lunes, 7 de febrero de 2011

Este diario, que es búsqueda y armonía, se está convirtiendo en un remanso de plenitud por el que vuelco las inquietudes vitales. Leer, escribir, anotar lo vivido como una raíz de poderosa presencia. Con el tiempo, escribir va consistiendo en una carestía del espíritu, porque nunca nadie dejó dicho lo que el alba pronuncia. Escribir es provocar un amanecer continuo donde todo son sombras y egolatrías; encontrar en lo efímero lo permanente, acaso descifrar la armonía en un tratado cuyo rostro va figurando un vacío incomprensible.


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Sobre la mcesa, unos libros. Cantos, de Leopardi. Wen fu. Prosopoema del arte de la escritura, de Lu Ji y I Ching. El libro de las mutaciones. Como escribir es una indagación del destino, leo en primer lugar el I Ching. En él puedo encontrar algunas páginas que me ayuden a la penetración del espíritu en la naturaleza hasta sus profundidades. Los caminos del espíritu son los de la naturaleza, porque ambos terminan desembocando en el mismo río inalterable y mutante del ser. La templanza moral frente a la indagación natural. Tránsito y quietud. Gerundivo ejercicio del alma.

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Incluso Lu Ji, que atribuye a la voluntad las virtudes de la creación literaria, hace concesiones a la inspiración: “lo que viene no puede ser interrumpido, lo que se va no puede contenerse. […] Se queda uno entonces tan desnudo como los árboles sin hojas, tan vacío como un arroyo seco.” Estas reflexiones sobre la inspiración, que tanta controversia me producen esta tarde, son, sin embargo, un bálsamo benéfico para la mente. Retorciendo la razón llega uno a considerar los lugares más inhóspitos de su espíritu, quizás donde nunca reinó el yo que nos acoge y donde la naturaleza encuentra su seno en un aleph indescriptible.

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El arte entendido como un puente que cruza todas las edades y que hace posible que el hombre pueda habitar en los espíritus antiguos, que son los más modernos. Expresar, como dice Lu Ji, la razón natural de las cosas, porque ellas nunca perecerán en la mente del hombre, porque es hombre desde el inicio al fin y al cabo, sustancia mutable en la serena y estancada viveza del tiempo. Como dijo Verdi: "Torniamo all´antico, sarà un progresso".