jueves, 10 de febrero de 2011

Esta noche iremos al concierto de piano. Abandonaremos la costumbre de no ir a conciertos entre semana lo cual me resultaba injustificable cuando se trata de la música. El piano, en un monográfico mozartiano, saldrá al rescate de nuestros cuerpos de mediodía. Después de varios años, no conozco a nadie que pueda completar mejor la asistencia a un concierto como a M.C. Ella me ha mostrado cómo la sensación ingrávida de la música, de la lectura y del viaje puede ser compartida y cómo, en ese territorio común, encuentra uno frutos ajenos tan míos como yo mismo.

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Qué palabras tan acertadas de Zweig: “[…]el gran arte siempre es más fuerte que las leyes de la razón y más sensato que la lógica; y se afirma en cada una de sus formas, hasta las más apartadas, a través de un misterio, que por serlo no se puede aprender ni transmitir”.
En primer lugar, el arte es amórfico a priori a pesar de todo idea preconcebida ya sea mental o esbozada; y se actualiza en sus formas, sean estas del pelaje que sean. En segundo lugar, están hilvanadas por un misterioso germen que permanece en ellas hasta siempre, lo cual las hace irrepetibles e inexplicables. Evidentemente, cuando esas formas van conformando unas tendencias, comenzamos a hablar de otros vocablos como géneros o convenciones. Y es en este maremágnum cuando nos alejamos del misterio que, con JRJ, es lo más importante de la obra a pesar de que no sepamos qué es.