lunes, 2 de noviembre de 2015

LA literatura ha venido describiendo, explorando las dimensiones de lo que hemos ido siendo hasta ahora; ningún discurso ha narrado la naturaleza humana como la literatura, narrar en el sentido etimológico de fabular, de establecer la relaciones de la  naturaleza humana, de las formas razonadas que tratan de confrontar lo que somos con lo que deseamos ser.

Aunque existe un hiato insalvable entre el ser y el decir, una elipsis inenarrable que deviene de la condición demediada del mortal, del que vive intensamente con consciencia de la muerte. Ese territorio es el que detona el silencio y la soledad en el escritor a pesar de su incursiones verbales, contra todo lo que aparentemente parece yermo pero que, al destello de las palabras, despierta en los otros con la lectura la acción ética de leer. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

fortis imaginatio generat casum”

NINGÚN texto puede edificar y expresar lo que somos como el texto literario, pues este ensancha las combinaciones gramaticales y las posibilidades meramente comunicativas hacia otra dimensión de la expresión humana. Si, como afirmaba Heidegger, “la palabra otorga ser a las cosas”, la palabra “literaria” metamorfosea la palabra en arte. El estudio de esa acción del verbo, -que trasciende lo inmediato y personal-, debiera ser el centro de estudios de la Literatura en las aulas. Solo de esta forma conseguiríamos una verdadera revolución interna en los ciudadanos, solo así procuraríamos un semillero de individuos cultivados.
Desde la antigüedad, este tipo de texto ha estado siempre en los límites de la textualidad lingüística y emparentado con las disciplinas de orden estético, en tanto que no solo muestra la  preocupación de su autor en qué dice sino en cómo lo dice. Esto mismo que Quintiliano diferenciaba, recte loquendi scientia y ars bene dicendi, esto es, hablar con corrección gramatical y la técnica de hablar de la mejor forma posible.
Aprender a hablar es un acontecer natural para los hombres; aprender a leer es un fenómeno extraordinario en la vida de un individuo; aprender a leer textos literarios y a disfrutar con ellos quizás la más alta cumbre de la palabra. Negar a los estudiantes de todos los niveles educativos de manifestaciones humanas de este calado supone negar al individuo a conocer qué han expresado otros, en otros momentos, incluidos sus contemporáneos, sobre su propia condición. Así las cosas, menguar en el estudio pleno de la literatura, ocultar el conocimiento literario de los textos por otras razones ajenas a las literarias, de sus posibilidades ficcionales y artísticas, resulta vituperar el conocimiento de cualquier individuo de una de las más poderosas posibilidades expresivas y estéticas que poseemos como tales.
El texto literario propone una posición ética y estética ante el mundo que se materializa a través de las palabras, sus combinaciones y sus silencios. No solo eso, ocurre, ni más ni menos, la catarsis: el lector se coloca, eventualmente, en esa perspectiva vital. De ahí que la literatura sea una experiencia que se suma a la experiencia de vida y que la lectura de textos como El Quijote, La Divina Comedia, Lazarillo de Tormes o Hamlet  terminen por convertirse en textos atemporales y vividos por los lectores de las distintas épocas.  
Como ha sucedido en otras disciplinas humanísticas, como la Historia o la Filosofía, los intentos por entenderla surgieron desde antiguo y, con ellos, los llamados estudios literarios, -cuajados en la Retórica antigua-: el estudio de las técnicas, los autores, las obras, las etapas, las escuelas, los acontecimientos culturales y, sobre todo, de los textos literarios en sí mismos. En la actualidad, y desde hace años, este estudio ha sufrido una merma considerable en aras de la lingüística textual y de la enseñanza de la literatura como un tipo más de texto. La currícula actual y las futuras legislaciones así lo demuestran: la literatura es un mero bloque de contenidos dentro de la materia Lengua castellana y Literatura.
Desde la antigüedad el hombre ha necesitado superar la mera transmisión de información para situarse en la definición de sí mismo; y eso ha sido, sobre todo,  tarea y materia de los textos literarios, pues son estos los que fragmentan los espacios de represión y estrechez sociales.  Esta capacidad creativa y expresiva, ficcional, diegética, omnímoda, poliédrica, lo convierte en una clase de texto en que operan fórmulas distintas y, al tiempo, idénticas, a las que utiliza un texto no literario en todas sus dimensiones lingüísticas, pragmáticas y sociológicas. Así, renunciar al estudio de los textos literarios como «literarios» supone empañar la tradición multicultural que nos ha hecho ser como somos. Podríamos decir que recibimos la tradición cultural de antaño sesgadamente y con una alteración de sus valores más profundos hacia un sucedáneo inadmisible. Antes al contrario, apostamos por una enseñanza de la literatura que incluya, entre otros, aspectos lingüísticos y no a la inversa. Puede que estemos confundidos si estudiamos el texto literario como pudiera ser el instructivo, descriptivo o argumentativo. El texto literario los incluye a todos y, además, como summa, propone otro metatexto. A partir de esa mezcolanza adquiere su inclasificable condición. Sea cual sea el método de estudio del texto literario estamos en la búsqueda de qué hace que un texto sea literario; en localizar y justificar qué factores han convertido a un puñado de palabras en objeto artístico. El corpus de textos de una tradición, es decir, el que forma la historia de la literatura de una lengua, es un patrimonio artístico e intelectual que todo ciudadano tiene derecho a conocer al detalle, pues no de otra manera podrá establecerse en el mundo circundante contra los que desean una realidad sesgada.  
Estas disquisiciones nos conducen a la adquisición de la competencia literaria, esto es, de la actividad cognitiva de la lectura que detona en el alumno la superación del estudio de datos y características de los textos y a desarrollar el goce y el placer estéticos que propicien el trasvase del mundo interior a la mejor comprensión del mundo exterior.
Negamos la mayor, ya que no creemos que la literatura se pueda enseñar como tal. Ante la pregunta de un alumno, ¿qué es la literatura?, no pocos problemas tendríamos para salir airosos. La literatura se vive, se percibe, se experimenta, se asimila. Debemos empezar por reconocer que la enseñanza y el aprendizaje de la literatura es compleja y difícil, que no queda despachada con la memorización de características, fechas, estilemas. Estamos convencidos de que para que esto se produzca el profesor debe poseer una sólida formación intelectual y una forjada experiencia como lector. Un profesor de Lengua y Literatura debería ser ante todo un excelente lector y un entusiasta de esta actividad. Estamos ante una acreditación esencial a la que, sin embargo, ninguna actividad política presta atención. No puede suceder que los profesores de esta materia lean cada vez menos, pues, con ello, depauperamos la calidad de la enseñanza. La metodología posterior de enseñanza, la incorporación de las nuevas tecnologías y de recientes enfoques didácticos devienen de esta condición indispensable. Los requerimientos contemporáneos parecen estar más centrados en cómo enseñamos que en qué enseñamos. Abogamos por una combinación macerada entre las dos posturas: enseñar lo esencial de la mejor forma posible a los alumnos. El profesor, para enseñar (no olvidemos su étimo, insignare, dejar señal, señalar hacia), debe tener qué enseñar; en el campo de la lengua y la literatura ese axioma se forja en la acción de leer.
En este sentido, deberíamos principiar la reflexión desde el origen. Mientras que la lengua materna se adquiere de forma natural, el lenguaje literario es un conocimiento artificial, es un técnica, un uso especial de la lengua, que se aprende y desarrolla únicamente a través de la lectura y el análisis de textos literarios. Conocemos qué es la literatura solo cuando hemos leído literatura; puede que podamos describir qué es la literatura, pero no hemos sido capaces, con el paso de los milenios, de definir qué es.  Ocultar el conocimiento literario de los textos, sus posibilidades ficcionales y artísticas, es menoscabar el conocimiento de cualquier individuo de una de las más poderosas posibilidades expresivas y estéticas que poseemos como tales.
En una ocasión le preguntaron a R. Barthes por el significado de la literatura. Ante esta cuestión afirmó lo siguiente: “Literature makes the meaning and the meaning makes life”, esto es, que la literatura es creadora de significado y el significado es, a su vez, creador de vida y de sentido. Estos asertos de Barthes no son novedosos para el que haya leído y trasegado por los vericuetos de los textos literarios y por todo el aparato crítico que ha querido establecer qué hace que un mensaje sea literario. Esta pregunta última sigue aún sin respuesta inequívoca a pesar de los avances en los estudios lingüísticos y de la retórica moderna de cualesquiera de los métodos de enseñanza. El texto literario está más allá de la mera expresión y comunicación, de la básica función de las lenguas. Orbitamos, por tanto, ante un enigma todavía irresoluto que, sin embargo, ha formado parte esencial de los estudios del individuo desde antiguo.
Huelga decir que el estudio de los textos literarios ha ido perdiendo presencia e importancia en los últimos currículos escolares de todos los niveles a favor de la expresión global «competencia lingüística» y ha quedado como un sucedáneo del estudio lingüístico. Esta tabulación supone estudiar el texto literario como acto comunicativo al uso, sean sus formas orales o escritas, sean cuales sean sus características y sus dimensiones interpretativas. Sin embargo, ¿puede ser esto  beneficioso para el estudiante y para el futuro del sistema educativo?
Nuestra identidad se fragua a partir de lo que vivimos y una parte de esa vida está constituida por nuestras lecturas. Las lecturas literarias configuran para la memoria una forma de ser que se mixtura con la realidad. Como los propios seres que habitan El asno de oro de Apuleyo, las Metamorfosis de Ovidio o El Quijote los lectores terminan por  transformarse mediante la fuerza de la ficción. Se desprende de ello que el texto literario es creador de mundos que se erigen como construcciones no solo individuales sino sociales y culturales y que, por tanto, ayudan al individuo a entender no solo su circunstancia más inmediata y próxima sino su presencia en un cultura y en un estadio de la historia. En este sentido, Umberto Eco habla de “modelos de mundo” y del “mundo posible”, de cómo el lector se “transposiciona” y se sitúa en la propia fábula ficcional provocando con ello un nuevo cronotopo que vive como real.
Reducido a un bloque de contenidos, la Literatura (llamada “Educación literaria”) ha quedado muy alejada de lo que en la antigüedad era  la paideia griega, esto es, una palabra que significa «educación» y que designa la plena y rigurosa formación intelectual, espiritual y atlética del hombre. Con la inclusión del sentido de formación del espíritu humano se dotaba al hombre de un carácter verdaderamente humano, no funcional, práctico, adocenado, abocado a la mera capacidad práctica, sino a la propia reflexión como ser humano de su naturaleza.
Fue el filólogo alemán Werner Jaeger el que le dio un sentido más preciso y más evocador en su gran obra Paideia o la formación del hombre griego. En este sentido, la paideia presupone que tan solo podemos formar  a otros sobre las ideas por las cuales fuimos formados y viceversa. Así, tomando estas ideas por presupuesto, nos preguntamos, ¿sobre qué ideas y textos literarios estamos formando a los jóvenes actuales? ¿Son los profesores actuales lectores formados literariamente? Si estas preguntas tuvieran respuestas negativas, el alcance de estas carencias sería perjudicial y catastrófico.  
Si lo pensamos con detenimiento, colaboramos a un derrumbe en la transmisión de los valores estéticos y éticos que han forjado lo que hemos sido hasta estas décadas. Si el alumnado no aprende jamás la naturaleza de un texto fundamental de nuestra cultura no podrá, como describe Jaeger, transmitirlo jamás. Los individuos, docentes o discentes, deben contener en sí mismos los conceptos esenciales para poder desarrollarlos, vivirlos, explicarlos y transmitirlos. No puede caer la literatura en la utilidad inmediata a la que aboca un aprendizaje basado en la capacidad de hacer cosas porque, precisamente, ante el texto literario, casi lo único que se convierte en capacidad es la lectura virtuosa, profunda, diversa; no la mera creación sucedánea de textos, ni la conexión inmediata de lo que acaba de leer con el mundo cercano de sí mismo. El texto literario otorga un aprendizaje de vida, no una eventualidad pasajera como una reclamación, un prospecto de medicamento o la redacción de un currículum vitae.
En este orden de cosas, los antiguos estaban persuadidos de que la educación y la cultura no constituyen una teoría abstracta o un arte formal, distintos de la estructura histórica objetivo de la vida espiritual de una nación. Pensaban que se encuentran (la educación, la cultura) en la literatura, expresión verdadera de toda cultura superior. Por otra parte, es obvio que la capacidad para producir e interpretar textos literarios supone el empleo y conocimiento de la gramática de la lengua en la que está escrito el texto, así como el conocimiento de recursos discursivos de orden pragmático, pero a estas condiciones que reúne cualquier tipo de texto, se suma el uso de ciertas reglas especificas, convenciones, podríamos decir, de lo que George Steiner denomina “la gramática de la creación” y que, en última instancia, confieren al texto su naturaleza literaria. 
Por tanto, el primer sistema gramatical lo ha interiorizado el hablante-escritor en el proceso de adquisición y aprendizaje de la lengua; el segundo sistema, el literario,  supone la implementación de algún modelo teórico formal. La lengua materna se adquiere de forma natural, la literaria es artificial y se aprende leyendo. La competencia literaria funciona en la producción de textos con propiedades estéticas, tales como la armonía, el estilo, los simetrismos, los iso y heteromorfismos, así como las isotopías singulares. La competencia literaria del alumnado tendría que plasmarse en la capacidad para producir e interpretar textos literarios, para identificar un texto literario, para distinguir un texto literario de otro que no lo sea, para connotar e inferir el mundo escondido tras las palabras. ¿Realmente nuestro alumnado demuestra estas capacidades y las incorpora a su propia vida?
No dejamos de percutir en la idea de que el lenguaje es logos (razón), la literatura es ars sensus, arte de lo sensible. Todo texto literario parte de un modelo de lengua, pero termina por absorberlo, ampliarlo, fragmentarlo. Cuando esto sucede, el lector amplia, fragmenta y ensancha su propio mundo. Víctor Manuel de Aguiar e Silva, Sebeok, Stankiewics, Saporta, Van Dijk, Foucault, Barthes y otros epistemólogos de las relaciones entre lingüística y literatura coinciden en afirmar que el lenguaje es inmanente al hombre y que la literatura es inmanente al lenguaje; o sea que tautológicamente hay entre estos dos hechos (el lenguaje y la literatura) una interdependencia. Esta es la relación que nos gustaría atribuir al texto literario en estas líneas.
Por último, el propio Aristóteles diferenciaba la Historia de la Poesía al afirmar que la primera se dedica a lo que pasa, a lo que fue, mientras que la poesía se dedica a lo que pudo haber sido. Ese futurible es la materia de deseo del hombre: vivir lo que no se vive, pues sabe de condición mortal. El poeta Píndaro afirmaba “lo mortal va alumbrando por delante a los mortales” y puede que el texto literario se haya convertido en uno de los últimos recipientes de esa luz, de esa condición que nos aúna y concilia con el mundo.

sábado, 31 de octubre de 2015

LOS diarios producen fascinación en quien los escribe, pues conoce de la parca utilidad de los mismos al tiempo que los siente como una adenda necesaria y confabulada para su vida. Cuanto más vacía y recoleta, cuanto más solitaria y enfrentada al abismo la vida del escritor más pura y tonificada será la mirada sobre la  otra vida en el diario. Se producen vidas paralelas entre las páginas en blanco del diario, las escritas y por escribir, y los recuerdos de la vida latente. Entre una y otra se sitúa la esencia de la literatura; rehuyo de toda aquella vida amparada en uno de estos dos extremos: nunca la soledad plena puede ser narrada, nunca la vida literaria desemboca en literatura. 

Así las cosas, el escritor de diario, no el que tiene el diario como mero entretenimiento más, sino el que vuelca en el mismo el largo decir de sus días, termina por ser un personaje ficcional al completo. Los recuerdos del diario, acaso los pasajes que se narran en él, dejan de tener vigencia en la memoria viva del individuo que las escribe. La literatura termina por suplantar lo que hubo ocurrido cuando, en paridad, sucedió otra cosa cualquiera. Como Aristóteles afirmaba en su Retórica, la poesía se encarga de contar lo que hubiera sucedido, pero, más aún, la conjunción de las realidades, lo que sucedió y lo que hubiera sucedido. 

No es la literatura ni el diario de un individuo la ramplona estación que contiene un diario. Un diario, recorrido en su totalidad, consiste en establecer un hilo de Ariadna que dirija al lector hacia la imagen verdadera, reflejada, del paso de  un individuo en la tierra. 

lunes, 26 de octubre de 2015

SUCEDE en el otoño y continúa hasta la primavera: época de cultivo. Las lecturas se suceden como un carrusel de aleluyas. Poemas, prosas, lectura en silencio de añil. El mundo comienza a conformarse con las propiedades del aire que golpea la concordia del corazón. La rítmica estancia en el mundo es ya un abismo: un y dos y tres...es cadencia de sombras. 

La mayor parte de esos textos líricos van a la inexistencia: escribir es decapitar la letra en el blanco. Con las prosas, sin embargo, tengo más empeño en ordenar que en volver a edificar. Trato de encontrar en ellas el hilo de Ariadna que las cruza, el hilván invisible que otorga sentido. Amontonadas, dispersas, son un archipiélago que traza una imagen última: el canto de la semilla. 

La escritura es un rito de silencio, pertenece a la estirpe del asombro. Ordeno, clasifico, como afirmaba Borges, ordenar una biblioteca es ordenar el mundo, así con las letras de uno. Una travesía quizás demasiado personal, tildada de una pátina a contratiempo, sin embargo, como afirmaba Coleridge, la literatura es un acto de fe.    

sábado, 24 de octubre de 2015

YA no quiero más bien que solo amarte,
ni más tiempo ni sueño que esta vida
junto a ti que de tanto desearte
no la siento ni breve ni vencida.



Una sola unidad de expresión de Quevedo encierra más poesía que muchos de los libros de literatura contemporánea. Eso se debe, en gran medida, a que la mayoría de autores han dejado de leer textos de otras etapas por esnobismo, por moda o, simplemente, por ignorancia supina. Así las cosas, la sensible audición interna de un poema del poeta de marras enciende al escritor por de dentro. A poco que lleve dos, tres versos comprende la factura de la composición y la capacidad creadora que funciona en el edificante texto literario.
Existe, en este tipo de composiciones, una música del idioma y es, precisamente, esa música del idioma la que no soy capaz de registrar en las lecturas de textos contemporáneos, antes al contrario, lo que se llamaba "el oído" es, más bien, una ausencia total de ritmo en la poesía.
Algunos achacan este falta a la influencia de literaturas de otras tradiciones escritas en lenguas extranjeras; otros, a la influencia de hipertextos que no solo proceden de la tradición poética; así, entre alguna que otra genial invención, se justifica esta elipsis que tanto empobrecen los textos.
El ritmo no es solo una cuestión relativa a la sustancia fónica, silábica, métrica o versal, estamos ante el ritmo en un sentido lato: léxico, semántico, estructural.

Estas líneas han nacido tras leer, como decía al comienzo, que a poco que uno lee a Quevedo advierte la hondura y la singularidad de su palabra: "Músico llanto en lágrimas sonoras", músico llanto...
SENTIRLO todo como si fuera nada. Percibir la falsa estación del individuo en este mundo. Ser algo en nada, murmullo de la transparencia. Lo demás, griterío del ego.

lunes, 19 de octubre de 2015

LA literatura, es decir, la lectura supone una conversión, una transformación en el individuo que, toda vez que se experimenta e incropora al diario, lo torna todo en una lenta meditación. he pasado estos días atravesando Andalucía, de Cádiz a Córdoba, Granada, Almería. he visto la luz del mediodía en las alta cumbres de Granada, pero también la melancólica lengua de otoños revocados en la ásppera corteza almeriense. Córdoba era un estertor de soles y serrallos, de polifemos señoriales que atravesaban la nubes palpitantes. 
En todo ese viaje he estado fuera del tiempo del viaje; como en un relato, los sucesos de la historia no coinciden con el tiempo del relato: tengo para mí que nada de esto ha sucedido más que en mente. Hay un desgarro, una estación sentimental, profunda, en toda caminata, en todo tránsito. Débil, fragmentario, pero sujeto a una inexcusable fidelidad, los ojos quedan transmutados en la claridad de la noche sosegada. 


sábado, 17 de octubre de 2015

Avenida Madrid, aquí, en Granada
te espero, Federico, con la copa de luz sobre tu cuerpo como vino transparente que lucha con el tiempo.

Amaneces, Granada, con el cielo claro y sereno, lento en el despiece de la primera luz hacia mis ojos.

[...]

domingo, 11 de octubre de 2015

CENTELLEANTE, la literatura es el espacio en que se encuentran la voluntad estética y la armonía del lenguaje. 


El escritor atrapa, en pequeñas esencias sonoras, el encuentro en lo concreto y lo abstracto, lo individual y colectivo, testifica la manifestación de lo universal en la figuración individual. 

jueves, 8 de octubre de 2015

¿PUEDE EL ARTE provocar consecuencias terapéuticas? Así lo creo en estos días, vivamente percibo la terapia armónica del arte. Es fácil y perceptible, consiste tan solo en respirar el mundo en tu respiración, en armonizar el mundo en ti mismo, en entender que nada eres, acaso éter, murmullo de la transparencia, en este suceso incomprensible del cosmos. 

Concorde, el corazón puntúa tu secuencia en el mundo.


Siempre que leo a Paul Valéry me invaden unas ganas tremendas de dejarlo todo para dedicarme al todo. Quizás va llegando el momento en decidir a qué pertenezco, si al rugido inmisericorde de la sociedad o a la recoleta vida de anaqueles. 

LAS realidades adquieren la dimensión que cada cual quiera otorgarle. 

martes, 6 de octubre de 2015

LOS METALES en Parsifal revientan
la tesitura de lo estable en esta sala;
contrapunto de sueños y griales ocultos,
vorazmente la música predica el testamento
de Buda, el caballero de la mesa redonda.

[...]

Wagner confirió a la música la alzada de totalidad pretendida. Había leído a Schopenhauer con atención y detenimiento; interesado por las filosofías orientales, esto es, por las cosmogonías y las revelaciones intrínsecas en el individuo, compuso durante más de veinte años Parsifal, obra de paso, de la noche a la luz, de la transformación evidente en el ser.  

sábado, 3 de octubre de 2015

MAÑANA a todo gris, casa tomada por la marea otoñal de lo caduco.

A poco que uno reflexiona sobre los intereses ajenos, sobre lo que importa para los demás, sobre lo que forma parte de los diálogos entre los individuos cae en la cuenta de que quizás las propias obsesiones, los demonios personales no dejan de ser una reducida y escuálida manera más de estar en el mundo. Puede que todo lo que uno vive como sustancial no sea más que tangente perdida, puede que todo lo que uno trata de relucir para dar razón a sus días no sea más que eco fugitivo, nota a pie de página, carta suelta de una baraja que nunca existió. Y así los días, las horas, el tiempo desmenuzado con el vasto instrumento de la conciencia. 

Por este motivo, cada una de las creencias individuales que concierne a los mortales debe ser vivida en la alcoba de cada cual, sin más ni más, como deseaba Alonso Quijano. En ese recogimiento no cabe el crecimiento de ninguna egolatría, ni vanidad; tampoco de la indeseada insatisfacción por el escaso éxito social. Escribir y leer se convierten en ejercicios coronarios, sístole y diástole,  que nada necesitan para poder ser plenamente. 

Se acerca uno a las manifestaciones de los otros con el respeto más absoluto, sin quedar volcar en ellos lo que uno piensa o cree o defiende. Observa, contrasta, escucha...las contemplaciones, es decir, las sucesivas figuraciones de lo que deseamos ser sin dejar de ser.  







viernes, 2 de octubre de 2015

PUEDE que Rilke y Hölderlin llegaran a escuchar el sonido de una sola mano dando una palmada, como deseaba el koan zen. Siempre consideré que la filosofía se emparenta con la poesía en la reflexión de la lengua, del decir, de lo no dicho, del abandono del lenguaje y del ser en todo caso. 
Aristóteles nos definía como "el ser de la palabra" a diferencias del resto de mundos vivos; Platón, en el Cratilo, no soslayaba el enigmático asunto de esta cualidad tan singular y tan desasosegaste al tiempo. 

Esta misma disputa que naturaleza desarrolla en los mortales es la clave de la lectura de la Divina Comedia de Dante. la clave o una de las mismas. Cuando el lector llega al canto 55 de "Paraíso" comprueba cómo el poeta y el alter ego del susodicho dejan de tener fe en la palabra. Quedan cercenadas sus visiones, sus emociones, lo que acontece ya dentro de ellos mismos. 
El círculo comienza a cerrarse: del balbuceo del niño al balbuceo de la luz. Lenguaje y silencio, fragor de la música que asoma para desplegar otros motivos lindantes con la armonía. 

Llamamos armonía a los sucesos limpios del alma en el mundo, con el cosmos.   


miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL FRACASO  es el estado natural del escritor.

AYER escuché a un pseudopoeta llamado A.F.M...no se ha enterado de nada, querido.


martes, 29 de septiembre de 2015

"UNFORGETTABLE" de la Manhattan Jazz Orchestra para recordar París. Los paseos vienen a la memoria con largas cabelleras de melancolía. Lo primero, en el café Marly, en aquel soportal infinito por el que tanto he deambulado y leído y escrito como indeleble gota de sangre ya por siempre. 
El Marly al atardecer, en el momento de la luz en la piedra. Recuerdo la camisa de algodón azulada y el corbatín de pequeños lunares blancos; el bolígrafo de Campo di Marzio y la Moleskine encima de la mesa. La escena estaba arropada por el humo de unos Gauloises que fumo solo cuando estoy allí, en aquel lugar, en París quiero decir, donde la escritura y la lectura no se acaban nunca.

Es como una vieja trompeta que cada vez suena mejor, que su afinación ha ido conformándose después de tantos años de trabajo, de dignación, de respiración artificial sobre su cuerpo. Cosa parecida le sucede a los paseos por París, a la ciudad misma, cuando la retomo en la cabeza, en estas tardes de sonido y calidez. 

Es como esta música de ahora, My Follish Heart, que impregna de un bienestar la sala, este salón de libros y ensoñaciones. Aquí, quedo, con el cuerpo rendido a la sentencia del tiempo, trato de seguir escribiendo las lecturas cuando, en el fondo, lo único que hago es escribir la vida.   




jueves, 24 de septiembre de 2015

LOS ANTIGUOS llamaban "arte de las ciencias de la naturaleza" a las disciplinas que conformaban el quadrivium, es decir, la Aritmética, la Música, la Geometría y la Astronomía. Por su parte, estaban las "artes de la ciencia del espíritu", esto es, la Gramática, la Retórica y la Dialéctica. Esta clasificación encierra un entendimiento moderno de las capacidades estilísticas y cívicas del hombre que sobrepasan las débiles reflexiones literarias de los escritores actuales. Los de ahora se encierran en cuestiones de alcoba, distantes con mucho de la profundidad de los estudios antiguos. 
Acudo a estas reflexiones porque, a lo largo de la historia de los géneros literarios y de la literatura no se ha hecho más que revolver en estas tierras fundamentales del mundo antiguo. Ni siquiera la vanguardia es tal en cuanto uno lee y revisa los escritos antiguos en que ya se formulaban propuestas de esa índole. 
Sin embargo, me fascina esa distinción entre "naturaleza" y "espíritu", pues con ella, los pensadores y escritores de la antigüedad establecían una postura complementaria y razonada de lo que somos: naturaleza y espíritu. Estos dos vectores intrínsecos en cada uno de los mortales determinan posteriormente la capacidad de creación literaria, tanto en lo natural como en lo artificial, ora en lo inmediato ora en lo trascendente que apenas percibimos. 


TODO placer ofrece una falacia de ti mismo. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

martes, 22 de septiembre de 2015

TUVISTE entre tus manos la fortuna
y la gracia perpetua de los astros.
Tu claridad convoca el pensamiento
diáfano y redondo del laurel.
Las figuras que dabas en los muros
en carne viva hablan con los muertos.
Las ideas que tiñes con mesura
tan claramente abren un abismo
en quien contempla el sueño de los montes.
                                            Tú sabías
que tenías un don a lo divino,
que dabas en lo humano con la espalda
inalterable y blanca de lo eterno.  

"Aquí, yaciendo, Rafael de Urbino
de quien naturaleza temió ser
vencida y que al morir él murió ella
como duerme la noche entre las piedras",
Pietro Bembo dejó en el sarcófago.

[...]



AL ESCRITOR  le deberían importar tres cuestiones: la inmortalidad del alma (de Platón), la trascendencia de las artes como forma estética de expresión ética y la causa prístina de la propia vida como naturaleza desnuda.  Sean estos elementos definibles o no, sean estos elementos mera fabulación, desvían las letras de la mera vanagloria, -patética y triste-, y la dirigen hacia lo incierto, como deseaba Hölderlin.  

sábado, 19 de septiembre de 2015


Oigo la vida en el diáfano lago de la inexistencia.
LA MUSCULATURA del cerebro se desarrolla cada día: leyendo, escribiendo, escribiendo las lecturas. Los libros se asoman como fascinantes sujetos dispuestos a dialogar. Los abre uno con cuidado y, a poco que lo hace, la respiración cambia y se combina con la plácida estación de la palabra. 
Todo el mundo cabe en un libro y puede que la forma del mundo, de su realidad intrínseca, tuviera la forma de una biblioteca, como quería Borges. Una biblioteca de pasillos infinitos, combados hacia una forma concéntrica que refleja el eco de nuestros pasos por ella. Cada libro es esencial en esa biblioteca, su importancia es capital y necesaria. Cada libro, cada página, cada párrafo, cada palabra de ese mundo es nuestro mundo. Quizás estamos aquí para hallar la palabra que nos haga seres en la bonhomía.  


El caminante sueña, con cada deambular, someter su cuerpo y su cabeza al olvido de sí. Caminar y leer sostienen muchas similitudes, tantas como vivir; y no en vano muchos literatos han sido excelentes caminantes. Algunos no llegan a la atracción de Robert Walser, pero salir a la calle sin rumbo, tan solo a contemplar y a descifrar la llegada de la noche, es un ejercicio estético de vida.  
Va el cuerpo del caminante acompasado con los pensamientos, una ideas van y otras vienen; aparecen y desaparecen sin una causa concreta más que la del azar aparente.

Comienza uno a leer un libro y lo hace sin esperar nada de él, porque nada debe esperarse. La transformación y la permanencia deben sostener el silbo de la vida.    

martes, 15 de septiembre de 2015

QUÉ sutileza la de la noche en la noche
qué brío tan impropio concierta este rumor
oculto tan incandescente pero yermo.
[...]


lunes, 14 de septiembre de 2015

En poesía parece que se prodiga más la ocurrencia que la creación. Sí, esa es la sensación que resta después de lecturas de autores jóvenes, actuales, del momento o contemporáneos (cualquier membrete es insidioso y mortal). Dicen: "hay que leer a los contemporáneos". Y así lo hago, a pesar de que después, cuando escribo esa lectura, tan solo me salgan líneas como estas, con este pelaje de desagrado. Y no es por comparativa ni desprecio, antes al contrario, trato de indagar en los procesos de creación, en las propuestas estéticas, en el valor ético de las obras de estos autores; pero me encuentro, a cada paso, no solo falta de lecturas o de tanteos ya antiquísimos, sino de talento, de viveza, de creación, de timbre y voz únicas.
Por contra la mayoría de poemas me parecen ocurrencias, chistes, facecias, intentos de apólogos o simples farsas resumidas en un enunciado atributivo del tipo: "Tu vida es..., La sociedad es... y lo más grave, "La poesía es...".  
Estas cosas las reflexiono, trato de comprenderlas y de incardinarlas como un fenómeno más de de la sociedad, pues las costumbres y conductas terminan por inocularse en la creación artística. 
Sin embargo, hay una cuestión palpitante que, con más ahínco, va quedando en un vacío inmenso: la armonía. La confluencia de la música de la palabra y la música del ser.

sábado, 12 de septiembre de 2015

LA memoria sentencia para el hombre el recuerdo inasible de estar vivos.
La levedad consiente la certeza
de que son sin pisadas nuestros pasos.
Ser algo en nada simplemente,
un rumor transparente en el desnudo
tácito que contempla nuestra vida.
Y la esencia trasluce serenidad y armonía blanca.
[...]





lunes, 7 de septiembre de 2015

SÍ, tan solo tu cuerpo vive sin saberlo
como oleada sin mar o pájaro sin nido.

[...]

Parece que la edad va sentenciado un discurso prescrito. como una confirmación un suceso irrevocable, van colocándose los días con sus azares lentamente en la memoria. Lo hacen hasta construir un recluido bosque de recuerdos nebulosos que adquieren la naturaleza de inexistentes. Sea ficción o sea realidad sucedidas, en la memoria, como en la muerte, todo consiente la flexión entre la realidad y el deseo. 

en este tránsito, el hombre debe mantener una armonía personal irrenunciable. Con ella, todo esos grados de realidad e irrealidad pudieran ir combinándose hasta dar en un solo río. Un río de sombras, de ecos, de sucesiones de difuntos. La literatura, las artes, en general, la música en particular sazonan el razonamiento de esa decrepitud que a todos nos acoge. Es cuestión de desnudez, de ser algo en nada, de buscar la matriz en el símbolo, de escuchar el murmullo de la transparencia en el rito del silencio.  

domingo, 6 de septiembre de 2015

SENTIR el campo mudo en el instante
en que el sol se derrumba en los motivos
de la luz que atraviesa los trigales.

Oler tan vivamente la albariza
que desmorona el cuerpo entre las manos
como racimo último de vida.

[...]


sábado, 5 de septiembre de 2015

ENCINCHADA asoma hoy la luz entre las nubes y apenas lame el escritorio y el mundo todo. Grises precipitados en este largo lamento del verano y grises mis manos tañendo melodías tan azules como fonéticas. 

La música ahora es Debussy, el piano del francés tomando la casa en cada uno de sus recovecos. A E. la deja meditabunda cuando comienza a sonar, "el pianito", me dice y uno entra en el sosiego fluctuante y delicuescente de esta música como si fuera cogido de la mano de E.

El compositor francés estaba obsesionado con los libros de Poe. No en vano, la ópera en un acto inacabada "La caída de la casa Usher", había surgido de la lectura de un cuento del escritor titulado "The fall of the House of Husher". Sin embargo, la vida del compositor francés estuvo llena de episodios azarosos, amores, despechos, intentos de suicidios de antiguos amoríos, que establecen, junto a su muerte temprana, el relato de una vida singular. 

Su composición "La mer" parece que la concluyó en Eastbourne mientras huía de las noticias de un intento de suicidio de una antigua novia. Allí, en Inglaterra, alejado de su rutina y cotidianidad tan amada por el francés, -como todos los franceses-, concluye esa hermosa y prodigiosa composición. 
Imagino al autor que ya tenía avanzada la partitura con ella en la cabeza, en la idea, en la mente precipitando compases sin tener en cuenta nada más que el momento de creación, la sublime conexión armónica con el mundo.

Mientras tanto, tras el galope de estas notas en el cuaderno, la música ha ido impregnando un espíritu en el hogar, una atmósfera sobrecogedora que a todos nos deja en mejor estado, en mejor estar en este mundo incomprensible.



 

martes, 1 de septiembre de 2015

CADA DÍA, a más bullicio, más bóveda interna. 

SOPORTO mal los acontecimientos rutinarios, esos que me llenan de estupor cuando presiento la estulticia. 

Vivir, vivir a pulso, airadamente morir sin citar desde el estribo.

Escuchaba esta tarde a Mozart, pandémica vitalidad. 

Frases fosilizadas, refranes consabidos, repetición de expresiones sin sentido, tópicos a borbotones...qué tristeza la de convivir con quien no se quiere. 

lunes, 31 de agosto de 2015

TIZNADO de gris, a todo Turner, este cielo fue en Londres una capilla. Este mismo gris, este delirio de la mañana que me acoge en la lectura. Solo pero viviendo en lo plural; en silencio, con el bullicio de la palabra.

domingo, 30 de agosto de 2015

EN CADA línea de Octavio Paz encuentra el lector la luminaria de la reflexión, de la reflexión creativa. Pocos como el mejicano convertían la creación en acto reflexivo, en acontecimiento que deje al lector desgajado de sí como un cuadro cubista que necesita recomponerse a los ojos del otro. Es precisamente la "otredad" una de las obsesiones temáticas del poeta de "Piedra de Sol", saberse pluralidad lo conduce a atravesar las estancias del tiempo, desde la cultura precolombina hasta su actualidad: "El poema, sin dejar de ser palabra e historia, trasciende la historia".

En este sentido, Octavio Paz entiende la expresión artística, en El arco y la lira, como una expresión total, sin limitaciones entre las disciplinas y las materias de estas disciplinas. "El artistas no se sirve de sus instrumentos -[...]- como el artesano, sino que los sirve para que recobren su naturaleza original".  En efecto, uno entiende que la poesía, en concreto, es un ejercicio de reconciliación con el estado originario, con la naturaleza primitiva que nos posee desde dentro y que apenas reconocemos. La poesía es vuelta y renovación de esos elementos que nos habitan y que necesitan una transformación en el individuo para que puedan volver a resonar en nosotros mismos. El propio autor de Cuadrivio así lo afirma: "Ser `otra cosa´quiere decir ser `la misma cosa´: la cosa misma, aquello que real y primitivamente son.".

Nombrar es existir y ninguna disciplina artística está tan íntimamente ligada a la palabra como la poesía. Si nombrar es existir, la poesía trasciende el mero hecho de nombrar para trasladarse al campo de la revelación, de la reflexión de lo que llamamos las razones luminosas que no nos explican qué somos, sino que muestran los senderos de lo que podemos ser.  Nombrar es existir, la palabra poética es revelación del origen y de la naturaleza prístina, sin tiempos, sin individuos, sin egos que la achiquen, sin lectores implícitos que halaguen con sus expectativas creadas. Creación que llega pura y desnuda y transparente al mundo sin ser de nadie, tan solo del lector que, a cada página, vibre y sintonice con ese magma sonoro y trascendental que fueron, en el poeta, una soledad inmensa y silenciosa que acabó con su presencia.  


viernes, 28 de agosto de 2015

SON pequeños saltos, remontadas, repechos épicos en la vida de uno. Una épica de alcoba, claro está. Observo a E. con delicadeza cuando estamos en la playa viviendo las carreras de caballos en Sanlúcar de Barrameda, alineados con la dirección del sol que baña las arenas cuando sucede esa puesta de sol única y permanente ya en nuestra memoria. 
Esas arenas, esas playas, mencionadas por Cervantes en El Quijote, fueron el lugar de mi infancia. Entre ellas crecí y junto a ellas estudié en el colegio, allí se produjo el inicio de la educación sentimental. .Mi escuela estaba a pocos metros de la desembocadura del río Guadalquivir, desde las ventanas de las aulas veíamos el coto de Doñana diariamente, el paso de los barcos, la blancura de la arena; realizábamos Educación Física corriendo por la arena como cabritillos enloquecidos y el profesor de Biología nos llevaba por la playa para explicarnos la flora del lugar. Todo aquel paraje está envuelto del halo de la antigüedad, del tiempo mítico y circular como quería Mircea Eliade, del tiempo de un heroísmo personal que, gracias a E., recupero ahora como un crisol reluciente que me emociona y congracia con ella. Quisiera compartir con ella ese espacio de emociones permanentemente, desearía que siempre que volviéramos a ese lugar no tengamos que hablar nada ni describir nada, tan solo sentir y armonizar las claves relucientes de nuestra existencia. 






miércoles, 26 de agosto de 2015

ESCRIBIR y soñar, sucesiones en la memoria:
somos siendo escurridizas sombras en una línea que es círculo;
la noche es siempre joven en los ojos desnudos;
sin fin el mar provoca un afán y una nostalgia profundos.

Escribir y morir en ello, soñar acaso:
destejer el universo olvidando al universo;
ser palabra o alguien al final del sueño de la vida;
trazar con las palabras el círculo del suceso continuo.

Escribir y soñar y ser uno mismo
en todo, en cada peregrinaje del viento,
en cada suceso del mar, en cada pupila del fuego
en el estallido de la tierra al paso de nuestro cuerpo.    

Todas las cosas en su nada eterna.

martes, 25 de agosto de 2015

CASI todas las apreciaciones de Borges sobre la narrativa parecen, en puridad, referidas a la poesía. Borges entiende que el material graso, sobrante, innecesario de las novelas devienen de otras convenciones que se exceden de lo meramente literario. Borges persigue el momento de condensación de todo, Borges cree que existe un aleph en la escritura, un momento que lo culmina todo al completo  en su brevedad. Borges concibe el hecho literario como esa aglomeración semántica que se expande como materia cósmica en un solo momento que se acerca a la visión. 

En este sentido, el escritor argentino afirma en Siete noches cuando se refiere a Dante: "Una novela contemporánea  requiere quinientas o seiscientas páginas para hacernos conocer a alguien, si es que lo conocemos. A Dante le basta un solo momento. En ese momento el personaje quiera definido para siempre. Dante busca ese momento central inconscientemente.[...] En Dante tenemos esos personajes, cuya vida puede ser la de algunos tercetos y sin embargo esa vida es eterna. Viven en una palabra, en un acto, no se precisa más; son parte de un canto, pero esa parte es eterna". 

Con todo, sigo penando que la grandeza y la pervivencia de la literatura reside en este tipo de creaciones, las que superan el momento de vida hasta el momento de la humanidad. Ayer leía a Emilio Castelar y me sorprendió la excelsa prosa con que trenzaba sus enunciados y sensaciones viajeras, pero me sobrecogía su consciencia diáfana sobre Italia. Tal que Borges con Dante, el lector ciego vislumbra en los tercetos del italiano la esencia viva de lo que somos en el tiempo y seguimos siendo. 

lunes, 24 de agosto de 2015

ESCRIBE Emilio Castelar: "En esta nación, más que se vive, se recuerda". Lo hizo en un libro que leo estos días y que ha supuesto el descubrimiento de una prosa de prodigio, de un reencuentro con un libro escrito con el fuego de la lucidez. Recuerdos de Italia comienza con ese párrafo luminoso que sitúa al lector, al lector aletargado y carcomido por las convenciones, en un privilegiado mirador edificado en la literatura. Hay más literatura en esa sentencia de Castelar, más profundidad e ingenio, más conocimiento que en la mayoría de novelas dedicadas a vender tan solo porque sitúan la acción en una ciudad o país determinado. Tanto es así que exige la llamada conciencia social y la denuncia, pues concebir la importancia de una ciudad a través de su memoria es la forma más esencial de presentar a los ciudadanos el lugar en que vive.  

En efecto, el viaje a Italia, para el que lo haya experimentado, no es un viaje de días, de visitas, como otro cualquiera. Permanece indeleble, por siempre, en el recuerdo. Y se transforma, y se prodiga en diversas sucesiones de infantas esencias. Cuando uno está en Italia sucede la maravilla de la reconciliación. Como escribe el propio Castelar: "Es necesario, delante de cada paisaje o de cada ruina, evocar las sombras augustas que lo realzan y recorrer las ideas vivas que de su fecundo seno destilan". 

Así, si de este enunciado del escritor procuramos una selección de términos con los que se refiere al viaje en Italia, obtendremos los dos siguiente sintagmas que vertebran la composición: " evocar las sombras augustas; recorrer las ideas vivas". En una extraordinaria paradoja semántica es, precisamente, con la que el viajero obtiene esa sensación: sombras vivas, recuerdos nacientes, lo latente de la historia en la ruina del presente. Además, el escritor se vale de dos estupendos adjetivos que demuestran su habilidad creativa: augustas y vivas. No hace falta mencionar la capacidad expresiva de "augustas" referidas a las ruinas italianas provenientes del antiguo Imperio; y mucho menos la contraposición entre "sombras" y "vivas" que tan claro me ha llevado al pasaje que comentaba de Dante. 

El otro día se ensalzaba la figura de un escritor (incluidos en esos elogios los políticos, cosa que ya merece una estampa) que acaba de morir y cuyo mérito reside en la descripción y denuncia de las tretas de políticos, constructores, mafiosos que han conducido al país a esta decadencia y a esta crisis. 
Existe en Castelar la consciencia de las crisis, pero la eleva a categoría a través de la anécdota. La transforma de su particular suceso al tiempo de la memoria perpetua. Escuchemos su voz: "En su historia hay crisis que no son crisis nacionales, sino crisis humanas". ¿No es esto mismo lo que sucede, más allá de las corruptelas? 

No puedo dejar de escribir las palabras con las que termina el pequeño texto titulado "Al que leyere". En él escribe lo siguiente: "[...] un escrito sobre Italia, más que una descripción, de be ser, en mi concepto resurrección".  
 

sábado, 22 de agosto de 2015

DIEGO  DE TORRES VILLARROEL  es uno de mis autores preferidos de la literatura española. Su figura, sus pensamientos y sus obras conjugan una suerte de autor sin época, de individuo sin tiempo, de obra sin clasificación. Sin embargo, cuando uno lee con detenimiento sus sentencias o aforismos o tan solo espiga entre sus obras las perladas palabras que trazan un pensamiento pareciera que Villarroel traspasara más allá incluso su momento de vida. 

Sus opiniones sobre los contemporáneos en libros como Visiones y visitas de Torres con Don Francisco de Quevedo por la Corte son realmente certeras y apropiadas, tanto en lo personal como en el desgaste sustancial de lo literario. Sin embargo, hoy me detengo en una breve reflexión que arroja Villarroel en el libro de marras: "¿Qué importa que el estilo carezca de lo agudo, si a la armonía le sobra lo penetrante?". 

Miguel de Molinos describía, con todo lo que conllevó, en su Guía Espiritual la "adquirida contemplación". La sitúa junto a la meditación como uno de los ejercicios de introspección más determinantes. Sin embargo, frente a lo material de la meditación amparada por el control de lo sensitivo, la contemplación es la estación desnuda hacia  lo puro e interior.  

Tras leer a Miguel de Molinos me digo que quizás la suerte de esa armonización de Villarroel y del estado de contemplación que sugiere Molinos reside en desvincular el alma de todo discurso, desgajar del alma toda narración para apropiarse de un lenguaje interno, sin palabra, comunicación total que nada nos haga decir luego tras ella pues supera el pensamiento humano y su capacidad de razón.  



jueves, 20 de agosto de 2015

PUDEDE afirmarse que casi todo el libro De lo sublime de Longino está dedicado a lo que el autor denomina "la habilidad de la invención". Excelente forma de denominar una manera de enfrentarse a lo sublime, pues, es evidente que no solo la palabra puede emboscarse en los vericuetos de estos conceptos, sino que, otras disciplinas, otras formas de la naturaleza son, igualmente, partícipes de esta idea. Así, "la habilidad de la invención" me resulta una tabulación idónea, ajustada a lo que se nombra e incluso como membrete para este ejercicio oculto y solitario de escribir notas sueltas, apreciaciones, lecturas y demás. La habilidad de la invención, como el regate de un deportista o la destreza de un cazador o de un púgil para mantenerse en el ring y no caer a pesar de tener débiles las pinedas, sus músculos, tendones. la habilidad de ser humano, bien pudiera afirmares, qué si no es escribir a diario y tratar de crear más allá de los días y sus materias y sucesos. 

martes, 18 de agosto de 2015

COMO en los sueños premonitorios parece estar todo predispuesto por el destino: las veces que vayamos a oler una rosa, los finitos latidos del corazón hasta la muerte, el tacto de los cuerpos con un ruido de estrellas y amapolas. Aquí parece haber perdido toda referencia para volverse allí, que no es nada tampoco. Ahora viene siendo un superlativo esfuerzo de la consciencia por atrapar un siempre irresoluto. Quizás la trampa de la lengua reside en los sentidos que cada cual otorga a los términos. Más aún, arrojar tu vida en el agasajo dudoso de esos significados. las ideas provocan fallas éticas en los humanos que creen estar tomando la verdad de los nombres. ¿Hay otra forma de acercarse a la verdad que no sea lingüística? A poco que el hombre contemple, lo entiende así,  la lengua cercena el entendimiento de la realidad. El signo lingüístico es arbitrario en tanto que existen y se ordenan según las lenguas diversas y los hablantes de las mismas. 

Desde los primeros pensadores, las palabras han servido para que los mortales puedan reflexionar sobre sus posibles sentidos y significaciones. Ellas mismas, en sí, en su forma sonora, no son nada, en absoluto. Son únicamente los hombres los que han querido volcar en ellas los posibles sentidos, bien atendiendo a su ético bien a sus distintos usos. Pero este intento es ínfimo en el devenir de los hombres, sea cual sea el significado de las palabras. De este modo, entiendo que en la creación poética debe haber una armonización entre todos los elementos para tratar, al menos, de vislumbrar, sugerir, evocar lo nombrado.  La rosa es la rosa y el mar es el mar en cada matiz, en cada silabeo oculto del escritor y el lector. Cosa distinta es el mar en sí, la cosa en sí. 

El poeta es el que se sitúa en el límite entre el discurso vacuo y el discurso reformulado, entre el arabesco errabundo y la pulsión en el seno de la palabra para lustrarla como nunca. Aun así, los intentos de los escritores y poetas serán destellos en la realidad por siempre.     

domingo, 16 de agosto de 2015

SIGO leyendo la poesía de Borges, releyendo, más bien. Aunque releer y leer parece que se  reformulan en la transformación que sufre el lector. El lector es el lugar de apariciones del texto, es el territorio fantasmagórico en que suceden las conexiones, las intertextualidades, la bóveda en que resuenan las tonalidades del texto. Por este motivo, cada texto, en distintos lectores, puede ser un texto diferente aun poseyendo la misma imagen sintáctica y léxica. 

Una de las cajas de resonancia de la literatura es Borges; tanto es así que incluso tañe, con sus obras, una nueva cadencia en las obras literarias de las que parte. Leer a Borges detona en el lector una transformación doble, por un lado, su propia obra es el primer nivel de ficción con la que se encuentra el lector; por otra, nunca podremos leer de nuevo igual los textos de referencia. Borges es, quizás, el ejemplo supremo de la literatura nutrida de literatura no de experiencias exoliterarias que tan vivamente se ensalza en la crítica actual. 

Esta circunstancia conduce a la obra de Borges mucho más allá que la Chesterton, por ejemplo y la hace desembocar en ese paraje natural de la literatura en que el tiempo es una cábala y una entelequia. Dante, Virgilio,  Cervantes, Shakespeare o los presocráticos hacinan una obra posterior, la del propio Borges con la que el lector se halla ante un laberinto inmenso, gozoso, de plena literatura.  

Afirma Borges que "Todo poema, con el tiempo, es una elegía". Esta afirmación aparece en el poema "posesión del ayer", una reflexión estilística de la potencia de la literatura en relación con la memoria y la pertenencia de los individuos. puede que Borges no esté aleccionando como un griego antiguo: nada de lo que es presente nos pertenece, el presente no existe: "No hay otros paraísos que los paraísos perdidos". Es la concepción cervantina de la libertad como algo inexistente más que en el camino y la búsqueda de la libertad. 

Todo sigue permaneciendo, quizás como nunca, quizás como en ningún espacio, en la literatura poseída por la memoria del autor. En esa memoria se concitan lo que ocurrió, lo que pudo haber ocurrido y lo que deseosamente quiso que ocurriera: mujeres, ideas, estados, palabras, etc. todo es y puede ser en ese estado ético que proyecta una literatura permanente. Esa misma que tan solo puedo leer y con la que pervivo, más allá de mí mismo, los días del tiempo.    

sábado, 15 de agosto de 2015

YA es de madrugada y la noche va adquiriendo el cariz de la claridad. ha pasado el umbral del sueño y comienza  Un silencio destemplado irrumpe en los oídos. Me pregunto abiertamente por la literatura, sobre todo, por la creación literaria. En este caso, no quiero escudriñar lo que otros escritores creyeron que era el impulso literario para escribir: en esta ocasión me pregunto a mí. Nunca antes lo había hecho con tanta incredulidad en mí mismo. Es más, es la vez en que percibo que el afán último es convencerme para no escribir más y tan solo leer. 

Creo que me encuentro en un laberinto y que ya, como decía el griego, todas las aguas me resultan distintas y únicas. Para escribir uno den estar orientado en el mundo, hacia la cadencia que provoque esa falla con la palabra. Me encuentro lejos de esa circunstancia y cuando quizás he creído estar en ella, nunca he logrado crear 8en el sentido de poeisis) nada destacable. Antes al contrario. 

Llevo muchos años pensando que si no estoy en lo que vivamente deseo estar mis días se están yendo. Eso me provoca una tremenda asfixia personal que trato de adormecer para que mi familia no lo llegue a notar, para que mis amigos no tengan que hacerse cuenta de que me encuentro desubicado en la mayoría de las situaciones y de las charlas. 

Todo debería conducir a una catarsis intrínseca de la que resulte una reformulación estética o un silencio ágrafo. 

martes, 11 de agosto de 2015

TODO va siendo ya como un preludio. Como escribió Mallarmè, "la sombra miro en que te deshaces". Son los versos finales de La siesta de un fauno, el poema que inspiró al músico Debussy, al que, en estas mañanas de verano, escucho con absoluto deleite. Este compositor me parece uno de los que mejor supo interpretar el paso de un siglo a otro, de un tiempo a otro en el arte sin caer en el malabarismo vacuo del resto.
La música convierte el momento de la lectura en un fascinante pasaje sin tiempo. Deambulo cerca de la biblioteca, toco el lomo de los libros como si fuera un teclado inmenso, repaso los títulos, observo los colores, pero, finalmente, agarro un libro de Hölderlin y otro de Borges. Este juego me enloquece, escoger dos libros al azar y tratar de establecer vínculos, conexiones entre uno y otro que nunca antes se habían dado si no hubiera sido por la figura del lector, de cualquier lector que se inicie en este juego. 
Hoy Hölderlin me resulta clarísimo, su lectura es gratificante. Me quedo reflexionando sobre dos poemas, "El espíritu del tiempo" y "La visión". Los recito en voz susurrada, sostenida por un leve hilo de voz que no quiere descomponer la armonía de Debussy. Fauno, siesta, espíritu del tiempo, la visión. 

El otro autor que había escogido era Borges. Abro al azar Los conjurados. En el primer poema que leo, "Son los ríos", ya percibo en sus aguas el reflejo de Hölderlin en Tubinga. Hermosos versos los de Borges: "Somos el tiempo", dice el argentino; "En el paso de los años se alcanza la permanencia", escribió Hölderlin. Qué diálogo más hermso el poético cuando el lector los empareja, cuando provoca el encuentro de dos textos que nunca quisieron estar juntos, pero que, gracias al paso de los días, puede uno confrontar para caer en la cuenta de que la poesía es una y es infomre, es transformación y permanencia; para confirmar que, cuando uno se encuentra delante de un texto verdadero no hace falta más que la claridad en el lector para que reluzca.

"Que la naturaleza termine la imagen de los tiempos", decía Hölderlin. Borges recupera las teorías de Plotino para escribir sobre la tarde, un símbolo predilecto. Mas Borges lo eleva a cadencia poética, dirá, "Las tardes que serán y las que han sido/ son una sola, inconcebiblemente". Esta imagen puede ser el resultado de esa turbia imagen de los tiempos de Hölderlin. Pocas veces un adverbio, en un poema, es tan importante: "inconcebiblemente". Su significado trastoca la potencia semántica, poderosa ya de por sí, del resto del verso.

Todo sucede sin ser comprendido, pero no importa que lo comprendamos para que exista independientemente de los mortales.

lunes, 10 de agosto de 2015

EN Ladbroke Grove pude dar el paseo en que me desprendí de todo. Los pasos allí no hacían más que volver a pisar las huellas del camino, del camino de Dante. La única forma de conocimiento sucede cuando no es de día ni de noche. La caminata fue tomando el rumbo de lo incierto hacia la plenitud. También aprendí que existe una estancia en la indolencia de confusión: la indolescencia. Todo es confuso, turbio, doloroso y conduce a la ceguera brutal.  

En Londres había dejado de ser para ser plenamente: sin tácitas limitaciones, sin sometimientos, sin quedar subordinado a los sentidos. Una otredad inmensa me recogía de las sombras, justo el territorio en que todo conforma una armonía que percibimos extrañamente nuestra. 

Fue como en Barcelona, ¿lo recuerdas?, pero en solitario. El primer encuentro de Dante con Virgilio es todo un tratado de indolencia, pues le espeta si es sombra u hombre vivo; más tarde, el propio Virgilio le confirma: "Hombre no soy, mas hombre fui". El resto de la obra tendremos que leerla sin perder de vista este pasaje que está colocado al comienzo. ¿Realismo mágico de los años 60, surrealismo en la Vanguardia? Todo queda en anécdota si uno lee a Dante, incluido Don Quijote.  Con el tiempo creo que la historia del arte que se ha ido transmitiendo es falsa e ignorante. Lo pude constatar cuando entré en la Tate Modern que, quitando a Picasso y a Rothko, es una falacia estricta de qué es el arte. 

Termino de leer la segunda entrega de El libro de los indolentes, 2. Saúl, el ángel negro. Parece que lo hubiera leído hace tiempo, no sé cuánto, pero ha sido una relectura más que una lectura, una lectura al estilo de Platón, una remembranza. "Hay que seguir creyendo en la verdad" nos dice Javier Sánchez Menéndez quien, en síntesis, nos está conjuntando tres términos indispensables para la verdad del arte: creencia y verdad. La verdad en el arte es una fidelidad ardua y fortuita para el creador: le sobreviene y no sabe qué hacer con ella pues nadie la comprende. Y esa incomprensión lo lleva a desprenderse de la verdad y a edificar una obra que tan solo le interese al corifeo de siniestros que la alaba. Un ejemplo es Warhol. Seguir en el camino, permanecer en transformación y búsqueda, sin límites de vida o muerte. La mortalidad inicia el descenso hacia otra luz.     


lunes, 3 de agosto de 2015

AL LEVANTARME DE LA SILLA, justo cuando había terminado de escribir este texto, no pude salvar la otra silla que había utilizado M.C., la de color marrón, y me di un golpe duro, seco y fortuito en el dedo pequeño del pie. No supe aguantar el dolor y tuve que tirarme al suelo, fresco y entarimado, para soportar la cornada. ¡Minúsculo espacio que proyecta un dolor punzante y eléctrico por todo el cuerpo! Pareciera que me había alcanzando una descarga eléctrica que me zarandeó por completo. Desde el primer momento, supe que el dolor era consecuencia de alguna fractura o rotura; aguanté como un estoico, no en balde, siempre está Séneca en la mesa, junto a mí, hasta que llegaron E. y M.C. Al comprobar que tenía la cara blanca y el rictus desencajado, M.C. me inquirió que debíamos ir al hospital. Todo esto sucede dos días antes de viajar a Londres; M.C. me pregunta cómo lo vamos a hacer. Y yo había comenzado a escribir sobre nuestro primer viaje a Londres en familia, con E. Obvio es decir que el texto preparado ha quedado en entonación y quimera, pero me pregunto si este azar, estos vericuetos de la música del azar, no son sino procedimientos que instigan nuestra razón, nuestros temores, nuestra insignificancia.  

En efecto, tengo una leve fisura en una falange del dedo pequeño del pie izquierdo. Así escrito, parece poca cosa, pero si pusiera un diapasón encima del dedo creo que alcanzaría notas aguas. Ahora solo pienso que estaré en Londres sentado, merodeando por los parques, observando, contemplando, quieto en una silla del British con todo el misterio de la antigüedad ante mí.  
Lo que iba a ser un viaje de paseos ahora será un viaje de estancias. Quizás, lo que iba a convertirse en la premura y el desasosiego del turismo para nosotros, ahora quiera transformarse en albergar el tranquilo rumor de los ciudadanos como sombras tal que nosotros.  


sábado, 1 de agosto de 2015

PUEDE que hoy sea tan solo otro paso más hacia la finitud de un tiempo, pero que las contemplaciones procuren otra estación distinta y sosegada de nuestra vida. Es cierto que cada vez me siento más ajeno a todo lo circundante, como raíz hacia dentro que no encuentra tierra firme y nutritiva donde anclarse y expandirse. 

Como decía Quevedo, un puñado de "doctos libros", contemplar sin ver en los ojos, E., la música, como ahora de Corelli, son algunos satélites de la vida que fuerzan su movimiento. Poco más me conmueve, ni siquiera el afán de escribir. Escribir es ya un testimonio que, en cuanto es fortuito, lo considero alejado de la verdad. La mentira de la literatura apresurada, actual, es evidente, pues tiene el fin de la publicación inmediata y el deseo de persistir en otros medios, en la boca de los demás. Es un producto perecedero, no una obra que adquiera sentido en el Tiempo.  
Eso aleja al escritor del origen en que estaba encaminado; lo aleja y lo perturba, restándole verosimilitud a su obra, genio, talento, cualquier fisura por la que entrara su yo en conexión unipersonal con la realidad.   

Afirma Cioran en El libro de las quimeras: "Éxtasis musical. Siento como que pierdo la materia, que cae mi resistencia física y que me fundo en armonías y ascensiones de melodías interiores". Cuando pienso en estas líneas esbozo el pensamiento hacia lo irreal como algo que debemos saber disfrutar sin concesiones. Me pregunto si algún lector ha temblado como Cioran con un libro últimamente; con un libro que no sea de Dante, de Virgilio, de Rilke o de Cervantes, por poner solo algunos ejemplos. 
No estamos, por tanto, en el arte, con el debate entre lo contemporáneo y lo clásico, sino en el diálogo en el tiempo que debe producirse, el suceder de la obra literaria en el territorio abonado de la creación  como forma de comunicación inaudita. 

Escuchar música es establecer un diálogo sin palabras con un mundo que se presenta sin ambages ante nuestro cuerpo. Cuando la música es verdadera dejamos de ser, necesitamos dejar el cuerpo, dejarlo todo para ser música misma. Así con la palabra poética, así con la poesía que acontece y nos hace a nosotros ser de nuevo, en cada instante de su lectura y silabeo.