lunes, 22 de diciembre de 2014

¿POR QUÉ este empeño de la música en la poesía y de la poesía con la música? Sencillamente, porque concibo que el origen perdido de la poesía (eso que desean nombrar los poetas verdaderos), en su más estricto sentido de lírica, debe entenderse en comunión con la música. Si de ella nos apartamos, estaremos mermando las posibilidades expresivas del sentido oculto para lo cotidiano que siempre debe emerger en la lectura de un poema. Con la música, con su cercanía en el momento de composición y también de lectura, la poesía supera su mensaje como forma de entender el mundo separada de los riesgos narrativos de la misma, esto es: personajes, acciones, consecuencias, móviles poisitivos, fuerzas antagonistas, final y conclusión.  Así las cosas, puede que el ritmo, la versificación, la rimas, los recovecos sonoros y semánticos de la poesía no sean sino rescoldos, reminiscencias de la música en la palabra. El ritmo en la poesía lamina todas sus posibilidades expresivas, desde los elementos fónicos hasta la armonía significativa. Hay tanto un ritmo de sonidos como un ritmo de pensamiento. 

En este sentido, existe un elemento diferenciador entre las composiciones actuales y las antiguas. Esa diferencia reside en la forma de ver, de entender el mundo y la realidad. Si ahora los poetas resumen su poesía con su mundo más cercano, en el que ellos creen estar tocando mágicamente la realidad que los circunda; la poesía de antaño, no toda obviamente, estaba movida por una manera de entender la realidad hacia lo prístino, primitivo, príncipe y totalizador de la misma. Eso, en ocasiones, lleva a la insuficiencia, al silencio absoluto.  

La música supera esta secuencia como forma de entendimiento y así lo entendían igualmente los filósofos antiguos, para los que el filósofo debía ser aeda al mismo tiempo: para mover los espíritu hay que saber conmover con la palabra en acción. 
Más tarde que pronto, la poesía fue desligándose de la música hasta quedar en ella misma como forma artística independiente y plena. El poeta se centraba en la palabra, pero se despegó de la forma de entendimiento que propone la palabra en confluencia con otras artes. Hasta el Renacimiento (en que incluyo el Barroco)  no se retomó este sentido prístino del verbo empapado en las formas y en las dimensiones de la polifonía a la que nunca llegará. Una nueva propuesta musicial surgió igualmente en estas décadas prodigiosas. Y, con el tiempo, el Romanticismo hizo lo propio en el afán de hacer perdurar lo griego, lo antiguo en el mundo moderno que había quedado a los pies del racionalismo válido para el devenir de la ciencia, pero fallido para la ciencia del espíritu. No es casual que, en este periodo, la música sufriera otro viraje fundamental.

No sé si estas cuestiones forman parte de las reflexiones de mis contemporáneos o si ni siquiera forma parte del entramado actual de poetas y escritores. Tengo para mí que cada vez que leo una entrevista o la escucho en la radio, los poetas hablan demasiado de ellos mismos, de lo que quisieron decir en ese poema, de lo que sucedió para escribirlo, de demostrar que han leído tal o cual libro y de esas palabras, esos versos. No enjuicio, ni mucho menos, nada más lejos de mi intención, y es posible que esté equivocado. Lo único en que no puedo estar de acuerdo es en mantenerme al margen cuando observo que tratan de devorar el cuerpo de poesía los caníbales que solo entienden de vanaglorias. 



sábado, 20 de diciembre de 2014

NUNCA imaginé que fuera a escribir un diario literario. Mucho menos, que perdurara con los años y que, a fuerza de leer y de vivir, se convirtiera en un espejo en el camino; no a la manera de Stendhal, sino en el sentido opuesto, el de un realismo total que incluye igualmente lo intangible. 
Llegará un momento en que el diario deje de existir en esta forma, en este esquema mental que diariamente ejecuta no sé qué consciencia.  Desde luego que yo no escribo como yo, sino que es otra consciencia la que dicta estas líneas, eso es evidente. No hay día en que no recuerde el aserto de Don Quijote cuando lo recogen de la primera paliza: "Yo sé quién soy". Esta secuencia en boca de otro personaje resultaría inadecuada, pero en los labios del imaginario personaje es una sentencia que sintetiza toda una filosofía. 

Hacía tiempo que no encoentraba un libro tan fascinante como La música como pensamiento de Mark Evan Bonds.  Todavía hay libro lúcidos que sacuden el entendimiento y que enseñan a dirigirnos hacia otra profundidad. Junto al libro de Eva Bonds tengo la antología poética  de Charles Simic, Mil novecientos treinta y ocho y, hasta ahora, me emocionan más las páginas del primero que las del poeta nacido en Belgrado. 
Me agrada mucho un poema titulado "Mil años de soledad" en que hace uso de la antigua metáfora náutica de la vida como una navegación, pero sobre todo, ahí la originalidad, del silencio asimilado al bote que dios sacude y azuza en las aguas del océnao de nuestros cuerpos. Un poema conciso, profundo, que uno relee como hace con los buenos poemas. Podríamos incluir igualmente "El viento",  que dice así:

Al tocarme, tú tocas
el país que te ha exiliado.

Convierte el viento en una suerte de recipiente en que quedan descubiertas todas las esencias. El viento golpeando el cuerpo de cualquier mortal está acercando, fugazmente, la esencia por la que el viento atravesó hasta él. Una sustancia invisible, sensitiva tan solo, transparente pero real. 

Mencionaba el libro dedicado a la música y se me olvidaba el subtítulo, a saber, El público y la música instrumental en la época de Beethoven.  El libro está fundamentado en exponer cómo, en esas décadas finales del XVIII e iniciadoras del XIX, la música, gracias al desarrolllo instrumental de Beethoven, se convierte no solo en una forma de escuchar el mundo sino también de pensar el mundo con un discurso superior, distinto, a la palabra. El asunto no puede ser más atractivo para mí. 

Siempre he pensado que la música es el encuentro entre la materia y la esencia; un encuentro en que el hombre no participa, tan solo contempla. Como el viento de Simic, que contiene la esencia de otras realidades y que impregna al que lo siente en su carne, la música penetra en los oídos, aun sin quererlo y transforma el espíritu, lo predispone a otro entendimiento. En esa transformación, como querían los antiguos, debemos arrojarnos a los círculos convulsos de la belleza. 



jueves, 18 de diciembre de 2014

ADMITO las distintas formas de escritura, incluso las que distan tanto de mi manera de entender el fenómeno literario, pero lo que no puedo ni ética ni estéticamente admitir es la falta soberana de saber decir, de ars recte dicendi. Lo tengo por lo mínimo que debe manejar un escritor.  Hay que respetar la lengua como principio de creación, pues si no es así, el fruto será putrefacto en el ínterin.  

Escucho estos días a Ludovico Einaudi y Wim Mertens. Dos sensibilidades dispares, pero semejantes en la profundidad de la melodía y del concierto. Con sus músicas voy escribiendo ora páginas sueltas de diario ora versos y estrofas que desdeñan la belleza. 

¿Mi círculo? Lo tracé en la orilla pero no logro encontrarlo de nuevo.  
CADA mes de diciembre, con exactitud, el día 15, tengo la costumbre de mirar al cielo para buscar el rescoldo de las saturnalia: la luz en las casas para que el sol renaciera, los seres danzando por la entrada en el solsticio de invierno, el sol principiando su armonía con Capricornio y la declinación de la luz en los ojos ciegos. 

Gris, como el cielo, así estoy. 

Vivir, leer, amar, ... 

martes, 16 de diciembre de 2014

HOY noto que el cimiento de todo es madera y es fugaz. No sé cómo brujulear ni estas letras ni mi propia vida, pues he entregado el corazón tan blanco hacia lo que amo y en nada me veo. No encuentro eco de lo que fui. Ni siquiera palabras simples: emoción. Ni siquiera, vocablos complejos: sonrisas. Nada, nada , nada de lo que quizás soñé ser soy ahora. ¿Y qué soñé? La entrega a la verdad, la fidelidad a las creencias, la incontestable secuencia de morir día a día en lo amado. Y ser lo amado  mismo por momentos, pues como afirma Platón, participar de lo bello es ser lo bello en parte.  También ser lo deseado, aunque fuese con la ceniza del verbo y de las palabras. Llegan palabras desde lo externo que desmotivan, que provocan fisuras, grandes arrebatos de tristeza. ¿se puede ser triste y melancólico en este siglo?

Habla Luis Rosales del "bosque de la sangre", de la tarima emocional que quizás nos sostiene. Cuando se tambalea lo vuelca todo y lo trastoca. Y en esos virajes estoy ahora: sin control, sin luces, sin más ni más. La primera tentativa, abandonar la escritura, dejarla por siempre, no bregar más, nada de luchas ni de razones. Como Tomás Rodaja, el personaje de Cervantes, ser de cristal y sensible a todo, pero desde el margen. Silenciar, en mejor decir, es lo que deseo, ¿seré capaz? 

Todo me afecta más de lo normal: un comentario, unas palabras, unas miradas, también lo que no se dice, no se gesticula, lo que tan solo imagino que piensa el interlocutor. No sé si llamarlo decadencia personal, pero el túnel estaba antes iluminado detrás de mí, con luces invisibles y potentes al alma y ahora me veo en un centro oscuro, movedizo, con el cimiento de madera y oliendo al bosque de la sangre. 

Quizás antes todo era como el primer temblor de las hojas o como el sol en otro cielo. La muerte no interrumpe nada, es todo proceso, transformación y permanencia. 



domingo, 14 de diciembre de 2014

LAS MANOS, hoy he observado las huellas del tiempo en mis manos. Avejentadas y blanquecinas por el frío, dictan ya la transparencia del tiempo en sus líneas, sus grietas. Parecían ajenas a mi persona, no las reconocí y eso me despertó un fulgor repentino cargado de miedo. ¿Qué débil, verdad? Sí, voy enervando mis pensamientos y la fuerza juvenil que lo arrastraba todo. Cada día observo y trato de contemplar más. De la misma forma que he entendido que el estado de máxima felicidad es el silencio tanto en soledad como ante otros individuos. Como mejor estoy, en silencio. Soy silencio y así lo deseo. Decía Castillejo en un poema de lírica popular: 

Aquí no hay 
sino ver y desear;
aquí no veo 
sino morir con deseo. 

Ver y desear y morir en ello, con el alma orientada a la visión. Por ejemplo, la luz declinada del invierno, el gris natural del mar a los ojos, el tiempo de naturaleza, E. mirándome fijamente y riendo.  

El primer moleskine que completé se titula Primera estación. Es del año 2007 y se inicia con una reflexión , sin brillo, con torpezas evidentes, sobre Jakob von Gunten de Robert Walser. Me dediqué a recopilar los enunciados del libro que me despertaban mayor admiración. Era el comienzo de esta grafomanía de escribir la lectura. Al volver a leer las citas he vuelto a emocionarme con una de ellas: "Los verdaderos hombres, los hombres de verdad, no son jamás visiblemente bellos". Sobre todo por la selección de los adjetivos: "verdaderos, bellos".  El escritor debe permanecer siempre ante el enigma de la palabra. Ella es la causa y la condena, la paradoja que lo condiciona a contemplar el mundo distintamente, pues, cada palabra, para el verdadero y bello escritor, debe ser considerada una manifestación única y prístina del mundo. 

A veces pienso, cada vez más,  que lo mejor hubiera sido no haber escrito nunca.

sábado, 13 de diciembre de 2014

PUEDE que al final, en las últimas líneas de este diario, cuando decida cesar en el empeño de escribir en este trópico, cuando llegue el fin o el término o la última estación con el ahínco de tantos años, deje plasmadas las palabras del narrador de Niebla para contestarme a mí mismo: "no eres, pobre ..., más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto".
La secuencia final de este aserto es maravilla, el secreto de tu vida. Quizás la llamarada interna que provoca esta explosión de sílabas ante el papel. La continuación del fragmento es conocida y perturbadora, al estilo cervantino de desencajar los moldes con que razonamos la supuesta realidad. Así las cosas, ya lo hemos dicho en tantas ocasiones, este diario es relato, relato en el puro sentido del término; un relato engarzado con textos dispares, consonantes, fragmentarios, variados en su género y convención, pero, ¿qué son los hombres más que naturales paradojas? 

Después de algunos años he podido comprender la música de la prosa y su difícil dicción. Como un manso río, acaso como un lago quieto, el escritor comienza sus brazadas tratando de acompasar lengua y pensamiento hasta poder conjuntarlas en un texto unitario, cargado de sentido. Ir más allá, esto es, convertir la prosa en ritmo, acercar la prosa a las vestiduras de la poesía y de otras disciplinas es ardua tarea. Pero es cierto que la novela permite este juego de malabares, esta intromisión aquí y acullá en la tradición y la modernidad literaria al mismo tiempo. 

Sigo trabajando en los poemas. En otoño comienza el ciclo, cuando Perséfone se hunde y de ella tenemos solo un leve recuerdo de vida. Ahí comienza la poesía, a la busca de ese eco permanente desde lo oculto, hacia lo oculto. 


jueves, 11 de diciembre de 2014

HOY escribo tras haber pasado la noche en vela. Qué profundidad alcanza uno en el silencio de la noche no lo conoce hasta que no se queda batallando contra el sueño. Al comienzo, es una guerrilla, luego, penetra en la calma de la oscuridad. Lentamente esa calma y la respiración van apoderándose del ritmo interno y externo hasta que la respiración de la noche se confunde con la nuestra. Abigarrado en un silencio y en una quietud que confunden los sentidos, comencé a leer poesía. 

Petrarca condensa en Triumphi la confrontación entre fuerzas naturales y fuerzas trascendentes. Entre una y otra, el sujeto parece encontrarse en la encrucijada. Versos limpios los del poeta, obra que ahonda en la mitografía literaria de su vida; confundidos los polos ,el autor se sabe amalgama, simple vaso pasajero. 

"¿Dónde apoyar recuerdos y esperanzas?", se pregunta el poeta y el lector con él mientras contempla la cabalgata del triunfo del tiempo, el carrusel de la eternidad incomprendida a los ojos. 

Estos textos colman de templanza las opiniones sobre la realidad, acaso porque esas opiniones han quedado vertebradas por otra lucidez momentánea de la que nadie hace uso consciente. Llega, está, es, desaparece y su rastro queda en un rumor oculto. De ese rumor participo cada ve que leo a Petrarca o a Rilke o al propio Dante. 

La lectura se ha convertido en un acto de rebelión; más aún, en una manifestación ética individual que evidencia nuestro paso fugitivo. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA LECTURA  es búsqueda y cuando en ella me encuentro con lo que no aporta nada al itinerario, lo abandono. Cada vez leo más lo mismo y menos lo distinto. No me interesa lo nuevo, menos aún los que desean preponderar ellos mismos por encima de la obra. 
Hoy, por ejemplo, abrí el libro de Gutierre de Cetina y volvió la fascinación: música, armonía, trascendencia, misterio y revelación.  
Descreo de los que dicen debes conocer a tus contemporáneos para saber lo que se hace ahora; no quiero saber lo que se hace ahora. 
En poesía el ahora es el lugar de aparición de lo permanente y eterno. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

LA MAÑANA entona su figura a los ojos y penetra una claridad incierta por la ventana hasta la mesa en la que escribo. Leo con detenimiento y pausa; estoy revisando, cuando abandono la lectura, los poemas. He vuelto a escribir algún verso, a retocar aquí y allí, a tratar de reconducir el silbo de   alguna melodía insinuada.  
Observo a los hombres, uno a uno, como quien deja caer sus ojos al atardecer. Trato de encontrar, sobre todo, la concordia (qué vocablo más hermoso nos dejó el mundo antiguo). Concordia del corazón con el acorde externo del mundo. Porque en ello creo y en ello resisto a pesar de las contradicciones y las paradojas naturales que pueden darse en los hombres. A pesar de ello, vuelvo la consciencia a otra estructura distinta de la que ven los ojos, de la que traza el verbo y para ello me valgo solo del estado de concordia, de armonía, pudiera decirse. Ese estado es el que me refrena a las consideraciones alzadas al extremo. ¿Será falso? Puede, pero es evidente que no busca más que el latido profundo de lo interno. 

Es una verdad interna, que ni siquiera necesita ser comunicada a nadie. Se vive en cada latido, en cada verde del campo, en cada roce de la piel con E., en cada noche surcada con el sueño. Se vive y puede revivirse en las obras de arte, en los objetos que recogen la reminiscencia de esa armonía primigenia; al leer, al contemplar una pintura, una escultura. El sumo placer de esta realidad es la música, pues ella soluciona la paradoja de la palabra para los hombres. 
Incluida la literatura, a pesar de estar sometida a la tiranía del verbo, traslada ese sentir prístino del origen. Y eso es todo, nada más, y nada menos, lo que busca uno al leer un poema, un texto cualquiera. Nada de ofensas, de opiniones contrarias a la falsedad, de leer o escribir en la dirección contraria y la negación. Observo, aprendo lo que no quiero, cada vez más, distingo lo que detona en mí ese sentir y lo que no lo hace. Sin juicios extremos, sin menciones.   
Tan solo trato de ser un hombre sencillo, humilde, lector en busca de la concordia personal que conduce a la concordia de la mortalidad.   


martes, 2 de diciembre de 2014

JUNTO a mis manos, el libro de Jung y los poemas de Hofmannsthal. Me digo que no puede ser todo una ensoñación tan irreal. Dice el poeta en "Consagración del artista: "Y, encantados, alabamos cosas muertas". Esas cosas muertas sustancian lo real de la vida. Y puede que todas estas palabras no sean más que ecos perdidos, yertos, en la bóveda de piedra de una tumba de estrellas y de cosmos. Estamos enterrados tanto como estamos vivos o quizás más y más fehacientemente por un manto oscuro en que se precipita lo que no conocemos. 

Hoy he subido a contemplar el cielo, más bien, la noche y sus aromas. El viento ha golpeado mi rostro con una pureza de lino. Y mis ojos, surcando los confines, han querido perderse de sus órbitas. Allí estaba o allí sigo contemplando el origen pero sin poder designar una palabra para ello. Cuando he vuelto a la casa, he leído el bello poema titulado "Mi jardín". En él hay una entonación de un jardín "en que antaño estuve" pero del que no salí jamás.  

Entiendo todo como una lección continua: las palabras de E., su piel, su delicia; la tarde convertida en ocaso, el viento fresco en las mejillas, la noche entonando una figura de abismos, estas palabras zozobrantes, la música brotando hacia el espacio y subyugando mis razones.  

Antes de concluir la escritura releo el poema "Esta es la lección de la vida". Ante lo ignoto enmudezco y me recorre una emoción apresurada ante la lectura:

"Esta es la lección de la vida, la primera y la última y la más profunda
que nos liberemos de la condena que anudaron 
los conceptos". 

El libro de Jung sigue junto a mis manos. En la portada aparece el propio Carl leyendo y fumando en pipa. Sub species aeternitatis, como afirma Jung "Las circunstancias externas no pueden sustituir a las internas. Por eso mi vida es pobre en acontecimientos externos. De ellos no puedo decir gran cosa, porque lo que dijera me parecería vacío o trivial". 

 

domingo, 30 de noviembre de 2014

RECONOCIMIENTO. Con este título escribe Hofmannsthal un poema memorable, en mejor decir, un poema que recupera la esencia del mundo griego antiguo y de la mejor tradición europea de lo que Steiner denomina "poesía del pensamiento". Con pocos versos, alcanza un decir alto el poeta, un decir sometido a las reglas de la fabulación, la entonación y la elevada palabra que tanto escasea en estos días. Cuando está uno ante una composición de este calado, comprende que los artificios de la lírica están orientados hacia una ética irrompible del poeta con el mundo todo. Una cosmovisión pura, verdadera, rayana en el único acto que al hombre lo convierte en naturaleza: construir un ciclo armónico en su vida. 

Si supiera exactamente cómo
de su rama la hoja crece,
callaría por toda la eternidad: pues sabría ya suficiente. 

Esa postura ética que mencionaba anteriormente queda en evidencia en otras composiciones de Hugo von Hofmannsthal. Destaco un poema titulado "¿Qué es el mundo?" y que vinculo con el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. Cuánto ha ensuciado la grandeza de Bécquer la lectura de muchos poetas. Qué gran lírico tenemos en nuestra tradición, con qué miopía y egolatría lo leen algunos que se dicen especialistas. ¿De qué se puede ser especialista en poesía de este calado? 
Me refiero al poema que comienza:

¿Qué es el mundo? Un eterno poema
[...]
Pero también un mundo para sí mismo
lleno de dulces y secretas voces jamás percibidas,
dotado de propia e inmaculada belleza,
eco y reflejo de ningún otro. 
Y por mucho que en él supieras leer,
un libro que en la vida nunca ahondarás. 

 El poeta apuesta por una lectura razonada del mundo, la poética, el mundo es todo un poema. Esta percepción se ha repetido a lo largo de los siglos en muchos autores, sin embargo, no quiere dejar de decir que, al igual que existe una lectura confabulada del mundo semejante a la de un poema, el mundo posee, en sí mismo, sus propios mundos intrínsecos: secretos, dulces, inmaculados, bellos... incognoscibles. 


sábado, 29 de noviembre de 2014

HE VUELTO a leer los poemas del cuaderno. Me había alejado de ellos voluntariamente, con la intención de no tenerlos por delante a diario. Esta mañana, al abrir un cuaderno, casi sin quererlo, comencé a leerlos. Uno a uno: los completos, los que son solo irrupción, versos sueltos, estrofas trabajadas sin talento, quizás un magma ya apagado e inservible toda esta escritura. Sin embargo, esta lectura furtiva me ha llevado a pensar en los que siempre manifiestan que la renovación de la poesía es necesaria. Después de hacerlo durante un tiempo, no entiendo el sentido de esta consideración, como no entiendo los calificativos de poesía "fresca", "actual" o "renovadora". Son adjetivos que tienen un referente necesario para poder significar, pero, ¿fresco con respecto a qué; actual en referencia a qué; renovadora de qué poesía antigua? 
Estaría muy bien que los que así se pronuncian marcaran los discursos que no son frescos, actuales y renovadores, sobre todo para alcanzar a entender la altura de la nueva obras.  


El número siete aparece en sueños, vestido de blanco, barbado. Está debajo de una encina y los pájaros merodean a su alrededor.  En esa escena me observo releyendo el pasaje en que por primera sonríe Virgilio en toda la Commedia. Es en el canto XII de Purgatorio, el que prosigue centrado en la soberbia. Se dirigían de nuevo al monte para subirlo. Un ser, un ángel blanco se les acercaba en ese paso. Rápidamente les advierte que muy pocos alcanzan la invitación para proseguir por esa senda ya que la naturaleza humana es débil. Al realizarles esta advertencia, la de que con un simple viento pueden caer en tierra, es decir, caer en la muerte, el ser realiza una acción misteriosa que pasa inadvertida al lector. Dice el propio yo lírico: 

A la roca cortada nos condujo;
allí batió las alas por mi frente,
y prometió ya la marcha segura.

Más allá de identificar la roca cortada, que algunos sitúan cerca de San Miniato, sorprende el hecho de que batiera sus alas por la frente del caminante. Decía que esta acción pasa inadvertida al lector en la primera lectura, pero, cuando uno relee el libro con la mesura y el detenimiento necesarios, todo es una constante interconexión de acciones, ideas, reflexiones que encuentran eco en pasajes sucesivos. 
El caminante guiado por Virgilio, exclama la diferencia entre los pasos en el infierno y los pasos del purgatorio. ¿Cómo los identificas? Tirando de alegorías y, como en este caso, de metáforas que conjuntan a la perfección los sentidos vivibles y ocultos.

Ah qué distintos eran los pasos
de aquellos del infierno: aquí con cantos
se entra y allí con feroces lamentos. 

"Cantos" y "lamentos" o, lo que lo mismo, armonía y desarmonía.

Este canto muestra, por lo demás, la transubstanciación. El poeta no se siente ya humano: está en transformación hacia la luz.

Por lo que yo: "Maestro, ¿qué pesada
carga me han levantado, que ninguna
fatiga casi tengo caminando?". 

El ser blanco le había grabado en la frente siete P. Son las marcas que se le irán borrando en el camino de perfección que realiza en este purgatorio. El caminante no tiene vista para verlos, tan solo las palpa en su frente. Sin embargo, justo antes de terminar el canto, Virgilio extiende su mano diestra
y sucede que, al ver la incomprensión del caminante, ríe por primera vez en toda la Commedia. Y uno, que está conmocionado, ríe con él en el tiempo de la poesía eterna y perenne, más allá de estaciones fugitivas.



jueves, 27 de noviembre de 2014

ERA mediodía y decidí salir al parque al que suelo ir con E. Llovía mucho, pero ese fue el motivo por el que decidí salir, sentarme en un banco y esperar a escuchar el discurso de la lluvia. Empecinada, rebotaba en mi cara el agua de la lluvia. Sin embargo, todo era un consuelo enorme, una satisfacción  vivida de un encuentro con naturaleza. Quedo, con las manos abiertas y las palmas hacia arriba, miré de profundo hacia el firmamento, hacia arriba, de donde proviene la claridad siempre. De pronto noté que de mis manos brotaban dos palomas, dos palomas blancas, límpidas, que comenzaron el vuelo a pesar de la lluvia con un brío inusitado. Para entonces ya tenía los ojos cerrados y confundía el sueño y la realidad, el deseo y la vida misma, la indolencia con la mortalidad.

Susurro mientras escribo que me siento cada vez más simple, más limitado para todo. Llevado al terreno literario pudiera firmar uno que ya van quedando solo los autores y los libros que siempre han permanecido junto a mí quizás con más ahínco, con más fuerza si cabe. Leo en voz alta, de pie, tratando de danzar los pasajes que leo. Qué música la de Thomas Mann, inconmensurable. Qué estrepitud la de Rilke y qué delicia el sonido velado de Leopardi. Unidos conforman una armonía que cae aún en mi rostro y en  mis manos y en el sueño de volar a los pájaros. 

El número siete piensa algo que no soy. Ni siquiera sé quién soy yo, qué número, qué cifra, qué aritmética. Simple, corto de miras, demasiado antiguo para estos años, recluido del susurro de todo, empalagoso por añadidura. Mantengo una crisis muy fuerte y pertinaz que me hace llorar cada día. Lloro porque pienso que ya debo dejar de escribir, de decir, de querer descifrar lo que nunca sabré descifrar.  

miércoles, 26 de noviembre de 2014

NO debería uno dejar pasar ciertos momentos sin antes tildarlos con un asombro eventual o de resguardarlos, aunque sea en la memoria, en la escurridiza memoria. Como escribe Patrick Modiano, al comienzo de Flores de ruina: "Aquella tarde de domingo de noviembre, yo estaba en la calle 
L´Abbé-de-l´Épée". Este arranque deja el acontecimiento en un estado fuera del tiempo. Es ya siempre en la ficción, en cada acto de lectura por parte del lector. Cuando un lector comience, -como yo hace unos minutos-, a leer este relato el narratario volverá a estar allí configurando ese yo que nombra personal e indiscutiblemente real. El allí volverá a ser allí, la tarde, el domingo, todas las tardes y todos los domingos de noviembre. El lector formará parte, casi sin notarlo, del acontecimiento mágico de la ficción. 
Ahora acaba de comenzar una lluvia templada que cae con ritmo de pájaro sobre el asfalto. la escucho, la vuelvo a escuchar. E. me mira y me pregunta, se queda extrañada con estos gestos. Cuando se detiene, concentro mi atención en el libro de Hofmannsthal. Lo abro, claro está, por algunos poemas que siempre he tenido marcados. El breve poema que se titula "Poeta y presente" asoma el primero en cuanto abro el volumen. Leo y repito el verso en voz alta: 
"Somos tu ala, oh tiempo, y te mantenemos sobre el caos". 
Casi susurrando subo las escaleras de casa con E. en brazos, llora porque está cansada pero su llanto me reconcilia con el mundo. Es un llanto primigenio,  de natural condición y origen. Todos lloramos, aunque no ofrezcamos lágrimas. Es imposible no hacerlo al leer este verso del poeta, como lo es para E. cuando su cuerpo desea rendiste al sueño. Sueño, sombras, llanto. 






martes, 25 de noviembre de 2014

REALMENTE no sé cómo escribir de otra forma. Poseído por los libros, por las palabras de los demás, esta es mi estancia en las letras. ¿Es poco? Pero, ¿qué es mucho?  Entiendo a Bécquer cuando afirmaba que el poeta es un vaso; y a Darío cuando hablaba del crisol. 
Soy lo que no es mi individualidad. No quiero serlo. Ser polifonía es la esencia. Desdibujar todo lo tuyo en cada palabra; que parezca de otro aun siendo tú quien la edifica. 

El número tres me habla de empalago y me quedo meditabundo. 

Quevedo en la Torre. Recita de memoria las palabras de Séneca: "Cum libelos  mini plurimus sermo est". Fue este poeta quien, lejos de toda erupción, sentenciaba: "En mí tengo compañía,...Doyme todas las horas tengo conversación...; razonan conmigo los libros, cuyas palabras oigo con los ojos". 
La soledad pronunciada de las palabras altisonantes. En la bóveda de cada lector se concita una espera. hay que saber escucharla, templarla con el alma. Cuando esto sucede, puede que comience a brotar el eco coral del universo.  
TODO va adquiriendo un aroma prístino. Los ojos ajados y los pasos en la sombra comienzan a perfilar una danza alrededor del fuego. La música suena a lo lejos; el camino interminable conduce al centro del bosque. Pareciera estar envuelto todo en una nebulosa, como si el aire se hubiera transmutado en densidad, en agua pura y el agua quisiera ser la tierra y la tierra ese fuego circular de la danza.  Voy soñando con los ojos abiertos. Sonámbulo voy de ti, sonámbulo del mapa de tu piel, tan de tu piel rasgada en la lira de armonía.   

domingo, 23 de noviembre de 2014

Mallarmé afirmaba que la literatura, en mejor decir, la poesía, consistía en limpiar el vaho del espejo para contemplar la realidad toda. Esto le contesté a un amigo cuando me pregunto por la poesía actual. Le dije que no entendía la pregunta y que, al menos, le daría a sus oídos las palabras de Stéphane. 

Hace unos días alguien me preguntaba por la poesía. Me habló de un poeta, de otro; de un crítico, de otro; de premios, de otros premios. Estábamos en el descanso de la ópera Don Giovanni, en Sevilla, y degustábamos con ligereza un rioja. Al cabo de dos o tres minutos saboreando el caldo y de escuchar al susodicho compañero, mi respuesta no fue otra que quedarme en silencio y despedirme para asombro de M.C. y del interlocutor. 
Siempre estoy en silencio cuando no hay armonía. Recuerdo a Sócrates, ¿para qué hablar?, me digo. ¿Para qué sumarse al sofismo? Es en ese punto cuando recuerdo a Boecio antes de morir, al propio Sócrates.  Si tuviera el clarinete en las manos comenzaría a tocar el concierto para clarinete de Mozart o de Weber de inmediato. Parece que cuando me hube ido el apremiante compañero le dijo a M.C., creo que se ha ido porque no conoce a los poetas que le nombro. 

Mientras dejé el vaso y comencé a subir la escalera, irrumpieron reflexiones sobre la tiranía de la ignorancia. Y, en ese territorio, es en donde quieren situar la poesía actual una camarilla de señores que poseen el privilegio de decir en público; y, no solo eso, sino que se  aseguran una camada de pseudo-poetas que siguen el veredicto porque desean beber los caldos putrefactos de sus elogios. Lo escribo ahora en el diario y la conclusión es la misma: hay una gran ignorancia que se ha apropiado de la Literatura. Nihil novum sub solis

Feliz quien no nace para tal destino. Decía Shakespeare que "hay quien nace sin música en sus almas". Este aserto pudiera aplicarse a cualquier disciplina, pues tenemos a la música como la mayor e indescifrable de todas. Esa música es el sonido del ser. Y el ser es el origen incognoscible, el que precipita al abismo insondable para los humanos. Todo lo alejado de este entendimiento es sofisma, es engaño, es vanagloria. ¿Alcanzarlo? No sé qué es eso. 

Como le sucede a Alicia en el capítulo "La casa del espejo" los textos encierran una lectura oblicua, transversal, en perpendicular, especular en todo caso. Cuando Alicia se somete a descifrar el poema "Galimatazo" había afirmado: "parece estar escrito en un idioma que no conozco". Metáfora redonda del problema principal. Es el idioma de la belleza, del poema, no es la lengua a lo que se refiere. Es el idioma del centro indudable, del que resuena cada sílaba como un fuego, como un mar, como la tierra húmeda en nuestra alma al leerlo. 

Así la literatura: toda ella es palabra en el espejo. Los sentidos ocultos al lector allegado, las relaciones semánticas que se hallan entre sus vocablos y silencios, el ritmo de su disposición sintáctica en cantidad de vocales, consonantes, sonidos engarzados, ideas que se subyugan unas a otras, van tramando el idioma escondido del espejo. Hay que sentarse y escuchar los textos, leerlos en voz alta, casi como un rapsoda. En este sentido, recuerda siempre Steiner que los filósofos, en la Grecia preclásica, eran rapsodas pues declamaban sus textos oralmente.  

Mallarmé afirmaba que la literatura, en mejor decir, la poesía, consistía en limpiar el vaho del espejo para contemplar la realidad toda. Muevo la mano en círculos, de izquierda a derecha, cada vez más amplios, circulares, de izquierda a derecha, cada vez más amplios...pero no logro ver todavía la claridad que viene del cielo. Quizás nunca lo haga, pero mi mano ya está mojada, llena, repleta del velo en la semilla. 


viernes, 21 de noviembre de 2014

APRENDO con E. que soy un intruso en su vida, que el que distorsiona su limpia realidad -compleja, polifónica, sin tiempos, natura- soy yo. El hombre traza un camino de cargas y marros que lo emborrona todo. A poco que estoy con ella, los objetos vuelven a brillar cuando los mira, el aire se vuelve penetrante, la luz, en su silencio, cabalga sobre nuestros cuerpos con una danza misteriosa y sinuosa. 


martes, 18 de noviembre de 2014

CANSADO de textos insustanciales vuelvo a Steiner. "¿DE qué trata la música? ¿Qué significa?". Con estas interrogantes consigue Steiner el hilván idóneo para proseguir con sus disquisiciones sobre la literatura y la música. "¿A qué se parece?", sigue indagando en perpetua interrogante. 
La música consigue como ninguna otra disciplina concebir lo inconcebible, anidar en la consciencia la posibilidad de un más allá, de un allí que solo intuimos, percibimos. porque la fascinación y la reacción que provoca la música es real y así, entendida, sin tener respuestas razonadas a su esencia, la asimilamos y la vivimos. Aun sin entender qué descifra, qué hay en ella, cuando brota una música el espíritu se sobrecoge. 
La poesía, la lírica, deviene de esta esencia musical. Cercana a su naturaleza, el texto poético que sacude al espíritu es el que media entre lo racional y lo irracional, el que trenza vínculos entre el entendimiento y lo meramente sentido. Sentir, entender, ritmo, armonía intrínseca son los elementos que conducen a la edificación de un poema. El resto no me interesa, para ello tengo la realidad, la mera realidad, más potente y maravillosa que cualquier poema apegado a ella. 

Dice Steiner: "Ante la música los prodigios del lenguaje son también sus frustraciones". Y yo añado que las frustraciones de la lengua son las únicas bellezas pronunciables por el hombre.