domingo, 6 de febrero de 2011

Como anoche no podía dormir –habitual manía de los fines de semana- decidí escuchar los Nocturnos, de Chopin, mientras me adentraba en la madrugada leyendo las páginas de Marc Fumaroli, París-Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes. Estuve recordando que, cuando estuve en el cementerio de Pére-Lachaise, en París, visitando la tumba del pianista, no pude dejar de traer a la memoria que Chopin decidió llevar su corazón a la Iglesia de la santa Cruz de Varsovia. Esa fue su última voluntad.
Mientras este recuerdo de un recuerdo sostiene en mi mente las imágenes de aquella caminata junto a I. y M.J, en una fría mañana parisina, intercalo algunos de los párrafos clarividentes de Fumaroli. Pocas veces he estado tan de acuerdo con un ensayista que cuestiona el arte moderno sin remiendos ni concesiones de ningún tipo. Advierte, en esta suerte de diario, a la hora de hablar del arte del Renacimiento: “viajemos por las aguas profundas de la vista que nos hacen entrever de dónde venimos, puesto que no sabemos ya, en la tierra y en la superficie, adónde vamos”. Esa es la cuestión primordial para Fumaroli, la ausencia de sentido en el arte moderno.
Desde luego, esa reivindicación del otium antiguo tamizado hasta nosotros en el otium cristiano o de aquella sentencia de Cicerón, cultura animi, en relación al estado moderno del arte, me parecen páginas muy incisivas y preclaras. Es así como entiendo el mundo moderno del arte, como un alejamiento de uno mismo, una afrenta contra la interioridad y la reflexión que frena el desenfreno de la imaginería y el lenguaje artístico moderno. Debo decir que, esta circunstancia, ha traspasado los límites de lo artístico y que ha llegado con fuerza incluso a los actos más cotidianos. La gente se siente mejor en cuanto expresa una ocurrencia que nadie antes se había planteado, aunque esa ocurrencia no sea, al fin, más que aguachirle o disparate del momento. El que calla, en esta sociedad de los vociferantes, es considerado un vago, un intruso que no aporta nada; el que defiende otros conceptos, quizás estigmatizados ideológicamente, termina aislado, incluso vituperado por los que no consienten un derrotero distinto, personal. Se pretende una democratización de las artes, pero también de las profesiones. Este es el mal moderno, la igualación de los mediocres y el atrevimiento de la ignorancia. El ignorante siempre quiere que el otro haga lo mismo que él, porque no entiende la realidad de otra forma. El mediocre pretende imponer sus criterios como un intransigente con otras propuestas sean estas del pelaje que sean.
Por todo esto, el aislamiento del que ha construido su propio pensamiento y se ha formado de forma individual, sin seguir las tendencias es, precisamente, lo mejor que le puede ocurrir a un artista en estas décadas.

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Es el hombre discreto de la modernidad que entronca con Montaigne el que reivindico y el que me parece necesario para la evolución espiritual de este continente europeo que se encuentra desnortado. Sí, evolución espiritual. No podemos obviar la transición cristiana, entendida esta como un fenómeno que conocemos con poca profundidad y cargados de tergiversaciones.
En la búsqueda de un espacio moral y ético que haya permanecido y ejercido influencia en el hombre, la importancia del cristianismo desde el comienzo de la fragmentación del Imperio Romano y su caída, va tomando más importancia y se va haciendo más determinante. Estamos ante un hecho confinado y que puede rastrearse, los acuerdos o las fidelidades son problemas de otro tipo.

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Obviamente, Fumaroli emparenta sus páginas con los versos de The Waste Land, de T.S.Eliot, en las que se perfilan unas imágenes espasmódicas de la cultura europea, del hombre que lo sustanciaba. Sin embargo, el comienzo de Four quartets sigue percutiendo incesantemente en esta noche de ayer que se ha prolongado con la aurora: “Time present and time past/ are both perhaps present in time future,/ and time future contained in time past”.
Los compases de Chopin se reflejan en la noche como ese tiempo presente que se eterniza y que es irredimible; ese tiempo de los nocturnos es el tiempo de las artes renacentistas, griegos, cristianos, los mismos de siempre que deben ser revividos y reivindicados como los únicos que nos llevaron a cierta perplejidad y convicción.