domingo, 22 de noviembre de 2015

Durante mucho tiempo, me acosté temprano. Tarde de cobalto y racimadas nubes. El sol postrado entre la calidez del naranja. Sus destellos son frugales sobre la piel y en las retinas, sin embargo, inunda su presencia los almíbares. El pájaro en la rama y el verde de plácida nitidez. Estampa perturbada, sintaxis del retorcimiento. Decir de lo perseguido. Balbuceo huero, búsqueda de continuo. Transitiva levedad.
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Todavía recuerdo el pasaje. Comencé a leerlo una noche cercana a julio. En Sevilla, el día había sido soporífero y tenaz. El calor lo había inundado todo y se me ocurrió comenzar a leer esa obra. Aquella situación extrema para el cuerpo beneficiaba al desajuste psíquico que la convoca. Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera, con una bacía desbordante de espuma, sobre la cual traía, cruzados, un espejo y una navaja.
Recuerdo que me levanté después de leer el párrafo y me dirigí al cuarto de baño del piso que compartía. Agarré una navaja que teníamos para comer el pan y el queso. Me coloqué delante del espejo y el párrafo comenzó a transmutarse, a penetrar en la conciencia hasta que una mano me apartó del espejo con tal brusquedad que me tiró al suelo. Siempre le he recriminado ese acto al compañero, pues me encontraba en el seno de la obra, justo en posición mental desde donde hay que precipitarse hacia ella.
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Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adrático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial. En su frente estaba escrito el signo de la muerte. Estaba el signo en la frente del poeta, del gran poeta de la antigüedad que ungió la poesía con la más noble y certera sustancia humana. En la nave su memoria, pero también sus complacencia. Su vida se había convertido en algo inoportuno para él. Para él, quien habitaba ya dentro de sí.
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El ser del mundo se hace girar en torno a lo ausente. Al igual que la literatura, el poeta coronado por Rafael en la estancia vaticana, supo decir al final de su obra lo que todavía ningún poeta ha escrito. Lo hizo sobre lo que no vieron sus ojos, sobre lo que nunca sintió, más no por ello dejó de intuir. Convirtió y agasajó las especulaciones y las certezas en ritmo poético. Embadurnó la palabra poética con las profundidades del ser, con lo absolutamente ausente.

jueves, 19 de noviembre de 2015


Indica Stravinski que al artista le falta la sensación misma de la cosa. Después de leer la sentencia me veo en la incertidumbre de trasladarla a las letras a sabiendas de que la música actúa en otra dimensión de conocimiento y de belleza. Sin embargo, esa falta de sensación misma de la cosa es la falta de conocimiento de la cosa misma. En otras palabras, J.R.J. desarrolló su obra volcando sus esfuerzos en esta finalidad. El resultado, como en otros poetas como Baudelaire, Rilke o, anteriormente, Dante, es una obra artística que ha proclamado una vía de acontecimientos estéticos. Esos acontecimientos estéticos están prensados por una continua reflexión y un muy profundo acercamiento a la filosofía. Es el caso del mismo Stravinski, de quien me subyugan más sus reflexiones que su música. Por ejemplo, dice Stravinski: “melodía es el canto de melos, `trozos de frases´. La capacidad melódica es algo que no podemos desarrollar con estudios". Estas palabras valen más que cualquiera de sus atrofiadas melodías.
Por tanto, todo arte supone un trabajo de selección. Esa selección puede empezar a funcionar antes de la ejecución, pero casi siempre sucede durante la ejecución, esto es, es la ejecución la selección misma.

RECUERDA J.A.V en Diario anónimo un pasaje de Platón en "El segundo Alcibíades", que es inmenso: “Todo el arte de la poesía es por naturaleza enigmático”.

martes, 17 de noviembre de 2015

LOS ÁRBOLES, desde el mundo antiguo, han funcionado como una suerte de esencia sagrada de la naturaleza. Por este motivo, contemplar un árbol, arrimarse a sus sombras debe ser un ejercicio de concordia y serenidad, una acción que concite nuestro cuerpo al arrojo de las dimensiones con que interpretamos la naturaleza de la realidad circundante.
Para los druidas el árbol contenía las tres dimensiones de la consciencia, a saber: el mundo de los sueños, el dominio terrenal y el cielo, lo elevado. Estas tres franjas de la consciencia se parangonan con las raíces en lo profundo, el tronco en la intemperie y las ramas dirigidas hacia el cielo. 
Raíz, tronco, ramas...profunda tierra que se eleva hacia el cielo, desde lo profundo y oscuro hacia lo etéreo y luminoso. Incluso los druidas celtas edificaron un calendario con los veintiuun árboles sagrados. 
Ahora que vuelvo a Virgilio, impulsado por estímulos externos que han llegado de repente, caigo en la cuenta de que Virgilio tenía predilección por los olmos. Así, el olmo de los sueños que sacude toda la escena del Libro VI. En el centro del vestíbulo del Aqueronte un olmo vértebra la escena, organiza el paisaje y anuda todas las tradiciones que en el texto se agrupan. Es el olmo de los sueños por el que expanden loa vanas ilusiones. De allí parte el camino hacia el Aqueronte y el olmo está rodeado de hologramas, de lo que la sibila llama "almas sin cuerpo". Esa visión aterroriza a Eneas. Atisban la barca con Caronte sobre ella: el pasaje es tremendo y terriblemente hermoso. En este punto recuerdo una pintura que está en el Museo del Prado y que me fascina desde antiguo, es obra de Patinir. 

Todo comienza a transmutarse en una soberana lección de la vida hábil y liviana en la tierra. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Virgilio, Dante, Borges.

AYER, de pasada, en un diálogo con un indolente, J.S.M,  recordé la trascendencia del Libro VI de Eneida en la formación vital y lectora. Entré en este libro gracias a un verso, una hipálage de ensueño, que Borges destacaba sin cesar en muchos de sus volúmenes. Al tiempo, caí en la cuenta de que Borges no había sido el único en percibir que ese verso era el encuentro circular de todo el texto.

Sin embargo, el Libro VI en sí mismo es un crisol de la posterior literatura occidental. Luz y sombras, descanso y reconversión, en él anida el centro y eje de todo lo posterior. Es el germen nítido de Divina Comedia de Dante y reformula la dimensión de Odisea de Homero. Ahí es nada el trayecto.

Uno de los principios que rigen estos libros es el deseo de comunicación posterior a la humanidad. En este sentido, Orfeo es el axioma que lo refrenda todo, pues halla en la música el lenguaje perfecto para sobrepasar lo que supera la lengua, el pensamiento articulado y limitado del común de los mortales. Otros, incluido Dante, a pesar de sus aseveraciones a la incapacidad por expresar, optan por trasladar al verbo la experiencia. Es el caso de Eneas: "Dioses qu domináis sobre las almas [...] séame permitido referiría lo que oí, pueda con vuestra venía revelar los arcanos inmersos en la sombra de lo hondo de la tierra!", espeta Eneas tras su encuentro inicial con la Sibila de Cumas. 

Entonces sucede el verso que encandilaba a Borges: "Ibant obscuri sola sub nocte per umbram". 
No en pocas ocasiones he utilizado el verso, el magma de sentidos que anida en él, sus formas, sus posibilidades expresivas en verso y en prosa. Poemas, títulos de libros, pasajes en prosa de diario, anotaciones que han establecido una conexión intra e ínter textual con este pasaje. Incluso la experiencia de haber visitado el norte de Nápoles en la búsqueda de la quimera viva de Cumas.

Hay versos, pasajes de obras, prosas que engloban toda una tradición, marcando un época. Otras, sin embargo, dictan los fondos secretos de la condición humana. Y con ellos vibro a cada paso como si de una revelación encarnada estuviera leyendo sus formas.

jueves, 12 de noviembre de 2015

YA VAN QUEDANDO solo las contemplaciones. El acto plural de observar detenidamente el mundo circundante adquiriendo una posición ética de templanza ante todo. Una templanza sólida y fecundada en unos principios férreos, indubitables sobre las manifestaciones artísticas. Alejarme de ellos es alejarme de mí, renunciar a ellos es renunciar a lo único que nos hace en este mundo: la idea que poseemos del mundo. esa idea establece un centro, la entrada a un bosque llameante, la vivencia en círculos concéntricos repletos de destellos y sombras.  
Todo es mutable, los que opinaban una cosa hacen la contraria; los que parecían benevolentes asoman el hocico de la vanidad. La literatura ha sufrido un viraje del que me siento en la cuneta, del que cuando me acerco, percibo vibraciones que me hacen temblar, llorar, sacudirme en el estrépito. Es una postura más, como la de otro, una opinión sobre un hecho que vale tanto como la de otro hombre, pero tiene entidad para uno. Migajas, como digo, de uno, despojos de un hombre cualquiera.

Esta mañana escribía los ojos eléctricos de Rilke, las manos templadas de Leopardi, la ficción de Cervantes, el dulce diablo de Valéry...era una letanía, la escritura de una supuesta metamorfosis deseada, una desideración ante lo literario. Va quedando la música de las contemplaciones; Shopenhauer afirmaba que en la música los sentimientos vuelven a su estado puro, y así lo creo en el vaivén de esta música silente.

domingo, 8 de noviembre de 2015

HAY una cualidad epifánica en la primera lectura. Esa lectura no es únicamente el contenido del libro, sino la emoción que produjo el acto de leer. Puede que, en el recuerdo de ese momento, resida una inexplicable necesidad, por parte del lector, de volver a vivir (a revivir puramente) ese pasaje de su memoria. 
Es un descubrimiento y un desvelo de la realidad. Afirma Piglia: "El valor de la lectura no depende del libro en sí mismo, sino de las emociones asociadas al acto de leer". 
En efecto, la realidad contiene la formas del últimos recuerdo que de ella tenemos: una calle, el campo, el olor de un cuerpo, las propiedades del mar o la tersura de la piel, pongo por caso. En ese recuerdo último se actualizan todos los sentidos para volver a aglutinar todos los recuerdos vividos; se condensan hasta configurar una nueva realidad inventada. 
La literatura engendra literatura. La lectura de un libro principia una "vivencia lectora", un nuevo estado de vida que se asocia a la lectura de un volumen. Esa realidad jamás volverá a poseer su morfología primera, pues trataremos de ensoñarla, de recordarla con los últimos vestigios del último recuerdo, de la imagen última en nuestro entendimiento. Quizás por ese motivo Platón nos figuró como sombras pasajeras, como hologramas que tan solo perciben una realidad remediada: la que creen haber vivido. 




jueves, 5 de noviembre de 2015

martes, 3 de noviembre de 2015

2045 textos componen el diario actualmente. Textos escritos casi todos a la lumbre de las lecturas. Podría decirse que la historia de este diario es la historia personal de una biblioteca, acaso de un lector. La vida y la vida lectora de un individuo que escribe las lecturas al igual que la vida; como establecía Borges, el jardín de senderos que se bifurcan y que provocan que el individuo pierda, se pierda, en esa delicuescente sensación de ser algo en nada. 

Leo, en estos días de recogimiento, el último libro de Piglia, Los diarios de Emilio Renzi. No en pocas páginas me he sentido identificado, no en pocos pasajes he podido verter la sensación de estar leyendo justo lo que he creído vivir a lo largo de estos años. La confusión entre realidad y ficción entiendo ahora que es el paradigma del lector, del individuo que cede sus días a la estancia indómita de la literatura. Poseído de lecturas y entregando, quizás sin saberlo al comienzo, la consciencia, la memoria, el recuerdo a la confusión entre lo ocurrido y lo que hubiera ocurrido si lo escribiéramos.

Leer y escribir suscitan un ejercicio que llamé "escribir la lectura", consiste en un acción del espíritu provocada por un contacto sensible, emocional. Escribir la lectura es una respuesta razonada a una experiencia intelectual. Leer y luego escribir, pero también escribir para leer desde otra postura ética los textos literarios.

"No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca", y subrayo ese aserto con la misma convicción. Repaso, por ejemplo, los volúmenes de Marcel Proust y los de Valéry. Al hacerlo, al acariciar los lomos de esos libros, estoy posando mis manos sobre la estación del tiempo que ellos encierran. Imágenes, recuerdos por las calles parisinas, acaso una evocación plena en que se mixturan realidad vivida y realidad ensoñada. 


lunes, 2 de noviembre de 2015

LA literatura ha venido describiendo, explorando las dimensiones de lo que hemos ido siendo hasta ahora; ningún discurso ha narrado la naturaleza humana como la literatura, narrar en el sentido etimológico de fabular, de establecer la relaciones de la  naturaleza humana, de las formas razonadas que tratan de confrontar lo que somos con lo que deseamos ser.

Aunque existe un hiato insalvable entre el ser y el decir, una elipsis inenarrable que deviene de la condición demediada del mortal, del que vive intensamente con consciencia de la muerte. Ese territorio es el que detona el silencio y la soledad en el escritor a pesar de su incursiones verbales, contra todo lo que aparentemente parece yermo pero que, al destello de las palabras, despierta en los otros con la lectura la acción ética de leer. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

fortis imaginatio generat casum”

NINGÚN texto puede edificar y expresar lo que somos como el texto literario, pues este ensancha las combinaciones gramaticales y las posibilidades meramente comunicativas hacia otra dimensión de la expresión humana. Si, como afirmaba Heidegger, “la palabra otorga ser a las cosas”, la palabra “literaria” metamorfosea la palabra en arte. El estudio de esa acción del verbo, -que trasciende lo inmediato y personal-, debiera ser el centro de estudios de la Literatura en las aulas. Solo de esta forma conseguiríamos una verdadera revolución interna en los ciudadanos, solo así procuraríamos un semillero de individuos cultivados.
Desde la antigüedad, este tipo de texto ha estado siempre en los límites de la textualidad lingüística y emparentado con las disciplinas de orden estético, en tanto que no solo muestra la  preocupación de su autor en qué dice sino en cómo lo dice. Esto mismo que Quintiliano diferenciaba, recte loquendi scientia y ars bene dicendi, esto es, hablar con corrección gramatical y la técnica de hablar de la mejor forma posible.
Aprender a hablar es un acontecer natural para los hombres; aprender a leer es un fenómeno extraordinario en la vida de un individuo; aprender a leer textos literarios y a disfrutar con ellos quizás la más alta cumbre de la palabra. Negar a los estudiantes de todos los niveles educativos de manifestaciones humanas de este calado supone negar al individuo a conocer qué han expresado otros, en otros momentos, incluidos sus contemporáneos, sobre su propia condición. Así las cosas, menguar en el estudio pleno de la literatura, ocultar el conocimiento literario de los textos por otras razones ajenas a las literarias, de sus posibilidades ficcionales y artísticas, resulta vituperar el conocimiento de cualquier individuo de una de las más poderosas posibilidades expresivas y estéticas que poseemos como tales.
El texto literario propone una posición ética y estética ante el mundo que se materializa a través de las palabras, sus combinaciones y sus silencios. No solo eso, ocurre, ni más ni menos, la catarsis: el lector se coloca, eventualmente, en esa perspectiva vital. De ahí que la literatura sea una experiencia que se suma a la experiencia de vida y que la lectura de textos como El Quijote, La Divina Comedia, Lazarillo de Tormes o Hamlet  terminen por convertirse en textos atemporales y vividos por los lectores de las distintas épocas.  
Como ha sucedido en otras disciplinas humanísticas, como la Historia o la Filosofía, los intentos por entenderla surgieron desde antiguo y, con ellos, los llamados estudios literarios, -cuajados en la Retórica antigua-: el estudio de las técnicas, los autores, las obras, las etapas, las escuelas, los acontecimientos culturales y, sobre todo, de los textos literarios en sí mismos. En la actualidad, y desde hace años, este estudio ha sufrido una merma considerable en aras de la lingüística textual y de la enseñanza de la literatura como un tipo más de texto. La currícula actual y las futuras legislaciones así lo demuestran: la literatura es un mero bloque de contenidos dentro de la materia Lengua castellana y Literatura.
Desde la antigüedad el hombre ha necesitado superar la mera transmisión de información para situarse en la definición de sí mismo; y eso ha sido, sobre todo,  tarea y materia de los textos literarios, pues son estos los que fragmentan los espacios de represión y estrechez sociales.  Esta capacidad creativa y expresiva, ficcional, diegética, omnímoda, poliédrica, lo convierte en una clase de texto en que operan fórmulas distintas y, al tiempo, idénticas, a las que utiliza un texto no literario en todas sus dimensiones lingüísticas, pragmáticas y sociológicas. Así, renunciar al estudio de los textos literarios como «literarios» supone empañar la tradición multicultural que nos ha hecho ser como somos. Podríamos decir que recibimos la tradición cultural de antaño sesgadamente y con una alteración de sus valores más profundos hacia un sucedáneo inadmisible. Antes al contrario, apostamos por una enseñanza de la literatura que incluya, entre otros, aspectos lingüísticos y no a la inversa. Puede que estemos confundidos si estudiamos el texto literario como pudiera ser el instructivo, descriptivo o argumentativo. El texto literario los incluye a todos y, además, como summa, propone otro metatexto. A partir de esa mezcolanza adquiere su inclasificable condición. Sea cual sea el método de estudio del texto literario estamos en la búsqueda de qué hace que un texto sea literario; en localizar y justificar qué factores han convertido a un puñado de palabras en objeto artístico. El corpus de textos de una tradición, es decir, el que forma la historia de la literatura de una lengua, es un patrimonio artístico e intelectual que todo ciudadano tiene derecho a conocer al detalle, pues no de otra manera podrá establecerse en el mundo circundante contra los que desean una realidad sesgada.  
Estas disquisiciones nos conducen a la adquisición de la competencia literaria, esto es, de la actividad cognitiva de la lectura que detona en el alumno la superación del estudio de datos y características de los textos y a desarrollar el goce y el placer estéticos que propicien el trasvase del mundo interior a la mejor comprensión del mundo exterior.
Negamos la mayor, ya que no creemos que la literatura se pueda enseñar como tal. Ante la pregunta de un alumno, ¿qué es la literatura?, no pocos problemas tendríamos para salir airosos. La literatura se vive, se percibe, se experimenta, se asimila. Debemos empezar por reconocer que la enseñanza y el aprendizaje de la literatura es compleja y difícil, que no queda despachada con la memorización de características, fechas, estilemas. Estamos convencidos de que para que esto se produzca el profesor debe poseer una sólida formación intelectual y una forjada experiencia como lector. Un profesor de Lengua y Literatura debería ser ante todo un excelente lector y un entusiasta de esta actividad. Estamos ante una acreditación esencial a la que, sin embargo, ninguna actividad política presta atención. No puede suceder que los profesores de esta materia lean cada vez menos, pues, con ello, depauperamos la calidad de la enseñanza. La metodología posterior de enseñanza, la incorporación de las nuevas tecnologías y de recientes enfoques didácticos devienen de esta condición indispensable. Los requerimientos contemporáneos parecen estar más centrados en cómo enseñamos que en qué enseñamos. Abogamos por una combinación macerada entre las dos posturas: enseñar lo esencial de la mejor forma posible a los alumnos. El profesor, para enseñar (no olvidemos su étimo, insignare, dejar señal, señalar hacia), debe tener qué enseñar; en el campo de la lengua y la literatura ese axioma se forja en la acción de leer.
En este sentido, deberíamos principiar la reflexión desde el origen. Mientras que la lengua materna se adquiere de forma natural, el lenguaje literario es un conocimiento artificial, es un técnica, un uso especial de la lengua, que se aprende y desarrolla únicamente a través de la lectura y el análisis de textos literarios. Conocemos qué es la literatura solo cuando hemos leído literatura; puede que podamos describir qué es la literatura, pero no hemos sido capaces, con el paso de los milenios, de definir qué es.  Ocultar el conocimiento literario de los textos, sus posibilidades ficcionales y artísticas, es menoscabar el conocimiento de cualquier individuo de una de las más poderosas posibilidades expresivas y estéticas que poseemos como tales.
En una ocasión le preguntaron a R. Barthes por el significado de la literatura. Ante esta cuestión afirmó lo siguiente: “Literature makes the meaning and the meaning makes life”, esto es, que la literatura es creadora de significado y el significado es, a su vez, creador de vida y de sentido. Estos asertos de Barthes no son novedosos para el que haya leído y trasegado por los vericuetos de los textos literarios y por todo el aparato crítico que ha querido establecer qué hace que un mensaje sea literario. Esta pregunta última sigue aún sin respuesta inequívoca a pesar de los avances en los estudios lingüísticos y de la retórica moderna de cualesquiera de los métodos de enseñanza. El texto literario está más allá de la mera expresión y comunicación, de la básica función de las lenguas. Orbitamos, por tanto, ante un enigma todavía irresoluto que, sin embargo, ha formado parte esencial de los estudios del individuo desde antiguo.
Huelga decir que el estudio de los textos literarios ha ido perdiendo presencia e importancia en los últimos currículos escolares de todos los niveles a favor de la expresión global «competencia lingüística» y ha quedado como un sucedáneo del estudio lingüístico. Esta tabulación supone estudiar el texto literario como acto comunicativo al uso, sean sus formas orales o escritas, sean cuales sean sus características y sus dimensiones interpretativas. Sin embargo, ¿puede ser esto  beneficioso para el estudiante y para el futuro del sistema educativo?
Nuestra identidad se fragua a partir de lo que vivimos y una parte de esa vida está constituida por nuestras lecturas. Las lecturas literarias configuran para la memoria una forma de ser que se mixtura con la realidad. Como los propios seres que habitan El asno de oro de Apuleyo, las Metamorfosis de Ovidio o El Quijote los lectores terminan por  transformarse mediante la fuerza de la ficción. Se desprende de ello que el texto literario es creador de mundos que se erigen como construcciones no solo individuales sino sociales y culturales y que, por tanto, ayudan al individuo a entender no solo su circunstancia más inmediata y próxima sino su presencia en un cultura y en un estadio de la historia. En este sentido, Umberto Eco habla de “modelos de mundo” y del “mundo posible”, de cómo el lector se “transposiciona” y se sitúa en la propia fábula ficcional provocando con ello un nuevo cronotopo que vive como real.
Reducido a un bloque de contenidos, la Literatura (llamada “Educación literaria”) ha quedado muy alejada de lo que en la antigüedad era  la paideia griega, esto es, una palabra que significa «educación» y que designa la plena y rigurosa formación intelectual, espiritual y atlética del hombre. Con la inclusión del sentido de formación del espíritu humano se dotaba al hombre de un carácter verdaderamente humano, no funcional, práctico, adocenado, abocado a la mera capacidad práctica, sino a la propia reflexión como ser humano de su naturaleza.
Fue el filólogo alemán Werner Jaeger el que le dio un sentido más preciso y más evocador en su gran obra Paideia o la formación del hombre griego. En este sentido, la paideia presupone que tan solo podemos formar  a otros sobre las ideas por las cuales fuimos formados y viceversa. Así, tomando estas ideas por presupuesto, nos preguntamos, ¿sobre qué ideas y textos literarios estamos formando a los jóvenes actuales? ¿Son los profesores actuales lectores formados literariamente? Si estas preguntas tuvieran respuestas negativas, el alcance de estas carencias sería perjudicial y catastrófico.  
Si lo pensamos con detenimiento, colaboramos a un derrumbe en la transmisión de los valores estéticos y éticos que han forjado lo que hemos sido hasta estas décadas. Si el alumnado no aprende jamás la naturaleza de un texto fundamental de nuestra cultura no podrá, como describe Jaeger, transmitirlo jamás. Los individuos, docentes o discentes, deben contener en sí mismos los conceptos esenciales para poder desarrollarlos, vivirlos, explicarlos y transmitirlos. No puede caer la literatura en la utilidad inmediata a la que aboca un aprendizaje basado en la capacidad de hacer cosas porque, precisamente, ante el texto literario, casi lo único que se convierte en capacidad es la lectura virtuosa, profunda, diversa; no la mera creación sucedánea de textos, ni la conexión inmediata de lo que acaba de leer con el mundo cercano de sí mismo. El texto literario otorga un aprendizaje de vida, no una eventualidad pasajera como una reclamación, un prospecto de medicamento o la redacción de un currículum vitae.
En este orden de cosas, los antiguos estaban persuadidos de que la educación y la cultura no constituyen una teoría abstracta o un arte formal, distintos de la estructura histórica objetivo de la vida espiritual de una nación. Pensaban que se encuentran (la educación, la cultura) en la literatura, expresión verdadera de toda cultura superior. Por otra parte, es obvio que la capacidad para producir e interpretar textos literarios supone el empleo y conocimiento de la gramática de la lengua en la que está escrito el texto, así como el conocimiento de recursos discursivos de orden pragmático, pero a estas condiciones que reúne cualquier tipo de texto, se suma el uso de ciertas reglas especificas, convenciones, podríamos decir, de lo que George Steiner denomina “la gramática de la creación” y que, en última instancia, confieren al texto su naturaleza literaria. 
Por tanto, el primer sistema gramatical lo ha interiorizado el hablante-escritor en el proceso de adquisición y aprendizaje de la lengua; el segundo sistema, el literario,  supone la implementación de algún modelo teórico formal. La lengua materna se adquiere de forma natural, la literaria es artificial y se aprende leyendo. La competencia literaria funciona en la producción de textos con propiedades estéticas, tales como la armonía, el estilo, los simetrismos, los iso y heteromorfismos, así como las isotopías singulares. La competencia literaria del alumnado tendría que plasmarse en la capacidad para producir e interpretar textos literarios, para identificar un texto literario, para distinguir un texto literario de otro que no lo sea, para connotar e inferir el mundo escondido tras las palabras. ¿Realmente nuestro alumnado demuestra estas capacidades y las incorpora a su propia vida?
No dejamos de percutir en la idea de que el lenguaje es logos (razón), la literatura es ars sensus, arte de lo sensible. Todo texto literario parte de un modelo de lengua, pero termina por absorberlo, ampliarlo, fragmentarlo. Cuando esto sucede, el lector amplia, fragmenta y ensancha su propio mundo. Víctor Manuel de Aguiar e Silva, Sebeok, Stankiewics, Saporta, Van Dijk, Foucault, Barthes y otros epistemólogos de las relaciones entre lingüística y literatura coinciden en afirmar que el lenguaje es inmanente al hombre y que la literatura es inmanente al lenguaje; o sea que tautológicamente hay entre estos dos hechos (el lenguaje y la literatura) una interdependencia. Esta es la relación que nos gustaría atribuir al texto literario en estas líneas.
Por último, el propio Aristóteles diferenciaba la Historia de la Poesía al afirmar que la primera se dedica a lo que pasa, a lo que fue, mientras que la poesía se dedica a lo que pudo haber sido. Ese futurible es la materia de deseo del hombre: vivir lo que no se vive, pues sabe de condición mortal. El poeta Píndaro afirmaba “lo mortal va alumbrando por delante a los mortales” y puede que el texto literario se haya convertido en uno de los últimos recipientes de esa luz, de esa condición que nos aúna y concilia con el mundo.