20 de junio de 2014

LO más emocionante de mantener un diario es la capacidad cíclica de poder decir. Cada día, cuando me siento a escribir, comprendo que la palabra debe ser nonata y que, con ella, lo referenciado es igualmente nuevo. Escribir tendría que ser un acontecimiento y un festival de emociones a diario, así lo entiendo desde hace unos meses. 
Más allá de lo que se cuente, de lo que se exprese o transmita está el hecho mismo de escribir en blanco, acontecimiento singular, inaudito, sorpresivo, inusual del hombre; escribir es acción del espíritu; detrás de un hombre o hay acciones o hay palabras. Escribir es acción del espíritu. 

La filosofía es magma metafórico del verbo. 

Suena Stardust con la "Manhattan Jazz Orchestra". Esta música me conduce irrevocablemente al invierno, a un recogimiento sostenido y prolongado en que nada es necesario. Se agolpan las calles de Londres, recoletas y encantadoras, como sierpes retenidas en la memoria. Cuando concluye esta música, comienza The sahdow of you smile, contrapunto a la cadencia y el solo de saxofón, la orquesta ensaya una armonía en clave menor que ofrece eufonías insoslayables.  Culmina la noche con Smile: contrapunteo, ritmo vivo, el bajo marcando la tectónica de placas de la melodía que se debaten la trompeta y el saxo tenor. En estos momentos recuerdo que los instantes más humanos de mi vida los viví tocando el clarinete en el cuarteto, en la orquesta, con el grupo. 

La música es dilatación del tiempo, de la vida, hasta su límite más desconocido.   


jueves, 19 de junio de 2014

"¡OH almas creadas para estas grandezas! ¿Qué hacéis, en qué os entretenéis?...", decía San Juan de la Cruz. Estos asertos siempre me han recordado el tono que atraviesa la Commedia de Dante. Hay una conmiseración de lo uno con lo diverso, de lo sublime a lo banal. Estas grandezas a los ojos, a lo contemplado... 

Einstein hablaba del misterio de lo sublime y del sentimiento cósmico que encierra toda causa y todo conocimiento. Pensaba el científico que el conocimiento de los valores latentes como "humanidad" eran una estrategia de la materia y de las energías: "El individuo tocado siente la futilidad de los deseos y aspiraciones humanas, y percibe al mismo tiempo el orden sublime y maravilloso que se pone de manifiesto tanto en la naturaleza como en el mundo del pensamiento, y ansía experimentar el universo como un todo único significativo". 

Recuerdo esta mañana que sidus es el término latino para referirse a los astros, a lo que hoy denominamos sideral. Pero, igualmente, considerar, desiderativo, provienen de este vocablo en que todavía resplandece el significado de contratar con las estrellas, de examinar. Y, al hacerlo, con una nota de ironía, recito las palabras de Lucrecio con las que manifestaba su aspiración con la palabra poética: "Verter el claro de los cantos sobre el más oscuro de los temas". 

miércoles, 18 de junio de 2014

SUENA la obertura de Rienzi de Wagner. Tengo en las manos un libro. Leo. Mientras tanto, la trompeta despliega su llamada bélica, su llamada al encuentro con el destino. Releo el libro de Steiner La poesía del pensamiento y, a cada paso, a cada línea, el autor ofrece una lucidez inusual. Palmo a palmo, trato de aprender a no razonar con las palabras, de entender que la música es conocimiento sin sentido unívoco y que la palabra quizás es nota a pie de página, derivación, tangente de la razón, como estas mismas sucesiones y destellos que solo traslucen los marros de un individuo.
   
Platón denunciaba toda palabra, todo intento de someter la memoria a los plazos y los límites del verbo. Sin embargo, Platón reservaba un resquicio a la palabra nutricia, a la semilla inmortal que, de perenne, se hace uno en los otros sucesivamente, más allá de los individuos concretos.

Siento que soy una voz perdida y envilecida que tan solo sabe entonar la música de los otros. Y eso me desnuda y me provoca un estupor y una maravilla. Pues, siempre he deseado, cuando escribo, cuando leo, cuando soy, no ser nada, ser pluralidad, polifonía armonizada. La dulición del yo en el plural es una anhelo que la música puso por delante desde antiguo.


Tan solo me consuela aprender, aprender. Sin más ni más. Para tal fin, debe uno tener a las claras sus insuficiencias. Como Sócrates ante la muerte, aprender a tocar la flauta. ¿Para qué? No existe esa cuestión en el conocimiento humano, no hay para qué válido. Plantear sería errar en el comienzo de la búsqueda. Sócrates quiso, a lo mejor, aprender la difícil melodía de flauta en la noche para ir encontrándose con el lenguaje más allá del lenguaje. Termina Rienzi  y comienza Beethoven. El clarinete invade los ecos del sótano con los dedos rozando su cuerpo de ébano.  

martes, 17 de junio de 2014

EL run run del mundo a veces me turba y desasosiega demasiado. Pareciera que todo fuera metalepsis en grado sumo, en la dimensión en que se deslavazan los entendimientos y queda uno sumido en una euforia pasajera, interna, parpadeante. 
El silencio es la forma de ofrecer el envés de todo, de todo lo pensado. Es un mensaje el silencio, una nitidez, un territorio expedito de razonamientos narrativos y de mitologías. Siempre que hablan lo hacen en metáforas, en analogías, en símiles, con tropos...y piensan que están alejándose de la falsedad.
¿De qué se aleja el que habla o el que escribe? Me digo lentamente.
El mismo hecho de hablar y de pensar el alejamiento es ya acto de la lengua; posiblemente el ser humano sea la epítome de un Minotauro encerrado en su laberinto, de un dédalo del que jamás podrá salir con las condiciones que posee, a pesar del convencimiento, a pesar de la insistencia, de la breve lucidez de la mañana.  
   

miércoles, 11 de junio de 2014

HAY músicas, palabras, acciones que nos congracian con lo humano, que revisten la eventualidad de una suerte de confabulación al tiempo para desmoronarlo todo hacia lo incierto. A sabiendas de que todo pudiera estar sometido a una distorsión de la verdad, de que todo resultara ser nada,  creo que existen ciertamente naturalezas verdaderas (limitadas, vituperadas por la condición humana) pero orientadas hacia la luz, hacia lo justo y bello. 

Como dice George Steiner: "Todos los actos filosóficos, todo intento de pensar son irremediablemente lingüísticos". Este mecanismo fue lo primero que advirtieron Platón y Aristóteles; Wittgenstein lo combatió hasta el extremo y la dislocación, pero las conclusiones a este procedimiento son siempre especulares. Esta evidencia emparenta a la filosofía y , por ende, a la poesía (sumo arte de la palabra estética y ética) a la necesidad de escudriñar, precisamente el silencio. Todo lo que no se dice pero resulta latente, todo lo que únicamente se puede intuir, como elementos esenciales del discurso. 



Todo acto humano es un hecho del lenguaje. 


martes, 10 de junio de 2014

QUIZÁS la imaginación sucumba ante lo contemplado hasta convertirlo en símbolo. El símbolo es a la poesía como la idea a la palabra. 
Estoy con C. G. Jung en la esencia del camino de lo venidero. Se anuncia cuando se impone el espíritu de la profundidad, el llamado suprasentido que no pertenece ni se relaciona con el espíritu de este tiempo, de lo contemporáneo. El espíritu de la profundidad tensiona a que el receptor actúe con acciones y actitudes que llevan la revelación a ser asumida y comprendida. Silencio, soledad, esencia, virtud, justicia...

Esto sucede, esta razón luminosa se edifica con símbolos y visiones y hacen participar de la Belleza al que anida en estas asimétricas y anatómicas disposiciones del espíritu. 

domingo, 8 de junio de 2014

BORGES recuerda que Bradley creía que el momento presente es aquel en que el porvenir se desintegra en el pasado y que, por tanto, el ser es un dejar de ser. Desde este presupuesto, el hombre es un territorio de intensiones temporales. Quizás esto pueda razonar el sinsentido que el tiempo, su concepto, supone para nosotros. Si ser mortal es ser un ente mortecino en naturaleza, también lo es que poseemos una consciencia inmaterial que de esta proporción insuficiente nos mantiene precavidos.  

El hombre puede alcanzar lo infinito si limpia las puertas de la percepción. Con la poesía cuerpo y alma vienen a conjuntarse en una sola cosa; a vindicar la naturaleza primera del individuo.  Sea el cuerpo porción y conjunción del espíritu, pueden tomarse como una anatomía unitaria y receptora. Todo poema verdadero brota de esa armonización. No se dirime el bien y el mal, lo uno y lo otro, sino que todo es una fusión de contrarios, pues todos ellos son.  

He recordado, tras leer algunos poemas de Borges y ciertos pasajes de Historia de la eternidad, los siguientes versos de William Blake. La tarde ha seguido su curso hacia la morada de la noche y en dirección al umbral de piedra que existe en su seno de luz. 

To see a World in a Grain of Sand
And a Heaven in a Wild Flower,
Hold Infinity in the palm of your hand
And Eternity in an hour.


viernes, 6 de junio de 2014

LA MELANCOLíA no se da en el cerebro ni proviene de un mal estado del espíritu. Ni en el corazón ni en el cerebro, es visceral. Cuando irrumpe destroza todo entendimiento y toda razón y me deja en llanto vivo, casi sublevado y sometido a una extensa intemperie y vacío. Sucede que me canso de ser hombre.   

jueves, 5 de junio de 2014

LLEVO varios días leyendo, tan solo leyendo y recuperando horas de sueño que tan inadvertidamente he perdido desde hace meses. He dormido y, por tanto, he soñado y he vivido en la nebulosa onírica de lo inmaterial a los ojos y  A las manos. Puede que, en ese pasaje, haya tenido más vida y más tentaciones que en esta misma dimensión que referimos como "real", pero me he sentido triste con ese otro yo que me acompaña y que vuelca, con mesura y afán, tristes letras cada día en un diario. 
La acción de pensar es escribir y la de escribir es pensar. Eso es un acto de rebelión diario, pues, con Antonio Machado, "pensar el mundo es hacerlo nuevo". Sístole y diástole. 

Es cierto que, cuando uno está en el proceso de la poesía el resto pertenece al viento y poco importa, pues la poesía pareciera revelar una esencialidad inaudita que anula y achica todo lo dicho anteriormente. En esas estamos, retocando, construyendo, eliminando, desestimando versos, estrofas; pensando en las convenciones y las renovaciones; en lo que no se ha dicho todavía de esa manera para que, en la tradición, pueda sumarse al río inmarcesible de la literatura; escribiendo la lectura desde el amor y la verdad al texto del centro indudable. Cuando todo esto se agolpa, posee uno la intención de borrarlo todo y dejarlo como en una cacharrería: desordenado y a la intemperie, con la clara consciencia de su presencia invisible e innecesaria. 







lunes, 2 de junio de 2014

ESTA tarde he hablado con un poeta. La voz del poeta era la de un niño, la un deseoso niño de vivir la felicidad. Se lo pregunto repetidamente para tener conocimiento de ella y para comprobar si, como en poesía, es la fuerza de la idea la que irrumpe y los estaciona todo. 

Quizás la felicidad no se atrape nunca ni se viva nunca y consista, tal vez en ser sensible a todo hecho. Ser nada en algo, que alguien pronuncie de uno He is nothing in himself. 

Todo hombre es un drama secreto. 


domingo, 1 de junio de 2014

EXISTE y es evidente: la anatomía del ser. Desde ella el tiempo no es tiempo y el silencio es semillero. Toda poesía permanente más allá de su tiempo, hacia lo incierto como manifestaba Hölderlin, pertenece a la consciencia de esta anatomía. El resto, en poesía, no significa nada.