jueves, 21 de mayo de 2015

“ARTE o natura nunca te mostraron
mayor placer[…]”


Pertenecen al “Canto XXXI”  de Paraíso, de Dante, el canto de la fascinación. Es el instante en que aparece Beatriz y desaparece Virgilio; quizás, el momento en que desaparece la razón y comienza la revelación a funcionar. El lector acaba de desnudarse tras el itinerario de lectura que ha ido leyendo. En este punto, más que en ningún otro, como sucede en pocos libros, se ha producido la transformación del lector, de la oscuridad, a la claridad. Las palabras han dejado de ser lo que son para el lector. Todo se ha transmutado en un tablero de símbolos en que leer es ya una música secreta. Como si tuviéramos en las manos una flauta de siringa, tan solo nos queda escuchar y avivar el ánimo, leer y silenciarse como un árbol con las raíces hacia lo interno. Ni el artificio, ni lo natural son realidades válidas para establecerse en ese mundo nonato, entonces, ¡qué somos nosotros mismos en esas realidades, en ese “resplandor de viva luz eterna”?

miércoles, 20 de mayo de 2015

LA INTEGRIDAD moral es un tesoro refulgente en el interior de cada cual. No brilla al exterior, antes al contrario, se oxida y enmohece al poco de ventearlo. 

***

Llevo unas semanas con melancolía. En algunas situaciones no sé resolver los enigmas y, en cada acción, me siento con la hiel en la boca. Me quedo cavilando en qué errores he incurrido para que, de repente, algunas cuestiones cambien hacia otra dimensión; escribo y me arrepiento; hablo, y desearía no haber hablado nunca; llamo por teléfono y me inunda una profunda tristeza que me conduce al llanto. Como ahora, que pareciera que estoy recorriendo un laberinto del que nunca saldré con la lágrimas restallando entre mis manos. 
Es una melancolía negra cuyos vértices no encuentro. Solo, soledad. Mustio y perdido. Respiro y siento un punzante dolor desde el tuétano que me atraviesa como una espada candente. Con los amigos trato de ofrecer siempre la verdad de los actos, de descubrirla en conjunto, agarrado de sus manos. 


domingo, 17 de mayo de 2015

ALGUIEN recordaba ayer el Zibaldone di pensieri y en cuanto llegué a casa no tuve más que abrir el libro y comenzar a leer cualquiera de sus páginas. Su prosa me provoca una fascinación permanente, tanto así sus poemas, pero la prosa de Leopardi trasluce una cosmovisión singular, una postura frente a la realidad que expresa, estoy convencido, como vive. Por eso mismo, leer a Leopardi es poder leer la vida de un hombre fabulosa, de un escritor, de un poeta. Por azar, me encuentro en el Zibaldone la misma cita de Lambert que utiliza A. Manguel en su libro. 
Unas páginas más adelante, puede el lector leer lo siguiente: "La escritura dev´essere escritura e non álgebra; debe rappresentar le parole cii segni convenuti, e l´esprimere e il suscitare le idee e i sentimenti, ovvero i pensieri e gli affetti dell´animo, è ufficio delle parole così rappresentate". 

Lee uno estas líneas, se queda cavilando un rato, las escribo, las gloso, anoto ideas a su lado, vuelvo a escribirlas, las traduzco lentamente, libo en ellas como las abejas recelosas. 

Uno de los textos que me tiene atrapado estos días es Tristes y Pónticas de Ovidio. he ido escribiendo un poema tras haber leído los dos tomos con detenimiento. La respuesta como lector, el poema, no sé si terminará resultando adecuado y completo, pero el júbilo de escribirlo, sin más ni más, es la manera de celebrar el enriquecimiento de haber leído esos textos. 
Creo que, con el tiempo, el lector debe conformarse con esa exaltación individual que cada uno debe contener en la lectura.No es necesario escribir, ni completar libros, ni siquiera sentenciar ante los demás cuántas las nimiedades de nuestras vidas. Leer, cuando se realiza desde el convencimiento y siguiendo el hilo de Ariadna de lo humano y mortal, es fin y permanencia. 


jueves, 14 de mayo de 2015

SUBRAYO, durante la mañana, el siguiente fragmento: "El artista es el origen de la obra de arte. La obra es el origen del artista. Ninguno puede ser sin el otro. Pero ninguno de los dos soporta al otro por separado. El artista y la obra son en sí mismos y recíprocamente por medio de un tercero que viene a ser lo primero, aquello de donde el artista y la obra de arte reciben sus nombres: arte". [...] Qué sea el arte nos lo dcid la obra. Qué sea la obra, sólo nos lo puede decir la esencia del arte. [...] El origen de la obra de arte es el arte. [...] El origen de la obra de arte y del artista es el arte. El origen es la procedencia de la esencia, en donde surge a la presencia el ser de un ente". 

Líneas más adelante, aparece la afirmación, en mi criterio, capital de este entramado, a saber: 
"En la obra obra el acontecimiento de la verdad". 

Qué maravilla la obra de Heidegger, sus paseos por los caminos del bosque por los que nos lleva de la mano hasta perdernos en un confín, solitarios, extasiados, naturalmente mortales.  

miércoles, 13 de mayo de 2015

EN EL LECTOR se va conformando una idea y una materia de la poesía al paso de sus lecturas. El libro hace posible que un lector pueda evidenciar, desde el nacimiento del género, cómo se ha ido manifestando la poesía a lo largo de los siglos y, por tanto, qué es la poesía en el ámbito de la palabra. 
Sucede el caso con el resto de géneros literarios. A las preguntas qué es una novela, qué es una obra de teatro o qué es la poesía el lector que se atreva a tratar de edificar una respuesta no le queda otra opción que leer, leer, leer. Más tarde, la virtud y el talento y la gracia de los astros. 

¿Ocurre lo mismo con los creadores? Parece que la moda actual consiste en ser original, pero una originalidad que desemboca en un vacío enorme. Quiero decir, el empuje principal reside en ofrecer una propuesta estética (supuestamente) original pero que no puede serlo ya que no se enlaza con ninguno de los aspectos de la poesía, no establece vínculos, incluidos los contravínculos, con la llamada tradición que no es más que la historia de las manifestaciones de la poesía en la palabra. 
Nadie se imagina a un individuo que desea convertirse en pintor sin estudiar, practicar, observar los rudimentos básicos del oficio. Sí, ocurre esto en la poesía, hay quien oficia el cargo sin más ni más. 

Octavio Paz ya configuró una acertada expresión para referirse a estos propósitos, "la tradición de la ruptura". Sin embargo, la ruptura del Romanticismo, del Modernismo o de las Vanguardias encontraba su razón de ser justamente tras una lectura que analizaba los fósiles expresivos en que había quedado relegada la poesía. Esta ruptura no era más que la necesaria renovación de la expresión lírica para poder seguir diciendo los temas de siempre pero incorporando las nuevas posibilidades expresivas de la evolución de la lengua y de la realidad. ¿Cuál es la propuesta ahora? ¿Qué elementos de la poesía están presentes en los poemarios? 

Ante la falta de elementos fundamentales en un texto poético, los autores tratan de argumentar que su poesía quiere romper con lo anterior, nombrar lo nuevo. Probablemente,  cuando uno afirma cuestiones de este calado, no tenga una idea formada de la revolución que supuso la entrada de la poesía italiana en España gracias a Boscán y Garcilaso. Estos poetas les parecerán antiguos, caducos, especies de salón para la galería. Escribimos Garcilaso como Don Juan Manuel, Cervantes, fray Luis, Bécquer, J.R.J. o Borges. No nos paramos a analizar la poesía de otras tradiciones o la repercusión de poetas en otras lenguas en nuestra literatura. ¡Ah de Petrarca, Dante, Rilke, Hölderlin, Leopardi! 

Estos autores que señalo, mal que bien, proponen una posición ética ante el mundo anterior, con las concretas ejecuciones poéticas que los antecedieron. Consiste en el diálogo, en la relación intertextual, en la inclusión para la transformación, no en la mera ruptura vacua, que termina ahogada en su propia cámara hermética. 
En cualquier caso, estamos ante la manifestación no solo de la falta de lecturas edificantes, sino de la pérdida de las cualidades del lector. Porque, en el fondo, los autores que señalábamos anteriormente, fueron, sobre todo, excelentes lectores. 

martes, 12 de mayo de 2015

QUÉ bella sería una historia natural de la sensibilidad, pero, a la vez, qué difícil escribirla. Cada uno tendría la oportunidad de engarzar todo aquello que, en algún momento, azuzó su sensibilidad, su espíritu, provoco un derrumbe y una transformación en su propia existencia. No sé por dónde comenzaría; quizás, en estas semanas, principiara el texto con algunas obras musicales que moldearon mi sensibilidad. Recuerdo las sinfonías de Brahms como una conmoción apabullante; también las de Mozart y, por supuesto, Beethoven. Más tarde llegaron Bach y un autor de especial calado en esta trama, Corelli. Si tuviera que buscar un símil con la música de algún autor para definir qué es la poesía diría sin dudas, Corelli. 
Claro está que no podemos recluir el nacimiento de la sensibilidad a las disciplinas artísticas. Existe un elemento amniótico, natural, que nos conecta por completo con el ser, lo reactiva con su razón de existencia. Ese elemento que nos conforma nos ha ido conduciendo hacia lo que somos. Nuestros pasos resuenan en ese pentagrama ya encriptado de la sensibilidad. 

En cada gesto, acaso en cada una de las acciones que realizamos, la sensibilidad nos guía. Aplacarla es una acción fallida. Leemos con el signo permanente de sus pasos en nosotros; amamos así en su nombre como correligionarios de su dictado. Ser es desarrollar lo sensible, lo que resulta al cerrar tus ojos en la postrera hora. 

He querido conciliarme gracias a la sensibilidad en mis ojos. Para ello acudo a la Divina Comedia y comienzo a releer los versos. Espigo entre las páginas de las tres partes de la obra. En un lado y en otro, la música, la palabra que desvela, el laberinto de la soledad, sístole y diástole que me da vida. 

domingo, 10 de mayo de 2015

UN poema muestra la lucha, la armonía indefinible, entre lo que mencionan  y lo que son.

sábado, 9 de mayo de 2015

LLEVO toda la mañana recordando y reflexionando la frase de David Hume en el Tratado de la naturaleza humana cuando diserta sobre los diálogos filosóficos y entiendo, grosso modo, cuando se produce un diálogo en busca de la verdad: "No es la razón la que gana, sino la elocuencia". 
Estas palabras pueden aplicarse al campo de las artes, no son las ideas las que ganan, sino el ars bene dicendi, esto es, el arte de escribirlas. Por este motivo, cuando un libro presenta tan solo la propuesta razonada de sus ideas, queda recluido en sí mismo. Es la obra magna, el clásico, el que consigue exonerar de esa razón plana a la palabra que bate sus alas en el lector, dentro ya del lector.

Las palabras escogidas van encriptando las ideas y cuando no existe el talento y la mesura en la creación termina todo por ser una mera palabrería, por muy buenas ideas que estén latentes detrás de esas formas. No traslucen nada, no simbolizan nada, son nada al fin y al cabo.

Existe un afán interno del hombre en conocer, en escudriñar las causas comunes que nos hacen estar aquí de esta forma. Tal que la obra artística, el individuo, como el artista, desea conocer su origen y formación. Escribió Séneca: "La naturaleza nos dio una curiosidad innata y consciente de su propio arte y belleza, nos creó para que fuéramos la audiencia del maravilloso espectáculo del mundo; porque  se habría esforzado en vano si cosas tan grandiosas, tan brillantes, de rasgos tan delicados, tan espléndidas y tan diversamente hermosas se hubieran exhibido en una sala vacía". 
Puede que el arte, la literatura en este caso, responda a esa experiencia en la sala armónica de naturaleza. Y en esas bóvedas, cuando encuentra su forma primitiva y natural, comienza a sonar en el cuerpo de todos lo que desean dejarse ir en la feliz andanza de la muerte. 
  






jueves, 7 de mayo de 2015

CUANDO he vuelto a casa, he corrido como un loco al sótano, he localizado el libro y he comenzado a leer lo que se dice de las liebres en el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot. todo esto ha ocurrido porque me ha acompañado, durante casi todo el recorrido en bicicleta atravesando el trigo, una liebre. No se ha despegado de mis ruedas. aparecía y desaparecía. Asomaba las orejas y las escondía en el trigo rubio por el sol. De repente, se colocaba delante de mí y corría por el camino dando unos saltos espásticos, atléticos, zigzagueantes. La escena me ha llevado a la pintura de Durero y las palabras que dediqué a la portada del libro de Kapuscinski, Viajes con Heródoto
Pero, más allá de todas estas serendipias, lo que me ha dejado embobado ha sido la definición que ofrece Cirlot: " En el sistema jeroglífico egipcio, signo de determinación del concepto Ser, simbolizando, en consecuencia, la existencia elemental". En el mundo chino es un animal de presagios, en la cultura hebrea la considera un animal inmundo, los griegos la relacionaban con Hécate, diosa lunar. 
El campo mostraba una quietud prodigiosa, el trigo amarillea casi tostado, la tierra comienza a embeberse de sequedad y uno, atravesando la vida de las perdices, termina acompañado por una liebre. El hecho ha sido inusual, pues muchas veces se han cruzado en los caminos, pero esta ha querido seguirme o, quizás, ahora que lo escribo, he sido yo el que ha seguido el hilo de sus paso, el misterio de su pelaje y la rauda y lujuriosa soledad del campo. 
 

martes, 5 de mayo de 2015

VALÉRY, quién si no, me da la fórmula: "poiética". La mezcolanza entre la ética y la estética. Porque un autor debe resolver la nebulosa interna que lo invita a escribir. Nada más y nada menos.  
Las palabras proporcionan ideas y las ideas originan palabras. Tanto es así que con este término de mi querido Paul encuentro el vocablo para conjuntar las dos ideas inseparables que tanto me preocupan en estas últimas semanas. Po+i+ética. 
Estas dudas que marco son las dudas en la propia vida, en la existencia. No hallo otra forma de permanecer más que en la dubitación. No puede desligarse la lectura y la escritura de la vida y viceversa. Las acciones con las que manifestamos nuestra filiación a la literatura deben ser diáfanas y límpidas. En este sentido, me conformo con leer y, acaso, con escribir esa lectura. 

Hölderlin supo expresar, -y legarnos la maravilla-, de forma razonada este entramado entre el individuo, la sociedad y la obra literaria. Escribió lo siguiente en su ensayo Sobre el modo de proceder del espíritu poético: "Lo individual está en pugna con lo puro que ello comprende, está en pugna con la forma que hay a continuación, está en pugna, como individual, con lo universal del cambio". 
Fruto de esa pugna y gracias a la consciencia clara de que existe y es inevitable, surgen las obras literarias y artísticas que trascienden sus momentos. Es una consciencia que pudiera relegarse a un momento de la vida de un individuo y no volver a producirse nunca más. Cuando aparece y se funde con el individuo en una sola forma hablamos de naturalidad.  
    
Caso contrario es el de la ausencia de esa consciencia o acción del espíritu poético, según Hölderlin. Cuando el individuo fuerza esa condición su obra trasluce la ausencia de visión, es antinatural; normalmente, obras que exaltan lo más inmediato del individuo y que seleccionan términos abocados a su temporalidad y, eso sí, responden a las modas pasajeras de escritura que tan solo sirven para encrespar la vanagloria. 

Así, Ese encuentro unitario, ese despliegue de los días volcados en literatura, ese sentir de la infinitud en el espíritu es lo vivificante en la obra y lo que desemboca en la conexión con el lector atemporal. 

En este sentido, hay un autor circunstancial de las obras literarias tanto como un lector circunstancial de las obras literarias. Cuando se produce ese encuentro, estamos ante una dimensión extraordinaria de la naturaleza humana, pues, para que se produzca, los dos deben contener la proporción necesaria de esa naturaleza originaria que le permite comprender, atisbar. 

En el Libro del Tao podemos leer los siguientes manifiestos: 

"La armonía se llama lo "permanente";
conocer la armonía se llama "clarividencia";
gozar plenamente de la vida se llama "desgracia";
[...]

Dicho en otro momento y en otra época, pero correspondiente a esta definición del ser, Orígenes nos dictó lo siguiente: 

"Comprende que eres otro mundo en pequeño y que en ti se hallan el sol, la luna y también las estrellas".   



domingo, 3 de mayo de 2015

HAY obras literarias que permiten dar vida a nuestra preguntas. Como afirma Manguel, en Una historia natural de la curiosidad, leer es afirmar nuestra fe en el lenguaje. Con el tiempo, en la búsqueda de esas obras que redefinen lo que creíamos ir sabiendo, nos encontramos con un impulso primero. Esa acción termina por convertirse en un cauce y ese cauce en una forma inseparable de vida. Todo lo que reside en el otro lado, todo lo que no se ajusta a ese camino ya mencionado por Dante, es superflúo y además contiene, en su seno, a los que jamás vieron donde no se puede ver. 
Volvemos a la gracia de las palabras de J.R.J: "Una ética estética". Esa es la dicción de la naturalidad y el salvoconducto hacia la ejecución de una obra, al menos, limpia y natural.
Tengo, por contra, la sensación de que el mundo actual está demasiado ocupado en organizar eventos, en desarrollar fiestas literarias como para ponerse a leer, por ejemplo, a Dante. ¿Qué antigüalla, no?, me han llegado a decir. Incluido un indescifrable: "A Dante ya se superó". En el lugar de Dante podríamos incluir a muchos otros autores de distintos géneros literarios. (In scriptum. Debería constar que estos que así se manifiestan jamás leyeron a Dante).
En el fondo, todo es muy humorístico y, por supuesto, personal. Allá cada cual con lo que lee y con lo que hace, faltaría más, pero, me veo, en la intimidad de este trópico, en la necesidad de manifestar mi parecer al respecto. Amo la literatura y la ética que conlleva la literatura a sabiendas de que esto mismo supone la condena a la soledad, al ostracismo, al silencio individual, a no bailar las danzas contemporáneas de la música tecno y de hip hop. Siempre, es verdad, preferí a Bach por sobre todas las cosas por eso escribo desde la confirmación de esta postura, no en contra de nada, por supuesto. Antes al contrario, las contemplaciones conducen a la matriz del símbolo de la literatura. 

Toda obra literaria supone el fracaso en sí misma; escribir, al contrario de leer, consiente la paradoja de saber que no diremos nada nuevo. Por esto mismo, leer las obras que alcanzaron esa virtud hace del lector de las mismas un individuo que nutre al resto de libros cuando ejecuta su lectura. Como en la Odisea o en la Commedia, así como en El Quijote debe uno saber escoger sus guías, los que anteceden sus pasos por donde nunca antes habíamos transitado. Así, en este fascinante ejercicio de leer, sucede que las lecturas van conformando esas pisadas de ida y vuelta hacia donde todavía no conocemos nada. En ocasiones, como en estas obras, el lector, el caminante se ve solo, sin más ni más. Es justo el momento de la confirmación y la transformación. 

jueves, 30 de abril de 2015

TODO debería responder a la naturalidad. En ella reside la bella ejecución de la verdad. La naturalidad, me digo, es armonía y conjunción celeste... pero qué difícil darle curso en la creación literaria. 
Así las cosas, creo que, cuando un autor ha logrado aprehender esta condición, está en la condición de escribir. Una condición que debe trascender la realidad, con Dostoyevski, hasta las profundidades del alma. 

  

miércoles, 29 de abril de 2015

LA INFANCIA resguarda para la memoria el curso de todos lo secretos. Confabulado, tendrás que escuchar la música concorde en ti mismo. Solo tú. Con tus propias manos deberás moldear la estatua inamovible y rígida de tu muerte. 

martes, 28 de abril de 2015

RETOMO los ánimos de la lectura con nuevos bríos. Tras este invierno sometido al trabajo, a los compromisos y demás faenas ineludibles, renuevo el afán de leer. Es la acción de la curiosidad, es la materialización de los deseos individuales, es, con el tiempo, el único y verdadero compromiso de la concordia con la existencia.
Percibo que en la actualidad la lectura ha sufrido un cambio en su concepción. Ahora se valora mucho la cantidad de la lectura: alguien que lee es aquel que lee muchos libros, da igual el formato, el género, la trascendencia de esa lectura.  En ningún caso se valora qué leen los individuos y, muchos menos, si esas lecturas han transformado al  individuo en cuestión. El acto social es leer mucho y cuanto más extraño sea para el resto de lectores el título, el autor o cualesquiera de sus características, más extraordinario se concibe el hecho.

Por otra parte, restan los que leen con sosiego; los que releen las más de las veces y los que dejan pasar el vaporoso tren de lo eventual y de moda. En ese grupo me siento, en ese pelotón informe, casi piélago, en que los lectores aspiran a convertirse en islas, solitarias, con los límites perviviendo donde el agua, donde el mar deja sonar sus ensoñaciones.    

domingo, 26 de abril de 2015

¿CUÁL  es el lugar de la inteligencia en todo esto? Esta pregunta, pronunciada por Job en plena desolación, la he convertido en una prerrogativa personal. Tomar consciencia de uno mismo y del mundo que lo rodea arroja la capacidad de establecer cartografías mentales y temporales en nuestra memoria. En ellas he querido ver lo que no vi; evidenciar lo que nunca antes había sentido. Vivir, si acaso, la vida desnuda.
Como un bostezo contenido, que se originara en el centro del estómago y todo lo detuviera, la respiración y la pausa lo toman todo. Se acompasa el mundo a la lentitud de la respiración y a la apertura hacia lo incierto, como deseaba Hölderlin.  Aquí un hombre simple. 

jueves, 23 de abril de 2015

EL PLACER en el hombre culmina en el acto de pensar. Con el tiempo, las sensaciones, las enérgicas elucubraciones de los sentidos, van dando cabida al acto de pensar como la forma plena de estar y ser en el mundo. 

  

martes, 21 de abril de 2015

domingo, 19 de abril de 2015

IMBUIDO en la lectura: libros, olor a papel como un desflore,  las manos despertando de un letargo al sostener el volumen, los ojos avivados, casi poseídos, todo por de dentro en una ebullición y un volcán celeste.
Quevedo, en el poema dedicado a "A un amigo que retirado de la Corte pasó su edad", escribió un verso prodigioso para referirse al estado del lector. En puridad, Quevedo recrea el tópico literario de "Beatus Ille", pero ofreciendo un elogio del hombre que se retira, no al campo ni a la vida sencilla, sino a la vida lectora e intelectual. El poeta fundamenta su creación en unas continuas paradojas y contraposiciones de orden barrocas; sin embargo, encierran, muchos de sus versos, verdades solemnes y tan naturales como ciertas; válidas, por lo demás, en este mundo actual y efímero. El verso al que me refería es el siguiente:
"y la hora sin voz te desengaña"

Qué virtud tan enorme la de conjugar dos sustantivos con un verbo que contienen toda una lección de ética. La hora en plena individualidad es la que puede llevarte a la verdadera esencia de las cosas. Solo en el principio de soledad, puede el poeta, el lector, el hombre solo comenzar su andadura hacia lo incierto. Sin voces ajenas, sin engaños, sin desvíos, tan solo en el tiempo interno de cada cual.
Prosigue uno releyendo una y otra vez el poema y se encuentra con varios versos de los que no nos resistimos a escribir su lectura: "Ni anhelas premios ni padeces daños", viene a decirnos en el último tercero del soneto.
Sin embargo, de todos los versos de la composición, el que todavía resuena y convoca toda mi emoción es el que dice:

"Y te dilatas cuanto más te estrechas"

En efecto, existe una creencia actual en el mundo de las letras que se basa en las continuas apariciones aquí y acullá como la acción que procura expandir tu obra, tu propia vida. Nada más lejos, con este verso en la mano, la anchura profunda la dilatación del ser se produce en el amparo de la lectura continúa en silencio y en la propia vitalidad individual. Un hombre solo cultivando sus lecturas procura más pluralidad. Si solo lees los libros que todo el mundo lee, nunca podrás decir quién eres, si es que alguien llegó a una aproximación o conjetura de esto mismo. Al menos, como dice Quevedo: "En esa soledad, [...]/La vida al día más espacio dura".

sábado, 18 de abril de 2015

LA gratitud es una doncella inconmensurable que nos da su mano transparente aun sin percibir el furor de su cuerpo.




jueves, 16 de abril de 2015

¿EXISTE una subjetividad objetiva? Puede que la percepción del arte se instale en una objetividad establecida desde lo que no podemos analizar y racionalizar; de ahí que, cada cual, comience en su subjetividad. Habrá tantas subjetividades como individuos que alcancen el territorio objetivo del arte.
¿Se puede mostrar alguna experiencia de esa objetividad? Coleridge quiso ilustrarla con las siguientes palabras:  
"Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?". 

Lo que resulta imposible y vacuo es querer que nuestra subjetividad sea objetiva si nunca encontramos esa flor, no en la mano, sino en el profundo sentir del espíritu.  

En estas batallas dialécticas me encuentro como un niño: perdido, desbordado, humillado por mi incapacidad de dilucidar nada en algo.
En el fondo, me siento triste y pienso, las más de las veces, que debería callarme, quedarme quieto y sonreír sin más. Sin embargo, estas disquisiciones me avivan a proseguir leyendo, único ejercicio que ejerzo en libertad plena, a leer y a contemplar. Sístole y diástole de una vida en busca de armonías, palabras y silencio todo enraizado en el crisol oscuro y cristalino de lo hondo. 


martes, 14 de abril de 2015

QUIZÁS, la gran lección de Rilke pudiera recogerse en una anotación: "En ningún lugar hay mundo más que dentro". Solo cuando las cosas se han transformado, dentro de nosotros, en invisibles, es cuando realmente existen, añade Antonio Pau. 
A estas consideraciones, culmina el propio Rilke con un aserto límpido y bello: "solo en nosotros puede cumplirse esa íntima y permanente transubstanciación de lo visible en invisible". 

Qué lejos, ¿verdad?, todas estas reflexiones, términos, estaciones semánticas y exposiciones de Rilke de la vida actual, más aún, de la poesía actual. Algunos lo citan en sus libros, pero es penoso que ni siquiera lo hayan leído y aun así lo muestren.  
Es por ello por lo que considero, con Rilke, que nos han anulado, nos han estropeado los sentidos con que podíamos captar la vida sin límite, la de Parménides, Platón, Boecio, Montaigne, Rilke, Cervantes, por poner solo un puñado de nombres.  Dice Rilke que una vida falsa, demediada, es aquella que "se reduce a lo visible. La que da la espalda a lo invisible".
Este diario, que roza los ocho años ininterrumpidos, siempre fue, en el fondo, un alegato a la invisibilidad.  
Así, recupera uno el ímpetu, la cadencia necesaria para hallar un sentido último y estético al mundo que nos logre reformular como un torbellino. Lo siento por mí, por el mundo-festival de los poetas de este tiempo, pero nada soy en ellos, ni nada logro ver en ellos, ni nada quiero ser en ellos.  

sábado, 11 de abril de 2015

DE la obra de Thomas Bernhard rescataría sus textos autobiográficos, El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño. Cualquiera de las páginas de esos volúmenes está cargada de literatura. Y la literatura, en la prosa narrativa, me cuesta, cada vez más, encontrarla. Por este motivo, cuando me encuentro en ciertos periodos de naufragio, acudo a Bernhard para restituir en mi consciencia el halo grandioso de la prosa cuando esta toma posesión de un estilo y un modo de ser en la literatura. no he leído ni una sola concesión o extravío, de renuncia o paradoja en las palabras del escritor nacido en Holanda. Es un ejemplo de ética estética, pues su obra traslada al lector una fortaleza inusual de coherencia y acción, de palabra y vida.
Una de las imágenes que golpea mi memoria es la del niño recluído en un sótano rodeado de una ciudad en plena posesión y transformación como Austria, pero interpretando, libremente, las partituras de Mozart. La imagen posee la fuerza telúrica del origen con que se intitula el libro. 
En esta misma obra puede uno leer: "Solo porque me opongo a mí mismo y, realmente, estoy siempre en contra de mí, soy capaz de ser". Estas palabras son un ejemplo de la profundidad a la que somete el decir literario. Un autor que considera la música como una posibilidad de la existencia concibe la literatura como un alud abigarrado, un descenso luminoso a donde nunca podría llegar el ser sin las antorchas del arte de la palabra. 
Así las cosas, las páginas que prosiguen a este fragmento deberían aparecer, unas tras otras, transcritas en este diario, pero me parece excesivo robarle más, usurpar más en la prosa excelsa de Thomas. "Me estudio a mí mismo  más que a todos los demás, esa es mi metafísica, esa es mi física", proclama el narrador líneas más adelante. En una clara evocación de mi admirado Montaigne Bernhard hace relucir en su prosa el vigor de un pensamiento propio con una edificación nueva. Una suficiencia cada vez más inexistente en la literatura. 

jueves, 9 de abril de 2015

RECUERDO que, en la adolescencia, escuchaba a Chopin y a Schubert las más de las tardes. Yo había comenzado a tocar el clarinete con diez años y todavía mantengo mi capacidad interpretativa y lectora de partituras. Las tardes estaban colmadas de ensayos con el instrumento: escalas, arpegios,  
el concierto de Weber, posteriormente, el de Mozart, los quintetos de Brahms, las sonatas de Stamitz.
En una ocasión, logré tocar con una orquesta del Mozarteum que estuvo en mi ciudad natal, en Sanlúcar de Barrameda. Iban a interpretar el Réquiem de Fauré, en el que el clarinete tan solo tiene cuatro o cinco compases de interpretación, y, para ahorrar gastos, decidieron dejar al clarinete en Salzburgo. A la llegada a la ciudad preguntaron al director del festival si conocían a algún clarinete para que, al menos, esos compases, no quedaron vacíos. Fue mi oportunidad más emocionante, no solo por la calidad de la composición, sino porque el oboe, que estaba a mi lado, se había emborrachado con manzanilla horas antes y me cambió la partitura de clarinete por la del bajo. No paran de reírse y de poner las manos en ademán de estar orando cada vez que el Réquiem se ponía solemne.      

Por aquel entonces, los compañeros me hablaban de grupos de rock españoles y eran adictos a Héroes del silencio; por otra parte, comenzaba a brotar un grupo llamado Nirvana que hacía, casi sin advertirlo, que los jóvenes, amigos todos, comenzaran a vestir y a actuar con una determinada estética. Siempre conviví entre ellos con mis gustos. Mi padre me daba, cuando iba a trabajar con él todos los fines de semana, quinientas pesetas. Cuando acumulaba un pequeño capital, iba a comprar libros. Los primeros, de Rubén Darío y Antonio Machado.  Tiempo más tarde, en el instituto, gané un premio de relatos que consistía en poder adquirir dos mil pesetas en libro en la feria del libro. Los volúmenes que adquirí los guardo con recelo: El Burlador de Sevilla, Luces de Bohemia, Niebla, Poesías completas de Garcilaso y Poesías de Unamuno. Ante estos títulos, mis amigos me decían, con toda la tolerancia que luego nunca he vuelto a sentir, que les explicara por qué había escogidos esos libros. Yo los leía en voz alta, junto a ellos, y disfrutaba con esa libertad lectora de la juventud en la juventud tolerante. 
Esta tolerancia no existe ahora ni siquiera entre los poetas. Hay una malsana vindicación de lo propio por encima de cualquier postura. Y esto, que antes me provocaba recelo, me encolerizaba demasiado, lo tomo por una migaja ya dura y rancia que nada tiene que ver con la poesía. 

Hoy, al escuchar en la radio la balada nº 1 op. 23 de Chopin, se me ha venido a la memoria, de puro golpe, de pura raíz, los capítulos de aquella juventud en el sur. y he encontrado una placidez en todos estos pensamientos y un calma en el espíritu. Una soledad nutritiva, un silencio sonoro en cada recuerdo. Me he sentido complacido con los recuerdos de entonces y quisiera que estos días de ahora discurrieran con la misma placidez de aquella utópica etapa. 

Para encontrar la armonía, para encontrarte sin más cursivas que las del tiempo, debes advertir la naturaleza del arte y si llegas a presentirla, no abandonarla nunca, por mucho que canten las sirenas, por mucho que la vanagloria esculpa un carro de heno frente a tus ojos, por mucho que suenen y repiquen las palabras elogiosas cuando estás descendiendo, como Dante, para poder regresar impregnado de luz. 

martes, 7 de abril de 2015

EL CONTENIDO  del corazón es lo que quisiera volcar, como un manantial sereno y blanco, en la palabra poética. Un contenido glauco, procedente del volcán y del magma inaprensibles que convocamos al decir de una revelación, en la lectura de un rito de paso. Como María Zambrano, la poesía es revelación del ser, lo que los griegos llamaban aletheia. Un desvelo, nunca un proceso fortuito de nombramiento; nunca una imposición por parte del individuo sobre la palabra bella y justa. Es antinatural, llamémosle inarmónico o estridencia de la ceguera del corazón.  
Ser límite en el límite, deambular por la nebulosa y delicuescente realidad que orilla en la palabra poética verdadera. Y nada más, contemplar si acaso, si acaso pudiéramos estar con el corazón sin pálpito ante la infinitud, con el corazón sin latido de la belleza en calma.  
El contenido sin narración, nunca la luz tuvo su relato. Un contenido total, que se expande con destellos que resuenan y resuenan en la cúpula callada de nuestras manos.
Y acaso morir en el silencio vivo de la soledad. En el silencio nutricio de la soledad sonora. En el establo de las musas mordisqueando a Orfeo, relamiendo sus miembros en un ejército de implacables susurros. 
Apenas has escuchado el contenido del corazón todo sufre una vuelta y una aritmética. En ellas no puedo reconocer lo que no existe, lo que nunca existirá entre sus hojas. 



Sigo, lentamente, haciendo acopio de las prosas de este diario. Con la insistencia de la poda, con el trazado de un hilo imaginario que los ensarte, voy corrigiendo, recopilando, sumando, conformando una estructura a estas prosas sueltas. De vez en cuando, releo los poemas que surgieron en marzo de hace dos años. En los idus es el tiempo en que comienzo a escribir sin saber qué causa misteriosa se esconde tras ello. Suelo concluir en noviembre, quizás con el auspicio de Capricornio. 
Decía que sumaba las prosas y poco a poco el hilván de todas estas palabras iban culminando una imagen. Con Borges, esa imagen que se refleja de un hombre pudiera ser un retrato del individuo que las pergeño, pero no lo siento así. Sufro extrañeza ante ellas: las leo, recuerdo en muchos casos su origen, pero me invade más un sentir de alejamiento que de pleno reflejo de mi vida. 
Quizás ser lector ante todo es la condición necesaria para, como Ulises, desear ser nadie, pues nadie en cualquiera de nuestros orígenes es la naturalidad, el estado de naturalidad es ser nadie.   
CUÁNTO he recordado esta tarde la decisión de Glenn Gould.

***

Más con menos.

*** 

Ah, ya lo sé, me digo, falta naturalidad en la poesía de este tiempo.


sábado, 4 de abril de 2015

SI el Mediterráneo muestra algo, eso es la calma y la templanza. Es más, una calma pronunciada en la cadencia de su quietud, lisa, olivácea, profunda, neblinosa, como el horizonte en los ojos de Virgilio cerca de Brindisi. 

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El arte, en su destino mayor, como afirmaba Hegel, le roba espacios y el tiempo al mundo contemporáneo. No vive en él, ni de él se nutre. Es un curso análogo que desprende una música y una claridad celeste. Cuando el arte participa de ellas el lector se sitúa en ese espacio y en ese tiempo: presiente una mansedumbre y una armonía en su espíritu. Todo lo contrario a la leve nota de los bardos que anhelan el rumiante aplauso de la muchedumbre. 

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La soledad es desenvolverse al universo, al estado prístino del origen. Supone una muerte y un renacer, transitar un abismo que no podrás comprender siendo lo que eres.



miércoles, 1 de abril de 2015

ESTA LUZ en París ha sido el himno de mi paso por la ciudad. Si tuviera que escoger una hora, un momento de mi vida en esta ciudad para resguardarla de todo, diría que la tarde, o mejor, el atardecer. Aquí, en París, el atardecer es una epopeya de la luz y de la noche. Se vuelve todo una suerte de ambivalente estar en el mundo, pues se derrama, como por arte de un cometa ensoñado, la luz dispersa, la luz en la piedra. Ese estado umbrío de la piedra, el reflejo que no es reflejo, el candor que se templa en la dureza, el declinar de la luz en las sombras de lo quieto, provoca una fascinación cuando uno lo contempla. 
Estar en París es pasear por los jardines como un hombre ausente. Deambular por el dédalo de sus calles sin rumbo, arropado tan solo por las construcciones y los edificios que, cuando más emboscados parecen, se abren al río o se abren a un jardín cuya entrada presenta la invitación al merodeo de un hilo, de un hilo renovado de Ariadna. Ese hilo, si lo sigues, no conduce a ninguna parte, tan solo a bobinar tu propia existencia. Tus pasos, se vuelven pasos sin marcas; el ruido de las hojas crepitando en tus suelas, el manifiesto poderoso de naturaleza circulando en tu propia nada. 
Estar en París es estar invisible en esa luz y en ese himno. Y no encuentro un estado de mayor armonía en estas semanas que esta desaparición voluntaria. Me siento en Luxemburgo y abro un libro de Valèry; al cabo de un rato, me desplazo a Saint-Germain-des-Près. Me siento en un café, trato de discernir entre los susurros de los que están allí la voz de Borges dialogando como un caballo desbocado; saco el moleskine y trato de pergeñar alguna línea que funcione a modo de testimonio de todas estas vivencias. Al poco tiempo desisto y me vence la convicción de que me falta talento, de que nunca lo tuve, la innegable convicción de dejar de escribir, de ser ya un Bartleby ágrafo total y dejar de tantear, de conjuntar palabras, de ofrecer reflexiones en un cuaderno que solo leo yo y acaso el otro yo que me acompaña. 
Esbozo una sonrisa de satisfacción cuando me observo tan decidido, como el suicida que acaba de atar las cuerdas a la viga y que se ha colocado con su cuerpo sobre una silla. Ya noto el roce peliagudo de la cuerda en mi cuello, me tiemblan las manos cuando tiro de la cuerda para comprobar que está atada con fuerza y soportará el peso de mi cuerpo. Un, dos, tres...he dejado la música de Beethoven sonando, los cuartetos para cuerdas. Un, dos, tres...la respiración se entrecorta, jadeo. Un, dos, tres...¿me atreveré a dar el salto definitivo algún día?
 La atracción de la muerte suscita la luz.


El despertar comienza con otro sueño.


La poesía evoca el razonamiento de una idea que solo existe por sí misma y por siempre.

Apártate, y verás; escucha y oirás el cosmos dentro de ti. Silencia tu palabra y los ecos del cosmos tomarán tus entrañas.

Quien no vibra y ensalza su espíritu a otras corrientes con la belleza de la música no pudiera decir nada acaso de todo.  


domingo, 29 de marzo de 2015

UNOS hablan y otros actúan. Unos calientan los labios con ideas que acaban de apropiarse de otros; otros, silencio y soledad. Unos dicen que leen; otros no dicen, solo leen. Unos debieran aprender la dicción de la lengua materna y la música del decir en la palabra literaria; otros permanecen, de continuo, con el diapasón en las manos tratando de que no chirríen sus palabras; unos ni siquiera conocen los rudimentos básicos de la literatura, por mucho que conozcan, publiquen, escriban en periódicos, presenten a escritores, organicen ferias o saraos literarios. Otros terminan muriendo silabeando un decir, un decir oculto a los ojos de los primeros, de los que creyeron ver, pero estaban cegatos. 

Por una u otra razón, vuelvo a Emerson cada vez que necesito claridad y nutrición lectora. Dice Ralph que la naturaleza que escribió es la misma naturaleza de quien lee. Quizás, en este aserto general, Emerson dejó sin explicar qué naturaleza es esa misma que escribe y lee, pues un lector puede llegar a leer a otros autores pero nunca haber compartido esa naturaleza. Considero que esa naturaleza señalada por Emerson debiera indicar un matiz: la naturaleza compartida de la escritura y la lectura se evidencia cuando el lector escribe. 

Escribir la lectura es el ejercicio que consiente la manifestación de la naturaleza creadora y receptora en una misma cosa. 

viernes, 27 de marzo de 2015

RILKE estuvo por primera vez en Venecia en 1908. Lo hizo en las callejuelas que enredan lossestieri de Dorsoduro y Santa Croce originados desde Zattere al Ponte Lungo. Se hospedó exactamente en el número 1471. Allí está la casa en que Rilke vivió esos días con las hermanas Romanelli, especialmente con Adelmina, Mimí en las cartas del poeta. 
Allí paseé la última vez que estuve en Italia. Durante varias horas recorrí las callejuelas aledañas (en Venecia, el término callejuela es inexacto, como ocurre con todo lo que se nombre de Venecia), tomando café, por unos momentos, leyendo algunos poemas, en otros. 
Aquí, hoy, amparado por el estruendo del rito de silencio que anida en la mañana neblinosa, han venido a la memoria las palabras que le dedicó Rilke a Mimí en una rotunda despedida y cierre de las relaciones sentimentales que se habían proferido. Escribió Rilke:

"no olvide nunca que pertenezco a la soledad; que no he de tener necesidad de nadie; que incluso toda mi fuerza nace de ese desapego. Y le aseguró, Mimí, le suplico, como a todos los que me aman, que amen mi soledad. De no ser así, tendría que esconderme a sus ojos y a sus manos, como un animal salvaje que se esconde de la caza de sus enemigos". 

El escritor pertenece a la soledad. No hay en ello tara mental ni carencia de cariños familiares, como piensan algunos estudiosos: es la naturaleza del hombre que vive el arte, que trasvasa el arte a la vida y la vida al arte. Es una acción plenamente solitaria, que no podría darse de otra manera, pues su naturaleza esencial es esa misma , tanto como la vida ascética, tanto como la meditación, la contemplación y el infinito del cosmos. 
En el viaje a Trieste teníamos muy claro que debíamos dirigir nuestros pasos a Duino. Allí recorrimos el sendero que realizaba Rilke diariamente y en el que, según cuenta el propio poeta, escuchó, de entre las hendiduras de las rocas, una voz exterior, reveladora, inspiradora, del viento: 

"¿Quién, si yo gritara, me oiría desde los coros de los ángeles?". 

Es así como daba comienzo la revelación de las Elegías, de la primera elegía en concreto. 

En esta composición hay, además, un verso que acaba de alumbrar la mañana y de despojarme de todo en este ocioso día:
 [...]
"Porque lo bello no es otra cosa
que el comienzo de lo terrible". 
 [..]
  
En el comentario que realiza Rilke a la princesa María destaca un término en alemán. Dice Antonio Pau que "eigenmächtig" viene a significar "con fuerza propia", esto es, no sucedió que Rilke creara el comienzo del poema, sino que estaba ya ahí, ya estaba creado: él solo tuvo que revelarlo a los hombres. Esta escena explica, a la perfección, qué entiendo por Cuestión de desnudez y evidencia, pr otro lado, l que llamo la existencia de la estirpe de Orfeo.  

En cualquier caso, Rilke tuvo conocimiento, o en mejor decir, consciencia del lado oculto, misterioso, trascendente del mundo. Lo que en alemán se dice Weltinnenraum, es decir, "el espacio interior del mundo" de donde solo podemos decir los ecos, las sombras, las sugerentes presencias. El propio Rilke afirmó: "nosotros somos las abejas de lo invisble. Libamos desesperadamente la miel de lo invisible para acumularla en la gran colmena de oro de lo visible". Es el murmullo de la transparencia, el rito de silencio que provoca la contemplación interna y profunda de uno mismo. 

jueves, 26 de marzo de 2015

ESTA NOCHE, al observar el cielo estrellado y colmado de destellos y soliloquios, he recordado las noches de Rilke en Duino, las noches en que el Quarteto Triestino subía a tocar a la terraza de una de las torres del castillo para sonar en sus instrumentos de cuerda Mozart o Beethoven. De la misma forma que sueño, en contadas ocasiones, con el cuaderno perdido en el otoño de 1911 en que Rilke anotaba la lectura de Vita Nuova con la princesa. Cuántas hermosas palabras, apreciaciones, matices se fueron en esas hojas ya volanderas. 

Todas las mañanas, cuando estoy mordisqueando la manzana, pienso en su forma cerrada, circular, en el símbolo que representa: los deseos terrestres. Y justo cuando estoy terminando de comérmerla, traigo a la memoria las palabra de Nietzsche sobre el intelecto, la sed de conocimientos que el filósofo alemán sabía que tan solo era una zona intermedia entre la de los deseos terrestres y la de la pura y verdadera espiritualidad. 


martes, 24 de marzo de 2015

EN literatura, el concepto de plagio se desdibuja toda vez que alguien se calza la corona de laurel y manifiesta que eso mismo ya fue expresado y señalado por sus doradas sílabas. Que un poeta lo diga en un tiempo y otro en otro momento no invalida ninguna de las dos manifestaciones. El problema llega cuando a uno lo escuchan con sordina, de soslayo, cuando su discurso no alcanza casi ninguna relevancia y el otro derrama su texto aquí y acullá hasta alzarlo en única manifestación conocida. 
Plagio, copia, circunloquio...los sinónimos se amontonan; lo único que queda inmaculado es el sentir interno del que sabe que su ingenio reside en el aliento de los demás. 

Suelo pasear en bici por las mañanas. Me fascina penetrar por los caminos del campo cuando estos restan la humedad de la noche. Habita en sus tierras una paz sosegada, una tremenda estación de frío acalorado que me suscita una tranquilidad necesaria. Pedaleo y pedaleo, buscando la cadencia que se acomode a mis piernas. Los músculos sufren y comienzan a doler, pero hay tanta similitud entre esta soledad de los campos con el cuerpo solo y esta soledad de la escritura en un cuerpo solo...

¿Servil al dictado de lo contemporáneo o escuchar el eco interno de la Cueva de Montesinos? La narración de don Quijote, cuando sale de la cueva, se convierte toda ella en ficción, en mejor decir, en metaficción. Ninguno de los personajes se atreven a contradecir al valeroso caballero cuando este comienza a describir su experiencia. Dentro de la cueva, ni el tiempo, ni los espacios, tan siquiera las necesidades vitales tienen parangón. Ese lugar, en las palabras de don Quijote, posee sus propios mecanismos de funcionamiento. Es un mundo posible, como diría la crítica narratológica, tan bien conseguido que toda apreciación de los que quedaron fuera no posee fuerza alguna para modificar esa experiencia personal, individual, sometida a otra razón del personaje principal. Al final de capítulo leemos: "andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni disputa". 
El sosiego de don Quijote proviene de entender que existen experiencia inenarrables que al contarlas dejan de poseer la dimensión percibida por un individuo. Una experiencia que no admite réplica, indudable, en la que no hay disputa, tan solo el largo meditar de sus latidos. 

domingo, 22 de marzo de 2015

LA geografía visionaria es la geografía de la poesía. El simbolismo del paisaje, por muy real y concreto que se eleve, es siempre transmutado al símbolo cuando la palabra literaria lo fecunda. Los místicos persas llamaban a ese lugar "mundo de Hûgalayá" o también barzakh. Este último término indica que no estamos nombrando un lugar, un "allí", un espacio definido, sino un lugar en  transformación. La poesía es eso mismo, nombra la transformación y la permanencia.  
Todo, en puridad, es como la imagen epifánica de los espejos. Speculum mundi y palabra de vuelta que circula en el tiempo permanente de lo bello. 


sábado, 21 de marzo de 2015

Un y dos y tres...comienza a sonar Monteverdi. Orfeo principia en nuestro oídos una cosmogonía ineludible. La limpieza de sus melodías y su ajustada composición traen al recuerdo, en una ensoñación platónica, una imagen quieta, primitiva e infinita que casi no podemos ver.

La tomo como una guía estética estas músicas que derivan en una forma de ser en el mundo, como si en ellas el propio Orfero hubiera trazado una senda oculta de la que no debiéramos separarnos para proceder en el orden de lo bello. Con más o menos ingenio, pero siempre con una verdad sostenida en la boca de la que jamás pudiéramos sentirnos en engaño, de la que jamás pudiéramos sentir el veneno de la vanagloria, de la que jamás pudiéramos decir que no fuimos hombres mientras estuvimos en su consciencia. Lo demás pertenece a la vida misma: minucias, migajas, episodios furtivos y especulares. ¿Has tañido la flauta de siringa junto a la laguna? 

Hablamos del latido del espíritu en cada acto de armonía en nosotros. Entiéndelo o no, poco importa, nadie vendrá a dictarte nada, tan solo debes escuchar en el silencio y en la soledad, si es que todavía las reconoces. Escucharte, dirimir lo que del cosmos late en ti. Déjate llevar, si así lo quieres,  por la voces que desdicen esta sentencia individual, por las que infamia estas sucesiones de lo infinito en el hombre. Tengo para mí que el entendimiento, en estos ritos, no consiente la razón primera y esquiva. Hablamos del corazón profundo, del latido interno de la tierra en nosotros. 


jueves, 19 de marzo de 2015

EL CANTO,  en la poesía sin ambages, celebra y consagra. Y ese es, de pura sinceridad, el criterio de la lectura con los años. Tentado quedo de glosar el concepto de "intermundo" procedente del misticismo sufí para producir una analogía con el estado de la lectura que este tipo de libros, y no otros, provocan en el lector. Pudiera decirse que se produce una conversión, un paso de la sombra a la luz, de una mortalidad monódica a otra polifónica. Sucede con la Commedia de Dante, con los libros de Rilke y de Hölderlin y también con Cervantes...y con otros tantos.  
Ese intermundo es el territorio en que un espíritu privilegiado puede ver las realidades con la luz de un mundo de otro orden. Hay quien reduce esta secuencia a una conversión de lo visible a símbolos, pero lo más atrayente para uno es la convicción de que toda la realidad sensitiva, en ese momento se torna transparente, tan solo con el aura luminoso para poder ser, al menos, percibido, intuido, sugerido. San Juan de la Cruz posee unos versos insuperables a este respecto:

[...]
De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo
toda ciencia trascendiendo.
[...]

Así la poesía, la poesía del intermundo, claro está, la que edifica en el lector un nuevo orden de la realidad pero no para proponer una avanzadilla política, social o religiosa, sino para convertirlo todo en una transparencia en la que todavía puede percibirse la realidad desnuda. La misma realidad que provoca un acto de entendimiento en la soledad y el silencio. Una realidad ya simbólica que transgrede el raciocinio superficial. El poema de J.R.J., "La transparencia, Dios, la transparencia", parece un poema programático de estas teorías. 

El propio Hölderlin dirá referente a la verdad estética: "Temor ante la verdad, a partir de placer en ella".       







ESCRIBIR, escribir como el sonido
de una rueca incesante que eterniza
lo que resta del paso de tu vida.
Como un sueño metódico no somos 
nada tan vivamente en este mundo,
nada de ti, de quien soñaste ser,
de aquel del que tan solo reconoces
una imagen perdida para siempre. 

 Solo el canto consagra y celebra
la belleza escondida de las horas
y en ella se proclama una verdad
que ha de quedar tan pura a los oídos
que nunca escucharás tu voz en ella.
De todos los contornos de la noche,
de todos sus confines, anchos mares
naufragados sin cuerpo y sin medida,
de todas las palabras de la oculta

armonía de flautas de siringa,
[...]