martes, 3 de marzo de 2015

TODAVÍA mantenemos en la memoria inmediata los paseos por el campo. Las manos de E. recogiendo margaritas y pequeños lirios florecientes se ha transformado en un bucle de sentimientos nonatos para uno. El campo parecía regado de yemas moradas y amarillas y todo ello con la presta atención de las flores del castaño irrumpiendo en el paisaje matutino.  
En el rellano tomamos unas frutas a la sombra de una encina y esa sombra parecía que nos ayudaba a adentrarnos en la armoniosa manifestación de naturaleza. E. miraba aquí y acullá, sin saber dónde descansar su mirada viva, primigenia sobre el monte. En todo aquello había una naturalidad tan alejada de lo cotidiano, tan depurada de lo mortal, tan verdadera que se adhiere al recuerdo como una salvaguarda. E. nos ha traído la felicidad a la casa, pero también nos ha regalado lecciones de cómo vamos abandonando la natural estación del ser.  

ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre.
[...]

domingo, 1 de marzo de 2015

DÍAS en Benaocaz. Hemos compartido con E. la asunción de conocer el campo. Sus ojos con los lirios silvestres, los castaños en flor, los acebuches mostraban una prematura inocencia que admirábamos con entusiasmo. En el fondo, en permanencia, la silueta de las montañas que, en la mañana, amanecen invadidas por las nubes como una algodonera inmensa. Los pájaros, incluso los buitres muy cerca de nosotros y, sobre todo,  un silencio tan solo interrumpido por el canto de la noche. Ese canto que ahora debe estar escuchando E. en sus sueños, en su todavía leve memoria con la que tanto nos emocionamos.

jueves, 26 de febrero de 2015

HOMBRE  ácrono: poeta.

Estoy releyendo a Marcel Proust, Por la parte de Swann, con la intención de proseguir la lectura de En busca del tiempo perdido. Esta es una obra turbadora, una prosa que traspasa las lindes de la mera narración. El arranque de "Combray" ha quedado fijado en mi memoria como pocos pasajes: "Durante mucho tiempo, me acosté temprano". 
En las primeras páginas de este libro están condensados Pitágoras, Platón, Ovidio, Cervantes y Kafka y toda la teoría psicoanalítica del siglo XX en una mixtura portentosa y tremendamente atractiva. Además, por sobre todo, se levanta la imagen de un lector en la noche, más bien, en la duermevela, en esa estación marcada por Bécquer como el tiempo de la claridad creativa. Incluye Proust incluso una imagen onírica en que entrecruza su cuerpo con el de una mujer que surge de su propio cuerpo en una transformación de los amantes deliciosa, renovando así, con la imagen bíblica y el el paganismo de Ovidio, las vanguardias artísticas de comienzos del siglo veinte. 
La noche, la lectura, el orden del mundo mientras dormimos conduce al narrador a afirmar: "tenía tan solo la sensación de la existencia en su sencillez primordial, como la que puede vibrar en el fondo de un animal; estaba más despojado que un hombre de las cavernas, pero entonces el recuerdo [...] venía en mi ayuda desde lo alto para sacarme de la nada de la que no habría podido salir solo `...] recomponía poco a poco los rasgos originales de mi ser". 

Como la claridad del poeta Claudio Rodríguez, como la llegada del ángel de Rilke, como el paso de la amada en Dante, como la rosa ininteligible de J.R.J., como el delirio insonoro de Hölderlin, como el susurro fastuoso de Baudelaire, como la retama desaparecida de Leopardi...  delicioso  pasaje este de Marcel Proust que desprende una sensibilidad inaudita, una propuesta ética y estética perfectamente engarzada y coherente, armónica en todo caso. Líneas, lecturas ahora de un lector en la noche del día que lo recupera, también, a uno mismo, de esa oscuridad que lo contemporáneo esconde, de esa malversación estética que tanto me duele, de esa falta de naturalidad con que las cosas se nos muestran a los ojos y nunca vemos.  



martes, 24 de febrero de 2015

LA EMBRIAGUEZ  de totalidad ha sacudido a no pocos artistas de todas las disciplinas. En la poesía y en el arte de la palabra en general, ha sido una inclinación continuamente visitada por los que han querido demostrar la incapacidad de la palabra para decir en polifonía. Quizás esta es la tragedia íntima de la palabra y, por ende, del poeta, la monodia sometida del verbo. Frente a la música y frente a naturaleza, incluso, frente a la realidad misma, la palabra ofrece un ejercicio que aleja al hombre de esa pluralidad, del ser. En este acto de entendimiento, el poeta comienza a incardinar su palabra en la no palabra, esto es, en el silencio; y hace de su vida, la no vida, esto es , la soledad.  

Cuanto más ensimismado el poeta menos evocación habrá en su palabra. Puede que esto último sea una pandemia que atraviesa la lírica de estos años, pero, me preocupa mucho el que se comience a detractar esas cimas de la lírica que han tanteado el absoluto, la totalidad, con una propuesta que sacudió los resortes del propio género literario. Tanto es así que incluso los poetas que, en alguna ocasión, dirigieron su verbo, como afirmaba Hölderlin, "hacia lo incierto", comienzan a mostrar falta de entendimiento con sus propios actos pasados. Se entregan a la muchedumbre cuando predicaban la mansedumbre. 
Así las cosas, puede que uno vaya aprendiendo de lo pasajero del ser, de su efímera precisión en algo.  Esa embriaguez de totalidad ha dado frutos hermosos y permanentes, esto es, el Zaratustra de Nietzsche o los Cantos de Ezra Pound, incluso podemos añadir En busca del tiempo perdidos de mi cada vez más amado Marcel Proust. 
Esta mañana recuerdo las palabras de Montaigne: "Je ne peint pas l´être, je peint le passage", no pinto el ser, pinto el paso. Entre la sentencia y el acto creativo, quizás Montaigne estaba dirimiendo la posición ética que jamás debe abandonarse para la creación verdadera.



ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo. 
[...]

domingo, 22 de febrero de 2015

ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
[...]

El campo, a pesar del frío, comienza a figurar ya un verdor primero. Ese brote ante la adversidad y el contratiempo es una diáfana manifestación de naturaleza que los hombres no terminan de comprender. Ensimismados, carcomidos por sus propias vanaglorias, retirados de lo que no entienden, justicieros ante los demás, ya solo va quedando el sonido interno del corazón. Sístole y diástole, el ejercicio coronario de la vida se va consumiendo. Y, en esa labilidad, las cosas comienza a adquirir la claridad primera. 
No es una manifestación de cansancio ni de rechazo ni de egolatría, antes al contrario, es un acto de honor y de fidelidad. Este, cuando surge de la verdad, no deja ningún rastro en la consciencia más que   el de la satisfacción. Así las cosas, de lo que antes costaba desprenderse, ahora lo hace uno con firmeza  e, incluso, con demasiado respeto. La educación estética es también un valor, claro está, que va ungido del individuo que desees proyectar en ti. 
Lecturas, poemas, palabras, la literatura va declinándose por los mismos cauces, dibujando caminos en la tierra sobre los que pasamos como una liviandad exultante. Casi no estamos en nada, casi no somos nada vivamente en este mundo. 

domingo, 15 de febrero de 2015

UN POETA debe dejar destellos de sus pasos, no evidencias, menos aún, pruebas.

Lo que llaman real queda acotado a lo que pueden imaginar que es real.

"Por eso, querido amigo, ame su soledad y aguante el dolor que le causa, con queja de hermoso son", Rilke, 16 de julio de 1903, Worpswede (Bremen), Briefe an einen junten Dichter.

"La lengua de las flores y de las cosas mudas", Charles Baudelaire, Les fleurs du mal.


jueves, 12 de febrero de 2015

ACTO DE FE. Hoy, al terminar de releer Cartas a un joven poeta de Rilke, hice, precisamente, lo que aconseja el autor de las Elegías:entré en mí mismo con dos antorchas: silencio y soledad. Hacia ellas voy como una luciérnaga.  
Al hacerlo, lo primero que pensé fue en la pureza, en la verdad que conforma la belleza, en el silencio nutricio y la soledad altamente sonora de lo ético, que no es más que la presencia estética humana.

Así las cosas, mi mayor acto de fe es seguir leyendo , solo, en mí mismo, sin decir nada más que lo que mi corazón acorde en silencio. Todo lo demás atrofia mi espíritu.  Mi ausencia no la notará nadie, pues nadie soy, pero mi presencia me dañaría en la consciencia poética del ser.  



lunes, 9 de febrero de 2015


TODA escritura es la construcción de la conciencia humana. Como en el Cratilo de Platón, dar nombre es despertar al espíritu hacia las músicas de los sueños y las fábulas. Por eso mismo, la poesía, el nombre dador y transformado, debe estar escrito desde esa consciencia. La historia de las lenguas consienten la historia de sus espíritus. Es más, todas conforman la historia del esp. tu"﷽﷽﷽﷽﷽ invisibilidad del espo, debe estar escrito desde esa consciencia. La historia de las lenguas consienten la historia díritu de la humanidad.  Con Hegel, el lenguaje es “la visible invisibilidad del espíritu”.  
Sin embargo, en el mismo ejercicio del lenguaje, en la edificación racional de la palabra existe un oscurecimiento y una dispersión de lo natural. Entre una y otra, entre conocer y reconocer, el círculo sonoro de la palabra poética. En términos de Hegel, "oímos nuestro ser". 

domingo, 8 de febrero de 2015

TROUBLE, con Baudelaire, se alzó a la categoría de turbación, disturbio, desorden como nunca antes se había desarrollado, al menos, en las letras francesas. Enlaza con el paganismo de Catulo y de Ovidio y, -mencionada en este diario-, con la sensualidad del Renacimiento. Pero había demasiado recato y reticencia moral todavía hasta la llegada impúdica de los versos de Baudelaire.  
De Baudelaire me fascina no solo la innegable capacidad lírica sino la concreción ética ante el mundo. Pocos poetas ofrecen con tanta nitidez para el lector una posición frente al mundo. Aceptada o no, compartida o renegada, es indudable. Y esto, en el campo de las artes, es la naturalidad y la verdad puestas en los ojos de los que solo terminamos siendo lectores. En puridad, compartimos esa pureza al poder vislumbrarla, esto es, esa verdad se edifica gracias a que el lector posee los elementos especulares para poder reflejarlas en él mismo.  
Después de haber releído las flores del mal lentamente, en otra edad, con otra carga vital, he comprobado cómo Baudelaire deseaba convertir el yo que evoca en nuestro propio yo, en ese profundo estado de duermevela que toscos evocamos en nuestra consciencia. Por este motivo, leer sus versos es despertar hacia lo incierto con la grata melodía de sus palabras. 

Este poeta descubre, de una vez pode todas, ante la sociedad industrializada, que el arte se enraíza en otros territorios alejados de la mera realidad, pues toda percepción de la realidad no termina siendo más que impostura y que, por lo tanto, un convencimiento en la impostura conduce a una impostura poética, por muy bien ejecutada que termine.  Desde Platón hasta el propio Nietzsche, decimos con él: " No amamos a otro; amamos las sensaciones agradables que otro nos suscita". 

Sin embargo, en esa percepción de la perversa belleza del mal, remontada al mito adánico, advertimos que la poesía puede embellecer, mediante la expresión poética, el elemento maligno que subyace en el mundo. Para ello, en la poesía no hay relato, no hay razón sintáctica, sino razones luminosas, como deseaba María Zambrano. Así, Baudelaire entiende que la ruptura no consiste en cambios superficiales de la gramática, la ortografía, la disposición verbal. Es más, no se aparta de la cadencia clásica y salmódica de la lírica con la virulencia de los que creen hallar en experimentos verbal e seda gracia escondida.  

Baudelaire aspira, por lo demás, a una unidad de todas las artes, con la que se consiga una percepción ultrasensible, que atraviese el umbral de intensidad y provoque un cambio, una transformación  de todos los entieso fundidos en uno. Anhelaba que se produjera una percepción del alma misma.

[...]
alma curiosa y singular que sufres
y buscas sin cesar tu paraíso
[...]  

jueves, 5 de febrero de 2015

DE PROFUNDIS, desde el abismo y el límite. ¿Qué otra opción cabe en este meditar de la palabra? Quizás la brevedad que anticipa un silencio sonoro, la de Séneca, la de Valéry, quizás la de Nietzsche. Es una síntesis que expande sus silencios hacía las palabras para reedificarías, pues cada una de ellas son más de lo que el poeta dice. He ahí la dificultad de lo breve, pues esta estética nace natural. El poeta agarra dos o tres o cuatro términos que, en sus manos, arden y abrasan. Apenas puede establecer su contorno. Cuando el poeta coloca las palmas de sus manos hacia arriba, tan solo tiene marcas, signos, huellas de esa incandescencia misteriosa. 

Ayer hablábamos de lo natural que tan ausente queda en la poesía de estos años. Lo natural asociado a  una verdad en la palabra, una verdad innegable para el lector, a pesar de estar recubierta de impulsos estéticos variados y distintos. Ya lo decía Aristóteles, la verdad puede ser dicha de muchas maneras y todas ellas son válidas si son auténticas.  
La época contemporánea se ha llenado de escritores que no leen y de críticos que quieren serlo ensalzando las obras de los mediáticos. Realmente, ese ecosistema de vanidades es legión. A uno solo le queda contemplar con calma desde lejos, sin inmiscuirse en las algarabías y las capillas literarias. Hay quien escribe pensando en que lo va a leer X y va a decir Y; y otros ni siquiera se plantean eso, pues entregan sus obras al censor para que este pode y quede el trabajo limpio y expurgado de influencias tóxico-literarias. No hay más que abrir los últimos libros que han publicado premios literarios para advertir la decadencia y la estafa, sin más ni más. Pobre del que tenga a estos señores por referencia de creación, bienaventurados los ciegos en la luz. 







martes, 3 de febrero de 2015

UNA de las características que más me fascinan del Renacimiento y del Barroco es la posición sensorial, de lo aparentemente sensorial. Todo el arte de esos siglos está cargado de sinuosas exuberancias epicúreas. Nunca antes se había incorporado lo sensorial con tanta vehemencia a las artes. El cuerpo de los hombres pasó de ser medida de todas las cosas, como quería Protágoras, a suntuosas representaciones vitales del paso del mortal por este mundo. Cualquiera que contempla una pintura, una escultura o lee un libro del momento queda fijado por la fructífera contraposición que en ellos se edifica. 
Así, las vanguardias quisieron recuperar ciertos aspectos de esta singularidad, pero carecían de los resortes platónicos y filosóficos para poder cuajar algo grande y significativo como sucedió en el Renacimiento y Barroco. 
Vivir otras épocas se convierte en una experiencia tan viva y real como la de convivir con tus contemporáneos. Por eso, cuando alguien afirma que uno debería leer a sus contemporáneos, siempre digo que así hago. Uno se hace contemporáneo de la época que desee y que muestre alguna enseñanza para este aliento y este soplo que es vivir. 

domingo, 1 de febrero de 2015

SIENTO que van desapareciendo demasiadas cosas a mi alrededor o quizás compruebo que no todo lo que consideraba vivir era la vida. Como un derrumbe fortuito, como un arenal interminable del que no conocía los límites, todo va enmarañándose y dejando su aparente silueta de verdad. No habitan en estas palabras melancolía alguna, ni siquiera anhelo del pasado, sino una profunda claridad de la luz sobre la vida. Me conformo apenas con el viento en el rostro, con la tierra en las manos, con la piel de las mujeres que amo. 
Concebimos la vida en un futurible perverso en el que nunca nada llega a su culmen. Si conseguimos esto anhelamos lo otro y si tuvimos lo otro hubiéramos querido esto. Puede que ser mortal, hombre en el cosmos, no sea más que circular por ese circuito finito cargados de solsticios de infinitud. Puede que vivir serenamente no sea más que ir desnudando esas ideas preclaras en nuestra mente y reducirlas a una misma cosa, a lo que deseamos y nunca seremos. 
En estas consideraciones, el arte va alcanzando una magnitud concreta. Puede que no sea el todo, pues resultaría una visión muy reducida. El arte, en concreto, la poesía, es magma de un solo volcán en una galaxia de volcanes. Un solo volcán potente, de erupción titánica para la mente de un solo hombre, pero insignificante para la dimensión de la humanidad. La poesía en un hombre solo puede ser vida, para la humanidad, mera circunstancia sin más. Entre una y otra se halla la virtud, ¿la encontraremos alguna vez? Pero, ¿qué es un hombre?

sábado, 31 de enero de 2015

ME propongo ir leyendo y seleccionando los textos del diario desde 2010 hasta la fecha. Cuando me pongo en la tarea de libar en las flores propias, todo me resulta extraño, ajeno, desmedido, ensoñado. Pareciera que el mismo diario comenzó a bifurcarse en distintos jardines. Por ellos voy deambulando con la idea de podar y podar. Casi ocho años de escritura ininterrumpida no es más que una cifra falsa y pendenciera. No hay tiempos en la palabra, en esa palabra literaria que es la rosa. No hay tiempos ni tampoco existe el hombre que las urdió con detenimiento y tesón. Tan solo una sombra liviana, proyectada en la memoria nebulosa de un individuo, de un hombre solo.
En esos jardines se observan pisadas en la tierra que ofrecen una transformación y una permanencia. Me agacho para tocarlas con las manos, pero cuando mis dedos están ya cerca de las hormas clavadas en la tierra, estas desaparecen. Quizás no existan esas pisadas más que en mi memoria, es decir, en ningún sitio, y puede que escribir no sea más que acudir al sonido de la flauta de siringa, de la rueca incesante que dialoga con esa pérdida contenida en nosotros; o quizás en esos merodeos, no hacemos más que volver a pisar por los mismos pasos de antaño, siempre los mismos, siempre diferentes.



martes, 27 de enero de 2015

TU silencio mortal sobre mis ojos,
tu mano blanca ya desposeída,
la ausencia toda en el recuerdo,
ser algo en nada siempre es esta vida.
[...]

domingo, 25 de enero de 2015

ESTA TARDE he conocido como nunca la muerte, la muerte en la vida. Me ha dado la mano con una fuerza que atenazaba no solo mis dedos sino todo mi cuerpo y me ha mirado sin ver, me ha contemplado. Mi mano tiritaba, pero me impedía soltarla. Sudaban como el sueño de un centauro. Todavía, pasadas unas horas, percibo ese temblor primero en mi piel.  


viernes, 23 de enero de 2015

UNA MAÑANA, quizás una tarde envuelta en ocaso, o en la noche luminosa de la vida, puede que todo recobre su cuerpo y su esencia. 

***

Pienso que la vida, lo que nos llega a nosotros como tal, va enmarañando y colocando capas que nos alejan de lo visible al ánimo. Es un desenfoque continuo la vida, un ir deshaciendo lo que ya teníamos como seres. La naturalidad se va alejando de nosotros; tratamos de justificar los actos en relación con las opiniones sociales; los artistas crean ya para ser aplaudidos (aunque el aplauso sea sordo, ingrávido); los políticos han dejado de entender qué significan las mayúsculas. Las conversaciones se sustentan en tópicos y escama la elaboración propia de ideas. 

He ido cediendo y tolerando acciones de los otros que no compartía en plenitud ya que siempre he tratado de situarme en una posición global y poliédrica ante las realidades y porque considero que no de otra forma puede uno vivir, al menos, sin sobresaltos. Una cosa es el bullicio y otra el silencio y la soledad, no es la vida igual en una y en otra.  
Con el tiempo, el margen de tolerancia ha ido diluyéndose a medida que he comprobado cómo los demás tan solo desean ser aceptados pero no aceptar ni entender jamás a uno. Cada uno a lo propio las más de las veces; en otras situaciones he optado por incorporarme al debate aunque tan solo aguante unos minutos, pero, en el momento en que uno enjuicia o discrepa o propone alguna actuación desde la ética más profunda y convincente todo se trastoca. Pareciera que los individuos dijeran: "no nos vengas con esas..."; "siempre igual, dándole vueltas a todo...", "siempre fuiste raro, tío", "qué especial eres...". Canciones de la vulgaridad y del sinsentido que ya, con algunas canas, voy dejando olvidadas para darle con la zambomba.

Días, palabras, hombres que van colocando a un mortal en una posición ante el todo. No todos somos iguales, ni todos entendemos la realidad de la misma manera ni todos llegaremos a ser todo en la vida. Eso es una claridad que va sobreponiéndose por encima de otras convicciones. Y creo que es lo primero que hay que aceptar para comenzar a vivir la vida que te toca.    

miércoles, 21 de enero de 2015

NO es cuestión de brevedad, ni siquiera de tiempo. Es la pulcritud con que uno se inmiscuye en la palabra literaria. Esa limpieza, en cuerpo y alma, necesita lentitud, selección, sinuosa confidencia en el silencio de todo. Por eso no comprendo otras actitudes ni otras acciones que tratan de invadir el sentido primero de la palabra poética. 

Hoy me ha sobrevenido un hastío ronco, de golpe metálico, tan rotundo como la zarpa de un tigre. Me he sentido muerto, inexistente. Todo cobró un valor vulgar y relativo, incluido lo que considero fundamento. Tan solo me mantenía unido a la realidad una mano, una mano diminuta pero fuerte, recoleta pero inmensa como el cosmos. Eran los dedos de E. los que me sostenían en el abismo. 

La única forma artística que me transforma en otro individuo y que me derrumba hasta hacerme desaparecer para ser de verdad es la música. No hay disciplina superior a ella, magia superior, conmoción mayor que escuchar siendo la música misma. 

Ahora que realizo paseos largos con la bicicleta voy conociendo naturaleza con otras impresiones. Por ejemplo, el otro día, temprano, descompuesto por el frío, pude comprobar cómo la tierra expele el agua de su seno en forma de humo cuando el sol rodea su cuerpo, cómo todo en naturaleza es una conjunción circular que trata de alcanzar la permanencia, que uno mismo, entre el silencio visceral de la tierra húmeda, los árboles, los animales agazapados, las lomas, las viñas, acaso el vuelo frugal de un ave, es nada en nada. 


domingo, 18 de enero de 2015

MAÑANA de lluvia. Algunos libros descansan encima de la mesa. Poesía, ¿poesía?, me digo al poco de pensar en sus poemas. No sé en qué estado estético nos encontramos en estos años, pero cada vez que hago una aproximación, me siento más alejado, más extraño ante esas propuestas. No encuentro en ellos ninguno de los elementos que edifican la poesía. No hay emoción ni entusiasmo (en el sentido griego del vocablo), tan solo palabras que hubieran encajado mejor en otra convención literaria. Textos que hubieran sido buenos artículos de opinión, comienzos de ensayos sociológico o, incluso, excelentes relatos. En otras ocasiones, los poemas desmerecen por completo cualquier tipo de escritura. 

Mañana de lluvia. E. sacude su cuerpo cuando suena Vivaldi. Se enciende cuando los compases intensifican la estación invernal. Al observarla me digo que es eso mismo lo que anhelo en la lectura de un poema, ese prendimiento desconocido que atrapa al ánimo, lo inflama de mortalidad y lo hace concorde con no se sabe qué armonía. Nada más y nada meneo que esa posesión por la palabra. 

jueves, 15 de enero de 2015

LA palabra poética
excede la memoria
porque su tiempo eterno

no cumple olvidos.



***

¿Quién podrá decir lo puro de lo impuro, lo infinito desde la mortalidad?  ¿Es posible la palabra exenta de tiempo, en el tiempo, siendo tiempo ella misma?  ¿O es la palabra el laberinto del ser sin hilo de Ariadna más que el de la muerte? 

martes, 13 de enero de 2015

[...]
NO hay orden ni medida duraderos
más que el que une el fin con el principio
y lo convierte en círculo inmutable.

domingo, 11 de enero de 2015

LA POESÍA orienta y desorienta; es transformación y permanencia; con la poesía no decimos nada, lo sugerimos todo; es creación y es reflexión; crea un mundo y recrea otro; surge del límite finito del hombre para deshacerse en la meditar ilimitado del cosmos. La poesía es matriz del símbolo.  

miércoles, 7 de enero de 2015

ESCUCHAR es presentir; presentir conduce a pensar. Pensar el mundo es hacerlo nuevo.

***


La palabra verdadera convierte al yo en un nosotros, pues lo armoniza en la polifonía del mundo, de la naturaleza.

***

La razón luminosa penetra por el oído, se deshace de lo superfluo en el aire y llega en aleteo acompasado de musas y oscuridades. 

***
El silencio es un fragmento de nuestro origen; la soledad, su espacio figurado; la palabra la evocación y la sugerencia; la música el trayecto hacia el origen, el espacio desconocidos. 

martes, 6 de enero de 2015


LAS DIJO Sócrates estas palabras «El alfabeto generará olvido en las almas de quienes lo aprendan; éstos dejarán de ejercitar la memoria puesto que fijándose en el texto traerán las cosas a la mente no  más del interior de ellos mismos, sino de fuera, a través de signos  extraños: lo que tú has encontrado no es una receta para la memoria sino para reclamar a la mente». 

Existiera o no Sócrates, fuera ficción o realidad este aserto, el texto apuntala la cuestión palpitante de la palabra y la memoria. Es el principio capital de todo entendimiento del mundo. ¿Recordamos la cosa en sí o lo que decimos de ella? ¿Creamos definiendo esencia o lo que percibimos de ella? ¿Hasta qué grado de apariencia podemos aceptar cómo parte de verdad? Muchas de estas cuestiones van haciéndose cada vez más anchas, como el cauce de un río total que no puedo contener y que me arrastra y que silencia con el runrún del agua sobre mis ojos.  


Escribimos porque hemos leído y todo lo que lleguemos a firmar de la escritura es consecuencia de la lectura; es más, todo lo que alcancemos a decir con la palabra es consecuencia de la palabra. Por tanto, en las consideraciones de Sócrates el hombre se encuentra en un estado superficial, externo, poco propicio para entrar en la vulva de lo que creemos que existe más allá de las palabras. La lectura y la escritura se convierten, de este modo, en actos de fe poética que anhelan penetrar en otra realidad distinta a la que percibimos tan solo al escuchar el nombre. J.R.J. tanteó esta disyuntiva en un hermoso poema; Hölderlin, Rilke, san Juan de la Cruz hicieron lo propio. Es el territorio en que la poesía supera el mero decir para edificar otro discurso ligado la pensamiento. En este punto, la palabra debe impregnarse de la naturaleza musical para que el discurso abandone los paños y medidas convencionales y traten de desvelar.   

domingo, 4 de enero de 2015

ESCRIBO, y lo deseo, en un tono comedido, receloso de las lúdicas propuestas estéticas. En esto, como en todo, han influido las lecturas, el cuerpo de textos que realmente teje la vida paralela de cada cual. En esos textos, a pesar de sus falsedades, de sus paradojas, de sus improcedencias, he ido convocando una suerte de trama personal que, a la postre, resulta lo que uno desea escribir. En la literatura casi nunca se acompasan realidades y deseos, pero las lecturas se convierten en los arsenales que trastocan la realidad, quizás en el único asalto en vida, en carne viva, para desmontar la realidad a los ojos. 

Quiero decir que cada cosa nombrada desde lo literario ha sufrido, para el lector, una trasnformación. En esa metamorfosis reside una permanencia y el escritor, en la estirpe de Orfeo, debe armonizar desde su naturaleza, trascendiéndola, las dos naturalezas. La imposibilidad de este deseo es certeza, pero su planteamiento ya orienta, como decía Machado, la poesía al misterio. 

sábado, 3 de enero de 2015

TODO comienza sin conocer el origen o la causa o la fuerza que lo principia todo. Arremete desviando la voluntad interna, casi sometiéndola a un decir imperativo. La vida comienza entonces a macerarse con la palabra, a envolverse de sus mecánicas, a prescindir de los arrebatos insignificantes que distraían de ese misterioso aroma insoslayable y, como una trama oculta, a ocupar tu propia vida. Al final dejas de existir por haber entregado tu vida a la búsqueda de ese origen, de esa causa, de esa fuerza que todo lo principia. En mitad del camino, sabio Dante, una enorme confusión lo inunda, un abisal deseo de muerte, de abandono irrumpe como la noche profunda a tus ojos. Es el momento de la claridad o de la oscuridad perpetua; de desandar o de trazar el sendero con tus pies de agua, de no dejar de ser para ser sino de desear dejar de ser. En ese punto me encuentro habitado de enigmas y conjuros.  

miércoles, 31 de diciembre de 2014

EL problema de la ética-estética deberá afrontarse desde el límite entre la palabra y la realidad. Acaso, lo que uno pensaba que era todo (la palabra) es la nada; y lo que era nada, lo innombrable, es el todo. Este territorio es el mismo del arxé, el ergo, el apeiron, las mónadas... el origen o cualesquiera de los nombres que le hemos otorgado a esa realidad primera y fuerza teológica. 
Ante este abismo, me pregunto, como Boecio, "¿qué razón discordante rompe/ la unión y armonía de las cosas? En esta disyuntiva me resguardo en que el hombre participa, al menos, de esa inquietud que anima el espíritu. Porque es innegable que a pesar del velo, de la ceguera que provoca el cuerpo ante la luz verdadera de la realidad, nuestro espíritu arde apasionado buscando las huellas secretas de la verdad. Algunos dicen que dirigirse con la literatura hacia el significado de estos términos es una entelequia y un romanticismo trasnochado, pero, a estos bardos de lo moderno les lanzo la pregunta por si pudieran entenderla: ¿Puede desearse lo que no se conoce? 
Sea cual sea la orientación de la muerte, que es certeza,  cuando estamos vivos nos situamos en un estado intermedio en que tan solo intuimos el todo, el conjunto de las cosas y no sus partes y porciones armónicas. Quizás la muerte es comenzar a vivir las partes armónicas del cosmos, participar de su ciclo y abandonar la rectilínea vida de mortal.  


¿QUÉ es eso de una obra acabada? Me apabullan los que afirman "estoy trabajando en un poema" o "me han pedido un poema para tal o cual cosa", aunque, en el fondo de todo, puede que esto no sea más que consecuencia del gran miedo, del gran vacío que vivo desde hace unos meses y que no deja de derrumbarse a golpe de oscuridad, a cuchilla de sombras.  

Termina el año 2014, con el la sucesión de este diario en este curso. ¿Seguirá en el 2015? 

viernes, 26 de diciembre de 2014

SEA cual sea la acción, crear o recrear, con la palabra tan solo podemos llegar a "participar", a "captar" de forma momentánea. De pars capere, hacer que otros formen parte de lo que tenemos dentro o participar nosotros de lo que otros llevan dentro. Es la circunferencia del centro indudable. Lo demás sobra, no es natural. 

Dice Heidegger: "Nadie puede tomarle a otro su morir". El morir como un acto absolutamente individual, que no se puede más que transmitir. Pero, si la muerte no se vive, ¿qué transmitimos de ella? Un objeto verbal que suscita sentidos y significados para cada individuo. La muerte será muerte misma para cada cual y, sobre su significado, proyectaremos la experiencia estética y vital que poseamos. Nada sabemos de la muerte, como nada sabemos de la poesía. Solo conocemos su manifestación real a los ojos lo que, en puridad, es engaño. A pesar de ese engaño, no todos los poemas están orientados hacia el engaño. manifestaba machado que el poeta verdadero se orienta hacia el misterio, tal que Hölderlin, "hacia lo incierto". En efecto, quiuzás la poesía no es más que estación primera en un sendero oculto.  

Así la poesía, el arte todo, diríamos, una vivencia no vivida que solo se transmite en una forma externa que debe hacer partícipe al interlocutor de su esencia.

Sí volvió de la muerte y nos la contó. ¿Con palabras? No huibiera sido lo que es ahora Orfeo. cuando regresa del ultramundo nos lo cuenta con la música. Ya dijimos aquí que el poeta pertenece a la estirpe de Orfeo. Esa es la razón prístina de todas estas palabras.       

lunes, 22 de diciembre de 2014

¿POR QUÉ este empeño de la música en la poesía y de la poesía con la música? Sencillamente, porque concibo que el origen perdido de la poesía (eso que desean nombrar los poetas verdaderos), en su más estricto sentido de lírica, debe entenderse en comunión con la música. Si de ella nos apartamos, estaremos mermando las posibilidades expresivas del sentido oculto para lo cotidiano que siempre debe emerger en la lectura de un poema. Con la música, con su cercanía en el momento de composición y también de lectura, la poesía supera su mensaje como forma de entender el mundo separada de los riesgos narrativos de la misma, esto es: personajes, acciones, consecuencias, móviles poisitivos, fuerzas antagonistas, final y conclusión.  Así las cosas, puede que el ritmo, la versificación, la rimas, los recovecos sonoros y semánticos de la poesía no sean sino rescoldos, reminiscencias de la música en la palabra. El ritmo en la poesía lamina todas sus posibilidades expresivas, desde los elementos fónicos hasta la armonía significativa. Hay tanto un ritmo de sonidos como un ritmo de pensamiento. 

En este sentido, existe un elemento diferenciador entre las composiciones actuales y las antiguas. Esa diferencia reside en la forma de ver, de entender el mundo y la realidad. Si ahora los poetas resumen su poesía con su mundo más cercano, en el que ellos creen estar tocando mágicamente la realidad que los circunda; la poesía de antaño, no toda obviamente, estaba movida por una manera de entender la realidad hacia lo prístino, primitivo, príncipe y totalizador de la misma. Eso, en ocasiones, lleva a la insuficiencia, al silencio absoluto.  

La música supera esta secuencia como forma de entendimiento y así lo entendían igualmente los filósofos antiguos, para los que el filósofo debía ser aeda al mismo tiempo: para mover los espíritu hay que saber conmover con la palabra en acción. 
Más tarde que pronto, la poesía fue desligándose de la música hasta quedar en ella misma como forma artística independiente y plena. El poeta se centraba en la palabra, pero se despegó de la forma de entendimiento que propone la palabra en confluencia con otras artes. Hasta el Renacimiento (en que incluyo el Barroco)  no se retomó este sentido prístino del verbo empapado en las formas y en las dimensiones de la polifonía a la que nunca llegará. Una nueva propuesta musicial surgió igualmente en estas décadas prodigiosas. Y, con el tiempo, el Romanticismo hizo lo propio en el afán de hacer perdurar lo griego, lo antiguo en el mundo moderno que había quedado a los pies del racionalismo válido para el devenir de la ciencia, pero fallido para la ciencia del espíritu. No es casual que, en este periodo, la música sufriera otro viraje fundamental.

No sé si estas cuestiones forman parte de las reflexiones de mis contemporáneos o si ni siquiera forma parte del entramado actual de poetas y escritores. Tengo para mí que cada vez que leo una entrevista o la escucho en la radio, los poetas hablan demasiado de ellos mismos, de lo que quisieron decir en ese poema, de lo que sucedió para escribirlo, de demostrar que han leído tal o cual libro y de esas palabras, esos versos. No enjuicio, ni mucho menos, nada más lejos de mi intención, y es posible que esté equivocado. Lo único en que no puedo estar de acuerdo es en mantenerme al margen cuando observo que tratan de devorar el cuerpo de poesía los caníbales que solo entienden de vanaglorias. 



sábado, 20 de diciembre de 2014

NUNCA imaginé que fuera a escribir un diario literario. Mucho menos, que perdurara con los años y que, a fuerza de leer y de vivir, se convirtiera en un espejo en el camino; no a la manera de Stendhal, sino en el sentido opuesto, el de un realismo total que incluye igualmente lo intangible. 
Llegará un momento en que el diario deje de existir en esta forma, en este esquema mental que diariamente ejecuta no sé qué consciencia.  Desde luego que yo no escribo como yo, sino que es otra consciencia la que dicta estas líneas, eso es evidente. No hay día en que no recuerde el aserto de Don Quijote cuando lo recogen de la primera paliza: "Yo sé quién soy". Esta secuencia en boca de otro personaje resultaría inadecuada, pero en los labios del imaginario personaje es una sentencia que sintetiza toda una filosofía. 

Hacía tiempo que no encoentraba un libro tan fascinante como La música como pensamiento de Mark Evan Bonds.  Todavía hay libro lúcidos que sacuden el entendimiento y que enseñan a dirigirnos hacia otra profundidad. Junto al libro de Eva Bonds tengo la antología poética  de Charles Simic, Mil novecientos treinta y ocho y, hasta ahora, me emocionan más las páginas del primero que las del poeta nacido en Belgrado. 
Me agrada mucho un poema titulado "Mil años de soledad" en que hace uso de la antigua metáfora náutica de la vida como una navegación, pero sobre todo, ahí la originalidad, del silencio asimilado al bote que dios sacude y azuza en las aguas del océnao de nuestros cuerpos. Un poema conciso, profundo, que uno relee como hace con los buenos poemas. Podríamos incluir igualmente "El viento",  que dice así:

Al tocarme, tú tocas
el país que te ha exiliado.

Convierte el viento en una suerte de recipiente en que quedan descubiertas todas las esencias. El viento golpeando el cuerpo de cualquier mortal está acercando, fugazmente, la esencia por la que el viento atravesó hasta él. Una sustancia invisible, sensitiva tan solo, transparente pero real. 

Mencionaba el libro dedicado a la música y se me olvidaba el subtítulo, a saber, El público y la música instrumental en la época de Beethoven.  El libro está fundamentado en exponer cómo, en esas décadas finales del XVIII e iniciadoras del XIX, la música, gracias al desarrolllo instrumental de Beethoven, se convierte no solo en una forma de escuchar el mundo sino también de pensar el mundo con un discurso superior, distinto, a la palabra. El asunto no puede ser más atractivo para mí. 

Siempre he pensado que la música es el encuentro entre la materia y la esencia; un encuentro en que el hombre no participa, tan solo contempla. Como el viento de Simic, que contiene la esencia de otras realidades y que impregna al que lo siente en su carne, la música penetra en los oídos, aun sin quererlo y transforma el espíritu, lo predispone a otro entendimiento. En esa transformación, como querían los antiguos, debemos arrojarnos a los círculos convulsos de la belleza. 



jueves, 18 de diciembre de 2014

ADMITO las distintas formas de escritura, incluso las que distan tanto de mi manera de entender el fenómeno literario, pero lo que no puedo ni ética ni estéticamente admitir es la falta soberana de saber decir, de ars recte dicendi. Lo tengo por lo mínimo que debe manejar un escritor.  Hay que respetar la lengua como principio de creación, pues si no es así, el fruto será putrefacto en el ínterin.  

Escucho estos días a Ludovico Einaudi y Wim Mertens. Dos sensibilidades dispares, pero semejantes en la profundidad de la melodía y del concierto. Con sus músicas voy escribiendo ora páginas sueltas de diario ora versos y estrofas que desdeñan la belleza. 

¿Mi círculo? Lo tracé en la orilla pero no logro encontrarlo de nuevo.  
CADA mes de diciembre, con exactitud, el día 15, tengo la costumbre de mirar al cielo para buscar el rescoldo de las saturnalia: la luz en las casas para que el sol renaciera, los seres danzando por la entrada en el solsticio de invierno, el sol principiando su armonía con Capricornio y la declinación de la luz en los ojos ciegos. 

Gris, como el cielo, así estoy. 

Vivir, leer, amar, ...