jueves, 18 de septiembre de 2014
miércoles, 17 de septiembre de 2014
13 de septiembre de 2014, París
ANTES de entrar en el Louvre decido comer. Hoy paseo solo por la ciudad, pues J. tiene asuntos pendientes de su trabajo que le impiden acompañarme. Por un lado me apena ese hecho, pues dejamos d¡conversaciones todavía muy crudas y faltas de profundidad, pero, por otro lado, decido actuar con la máxima alegría. Solo, en París, una mañana de septiembre.
Es temprano, el mediodía casi está asomando por las calles aledañas al edificio. Aquí, me digo, almuerzan más temprano que en España. Esa apremiante necesidad de almorzar del resto de ciudadanos termina por contagiarme. Y decido comer yo también. Solo, en París, en una mañana que no se caba nunca.
El lugar se llama Chez Claude y posee una carta para los comensales que va precedida por una cita de Proust. Decido, al verla, entrar sin más miramientos. Mientras voy acomodándome recuerdo la visita al Museo de manuscritos y documentos sito en el bulevar Saint Germain. Los de Copérnico y Petrarca fueron los que más me sorprendieron, a pesar de la valiosa y diversa colección que contemplamos con minuciosa atención. Esta mañana estuvimos desayunando juntos y recordamos algunos pasajes del día anterior.
mediodía
El tiempo es el enigma. El tiempo pasa, se escurre, sin embargo, seguimos siendo sin comprender.
Tomo café en el Marly. Es mediodía y el sol azota los ritmos de la plaza del museo. Antes de entrar definitivamente decido dar otra vuelta que atraviese Isla de St.Louis, Notre Dame, St. Germain y la Rue de Rivoli. No se me olvida que ese mismo día debo pasear, quizás cuando termine en el museo, por el Jardín de Luxemburgo, Tuilliers, Quai du Seine, Rue Dauphine, quizás como esa mirada que advierte que pronto dejaré de estar aquí. Anoto todo como si estuviera trazando una ruta secreta, que condujera a un tesoro escondido renacentista. Llega la noche. El aire fresco de madrugada acaricia cada sílaba prendida.
martes, 16 de septiembre de 2014
HE TRAÍDO de París dos cuadernos. Uno de ellos es para M.C. y representa, con doble solapa, en colores grisáceos, un detalle del Plan de Turgot diseñado por Louis Bretez y grabado por Claude Lucas. La perspectiva muestra el coeur de Paris; las dimensiones son afinadas y preciosas. En cuanto lo vi supe que debía llevarle esta dádiva a quien tan feliz me ha hecho desde siempre. Cuando lo estuvo revisando sus manos comenzaron a acariciar el lomo, las páginas y su imaginación comenzó a irradiar una contenida sonrisa. Esa minúscula nota de complicidad me provocó un derrumbe del que aún tengo sus ecos en el recuerdo.
He ido escribiendo en Cuaderno del caminante algunas notas mientras, de vez en cuando, cesábamos de pasear o decidíamos tomar algo, algún vívere que nos hiciera resurgir con nuevos bríos. Cierto es que J. ha sido un perfecto y exquisito anfitrión, a pesar de que se haya convertido marxista y defensor del materialismo histórico por momentos, quizás los menos, puede que nunca, qué sé yo, a lo mejor buscando el diálogo y la fructífera palabra contrapuesta. A él le debo la fabulosa estancia y los días en París de esta nueva llegada a la ciudad. Siempre atento, los dos fuimos con el escalpelo ante las cajas de libros, ante ediciones extrañas y arcaicas. Su zancada es la cdd un centauro y a uno le costaba esfuerzo seguir el ritmo alargado de sus pasos. Todo parecía congraciarse cuando, ante unas viandas, unas copas de vino, se sucedían las disquisiciones sobre esto y aquello.
En París los tejados son de cobre fundido y de oros en la piedra. Altos, pertrechados de voluptuosos acabados, el caminante se siente envuelto por una portentosa magnitud que lo sublima a la pura nada.
Los pasos allí no encuentran sentido ante la inmensidad; pierden el centro tan vivamente como Cortázar supo entrever. París son concéntricas vueltas hacia una mismidad, a diferencia de otras ciudades, ninguna plaza es la plaza central, ninguna calle es más céntrica que otra. Es el caminante el que establece su propio centro, su propio meandro arrebolado y el que irradia, acaso, desde sí mismo, su fragancia de sombras, sus labios de nenúfar acabado.
martes, 9 de septiembre de 2014
DUERMEN las dos en la habitación de arriba. Sigo leyendo mientras suena música de Corelli. Encima de la mesa están los libros de Julio Mariscal y de Ángel García López. No me he alejado de ellos ni un momento desde que llegaron a casa esta tarde. El primero, por esencia lírica y por haberlo leído casi al unísono con M.C; el segundo porque me hace feliz que Ángel y Javier lo estén y hayan quedado satisfechos.
Poseo esta noche una extrañeza enorme pues me complace, como nunca, el atisbar en los otros una complacencia. Eso, que tan alejado está de la tarea solitaria del lector y del escritor, me ha conmocionado. Tras hablar con los dos por teléfono he roto en llanto y en una tremenda sensación de gratitud.
El jueves comenzaré el regreso a París, que no se acaba nunca. Ya mis pasos allí, mi memoria tomada por los recuerdos. Qué viveza siento cada vez que imagino los paseos por la ribera y los encuentros con los bulevares; los atardeceres en los jardines, acaso aquel café solitario en Sain-Germain-des-Près que dejé al socaire de los susurros de Borges. Regresaré al restaurante Polidor para saborear un pollo y un vaso de vino al tiempo que silabee las páginas iniciales de Cortázar y los fragmentos de mi querido Ernest en aquellas barras ya antiguas y baqueteadas. Paseos eternos, cafés insondables con un cuaderno y un bolígrafo. Todavía añoro aquella pueril entonación de querer vivir como los escritores sin norte, como quien espera el alba de no se sabe qué belleza. Vivir acomodado a la lectura y la escritura en aquellas habitaciones minúsculas para poder pasear por el Jardín de Luxemburgo. Recuerdo que me deslumbraron los puentes y que el puente del que se arrojó Celan me provocaba unas náuseas momentáneas. Las aguas del Sena, la piedra encendida del amanecer, la lengua francesa, los jardines, cementerios, bibliotecas...el paisaje desde Montmartre.
De todo ello pareciera alejarme lentamente, de todo incluidos la memoria. La certeza reside en seguir siendo, de continuo, un pasajero de sombras, un círculo irradiado que recorre lo ya vivido por la consciencia, una mera estación del ser fugitivo.
domingo, 7 de septiembre de 2014
PONGAMOS por caso que existe un ciudadano llamado Ryszard, un ciudadano que nació en Polonia en 1932 y que murió en 2007. Este señor consiguió, a pesar de todas las rémoras posibles, estudiar la carrera de Historia y formarse en distintas materias culturales que irían macerando lo que después, tras sus muerte, ha quedado de él. Poco a poco, Ryszard logró emparentar la cultura, la lengua, los viajes y su propia cosmovisión en una sola cosa: literatura. Hecho de índole especial, mágico, que pasa inadvertido por los muchos pseudoescritores que luego han querido apoderarse de su genio y visión y adherirse, sin consciencia, su singular maridaje entre vida y cultura.
Al cabo de los años y de las experiencias que sus viajes y sus lecturas le iban procurando, logró escribir un puñado de libros valiosos. Uno de ellos, el que más adoro, se titula Viajes con Heródoto y, para colmo, posee una portada que utiliza una pintura de mi admirado Durero. La acuarela es un apunte al natural de una liebre que resulta perfilada con una minuciosa cadencia de todos sus trazos. Pelo a pelo, gesto a gesto, matiz a matiz, la acuarela resalta las grandes virtudes de la liebre a pesar de presentarse en quietud. Durero estuvo interesado en plasmar los animales exóticos que iban conociendo los expedicionarios de la época y nunca antes nadie los había retratado de esta forma. Durero y Kapucscinski conciliando los mundos conocidos.
Los primeros tanteos de Kapuscinski con la historia antigua surgió de la mano de una profesora que dictaba unos apuntes y referencias que los alumnos iban anotando, cuidadosamente, en unos cuadernos que, a la postre, eran la única fuente de información para esos pupilos. Podría decirse que en la infancia de este escritor no existían las bibliotecas, no había llegado Internet; las bancas de la universidad eran largos tablones en que se sentaban estudiantes campesinos en su mayoría y maltrechos. El mundo que lo rodeaba estaba falto de ingenio, repleto de ilusiones desnortadas. Cuando la profesora enseñaba una lámina de una escultura antigua los alumnos proyectaban esa realidad como una ilusión fantástica que jamás hubiera existido. El trastoque que había sufrido la sociedad de 1951 en Varsovia provocaba que los estudiantes no pudieran entender plenamente aquella realidad antigua. Sin embargo, esa virginidad en la mentalidad de esos jóvenes estoy seguro que procuró al joven Ryszard la voladura de su imaginación, la proyección sin rémoras de todas las posibilidades. Cuando Heródoto apareció en la entendederas del joven estudiante comenzaron a detonarse todos los deseos de vida que estaban aletargados en él. La liebre, el conejo están asociados en las tradiciones distintas con los astros de la noche. Duerme de día, despierta de noche, qué mágica entonación del hombre mismo.
jueves, 4 de septiembre de 2014
AYER, por la noche, subí de nuevo a la azotea para tratar de encontrarme. Estaba solo, puramente respirando y resguardado en un trino de jazmín. La noche preparaba su aposento mientras la dimensión de las palabras alcanzaba un indefinido significado que todavía ulula en el recuerdo. No deseaba dormir a pesar del cansancio y de la extrema somnolencia; quería vivir, sentir el golpeo y la válvula en el pecho. Respirar, respirar profusamente sin nada más pues en ese ejercicio se alcanza, quizás, la más sublime de las estancias para un hombre.
Después del expurgo y de la recolección de los libros vienen las dudas. Pienso que no tendría que haber eliminado aquel volumen de las baldas o aquellas ediciones de antaño. Sin embargo, un sosegado estoicismo va apoderándose de todo lo que hago y recuerdo a Sócrates deseando tocar la flauta la noche de su muerte segura. Lección poderosa e indolente del vivir. Los objetos, las acciones quedan, van adquiriendo una pátina de finitud. Siento muy cerca la epidermis de la muerte.
Ahora estoy observando las fotos de Italia; la de aquella tarde en Arezzo y la de aquella otra tomando un spritz al socaire de la bora en Trieste. Habíamos paseado esa tarde por los alrededores del Castillo de Duino y gustado del color extasiado del Adriático. ¿Quiénes fuimos?, me pregunto, ¿para qué la vida? Reímos en esas imágenes y parecemos complacidos con los augurios de aquella tarde de hace ya varios años. Supongo que lo vivido tendrá esa dimensión del olvido negro, del golpe fastuoso con que vamos dejando de ser.
Leer o releer. Hace poco un compañero me describía la lista de libros y de autores que estaba leyendo. No conocía a ninguno; ninguna de esas obras me interesaba; antes al contrario, todo me parecía una nebulosa artificial. Le dije que me conformaba con aprender de memoria algunos pasajes de Virgilio, otros de Dante; algunos versos de Rilke y con tener, tras eso mismo, la consciencia encendida. Ante mis palabras se quedó extrañado, más aún con sus preguntas, ¿Virgilio ahora?, me dijo. Al término de su disquisición sonreí gratamente.
miércoles, 3 de septiembre de 2014
SÉ que todo va alcanzando su natura, es decir, la inconsistencia de ser.
martes, 2 de septiembre de 2014
EN OCASIONES, todo se revuelve, incluidas las certezas. Y ello conlleva una turbación esporádica, tan eventual como nuestra existencia. Es una miniatura de lo que somos, destello contenido de la avidez de misterios a que estamos sometidos en cuanto levantamos los ojos más allá de nosotros mismos.
domingo, 31 de agosto de 2014
ACONTECE la noche y me encuentro solo, en una habitación, escribiendo. El silencio perturba el colorido taimado de la noche porque lo adentra en un confín a mis ojos. Tan solo se escuchan las teclas del ordenador al roce de mis dedos; los objetos resultan recogidos en sí mismos, en sus contornos; la aritmética de todo parece conjugarse en su más alto punto de armonía.
Aquí estoy solitariamente empedernido con la lectura y pensando en el episodio del caballo de Montaigne. la vida se entrecruza con las ideas que han vertido los libros en el lector. Para el recuerdo y la memoria las lecturas forman la misma realidad etérea que cualquiera. Lo más evidente es entonación, la más remota realidad es plena irrupción de lo real para un lector. Quizás, por esto mismo, la noche es un espacio luminoso y el silencio una polifonía susurrada. ¿Cómo vivir?, me digo entonces. Esta pregunta va repitiéndose en las últimas semanas con demasiada frecuencia. Acepto la condición del mortal pero no sé cómo. Con el tiempo, tengo la certeza de la finitud con demasiada claridad y eso me conduce a discernir entre esto y aquello con el único motivo de la preferencia y de la selección. Esa lucha entre la selección y el todo es connatural a nuestra condición y siempre estaremos en un enfrentamiento de continuo entre lo que deseamos y lo realmente podemos realizar. Montaigne en esto es un verdadero único pues ha diseñado una forma de pensamiento basado en su propia vida, estos, sus escritos devienen de su vida y de sus lecturas. El lector de sus ensayos encontrará una inmensa peregrinación de un solo individuo, en sus ensayos están todas las variantes a las que puede someterse un hombre.
Perseguir el placer, como afirmaba Ovidio, como ejecutaba el escritor francés, es la única causa que parece desplegarse en mi corto entender.
jueves, 28 de agosto de 2014
DEJÉ, ya de madrugada, la lectura de los poemas y comencé a razonar con sosiego sobre las paradojas de los lectores, ya que todo lector las tiene y tan solo le queda evitarlas, mesurarlas con el candor de su consciencia. Supongo, con mucho, que habrán existido desde la irrupción masiva del libro y del fenómeno literario, esas paradojas, digo, pero me alerta la desgracia actual del desconocimiento. Pongamos por caso que un poeta de este tiempo que corre prefiere leer a los poetas de su camarilla y etiquetados con el nombre (paradójico) de contemporáneos o actuales: conocidos, críticos, ensalzadores varios, toda esa estirpe -patética en el fondo- de confederaciones de egos. Uno lee al otro y el otro lee al uno. ¿Qué se aseguran? Lo que ya fijó para siempre Petrarca en Triumphi: la vanagloria.
Ocurre en todos los ámbitos. Un profesor de literatura en la universidad puede que explique qué es la narrativa sin haber leído a Proust o sin haber leído una sola línea de Kafka o de Flaubert. Tal es el caso de la lírica y del género dramático, quién puede decir qué es la lírica, la poesía, sin haber leído a los inventores de la misma, esto es, a Homero, Virgilio, Horacio, Dante o Petrarca. Así es, sin embargo, el bagaje de los que poseen el privilegio de difundir, explayarse sobre el qué de lo literario. Prefieren, por contra, escribir una reseña sobre un narrador, un poeta o un dramaturgo desconocido a con el fin de ganarse una estancia en otro país o de ser especialista de.. qué, me digo esbozando una sonrisa, ¿de lo contrario a la literatura?
Tras haber rediseñado el sótano y de haberle otorgado una nueva e importante función hogareña, es el paso de rectificar el expurgo de la biblioteca. Como ser orgánico, explico, cada vez va menguando en su musculatura pero ensanchando sus tristes virtudes.
E. acelera el tiempo que percibo, el que me llega enroscado en la apariencia de todo. En sus nuevas palabras, sus gestos, sus recuerdos configurando un confín nonato me voy perdiendo. Y eso me fascina, me provoca un furor que nunca antes había sentido. Cualquier banalidad es ahora un recipiente para recogerme, para tratar de dejarle siempre mi paso junto al suyo. Quiero ser donde ella sea, reír como ella lo hace, acariciar con sus manitas y dedicar la sonrisa verdadera a quien no inyecta en su mirar maldad alguna más que la de estar vivo.
lunes, 25 de agosto de 2014
TENÍA la sensación de ir viendo en la tarde una sosegada cadencia de luces. Agazapado en ese recodo de la parsimonia, inicié la contemplación o en mejor decir las contemplaciones, pues toda plenitud concierne a todas las realidades acordadas en un punto, en un instante, en una armonía para el hombre.
Las rocas, el mar enaltecido, el crujiente batir del oleaje, la emigración de las aves trazando vendetas en el firmamento, la tierra en las manos, los ojos entrecerrados por el fogón de luz, el eneldo acariciando las manos, la voz de E. surgida de un confín, uno mismo diluido y sin ser nada.
Borges decía que ordenar una biblioteca es una forma de ejercer la crítica literaria. Con esta van cuatro o cinco remodelaciones y expurgos en la biblioteca. Ha menguado su cuerpo, también lo sobrante, de la misma manera que ahora agarro un libro que me parecía notable y ahora no es nada, menos que eso, un objeto sobrante. Algunos permanecen y aguantan el paso del tiempo, pero tengo la sensación de que me sobran la mayoría. Quizás la última acción como lector que deba hacer uno es escoger tres o cuatro o cinco libros y nada más. Los libros en los que resultan los destellos que alguna vez fuimos.
¿Has visto hoy las siluetas de klas estrellas? ¿has notado la esbelta claridad de la noche a tus ojos? Sí, ¿has visto el lejano y minúsculo resplandor de cada una de ellas, infinitas, insignificantes desde tu persona? Tanto o más que eso eres tú mismo, luciérnaga replegada, luminosa esencia de un todo demasiado amplio y ajeno a ti. Entonces, ¿a qué tanta celeridad, tanta ignominia? Párate y escucha y contempla. Eso serás, al menos, en un reflejo cóncavo de tu palabra.
sábado, 23 de agosto de 2014
ESCRIBO en un nuevo cuaderno y con un nuevo teclado, un teclado blanco que asoma a los libros que se apilan en el sótano. Ordenados, bien dispuestos, hemos estado dándole nuevos aires a nuestros lugares de lecturas pero, sobre todo, expurgando aquí y acullá para dejar magra la biblioteca. La selección también incluye el desecho y la renuncia.
Volúmenes que llegaron a las baldas y que ahora sufren la sentencia de la selección que no se le aplicó en su debido momento. Bien apilados, reordenados en sus muebles, los libros parecen otros, mejor acicalados para su lectura, más duchos para mostrar aquello que los sustancia.
Hay un silencio de papiro en el sótano y una soledad relicaria y una nueva amplitud que lo aviva todo. Aquí escribo tras haber estado junto al mar, con E. muy risueña, con M.C. asintiendo en cada palabra de E., en cada gesto con la hermosa condescendencia de las madres.
Vuelvo a estar solo en la noche, leyendo escribiendo. Hace tiempo que el cuaderno con que anoto lo he tenido olvidado estos días; alejado igualmente del estruendo y la estridencia del estío. Vuelven a la mesa acaso presintiendo la caricia del otoño, de un otoño que ha dejado sus fauces en más de una ocasión estos días. Levanto la mirada, observo: delante de mí los libros en la biblioteca. Hermoso mirar este, me digo, hermoso y nuevo para mí. Todo quieto, repleto de un sustento suficiente, de una mesura retenida de la presunción de eternidad que con el tiempo se va alejando de todo, sobre todo de uno.
jueves, 14 de agosto de 2014
LA bruma y Cicerón acompañan el paisaje mediterráneo. Estaba releyendo la miniatura de Zweig sobre el excelso orador mientras que, cobijado en la terraza, observaba la penetración de la bruma sobre la silueta de África; más que penetración era un preciosa difuminación de la tierra en el mar, del mar en la tierra. ¿Qué es la amistad?, me pregunto. ¿Será acaso una deriva de la fidelidad? Los personajes que rodeaban a Cicerón terminaron, en su mayoría, respondiendo al ímpetu del egotismo. Sus seguidores más cercanos habían escuchado, casi memorizado sus discursos acerca del bien público, de la justicia, de la belleza de las acciones justas. Estos mismos individuos se habían llegado a emocionar con las palabras vertidas por Cicerón al orbe de lo público. Fueron los mismos que atendieron a sus confidencias, los mismos que evidenciaron la defensa de su vida, -como el propio Octavio-, los que finalmente recurrieron a la dádiva del poder en sus más infames siluetas. Estas traiciones personales se han sucedido a lo largo de la historia de los hombres, tanto en personajes cultos e ilustrados como en analfabetos integrales. La condición humana se sobrepone a las capas de cultura, a las propias lecturas, a la música, a la belleza misma de la tierra cuando el ser se convierte en único individuo, cuando el mortal descentra su esencia y la dirige tan sólo al placer de su propio yo, es decir, de su inexistencia, de su vacío. Todos llevamos un vacío extenso dentro de nosotros, sólo la armonía templada de la belleza, el bien y la justicia nos restituye y aún así, seguimos perpetrando destellos de mortalidad hasta que morimos.
El individuo se hace débil cuando frecuenta los límites entre la individualidad y la concesión al otro. Si bien es cierto que la amistad es una virtud, mantenerla es todavía una constante concesión de nuestra propia vida. Así entendida, la amistad verdadera, en estos tiempos de extremas costumbres y de vacíos de valores humanos básicos es rayana a la heroicidad.
Es la luz cambiante de estas aguas la que me conmociona sobremanera, la que deleita mis recuerdos en cada oleaje en Brindisi golpeando la enfrente ida muerte de Virgilio. Junto a Zweig, Dante. El de poeta italiano se ha convertido en una lugar de apariciones como lector. Leo sin orden, saltando de un espacio a otro, de un verso a otro, de una dimensión a otra. Es el libro de la conversión, el que da pasó de la oscuridad a la luz y viceversa. Cada vez que lo leo, hallo en él más reminiscencias cervantinas y
Ahora un barco cruza el mar en calma, es un barco pesquero cuyo ruido es muy familiar para uno. Los motores ya somnolientos de la máquina, las travesías de sus pescadores, la esencia del fruto que tanto admiro.
martes, 12 de agosto de 2014
Sí, estoy leyendo frente al Mediterráneo.
sábado, 2 de agosto de 2014
AL PASAR por los tenderetes pude identificar el libro de Píndaro en una notable edición. lo compré sin miramientos pues llevaba unos días soportando una terrible agrafía y una soberbia desgana de todo. Al comenzar a leer a Píndaro el alma sobrevoló todo lo infame y encontré en ello, tras este alejamiento de la literatura, una bendita forma de ser.
Eso nos queda a los mortales pues nuestro disfrute solo consiste en sucesivas y finitas armonías del instante. Esos eventuales trazos en que nuestra materia toda pareciera conjuntarse por una aritmética desconocida. Fugaz, se fue, no quedo nada, ni siquiera la memoria de su realidad.
A esto mismo Platón lo llamaba “fenómeno”, un acontecimiento que se origina por una fuerza primigenia llamada noumeno. Sea cual sea el membrete el mortal va conociendo su estado de vigilia perpetua, de eterna ensoñación, de permanente insuficiencia. Cuando esto no es así, es decir cuando soportamos una aparente plenitud de vida es cuando más lejos de la vida estamos. A la entrada de templo de Delfos la inscripción milenaria es explícita: si pretendes descubrir los arcanos de naturaleza, deberás conocerlos dentro de ti. El hombre trata de buscar fuera lo que lleva dentro, desea hallar en lo externo lo que anida en su interior. Quizás la vida debiera ser la búsqueda silenciosa de esa llama, quizás la vida debiera ser el deseo de encontrar, en soledad, la piedra primera en nuestra alma.
He ido repasando los versos y los poemas y me conmueve la penuria que hay en ellos. ¿Cómo me atrevo?, me pregunto en cada verso. Leer y leer es un acto de perfección para un hombre, para su naturaleza patética es ya un logro entender dentro de sí los pormenores de otro individuo; añadir en uno lo que otro logró crear.
Al leer a Virgilio no puedo dejar de recordar el mosaico del siglo III que lo representa y que lo recrea rodeado de musas: «musae poetarum patronae sunt». Aunque el libro que tengo en las manos en La lámpara maravillosa de Valle-Inclán. Lo llamaba «el milagro musical», esto es, «el poeta debe buscar en sí la impresión de ser mudo, de no poder decir lo que guarda en su arcano, y luchar por decirlo, y no satisfacer nunca».
lunes, 28 de julio de 2014
SON las doce y media de la madrugada. Debo descansar. Llevo tres días con la insuficiencia respiratoria de todos los veranos cuando la humedad impera. No duermo por las noches, pero leo caninamente. Terminé el libro de Vasari y he comenzado a releer algunos pasajes de Eneida.
E. descansa después de un día de ajetreo. Ella me muestra el mundo nuevamente cada día. Sus palabras, sus gestos, sus incomprensiones. Lo mira todo con la extrañeza de un avejentado sabio, pues cuanto más tiempo estamos aquí más perturbada se convierte nuestra mirada sobre el mundo y nosotros mismos.
jueves, 24 de julio de 2014
EL escritorio ha quedado como un recoleto surtidor de variedades. Andan los libros revueltos, los bolígrafos y cuadernos, plásticos por encima, útiles que dejaron de serlo hace mucho, papeles escritos a mano. De todo el paisaje, como un lugar secreto, los libros predilectos. Virgilio y también Dante, cada vez más, Dante.
Está todo como uno, buscando una forma y una silueta a su naturaleza. En constante transformación, debe uno aceptar la naturaleza toda, los contrarios, y tañirlos al unísono en cada respiración sostenida. Si suena una música, una sola armonía, serremos en ella más que nunca.
martes, 22 de julio de 2014
A MANO o con el ordenador, la grafomanía sigue punzando cada mañana. Distintos son los textos que uno va pergeñando, pero todos poseen últimamente el afán de quedar en nada, de restar más que sumar, de terminar siendo un huella transparente quizás tan sólo de una coincidencia furtiva entre la figura del mundo y de un individuo. Cuando eso sucede ocurre en el individuo una suerte de fuerza pertinaz que lo sobrecoge y lo conduce a la armonización con el entorno.
Sin embargo, lo que más me satisface es defender la condición de lector efervescente, de lector que espumea y se dispara para ocuparlo todo al contacto con las letras, las sílabas, las palabras, los enunciados y los sentidos que modelan la literatura. Al roce con un texto literario, pareciera desorbitarme, -en una gustosa soledad-, y diluirme en el texto mismo.
En este sentido, pienso que el texto literario posee este sentido primero desde su nacimiento como tal. El sentido de la transformación del individuo tal que las distintas disciplinas artísticas. ¿No podríamos clasificar las artes según su potencial de transformación y catarsis? El propio Schopenhauer, tras la pista de los presocráticos, Platón y neoplatónicos, así lo confiere, pero no es el único. El propio sistema mitológico parece estar desarrollado en función del calado espiritual de sus disciplinas.
Esta influencia que culmina en el interno abismo de cada uno y que es intransferible, acaso solo sugerida a través de la belleza, es fuerza teleológica que convierte el mundo en un lugar de cifras y símbolos. Para el que vive poseído por las figuraciones del arte el mundo mismo se transforma -el canto del pájaro, el amanecer, los astros, el campo, la noche, por ejemplo- en lugares de esa interpretación inicial. ¿Engañosa, irreal? Como todas. Pues, ¿cuál termina siendo verdadera?
sábado, 19 de julio de 2014
PENSABA que la banalidad no permitía apreciar la eternidad, pero ahora pienso que la eternidad tampoco deja fructificar en lo eventual que la forma. Quizás existan varias estancias que nos perforan la consciencia y nos aturden en el entendimiento del devenir, mas incluyo, en estas semanas, otro estadio, una suerte de purgatorio, demediado, limítrofe, neblinoso, en que suceden una y otra temporalidad y que transforma y renueva. Todo en él ocurre en el silencio de la soledad, nada conmueve al sentir, todo es aséptico para el espíritu.
lunes, 14 de julio de 2014
AQUÍ, en Capri, el atardecer se llena de tules y de esencias marinas. Arrinconado de todo, recuerdo al poeta, a Rilke, ensimismado por estas laderas que caen hasta el fondo mismo del azul del mar, de la intensa transparencia. Es una suficiencia todo esto, lo que contemplan mis ojos y mi espíritu.
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