miércoles, 18 de marzo de 2015


Detrás de un hombre o hay acciones o hay palabras; y puede que la literatura sea la acción de la palabra que involucra al lector y al creador en una misma unidad: la esencia de la palabra. Sin saber cómo, con qué procedimientos del azar o lo fortuito, lo irrevocable o el destino de cada cual, el texto se va edificando hasta alcanzar una unidad, -si es que la alcanza y habita- aunque sea en destellos y fragmentos.  Una unidad que lo envuelve todo e hilvana e incluso lo presenta como una sucesión continua de hechos y acciones, causas y consecuencias. No es así, sin embargo, como sucede todo y, más todavía, cómo se resguarda en la memoria. Por eso mismo escribir esta historia es una forma de escribirla y hacerlo como si yo hubiera sido el protagonista de la misma no es más que un método para contarla, una perspectiva de la palabra pero no la única; puedes tomarla como el suceso de cualquier hombre, cualquier individuo, pues somos lo mismo al fin y al cabo. El yo que narra no es el yo que recuerda, ni siquiera el mismo yo que trata de trenzar oraciones. Como decía Pessoa, existe una confederación de yoes en la que, eventualmente, hay uno que se sobrepone en torno a los demás y gobierna con tiranía o con deseo y afán de prevalencia.   



ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre.

 Solo el canto consagra y celebra
la belleza escondida de las horas
y en ella se proclama una verdad
que ha de quedar tan pura a los oídos
que nunca escucharás tu voz en ella
[...]

martes, 17 de marzo de 2015

IMBUÍDO en los Ensayos de Hölderlin anoto a cada página, casi en cada pasaje, las pisadas de algún revolcón que me suscita en el entendimiento. Las certezas las dejo para quien las quiera en la literatura. Nunca las abracé, antes al contrario, rehuí de los que desean estipular qué es un texto literario sin más ni más. Sobre todo de los que se dejan adular por los vítores de los contemporáneos y escriben para ser leídos por los que luego dirán qué grandes y buenos poetas son.  

Ahora bien, el centro de la poesía es indudable y ese estado del espíritu es un crisol inexpresable, también percibido de lleno y con claridad. Esa insuficiencia conduce al silencio gozoso, a la soledad nutricia de la palabra poética. En palabras del poeta alemán, el proceder del espíritu poético es un "ser-a-la-vez todas las cosas", un ser laminado por los tentáculos de la armonía y la naturalidad sucesiva.  

Hölderlin entendió y actuó con una clarividencia inaudita. En estos Ensayos podemos leer el siguiente pasaje que tengo para mí como un sermón bello y permanente: "Lo puro comprendido en cada particular temperamento está en pugna con el órgano en el cual ha sido comprendido, está en pugna con lo puro del otro órgano, está en pugna con el cambio". 

Estas palabras preconizan, ante su profunda expresión, la muerte de esa pureza en la poesía contemporánea. No hay pugnas, hay entregas. No hay actos de entendimiento individuales, hay grupúsculo. Los poetas están demasiado embelesados por esa pugna entre lo individual y lo permanente sin llegar a dirimir más que su propia orgía. No llegan a entender que la poesía bifurca el tiempo, las palabras, la realidad toda en una encrucijada finita que aspira a lo infinito. El propio Hölderlin dirá líneas más adelante:"Lo individual está en pugna con lo puro que ello comprende, está en pugna con la forma que hay a continuación, está en pugna, como individual, con lo universal del cambio".

Lo universal del cambio, he ahí la respuesta a la falta de certezas, pues el cambio pronuncia ese estado permanente del ser: un estar siendo hacia lo incierto. 

Lo finito es relacionan y unificante, límite y procedimiento, forma concreta que contiene lo imperecedero, estado natural del mortal que desea la permanencia. ¿En qué? No se sabe. ¿Para qué? No hay respuestas.    

lunes, 16 de marzo de 2015

AL POCO de leer los versos de Wordsworth, en la novísima edición de Siltolá a cargo de Mora Fandos, Poemas escogidos, termina uno congraciándose con la poesía. Tal y como el poeta inglés propugnaba para las realidades visibles y tangibles rebosantes de divinidad y profundidad, eso mismo me ha sucedido tras intentar leer libros que, mal que bien, terminan en ejercicios de vanagloria y en demostraciones públicas que buscan un determinado lector que los alabe.
A un lado todo esto, la naturalidad y la dicción de Wordsworth:

O joy! That in our embers
Is something that dorh live,
That nature yet remembers
Waht was so fugitive!

En traducción de marras:

¡Oh, gozo! ¡ese algo
que entre nuestros rescoldos late aún,
que la naturaleza recuerda, sin embargo,
aun siendo tan fugaz!


Muchos términos cuya semántica pudiéramos estar glosando durante muchas líneas, a saber: “gozo”, “naturaleza”, “recuerda”, “siendo”, “fugaz”. Sin embargo, quisiera destacar la naturalidad de esta poesía más allá de sus significados, de sus enmarañados símbolos y de sus posibles interpretaciones. Cuán difícil la naturalidad en la poesía, la transparencia con que solo la poesía impregna la palabra. Resulta tan ausente esta condición en los libros contemporáneos, tan alejada está que todo me resulta manierista, impostado, escrito ad hoc.  
Qué bello leer en un libro de poemas:

There are in our existence spots of time
[...]

Hay en nuestra existencia lugares en el tiempo
[...]

El poema prosigue con una explicación que matiza ese lugar en el tiempo. Sin embargo, estamos ante una expresión que condensa toda una poética deslumbrante: el estado del ser en la poesía. Con ello me resguardo en la lectura de este libro, con la reminiscencia y la candente palabra que reconforta y restituye como lector. 

jueves, 12 de marzo de 2015

AL FILO de la noche con la madrugada. Cuando los sentidos comienzan a perder, aunque sea fugazmente, sus procedimientos para traernos una secuencia de la realidad, pero no la realidad misma. En esa estación limítrofe es cuando comienzo a escribir. Así, lo primero que desaparece es la memoria de lo escrito. No recuerdo casi ningún texto de los que dejé escritos la noche anterior. Esto mismo no supone una renuncia a la realidad, ni siquiera la negación de estos objetos. Estamos en otro tono, estamos ante la exploración de otras realidades sin el auspicio de lo sensorial. ¿Existen? Hace tiempo me hacía esta pregunta. Hoy, para mí, es una afirmación. 

Si existe una imagen del infinito, como afirmaba Flaubert, esa es la del océano. 

No eres fuego ni entraña viva 
ni filo de los sueños como espadas.
Tampoco eres raíz fugitiva,
solo marca, el vínculo
de un templo levantado
en la llanura de tu vida.
[...]






sábado, 7 de marzo de 2015

AQUELLO de lo que nunca dirás nada, territorio y suceso del poeta.

jueves, 5 de marzo de 2015

TODA escritura, como toda vida, debe advertir que su rastro es la transparencia.

Hay sucesos en este época contemporánea que no logro entender. Por ejemplo, un individuo convierte su trabajo en su forma de vida; no posee ninguna inquietud más que la de rendir cuentas en su ámbito laboral. Sin quererlo, sus días van consumiendo el brío de su juventud, de su viveza aletargados en las miserias de cada trabajo. Nada de vislumbres más allá de esto mismo, de gusto por la reflexión, el deleite por las manifestaciones humanas de cualquier pelaje. No entiendo una vida sin conducirla a los límites de su propia razón primera y, en este punto, el arte se va convirtiendo en un cauce irrenunciable. Leer a los demás, citarlos y ponerlos en alta voz, contemplar, aprehender, ensimismarse en la dimensión del otro. Como lector, uno posee una aguja que contiene un hilo. Al término de su vida, de sus días, ese hilo habrá engarzado un telar de obras. Esas obras bien pueden considerarse el lugar de apariciones de lo que algún día fuimos. 
ME había quedado leyendo Tristes, de Ovidio, exactamente el Libro II. Le recordaba Ovidio al emperador el comienzo de Eneida: "Arma virumque... ", pero al principio de su libelo había afirmado: "¿Qué puedo hacer yo con vosotros, libritos, afición funesta,[...]?" Ovidio, desterrado. Fuera de sí a causa de los libros. Puede que el poeta estuviera ahondando en el exilio interior que sucede a cada palabra que alguien edifica con afán de eternidad, de permanencia; puede que Ovidio estuviera queriendo renunciar a su propia escritura en busca de un beneficio físico para su persona; puede que el poeta dirimiera entre la vida en la literatura y la vida sin más ni más. 
Decía que me había quedado leyendo a Ovidio. Tras esta lectura, retomé a mi querido Marcel Proust y fue justo al acabar las páginas del escritor francés cuando sucedió que me asomé a la azotea para contemplar el cielo, el cosmos. Todo estaba satinado de luces silueteadas en el firmamento; destellos, figuraciones geométricas, líneas, perfectas y armónicas oscuridades invadiendo todo, incluso mi propio pensamiento. En una sucesión de imágenes, de reflexiones, estuve recordando los pasajes de Ovidio y tratando de entender que el escritor, en algunos momentos de su vida, desea dejar de ser escritor, que el poeta anhela dejar de ser poeta por siempre. En esas estaba cuando me pregunté ¿Y el mortal, quiere dejar de ser para ser?





Escribir, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre.

Solo el canto consagra y celebra
la belleza escondida de las horas

[...]

martes, 3 de marzo de 2015

TODAVÍA mantenemos en la memoria inmediata los paseos por el campo. Las manos de E. recogiendo margaritas y pequeños lirios florecientes se ha transformado en un bucle de sentimientos nonatos para uno. El campo parecía regado de yemas moradas y amarillas y todo ello con la presta atención de las flores del castaño irrumpiendo en el paisaje matutino.  
En el rellano tomamos unas frutas a la sombra de una encina y esa sombra parecía que nos ayudaba a adentrarnos en la armoniosa manifestación de naturaleza. E. miraba aquí y acullá, sin saber dónde descansar su mirada viva, primigenia sobre el monte. En todo aquello había una naturalidad tan alejada de lo cotidiano, tan depurada de lo mortal, tan verdadera que se adhiere al recuerdo como una salvaguarda. E. nos ha traído la felicidad a la casa, pero también nos ha regalado lecciones de cómo vamos abandonando la natural estación del ser.  

ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre.
[...]

domingo, 1 de marzo de 2015

DÍAS en Benaocaz. Hemos compartido con E. la asunción de conocer el campo. Sus ojos con los lirios silvestres, los castaños en flor, los acebuches mostraban una prematura inocencia que admirábamos con entusiasmo. En el fondo, en permanencia, la silueta de las montañas que, en la mañana, amanecen invadidas por las nubes como una algodonera inmensa. Los pájaros, incluso los buitres muy cerca de nosotros y, sobre todo,  un silencio tan solo interrumpido por el canto de la noche. Ese canto que ahora debe estar escuchando E. en sus sueños, en su todavía leve memoria con la que tanto nos emocionamos.