viernes, 4 de febrero de 2011

Esta mañana tuve entre las manos un libro editado a comienzos del diecinueve, en 1832, en octavo, en Madrid. Su autor fue José del Castillo y Ayensa, un lebrijano humanista y diplomático. Es una singular y preciosa traducción de las Odas, de Anacreonte, que incluía, por lo demás, el texto vertido en griego original y algunas composiciones de Safo y Tirteo. Las notas, incluidas al final del volumen, estaban repletas de aclaraciones acerca de las mayores dificultades que se encontró en cuanto a la traducción. Sin querer indagar quién fue el autor de las partituras que se despliegan en las postrimerías del libro, he dado con el autor, a saber, Ramón Carnicer i Batlle (1789-1855). Este músico compuso unas pequeñas piezas para algunas Odas como "De sí mismo", "A una muchacha" y "Del amor y la abeja".
J., el compañero que posee el libro, me lo trajo como un artefacto secreto o una antigualla que sólo merece la atención de un par de chiflados, como los personajes de Flaubert, Bouvard y Pécuchet, que terminaron por observarlo todo para intentar comprender la nada o como el abuelo de Aureliano Buendía lo llevó a comprobar que era el hielo por esos parajes macondinos y barranquilleros. Decía que el compañero trajo el libro al trabajo porque la biblioteca del Centro lleva el nombre de este ilustre lebrijano que, a partir de ahora, tendré entre mis atenciones preferentes. Pretendo dejar aquí constancia de esos actos que se emboscan al final del día en mera anécdota y que, de repente, sin saber nadie cómo, comienzan a urdir una trama en la vida de un escritor que puede desembocar en novelería, en involucración literaria o simplemente en bagatela de la mañana.