jueves, 5 de marzo de 2015

ME había quedado leyendo Tristes, de Ovidio, exactamente el Libro II. Le recordaba Ovidio al emperador el comienzo de Eneida: "Arma virumque... ", pero al principio de su libelo había afirmado: "¿Qué puedo hacer yo con vosotros, libritos, afición funesta,[...]?" Ovidio, desterrado. Fuera de sí a causa de los libros. Puede que el poeta estuviera ahondando en el exilio interior que sucede a cada palabra que alguien edifica con afán de eternidad, de permanencia; puede que Ovidio estuviera queriendo renunciar a su propia escritura en busca de un beneficio físico para su persona; puede que el poeta dirimiera entre la vida en la literatura y la vida sin más ni más. 
Decía que me había quedado leyendo a Ovidio. Tras esta lectura, retomé a mi querido Marcel Proust y fue justo al acabar las páginas del escritor francés cuando sucedió que me asomé a la azotea para contemplar el cielo, el cosmos. Todo estaba satinado de luces silueteadas en el firmamento; destellos, figuraciones geométricas, líneas, perfectas y armónicas oscuridades invadiendo todo, incluso mi propio pensamiento. En una sucesión de imágenes, de reflexiones, estuve recordando los pasajes de Ovidio y tratando de entender que el escritor, en algunos momentos de su vida, desea dejar de ser escritor, que el poeta anhela dejar de ser poeta por siempre. En esas estaba cuando me pregunté ¿Y el mortal, quiere dejar de ser para ser?





Escribir, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre.

Solo el canto consagra y celebra
la belleza escondida de las horas

[...]

martes, 3 de marzo de 2015

TODAVÍA mantenemos en la memoria inmediata los paseos por el campo. Las manos de E. recogiendo margaritas y pequeños lirios florecientes se ha transformado en un bucle de sentimientos nonatos para uno. El campo parecía regado de yemas moradas y amarillas y todo ello con la presta atención de las flores del castaño irrumpiendo en el paisaje matutino.  
En el rellano tomamos unas frutas a la sombra de una encina y esa sombra parecía que nos ayudaba a adentrarnos en la armoniosa manifestación de naturaleza. E. miraba aquí y acullá, sin saber dónde descansar su mirada viva, primigenia sobre el monte. En todo aquello había una naturalidad tan alejada de lo cotidiano, tan depurada de lo mortal, tan verdadera que se adhiere al recuerdo como una salvaguarda. E. nos ha traído la felicidad a la casa, pero también nos ha regalado lecciones de cómo vamos abandonando la natural estación del ser.  

ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre.
[...]

domingo, 1 de marzo de 2015

DÍAS en Benaocaz. Hemos compartido con E. la asunción de conocer el campo. Sus ojos con los lirios silvestres, los castaños en flor, los acebuches mostraban una prematura inocencia que admirábamos con entusiasmo. En el fondo, en permanencia, la silueta de las montañas que, en la mañana, amanecen invadidas por las nubes como una algodonera inmensa. Los pájaros, incluso los buitres muy cerca de nosotros y, sobre todo,  un silencio tan solo interrumpido por el canto de la noche. Ese canto que ahora debe estar escuchando E. en sus sueños, en su todavía leve memoria con la que tanto nos emocionamos.

jueves, 26 de febrero de 2015

HOMBRE  ácrono: poeta.

Estoy releyendo a Marcel Proust, Por la parte de Swann, con la intención de proseguir la lectura de En busca del tiempo perdido. Esta es una obra turbadora, una prosa que traspasa las lindes de la mera narración. El arranque de "Combray" ha quedado fijado en mi memoria como pocos pasajes: "Durante mucho tiempo, me acosté temprano". 
En las primeras páginas de este libro están condensados Pitágoras, Platón, Ovidio, Cervantes y Kafka y toda la teoría psicoanalítica del siglo XX en una mixtura portentosa y tremendamente atractiva. Además, por sobre todo, se levanta la imagen de un lector en la noche, más bien, en la duermevela, en esa estación marcada por Bécquer como el tiempo de la claridad creativa. Incluye Proust incluso una imagen onírica en que entrecruza su cuerpo con el de una mujer que surge de su propio cuerpo en una transformación de los amantes deliciosa, renovando así, con la imagen bíblica y el el paganismo de Ovidio, las vanguardias artísticas de comienzos del siglo veinte. 
La noche, la lectura, el orden del mundo mientras dormimos conduce al narrador a afirmar: "tenía tan solo la sensación de la existencia en su sencillez primordial, como la que puede vibrar en el fondo de un animal; estaba más despojado que un hombre de las cavernas, pero entonces el recuerdo [...] venía en mi ayuda desde lo alto para sacarme de la nada de la que no habría podido salir solo `...] recomponía poco a poco los rasgos originales de mi ser". 

Como la claridad del poeta Claudio Rodríguez, como la llegada del ángel de Rilke, como el paso de la amada en Dante, como la rosa ininteligible de J.R.J., como el delirio insonoro de Hölderlin, como el susurro fastuoso de Baudelaire, como la retama desaparecida de Leopardi...  delicioso  pasaje este de Marcel Proust que desprende una sensibilidad inaudita, una propuesta ética y estética perfectamente engarzada y coherente, armónica en todo caso. Líneas, lecturas ahora de un lector en la noche del día que lo recupera, también, a uno mismo, de esa oscuridad que lo contemporáneo esconde, de esa malversación estética que tanto me duele, de esa falta de naturalidad con que las cosas se nos muestran a los ojos y nunca vemos.  



martes, 24 de febrero de 2015

LA EMBRIAGUEZ  de totalidad ha sacudido a no pocos artistas de todas las disciplinas. En la poesía y en el arte de la palabra en general, ha sido una inclinación continuamente visitada por los que han querido demostrar la incapacidad de la palabra para decir en polifonía. Quizás esta es la tragedia íntima de la palabra y, por ende, del poeta, la monodia sometida del verbo. Frente a la música y frente a naturaleza, incluso, frente a la realidad misma, la palabra ofrece un ejercicio que aleja al hombre de esa pluralidad, del ser. En este acto de entendimiento, el poeta comienza a incardinar su palabra en la no palabra, esto es, en el silencio; y hace de su vida, la no vida, esto es , la soledad.  

Cuanto más ensimismado el poeta menos evocación habrá en su palabra. Puede que esto último sea una pandemia que atraviesa la lírica de estos años, pero, me preocupa mucho el que se comience a detractar esas cimas de la lírica que han tanteado el absoluto, la totalidad, con una propuesta que sacudió los resortes del propio género literario. Tanto es así que incluso los poetas que, en alguna ocasión, dirigieron su verbo, como afirmaba Hölderlin, "hacia lo incierto", comienzan a mostrar falta de entendimiento con sus propios actos pasados. Se entregan a la muchedumbre cuando predicaban la mansedumbre. 
Así las cosas, puede que uno vaya aprendiendo de lo pasajero del ser, de su efímera precisión en algo.  Esa embriaguez de totalidad ha dado frutos hermosos y permanentes, esto es, el Zaratustra de Nietzsche o los Cantos de Ezra Pound, incluso podemos añadir En busca del tiempo perdidos de mi cada vez más amado Marcel Proust. 
Esta mañana recuerdo las palabras de Montaigne: "Je ne peint pas l´être, je peint le passage", no pinto el ser, pinto el paso. Entre la sentencia y el acto creativo, quizás Montaigne estaba dirimiendo la posición ética que jamás debe abandonarse para la creación verdadera.



ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo. 
[...]

domingo, 22 de febrero de 2015

ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
[...]

El campo, a pesar del frío, comienza a figurar ya un verdor primero. Ese brote ante la adversidad y el contratiempo es una diáfana manifestación de naturaleza que los hombres no terminan de comprender. Ensimismados, carcomidos por sus propias vanaglorias, retirados de lo que no entienden, justicieros ante los demás, ya solo va quedando el sonido interno del corazón. Sístole y diástole, el ejercicio coronario de la vida se va consumiendo. Y, en esa labilidad, las cosas comienza a adquirir la claridad primera. 
No es una manifestación de cansancio ni de rechazo ni de egolatría, antes al contrario, es un acto de honor y de fidelidad. Este, cuando surge de la verdad, no deja ningún rastro en la consciencia más que   el de la satisfacción. Así las cosas, de lo que antes costaba desprenderse, ahora lo hace uno con firmeza  e, incluso, con demasiado respeto. La educación estética es también un valor, claro está, que va ungido del individuo que desees proyectar en ti. 
Lecturas, poemas, palabras, la literatura va declinándose por los mismos cauces, dibujando caminos en la tierra sobre los que pasamos como una liviandad exultante. Casi no estamos en nada, casi no somos nada vivamente en este mundo. 

domingo, 15 de febrero de 2015

UN POETA debe dejar destellos de sus pasos, no evidencias, menos aún, pruebas.

Lo que llaman real queda acotado a lo que pueden imaginar que es real.

"Por eso, querido amigo, ame su soledad y aguante el dolor que le causa, con queja de hermoso son", Rilke, 16 de julio de 1903, Worpswede (Bremen), Briefe an einen junten Dichter.

"La lengua de las flores y de las cosas mudas", Charles Baudelaire, Les fleurs du mal.


jueves, 12 de febrero de 2015

ACTO DE FE. Hoy, al terminar de releer Cartas a un joven poeta de Rilke, hice, precisamente, lo que aconseja el autor de las Elegías:entré en mí mismo con dos antorchas: silencio y soledad. Hacia ellas voy como una luciérnaga.  
Al hacerlo, lo primero que pensé fue en la pureza, en la verdad que conforma la belleza, en el silencio nutricio y la soledad altamente sonora de lo ético, que no es más que la presencia estética humana.

Así las cosas, mi mayor acto de fe es seguir leyendo , solo, en mí mismo, sin decir nada más que lo que mi corazón acorde en silencio. Todo lo demás atrofia mi espíritu.  Mi ausencia no la notará nadie, pues nadie soy, pero mi presencia me dañaría en la consciencia poética del ser.  



lunes, 9 de febrero de 2015


TODA escritura es la construcción de la conciencia humana. Como en el Cratilo de Platón, dar nombre es despertar al espíritu hacia las músicas de los sueños y las fábulas. Por eso mismo, la poesía, el nombre dador y transformado, debe estar escrito desde esa consciencia. La historia de las lenguas consienten la historia de sus espíritus. Es más, todas conforman la historia del esp. tu"﷽﷽﷽﷽﷽ invisibilidad del espo, debe estar escrito desde esa consciencia. La historia de las lenguas consienten la historia díritu de la humanidad.  Con Hegel, el lenguaje es “la visible invisibilidad del espíritu”.  
Sin embargo, en el mismo ejercicio del lenguaje, en la edificación racional de la palabra existe un oscurecimiento y una dispersión de lo natural. Entre una y otra, entre conocer y reconocer, el círculo sonoro de la palabra poética. En términos de Hegel, "oímos nuestro ser". 

domingo, 8 de febrero de 2015

TROUBLE, con Baudelaire, se alzó a la categoría de turbación, disturbio, desorden como nunca antes se había desarrollado, al menos, en las letras francesas. Enlaza con el paganismo de Catulo y de Ovidio y, -mencionada en este diario-, con la sensualidad del Renacimiento. Pero había demasiado recato y reticencia moral todavía hasta la llegada impúdica de los versos de Baudelaire.  
De Baudelaire me fascina no solo la innegable capacidad lírica sino la concreción ética ante el mundo. Pocos poetas ofrecen con tanta nitidez para el lector una posición frente al mundo. Aceptada o no, compartida o renegada, es indudable. Y esto, en el campo de las artes, es la naturalidad y la verdad puestas en los ojos de los que solo terminamos siendo lectores. En puridad, compartimos esa pureza al poder vislumbrarla, esto es, esa verdad se edifica gracias a que el lector posee los elementos especulares para poder reflejarlas en él mismo.  
Después de haber releído las flores del mal lentamente, en otra edad, con otra carga vital, he comprobado cómo Baudelaire deseaba convertir el yo que evoca en nuestro propio yo, en ese profundo estado de duermevela que toscos evocamos en nuestra consciencia. Por este motivo, leer sus versos es despertar hacia lo incierto con la grata melodía de sus palabras. 

Este poeta descubre, de una vez pode todas, ante la sociedad industrializada, que el arte se enraíza en otros territorios alejados de la mera realidad, pues toda percepción de la realidad no termina siendo más que impostura y que, por lo tanto, un convencimiento en la impostura conduce a una impostura poética, por muy bien ejecutada que termine.  Desde Platón hasta el propio Nietzsche, decimos con él: " No amamos a otro; amamos las sensaciones agradables que otro nos suscita". 

Sin embargo, en esa percepción de la perversa belleza del mal, remontada al mito adánico, advertimos que la poesía puede embellecer, mediante la expresión poética, el elemento maligno que subyace en el mundo. Para ello, en la poesía no hay relato, no hay razón sintáctica, sino razones luminosas, como deseaba María Zambrano. Así, Baudelaire entiende que la ruptura no consiste en cambios superficiales de la gramática, la ortografía, la disposición verbal. Es más, no se aparta de la cadencia clásica y salmódica de la lírica con la virulencia de los que creen hallar en experimentos verbal e seda gracia escondida.  

Baudelaire aspira, por lo demás, a una unidad de todas las artes, con la que se consiga una percepción ultrasensible, que atraviese el umbral de intensidad y provoque un cambio, una transformación  de todos los entieso fundidos en uno. Anhelaba que se produjera una percepción del alma misma.

[...]
alma curiosa y singular que sufres
y buscas sin cesar tu paraíso
[...]  

jueves, 5 de febrero de 2015

DE PROFUNDIS, desde el abismo y el límite. ¿Qué otra opción cabe en este meditar de la palabra? Quizás la brevedad que anticipa un silencio sonoro, la de Séneca, la de Valéry, quizás la de Nietzsche. Es una síntesis que expande sus silencios hacía las palabras para reedificarías, pues cada una de ellas son más de lo que el poeta dice. He ahí la dificultad de lo breve, pues esta estética nace natural. El poeta agarra dos o tres o cuatro términos que, en sus manos, arden y abrasan. Apenas puede establecer su contorno. Cuando el poeta coloca las palmas de sus manos hacia arriba, tan solo tiene marcas, signos, huellas de esa incandescencia misteriosa. 

Ayer hablábamos de lo natural que tan ausente queda en la poesía de estos años. Lo natural asociado a  una verdad en la palabra, una verdad innegable para el lector, a pesar de estar recubierta de impulsos estéticos variados y distintos. Ya lo decía Aristóteles, la verdad puede ser dicha de muchas maneras y todas ellas son válidas si son auténticas.  
La época contemporánea se ha llenado de escritores que no leen y de críticos que quieren serlo ensalzando las obras de los mediáticos. Realmente, ese ecosistema de vanidades es legión. A uno solo le queda contemplar con calma desde lejos, sin inmiscuirse en las algarabías y las capillas literarias. Hay quien escribe pensando en que lo va a leer X y va a decir Y; y otros ni siquiera se plantean eso, pues entregan sus obras al censor para que este pode y quede el trabajo limpio y expurgado de influencias tóxico-literarias. No hay más que abrir los últimos libros que han publicado premios literarios para advertir la decadencia y la estafa, sin más ni más. Pobre del que tenga a estos señores por referencia de creación, bienaventurados los ciegos en la luz. 







martes, 3 de febrero de 2015

UNA de las características que más me fascinan del Renacimiento y del Barroco es la posición sensorial, de lo aparentemente sensorial. Todo el arte de esos siglos está cargado de sinuosas exuberancias epicúreas. Nunca antes se había incorporado lo sensorial con tanta vehemencia a las artes. El cuerpo de los hombres pasó de ser medida de todas las cosas, como quería Protágoras, a suntuosas representaciones vitales del paso del mortal por este mundo. Cualquiera que contempla una pintura, una escultura o lee un libro del momento queda fijado por la fructífera contraposición que en ellos se edifica. 
Así, las vanguardias quisieron recuperar ciertos aspectos de esta singularidad, pero carecían de los resortes platónicos y filosóficos para poder cuajar algo grande y significativo como sucedió en el Renacimiento y Barroco. 
Vivir otras épocas se convierte en una experiencia tan viva y real como la de convivir con tus contemporáneos. Por eso, cuando alguien afirma que uno debería leer a sus contemporáneos, siempre digo que así hago. Uno se hace contemporáneo de la época que desee y que muestre alguna enseñanza para este aliento y este soplo que es vivir. 

domingo, 1 de febrero de 2015

SIENTO que van desapareciendo demasiadas cosas a mi alrededor o quizás compruebo que no todo lo que consideraba vivir era la vida. Como un derrumbe fortuito, como un arenal interminable del que no conocía los límites, todo va enmarañándose y dejando su aparente silueta de verdad. No habitan en estas palabras melancolía alguna, ni siquiera anhelo del pasado, sino una profunda claridad de la luz sobre la vida. Me conformo apenas con el viento en el rostro, con la tierra en las manos, con la piel de las mujeres que amo. 
Concebimos la vida en un futurible perverso en el que nunca nada llega a su culmen. Si conseguimos esto anhelamos lo otro y si tuvimos lo otro hubiéramos querido esto. Puede que ser mortal, hombre en el cosmos, no sea más que circular por ese circuito finito cargados de solsticios de infinitud. Puede que vivir serenamente no sea más que ir desnudando esas ideas preclaras en nuestra mente y reducirlas a una misma cosa, a lo que deseamos y nunca seremos. 
En estas consideraciones, el arte va alcanzando una magnitud concreta. Puede que no sea el todo, pues resultaría una visión muy reducida. El arte, en concreto, la poesía, es magma de un solo volcán en una galaxia de volcanes. Un solo volcán potente, de erupción titánica para la mente de un solo hombre, pero insignificante para la dimensión de la humanidad. La poesía en un hombre solo puede ser vida, para la humanidad, mera circunstancia sin más. Entre una y otra se halla la virtud, ¿la encontraremos alguna vez? Pero, ¿qué es un hombre?

sábado, 31 de enero de 2015

ME propongo ir leyendo y seleccionando los textos del diario desde 2010 hasta la fecha. Cuando me pongo en la tarea de libar en las flores propias, todo me resulta extraño, ajeno, desmedido, ensoñado. Pareciera que el mismo diario comenzó a bifurcarse en distintos jardines. Por ellos voy deambulando con la idea de podar y podar. Casi ocho años de escritura ininterrumpida no es más que una cifra falsa y pendenciera. No hay tiempos en la palabra, en esa palabra literaria que es la rosa. No hay tiempos ni tampoco existe el hombre que las urdió con detenimiento y tesón. Tan solo una sombra liviana, proyectada en la memoria nebulosa de un individuo, de un hombre solo.
En esos jardines se observan pisadas en la tierra que ofrecen una transformación y una permanencia. Me agacho para tocarlas con las manos, pero cuando mis dedos están ya cerca de las hormas clavadas en la tierra, estas desaparecen. Quizás no existan esas pisadas más que en mi memoria, es decir, en ningún sitio, y puede que escribir no sea más que acudir al sonido de la flauta de siringa, de la rueca incesante que dialoga con esa pérdida contenida en nosotros; o quizás en esos merodeos, no hacemos más que volver a pisar por los mismos pasos de antaño, siempre los mismos, siempre diferentes.



martes, 27 de enero de 2015

TU silencio mortal sobre mis ojos,
tu mano blanca ya desposeída,
la ausencia toda en el recuerdo,
ser algo en nada siempre es esta vida.
[...]

domingo, 25 de enero de 2015

ESTA TARDE he conocido como nunca la muerte, la muerte en la vida. Me ha dado la mano con una fuerza que atenazaba no solo mis dedos sino todo mi cuerpo y me ha mirado sin ver, me ha contemplado. Mi mano tiritaba, pero me impedía soltarla. Sudaban como el sueño de un centauro. Todavía, pasadas unas horas, percibo ese temblor primero en mi piel.  


viernes, 23 de enero de 2015

UNA MAÑANA, quizás una tarde envuelta en ocaso, o en la noche luminosa de la vida, puede que todo recobre su cuerpo y su esencia. 

***

Pienso que la vida, lo que nos llega a nosotros como tal, va enmarañando y colocando capas que nos alejan de lo visible al ánimo. Es un desenfoque continuo la vida, un ir deshaciendo lo que ya teníamos como seres. La naturalidad se va alejando de nosotros; tratamos de justificar los actos en relación con las opiniones sociales; los artistas crean ya para ser aplaudidos (aunque el aplauso sea sordo, ingrávido); los políticos han dejado de entender qué significan las mayúsculas. Las conversaciones se sustentan en tópicos y escama la elaboración propia de ideas. 

He ido cediendo y tolerando acciones de los otros que no compartía en plenitud ya que siempre he tratado de situarme en una posición global y poliédrica ante las realidades y porque considero que no de otra forma puede uno vivir, al menos, sin sobresaltos. Una cosa es el bullicio y otra el silencio y la soledad, no es la vida igual en una y en otra.  
Con el tiempo, el margen de tolerancia ha ido diluyéndose a medida que he comprobado cómo los demás tan solo desean ser aceptados pero no aceptar ni entender jamás a uno. Cada uno a lo propio las más de las veces; en otras situaciones he optado por incorporarme al debate aunque tan solo aguante unos minutos, pero, en el momento en que uno enjuicia o discrepa o propone alguna actuación desde la ética más profunda y convincente todo se trastoca. Pareciera que los individuos dijeran: "no nos vengas con esas..."; "siempre igual, dándole vueltas a todo...", "siempre fuiste raro, tío", "qué especial eres...". Canciones de la vulgaridad y del sinsentido que ya, con algunas canas, voy dejando olvidadas para darle con la zambomba.

Días, palabras, hombres que van colocando a un mortal en una posición ante el todo. No todos somos iguales, ni todos entendemos la realidad de la misma manera ni todos llegaremos a ser todo en la vida. Eso es una claridad que va sobreponiéndose por encima de otras convicciones. Y creo que es lo primero que hay que aceptar para comenzar a vivir la vida que te toca.    

miércoles, 21 de enero de 2015

NO es cuestión de brevedad, ni siquiera de tiempo. Es la pulcritud con que uno se inmiscuye en la palabra literaria. Esa limpieza, en cuerpo y alma, necesita lentitud, selección, sinuosa confidencia en el silencio de todo. Por eso no comprendo otras actitudes ni otras acciones que tratan de invadir el sentido primero de la palabra poética. 

Hoy me ha sobrevenido un hastío ronco, de golpe metálico, tan rotundo como la zarpa de un tigre. Me he sentido muerto, inexistente. Todo cobró un valor vulgar y relativo, incluido lo que considero fundamento. Tan solo me mantenía unido a la realidad una mano, una mano diminuta pero fuerte, recoleta pero inmensa como el cosmos. Eran los dedos de E. los que me sostenían en el abismo. 

La única forma artística que me transforma en otro individuo y que me derrumba hasta hacerme desaparecer para ser de verdad es la música. No hay disciplina superior a ella, magia superior, conmoción mayor que escuchar siendo la música misma. 

Ahora que realizo paseos largos con la bicicleta voy conociendo naturaleza con otras impresiones. Por ejemplo, el otro día, temprano, descompuesto por el frío, pude comprobar cómo la tierra expele el agua de su seno en forma de humo cuando el sol rodea su cuerpo, cómo todo en naturaleza es una conjunción circular que trata de alcanzar la permanencia, que uno mismo, entre el silencio visceral de la tierra húmeda, los árboles, los animales agazapados, las lomas, las viñas, acaso el vuelo frugal de un ave, es nada en nada. 


domingo, 18 de enero de 2015

MAÑANA de lluvia. Algunos libros descansan encima de la mesa. Poesía, ¿poesía?, me digo al poco de pensar en sus poemas. No sé en qué estado estético nos encontramos en estos años, pero cada vez que hago una aproximación, me siento más alejado, más extraño ante esas propuestas. No encuentro en ellos ninguno de los elementos que edifican la poesía. No hay emoción ni entusiasmo (en el sentido griego del vocablo), tan solo palabras que hubieran encajado mejor en otra convención literaria. Textos que hubieran sido buenos artículos de opinión, comienzos de ensayos sociológico o, incluso, excelentes relatos. En otras ocasiones, los poemas desmerecen por completo cualquier tipo de escritura. 

Mañana de lluvia. E. sacude su cuerpo cuando suena Vivaldi. Se enciende cuando los compases intensifican la estación invernal. Al observarla me digo que es eso mismo lo que anhelo en la lectura de un poema, ese prendimiento desconocido que atrapa al ánimo, lo inflama de mortalidad y lo hace concorde con no se sabe qué armonía. Nada más y nada meneo que esa posesión por la palabra. 

jueves, 15 de enero de 2015

LA palabra poética
excede la memoria
porque su tiempo eterno

no cumple olvidos.



***

¿Quién podrá decir lo puro de lo impuro, lo infinito desde la mortalidad?  ¿Es posible la palabra exenta de tiempo, en el tiempo, siendo tiempo ella misma?  ¿O es la palabra el laberinto del ser sin hilo de Ariadna más que el de la muerte? 

martes, 13 de enero de 2015

[...]
NO hay orden ni medida duraderos
más que el que une el fin con el principio
y lo convierte en círculo inmutable.

domingo, 11 de enero de 2015

LA POESÍA orienta y desorienta; es transformación y permanencia; con la poesía no decimos nada, lo sugerimos todo; es creación y es reflexión; crea un mundo y recrea otro; surge del límite finito del hombre para deshacerse en la meditar ilimitado del cosmos. La poesía es matriz del símbolo.  

miércoles, 7 de enero de 2015

ESCUCHAR es presentir; presentir conduce a pensar. Pensar el mundo es hacerlo nuevo.

***


La palabra verdadera convierte al yo en un nosotros, pues lo armoniza en la polifonía del mundo, de la naturaleza.

***

La razón luminosa penetra por el oído, se deshace de lo superfluo en el aire y llega en aleteo acompasado de musas y oscuridades. 

***
El silencio es un fragmento de nuestro origen; la soledad, su espacio figurado; la palabra la evocación y la sugerencia; la música el trayecto hacia el origen, el espacio desconocidos. 

martes, 6 de enero de 2015


LAS DIJO Sócrates estas palabras «El alfabeto generará olvido en las almas de quienes lo aprendan; éstos dejarán de ejercitar la memoria puesto que fijándose en el texto traerán las cosas a la mente no  más del interior de ellos mismos, sino de fuera, a través de signos  extraños: lo que tú has encontrado no es una receta para la memoria sino para reclamar a la mente». 

Existiera o no Sócrates, fuera ficción o realidad este aserto, el texto apuntala la cuestión palpitante de la palabra y la memoria. Es el principio capital de todo entendimiento del mundo. ¿Recordamos la cosa en sí o lo que decimos de ella? ¿Creamos definiendo esencia o lo que percibimos de ella? ¿Hasta qué grado de apariencia podemos aceptar cómo parte de verdad? Muchas de estas cuestiones van haciéndose cada vez más anchas, como el cauce de un río total que no puedo contener y que me arrastra y que silencia con el runrún del agua sobre mis ojos.  


Escribimos porque hemos leído y todo lo que lleguemos a firmar de la escritura es consecuencia de la lectura; es más, todo lo que alcancemos a decir con la palabra es consecuencia de la palabra. Por tanto, en las consideraciones de Sócrates el hombre se encuentra en un estado superficial, externo, poco propicio para entrar en la vulva de lo que creemos que existe más allá de las palabras. La lectura y la escritura se convierten, de este modo, en actos de fe poética que anhelan penetrar en otra realidad distinta a la que percibimos tan solo al escuchar el nombre. J.R.J. tanteó esta disyuntiva en un hermoso poema; Hölderlin, Rilke, san Juan de la Cruz hicieron lo propio. Es el territorio en que la poesía supera el mero decir para edificar otro discurso ligado la pensamiento. En este punto, la palabra debe impregnarse de la naturaleza musical para que el discurso abandone los paños y medidas convencionales y traten de desvelar.   

domingo, 4 de enero de 2015

ESCRIBO, y lo deseo, en un tono comedido, receloso de las lúdicas propuestas estéticas. En esto, como en todo, han influido las lecturas, el cuerpo de textos que realmente teje la vida paralela de cada cual. En esos textos, a pesar de sus falsedades, de sus paradojas, de sus improcedencias, he ido convocando una suerte de trama personal que, a la postre, resulta lo que uno desea escribir. En la literatura casi nunca se acompasan realidades y deseos, pero las lecturas se convierten en los arsenales que trastocan la realidad, quizás en el único asalto en vida, en carne viva, para desmontar la realidad a los ojos. 

Quiero decir que cada cosa nombrada desde lo literario ha sufrido, para el lector, una trasnformación. En esa metamorfosis reside una permanencia y el escritor, en la estirpe de Orfeo, debe armonizar desde su naturaleza, trascendiéndola, las dos naturalezas. La imposibilidad de este deseo es certeza, pero su planteamiento ya orienta, como decía Machado, la poesía al misterio. 

sábado, 3 de enero de 2015

TODO comienza sin conocer el origen o la causa o la fuerza que lo principia todo. Arremete desviando la voluntad interna, casi sometiéndola a un decir imperativo. La vida comienza entonces a macerarse con la palabra, a envolverse de sus mecánicas, a prescindir de los arrebatos insignificantes que distraían de ese misterioso aroma insoslayable y, como una trama oculta, a ocupar tu propia vida. Al final dejas de existir por haber entregado tu vida a la búsqueda de ese origen, de esa causa, de esa fuerza que todo lo principia. En mitad del camino, sabio Dante, una enorme confusión lo inunda, un abisal deseo de muerte, de abandono irrumpe como la noche profunda a tus ojos. Es el momento de la claridad o de la oscuridad perpetua; de desandar o de trazar el sendero con tus pies de agua, de no dejar de ser para ser sino de desear dejar de ser. En ese punto me encuentro habitado de enigmas y conjuros.