lunes, 28 de febrero de 2011

Estos días, en la sierra onubense, junto a M.J e I. En la sierra, el aire se envuelve en una lozanía poco habitual para los que vivimos en ciudades. Así como la luz se asienta enraizada en las retinas de no sé qué mineral, la geografía tornea para la amistad un recogimiento vertical. Quiero decir que los perfiles de la sierra son las dentelladas de la vida y que cuando uno merodea por las faldas de una montaña o atraviesa un paraje repleto de encinas centenarias, el alma responde con un zumbido especial.
Junto a los amigos, hemos atravesado la frontera con Portugal. Al pasar por Rosal de la Frontera no pude dejar de recordar las hazañas de Miguel Hernández cuando ya todo era en su vida sueños de harapos y de hambruna. Hasta Serpa no cesé de mirar los caminos por los que probablemente el poeta pudo haber atravesado a pie. La soledad en los campos tiene acentos de almendro.
Unido a las risas, las conversaciones y las bromas de antaño, he comprobado cómo la vida sustancia los deseos de los semejantes, las manías con las que van empotrándose nuestros actos en un desván oculto, personal y solitario que solo conoce quien necesita decirse a pesar de todo.

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Ni un solo momento me he olvidado de Tintoretto después de leer las páginas de Mazzucco. Hay varias lecciones en este libro. Por ejemplo, el pintor era un artista de raza, que obtuvo poca ayuda por parte de otros pintores como Tiziano. Un artista prematuro que encontró en las paredes de la tintorería de su padre sus primeros lienzos. Un señor que halló en la pintura la sensación absoluta de vivir: “Me he acostumbrado a mirar a los seres humanos como problemas técnicos”. Esta afirmación del narrador de la novela terminará por transformarse en una búsqueda de la parquedad de recursos, de la naturalidad en la pintura. Y es, en ese punto, en donde más me ha emocionado este extenso relato introspectivo. La búsqueda al natural de la verdad y la belleza.
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“Vivimos en un tiempo en que la condición humana sufre hondas conmociones. El hombre moderno va camino de perder el conocimiento de los valores y el sentido de las relaciones. Este desconocimiento de las realidades esenciales es sumamente grave porque nos conduce de modo infalible a la transgresión de las leyes fundamentales del equilibrio humano”. Asombra leer estas líneas de Stravinski, escritas y pronunciadas en 1939, por la perfección con que disecciona la situación del actual hombre moderno.