miércoles, 24 de febrero de 2016

ESCRITOS leídos en la puerta de un retrete del salón de la fama literaria:

La tontuna ha terminado de invadir definitivamente al mundo literario en España.

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Diferencias de épocas: antes, sobre Antonio Machado, escribía Dámaso Alonso o María Zambrano; ahora, una jugadora de videojuegos aficionada a Facebook que gana premios escribiendo...

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Que un tío que no sabe ni escribir un verso por derecho obtenga una mención es como darle una migaja al gorrión que se posa por las tardes en la ventana de una cocina. Peor aún, el gorrión es verdadero, ese poetastro, un ser infame. 
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Un verso bello, por favor, poetas del momento...no seáis más gusarapos de lo mediocre. 
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Está bien que uno mantenga el respeto, pero faltarle a Poesía me hace un Juan Ramón de lo intolerable. ¡Váyanse, larvas barbipeludas, de Belleza! 

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Parece que ahora existe el profesional que vive de los aledaños de la literatura: radio, presentaciones, prólogos, premios, antologías, premios de la crítica, crítico de los premios, revistas..siempre los mismos nombres de esa escalinata de opereta y bufones . ¿Para cuándo la historia verdadera de la nada literaria? 



martes, 23 de febrero de 2016

Los raros decadentes y el arte del silencio

RUBÉN DARÍO fue un escritor indolente. Uno de los libros que más me fascinan del poeta es el que publicó en 1893 y tituló Los raros. Estamos ante un libro juzgado por la crítica (ya saben, la universitaria y cegata) como libro de juventud.  Puede que nunca lo hayan entendido quienes lo han pretendido estudiar, pero dejemos el caso para otro momento. 

Darío estaba de regreso en Buenos Aires y contaba con la experiencia personal y artística de París, la ciudad que no se acaba nunca y que deja en la sensibilidad de cualquier bardo un poso de inexcusable atención. Tal es así que Darío escribe este volumen de retratos y semblanzas tan propio de la época pero dejándonos una lección de lector inteligente, que espiga en su momento la tradición que debe permanecer y ser entendida. Los raros propone, sobre todo, una forma de leer, la expresión a las claras de un lector de su momento que atisba, en el contexto lírico de su época, una raquítica y triste actualidad. Darío pretendía otorgar aire frasco a la lírica de su tierra ¿Podríamos escribir ahora un libro titulado así? 

Como el poeta declara en el prólogo a la edición española, fue tomado por "decadente" entre sus contemporáneos. Me fascinan las palabras, simples y diáfanas, que coloca para cerrar el prólogo: 


[...] "el mismo desdén de lo vulgar y la misma religión de belleza. Pero una razón autumnal ha sucedido a las explosiones de la primavera". [...] 

"Desdén de lo vulgar", "religión de belleza"...enunciados que convocan una posición inalterables del poeta ante el hecho poético ya sea en la primavera de su efusiva poesía o en el otoñal razonamiento de sus días. 

El primer libro que glosa Darío se titula El arte del silencio de Camilo Mauclair. El silencio, en el simbolismo, es la naturaleza misma de la palabra. El principio dador de verdad lírica. La mística pagan de los cementerios encendidos. 

Y aquí quedo en la mañana, de raros y contemplaciones y cuerpos desnudos de naturaleza. Tan solo acercando el latido concorde de la respiración soplo a aquello que desprende armonía y verdad. Lo demás, las hueras acciones, las palabras infames me provocan, cada vez más, indiferencia y sortilegio de humildad. Todo arte del silencio. 




sábado, 20 de febrero de 2016

Lector in fabula

CADA VEZ más, el Renacimiento y, como ya dije, el Barroco, haz y envés de la misma realidad.; por ende, el mundo grecolatino y la etapa finisecular del XIX hasta comienzos del XX. Estas épocas parecen poseer un hilo de Ariadna que las hilvana y congracia a pesar de las distancias temporales y las evoluciones científicas y sociales que en cada una se sucedieron. 
Con las composiciones de estas épocas me convierto en lector y escuchante y observador de la "naturalidad artificiosa". Con la poesía contemporánea, -la música y demás incluidos-, siento, en las más de las veces, repugnancia, estupor de la condición que ha llegado a expresar esas infames palabras y del alejamiento del fenómeno de la poesía. Percibo de la misma una desequilibrio ético ante el acontecimiento estético y eso me provoca una falla emocional casi inaguantable. 

Mencionaba anteriormente la "naturalidad artificiosa". En efecto, quizás la secuencia más difícil en la creación poética sea impregnar a la composición de una naturalidad compositiva. Lejos de los recursos retóricos, del conocimiento lingüístico-pragmático de las composiciones líricas de esta etapa, anida en las mismas un afán, en sus autores, de trasladar un mundo completo, autoreferencial en el límite de las estrofas, de la palabra poética. En ese afán el lector encuentra una vereda insoslayable de deleite y aprendizaje. 

En un solo verso de uno de estos autores puede que se nombre una realidad completa, que transgrede los límites de su propia vida. Recuerdo ahora el poema de Quevedo, tan diáfano y preclaro, titulado a lo Montaigne, "Desde la torre": 

[...]
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos
[...]

"Vivo", "escucho"...formas verbales en un presente sin tiempos, la vida misma es una sucesión de sombras vivas y de sucesos que tan solo podemos escuchar en su susurro. "Vivir en" y "escuchar con"; vivir con la palabra dialogante entre la vida y la muerte, lo que conocemos como la filosofía del límite; y escuchar, en una sinestesia natural, con los ojos a la muerte incomprensible. De tal manera que  "difuntos" y "muertos" se convierten en una isotopía semántica que vértebra el sentido de estos dos versos. Por su parte: la vida es lectura, pues el diálogo con los muertos se sucede únicamente en los libros, pero también se vive la literatura en los sentidos, en unos sentidos platónicos que solo nos acercan a las sucesiones de difuntos. Vida y lectura equiparadas en la zona ética de la literatura que reside en lo que Platón denominaba "la semilla inmortal". 
Hoy, al leer que Umberto Eco ha muerto, se me ha venido al recuerdo el pensamiento cristalino de su Lector in fábula y estos versos de Quevedo que suponen, desde la creación la condición de lector y viviente literarios. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Una estética de la existencia.

LA TRADICIÓN literaria no es ninguna imposición. Ante ella, cabe tan solo transformarse en ella. Tu posición en el cuerpo de literatura será una respuesta humana y eventual de un acto estético. En puridad, una estética de la existencia. 

En el caso de Ezra Pound hay una lección primordial. Sus Cantos o Cantares o, en mejor decir, The Cantos, ofrecen una lectivo a la antigua usanza. El poeta, hipermoderno, contemporáneo de una época convulsa de rupturas y restituciones, acude, apara iniciar su obra a dos hitos de la configuración total de Occidente. Odisea y Dante. 

Los conjuga con la lectura creativa de los cantos X y XI de Odisea y del canto titulado "Descensos ad Inferos" de Dante. Ante todo Pound demuestra que es un lector y que encuentra, en la tradición ancestral, los elementos sustanciales para poder convenir en una nueva literatura. Lo primero: un descenso, un bautiza o a la negación del individuo para la nueva revitalización: "And the went down to the ship". 

De todos los personajes a los que hace referencia de forma intertextual, destaco a Tiresias. El poeta marca al adivino ciego como el umbral por el que todos los cantos posteriores, la suerte de interpretación debe ser entendida. Escuchar, entender, reflexionar la palabra vaticinadora es el principio de la acción del yo lírico: "Till I should hear Tiresias". 

Ritmo, palabra, vaticino, razón luminosa, entendimiento interno, sístole y diástole del silencio. Pareciera referirnos el poeta el diálogo interno con Homero y con Dante, la defensa de la contemplación de la obra literaria y la revolución misma de la literatura. 

Toda ruptura instaura una tradición, como afirmaba Octavio Paz. de esto mismo era consciente Ezra Pound quien, lejos de querer manifestarse como un revolucionario y rompedor con el mundo antiguo, lo fagocita hasta el tuétano para devolverlo en forma de vómito y estación total. Disforme, ininteligible, acaso construcción retórica y deshuesada, Pound nos puso ante la palabra que se dirige irremediablemente al origen, al desconocido origen ante el que quizás solo cabe el discurso huero o la propia figura del silencio. 





martes, 16 de febrero de 2016

ANOCHE, de insomnio súbito, sonámbulo de estrellas, leía. Leía a Dante y en ese proceso, leía la transparencia. Me preguntaba si en la búsqueda de la lectura (porque la lectura es búsqueda y fin, origen y estación celeste), en la consciencia de esa trance cabe la renuncia voluntaria. 
En otras palabras, si un mortal ha comenzado el camino de la búsqueda y ha tenido consciencia de ello mismo puede, a la postre, bifurcarse. Hay poetas que estuvieron y ya no están en la poesía; poetas que escribieron la senda del río rumoroso de la existencia y queda un derrumbe de ellos.
tal es así que la lección es diáfana: silencio, un silencio nutricio. Soledad...ay, soledad, sonora.

domingo, 14 de febrero de 2016

MACROBIO comenta el pasaje del Timeo de Platón en que se expresa cómo, en la creación misma, se completan los intervalos de las composiciones armoniosas con sesquiálteras, sesquitercias, superoctavas y semitonos. Estas ideas del autor medieval me han llevado a pensar en las Leo, releo y observo composiciones mismas, en cómo los grandes momentos de una creación poética debe estar rodeada de palabras, giros, secuencias textuales que, aun sin alcanzar loa altura estética, son necesarios para que la armonía se complete más allá de lo natural. 

Leo, releo y reflexiono, contemplo. Caigo en la cuenta de que más allá de los versos sublimes existe una caja de resonancias en los poemas, inevitable, que armoniza la composición y que levanta, llegado el caso, el adecuado territorio en que ese verso cristalino, como decía Octavio paz, relumbre por siempre en la memoria de los mortales.  





sábado, 13 de febrero de 2016

miércoles, 10 de febrero de 2016

Pienso que los poetas de ahora no son consciente de su itinerancia y errabundia; que tan solo persiguen alimentar sus egos, estar presente en muchas presentaciones de libros, constar en los suplementos, aparecer en los medios y poco más. 

¿Poesía? Palabra demasiado alta y elevada para algunos.  Lean, poetas, libros; lean, poetas, poesía. Pero no la tuya, la de aquel ni la de este, poesía sin ambages, poesía, ah, ¿no sabes qué es? ¿y tú me lo preguntas?  

***
Los compases iniciales del réquiem de Verdi manifiestan una revelación. Parece que la muerte de su estimado Manzoni provocó que el compositor se decidiera a componer esta pieza, una obra que quizás ofrece la vertiente más profunda de un compositor que obtuvo éxito en vida. Las melodías primeras, los acordes, la arquitectura compositiva de voces e instrumentos son insólitas.  
Pareciera acariciar el autor el sentido trágico de la existencia. "¿Acaso la muerte no es todo lo que hay en la vida?", respondió cuando le criticaron que en Il trovatore hubiese tantas muertes.

Rex tremenda majestatis. El pasaje concilia el desgarro con la lenta meditación. Los acordes suscitan un desgarro profundo pero feliz, la existencia encarnada. 

Dies irae. La escenificación musical, la cascada emocional del fragmento en pocas ocasiones han sucumbido como en estos pasajes. el escuchante, acaso el mortal, se sobrecoge ante la sucesión de voces, instrumentos acordados todos bajo la noche profunda de la contundencia sensitiva.  

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domingo, 7 de febrero de 2016

CON naturaleza uno debe hallar el rumor oculto de armonía. Suscitado, compuesto de perplejas esencias inviables a los ojos, nuestro cuerpo allí, acaso la existencia se transforma en una cuestión de desnudez.

El surco de las piedras tratan de soliviantar el paso del agua, mas el líquido fluye, busca su paso incontenible a pesar del impedimento. Comienzan las sombras a desdibujarse, a convertirse uno mismo en fontana transparente y sinuosa. Es un trance, un rito de silencio y soledad sonoros.

En ese punto, la poesía es tan solo mueca en el orbe y el confín. Un piélago insonoro e innecesario.

miércoles, 3 de febrero de 2016

PARECE que Aristóteles, a pesar de la aparente reducción, supo atinar con la conducta ética cuando estableció la división entre la dianoética y la ética. En Ética a Nicómaco establece que la ética se adquiere con la costumbre hasta convertirla en una conducta natural; por ello, la ética es aprendida siempre, no nos sobreviene de forma natural. No estoy, con todo,  con Aristóteles: sí creo en una disposición, una naturaleza previa que se reconduce con las actuaciones éticas. es más, esa naturaleza termina por convertirse en consciencia plena y esa consciencia conduce al silencio y a la contemplación de armonía.  
La virtud ética, en efecto, es una virtud de vida, de posición en el mundo que transgrede las actuaciones que realizamos como mortales. Toda actuación conlleva una posición ética: la palabra, el arte, las ideas,...esta realidad subordinada se transmite en la lectura de un libro, es percibida, es notoria, muy notoria en ocasiones y, en algunos casos, suma a la propuesta estética una haz de emoción, un añadido de emoción que completa la edificación formal del libro. 
El spleen para Baudelaire, el input poético, el ser mismo de la poesía para Rilke, la rosa misma. Leer es una acción integral que despierta el gozo estético y el deleite ético; sístole y diástole, la escritura encierra una acción ética que puede ser aprendida en gran medida, pero que deviene de la postura en que somos y estamos de continuo.    

lunes, 1 de febrero de 2016

LA arquitectura de la Sinfonía 5 de Mahler equivale a una cosmogonía, un tratado de filosofía, una obra lírica, una pintura primorosa, en cualquier acto, un acto de pensamiento profundo e individual cenital, mineral canto de origen. 
   

lunes, 25 de enero de 2016

IMAGINO a los escritores en el convexo muro del tiempo; pensativos, tratando de restablecer el orden primitivo con sus palabras; recogidos de sí, en el desnudo anular de la armonía. 

Mortales, siguen la senda  del decir oculto; pero un itinerario que en el rectángulo de un solo hombre no es nada, mas, cuando brota pura y esencial la palabra, despierta un corifeo sin tiempos, con alas blancas más allá de la noche, con el silencio absoluto del decir todo. 

viernes, 22 de enero de 2016

CALÍMACO supo exponer los dones de las Musas con una clarividencia inaudita. Polimnia, me quedo pensando en ella: dio armonía a todos los cantos, afirma el poeta. 
En la poesía hay una música aritmética, de la palabra, el silabeo, la construcción. Esta música queda establecida en el Timeo de Platón como una música superada por la "música del intelecto". Hace años afirmé que me motivaba  dos motivos siempre para hablar de poesía: la música del idioma y la música del ser. Ya Platón había consignado esta dicotomía muchos siglos antes. 
La música entendida por el intelecto de los números y no por el sentido del oído; la música precipita la armonía interna que precipita los contrarios; la música entendida como una escalinata en la que Polimnia establece la distancia circular de la vida y la muerte. 

miércoles, 20 de enero de 2016

UNO de los casos más sorprendentes de la historia de los escritores de nuestra cultura es el de Gaius Plinius Secundus, Plinio El Viejo. Tras sus años aguerridos, de participación activa y constante en el servicio militar, se retiró a ni más ni menos que a tratar de edificar una recopilación del conocimiento universal. La obra resultante de este empeño fue Historia natural. Azarosamente, Plinio El Viejo murió precisamente observando el Vesubio en erupción. 
Plinio estaba interesado, claro está, en la medida del hombre en el cosmos, en la entraña misma del misterio que nos asuela cada paso, cada día que un mortal trata de penetrar en lo que se conoce como "el silencio de Pitágoras". Ese silencio es un misterio, quizás el misterio. 

Las distancias entre las cosas, entre una realidad y otra; la sostenida armonía oculta que nos posiciona por encima de nuestra consciencia; la posición exacta que adquirimos a pesar de la palabra, del deseo, de la voluntad. Una equidistancia que se aviva, se prende cuando existe una armonía, la del centro indudable, la de la pureza sensitiva y que ennegrece la visión a los ojos cuando llegan las vibraciones de resistencia, las mismas que me hacen, cada vez. recluirme y tan solo observar, perdón, contemplar con desamparo. 

jueves, 14 de enero de 2016

CUANDO percibo desventura y desequilibrio me pongo a leer caninamente como el doctor Samuel Johnson. "Con pocos, pero doctos libros juntos", como decía Quevedo, precisamente con los versos de este excelso poeta paso las horas de la noche, las horas solitarias y esteparias.
Soledad inmensa de corifeo de celesta, detenido en los renglones de un músico llanto en lágrimas sonoras. Observo todo, las contemplaciones. Ese es el ejercicio supremo al que me enfrento. Y lo hago desnudo, pues todo, al fin y al cabo, sea cual sea la naturaleza del acometido, es cuestión de desnudez: verdad, belleza intacta.
Me quedo meditabundo con las siguientes palabras de Valle-Inclán en La lámpara maravillosa: "El alma, cuando, desnuda de sí, trueca su deseo egoísta en el universal deseo, se hace extática y se hace centro. Entonces el goce de nosotros mismos se aniquila en el goce de las divinas ideas. [...] El centro es la unidad y la unidad es la sagrada simiente de Todo". Conmocionado por descubrir estas palabras de Valle en este libro, pues el itinerario del centro, tal que Juan Ramón Jiménez, ha sido una propuesta ética y estética que no he dejado de macerar en los rincones de este diario arrinconado.

Llaman poesía hoy a un sucedáneo de la expresión social. Esta tendencia me provocaba cierta repulsa y mayor turbación. Ahora tan solo observo, contemplo, y lo hago desnudo, pues todo, del hilo al pabilo, es pura cuestión de desnudez: Belleza y Verdad.

PUEDE que La lámpara maravillosa de Valle-Inclán sea uno de los textos más desorbitantes e inteligentes de las letras hispánicas del pasado siglo y de buena parte de las etapas de la literatura española; es, desde luego, junto a Dios deseado y deseante de J.R.J., un libro nutricio, himno omnímodo de totalidad:
"No olvides que la última y suprema razón de todas las cosas atesoran para ser amadas, es ser bellas".  

martes, 12 de enero de 2016


NICANOR PARRA es quevediano, tanto como T.S.Eliot y el propio Claudio Rodríguez. En el fondo todos son notas a pie de página de Platón, el indolente sumo, el maestro de la invisibilidad más visible, del humo blanquecino, de la verdad copada de las encinas. En estos versos de Parra se recrudece una verdad, ¿la entiendes? En el sí y en el no están tu condición. 

[...]
Lo queramos o no
sólo tenemos tres alternativas:
El ayer, el presente y el mañanay ni siquiera tres
porque como dice el filósofoel ayer es ayer
nos pertenece sólo en el recuerdo: 
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo
[...]

Heráclito, Petrarca, el Eclesiastés, también Borges, no lo olvidemos; incluso Juan Ramón Jiménez escribieron los mismos textos, idénticos en el sentido global y último. Poetas todos que pertenecen a una estación cronológica distinta, pero que supieron incardinar su palabra en el río de oro, en la fontana clara y diáfana de lo permanente. ¿Lo entiendes? En el sí y en el no están tu condición.  

jueves, 7 de enero de 2016

PUEDE que Timeo de Platón, como indica Godwin en Armonía de las esferas, debiera ser incluido entre aquellas palabras, letras "reveladas", que convocan una suerte de reflector universal que todo lo proyecta y todo lo recoge. Me quedo leyendo, releyendo, anotando las impresiones tras la lectura del pasaje en que el filósofa pitagórico de Locros diserta sobre la creación del alma del mundo y, con ello, de la formación de la estructura de los elementos todos y el mecanismo del cuerpo humano. 
En este punto, me encuentro con un pasaje que describe diáfanamente la categoría de indolencia suma: "El cuerpo del universo fue generado visible; pero el almas invisible, participando de una energía y armonía racionales, subsistiendo como la mejor de las naturalezas generadas, puesto que su artífice es el mejor de los seres inteligibles y perpetuos".

Día a día, con el paso de las lecturas, hay un poeta que va alcanzado mi admiración más profunda: Quevedo. 






martes, 5 de enero de 2016

EXISTE en el Nacimiento de la tragedia de Nietzsche una idea germinal que me fascina: la verdadera actividad metafísica del hombre no es la moral, es el arte. Esta cuestión irá perdiendo presencia y fortaleza en los escritos posteriores del filósofo bigotudo, sobre todo porque, en la redacción de estas líneas primeras en su obra, el propio Nietzsche quedaba embobado con la música del coloso Wagner. La música de Wagner venía a redimir cualquier tipo de reflexión filosófica; un solo pentagrama de metales equivalía a la manifestación profunda de la metafísica. El músico era el axioma de sus meditaciones tan cercanas al mundo heleno y a la filosofía griega. 

Después de traer a colación a Lucrecio y las trascendentales obras áticas en las que repara para principiar su libro, Nietzsche termina en el mundo del sueño toda vez que ha dirimido entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Para ofrecer un eslabón entre el mundo onírico y el abismo apolíneo recurre a Schopenhauer, a las reflexiones que conducían a este filósofo a afirmar que la aptitud filosófica radica en la capacidad de presenciar en ocasiones los hombres y las cosas como si fueran meras fantasmagorías o imágenes oníricas. Tras estos tanteos que hilvana referencias de distintas épocas, autores, obras, apreciaciones diversas en el tiempo, afirma: "El hombre artísticamente sensible reacciona frente a la realidad del sueño de la misma manera que el filósofo ante la realidad de la existencia; se delira en examinarlas con todo detalle, pues a la luz de estas imágenes interpreta su vida; con ayuda de esos ejemplos, se entrena para vivir". 

No es de extrañar que ahora, mientras escucho en la noche Parsifal de Wagner y leo estos párrafos me atraviese un temblor único, fortuito, que me atraviesa el cuerpo hasta cimbrearlo inequívocamente en una sensibilidad que sea o no fantasmagoría me acerca al apolíneo sacro coro de la existencia. Lo apolíneo, con Nietzsche, sobrepasa la luz de la apariencia, ofrece la honda conciencia de la naturaleza reparadora y terapéutica propias del mundo onírico, del sueño. En este mundo todo son símbolos, imágenes para nosotros, alejadas de nuestro razonamiento, rasgando el velo de Maya ancestral. 

domingo, 3 de enero de 2016

Reconversión del verso.

NO hay asunto más esquivo y resbaladizo que el de las preferencias personales en poesía. Siempre he creído, con George Steiner, que la inclinación de un autor por otro se desarrolla en la obra misma y que es la obra la lectura crítica más fructífera y notable para ese ejercicio del enjuiciamiento. 
Claro está que ante ciertas preguntas formuladas con desacierto tan solo caben respuesta demediadas y despelucadas, todo lo más impresiones a medias tintas que nunca me han dejado satisfecho. 
Sin embargo, en las respuestas de los demás, incluso en el planteamiento de las cuestiones,  puede uno apreciar ciertos gustos contemporáneos y ciertas capacidades de lectura que se me antojan insólitas. ¿Es certero afirmar que Garcilaso escribía para que Herrera lo comentara  posteriormente?

Ni lo uno ni lo otro me provocan reacción alguna más que la de volver a leer la música ensoñada del poeta, el latigazo melódico a una lengua postrada en artes menores y relegada a temas de alcoba y regustos populares, expresados mejor con la gracia popular que con la firmeza culta. 

El propio Boscán afirmaba sobre el encuentro en Granada, en 1526 con Navagero, cuando no solo el endecasílabo sino la forma y el sentido de la poesía italiana penetraba en nuestra lírica: "Así comencé a tentar este género de verso, en el cual hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro", cuenta Juan Boscán al respecto. 

El artificio y la originalidad en el siglo XVI merecen la atención de un estudio por lo menudo, pero no es este el espacio para desarrollar tal asunto, tan atractivo para uno, dado el caso; más bien, quisiera señalar que el lector debe aprender a transformarse en lector, que el lector debe atender a la guerra del tiempo en poesía y desnudarse de todos sus ropajes, prejuicios y creencias a priori
¿Nadie recuerda que Garcilaso estuvo en Nápoles, como Velázquez, y que se trajo de allí el oído musical del Renacimiento? ¿Nadie recuerda que no solo "imitó" a Petrarca (ahí es nada), sino que dialogó con Sannazaro, contemporáneo de entonces? ¿No se escucha a Virgilio, Ovidio, Horacio en los versos del poeta? 

La poesía de Garcilaso, como la de otro cualquier poeta de una época pretérita, traslada no solo el manifiesto individual de un poeta, sino la cosmovisión de un momento, en diacronía lírica, de la historia de la poesía. Sucede con Leopardi, con J.R.J., Rilke, con Dante, con los propio Virgilio, Ovidio y Horacio. Así leídos, a los ojos de la actualidad, sus obras no permean en el sentido inmediato que posee actualmente la poesía; son autores de otro calado, que pronuncian las sílabas encendida de la belleza y la verdad trasladada a la lengua de hierro y mezquina de la poesía. Escucharlas es abrir el corazón; percibirlas necesita de la pureza  ética en el individuo para principiar el diálogo perpetuo de su propia condición. 




miércoles, 30 de diciembre de 2015

Contorno e infinitud en poesía.

Adjetivar el qué de la poesía es ya un silogismo. No existe la superación en las artes, menos aún en la poesía. No es superior Virgilio a Dante, ni este que Borges ni Cervantes. La superación opera sobre formas fosilizadas que han dejado de decir: cosa contraria le sucede a la poesía.
La poesía es la superación del pensamiento articulado por lo que no hay tiempos en la poesía. La palabra poética es transformación y permanencia.
La poesía es una reconciliación momentánea, en el tiempo y en el espacio, del hombre con el mundo. Depende de la armonía que habite en el poema, de la fidelidad de la palabra establecida, así de misteriosa y edificante será al leerla. Por eso el proceso de lectura y escritura, acaso de transmisión de lo poético, es similar a una dramatización de lo literario en que intervienen unos personajes que se igualan, con la ficción, y que participan y actúan en la obra.

La poesía es, antes y después, condensación de la infinitud. Ella nace sin comunicar nada: se intuye, se prevé en la memoria y por eso Platón defendió lo visionario con tanta vehemencia y por esto mismo dejó al margen al poeta: su estancia es de otro territorio. Es una visión que no comunica: solo es. El silencio es el contorno de la creación, de lo que va siendo amorfo. Los griegos rodearon esa materia intuida de musas para que otorgaran el orden que quedara fijado por las artes, pero quizás la memoria primordial proviene de ese silencio que envuelve y precede; los poemas puros contienen la memoria originaria, la que contiene a la humanidad y la revela parcialmente. Un poema es una memoria colectiva del silencio universal. 
¿Puede existir en lo contemporáneo? Sin duda, pero cada cual tiene una idea de qué es la poesía conformada a partir de las lecturas que ha realizado, de las manifestaciones concretas que ha experimentado como lector. El lector contemporáneo parece que obvia la tradición y lee tan solo a sus allegados. Esa falta de lecturas y de experiencia lectora se trasluce en los poemas: no hay ritmo, no hay música, no hay recursos, no hay reflexión, no hay experimentación…tan solo una expresión, en líneas cortadas, que hablan de los desahucios, de los partidos políticos, de las religiones, de las cervezas y los porros, de los videojuegos, de las masturbaciones, etc. Creo, sinceramente, que se equivocan de género literario. Quizás habría que mostrarles que hay géneros literarios más adecuados para expresar lo que quieren expresar, porque la creación es otra cosa. La expresión es natural al hombre; la creación literaria deviene de una consciencia distinta. bor. El lector contemporaaneo eb, de las manifestaciones concretas que ha experimentado como lector. El lector contemporaaneo eb

martes, 29 de diciembre de 2015

AYER me preguntaba M.Á. por la escritura. Él, como creador plástico, siente la tentación de reflexionar sobre el proceso mismo de la creación. Los dos estábamos de acuerdo en que la sociedad actual confunde la mera expresión con el sentido profundo de la creación, la mera exposición de sentimientos, acciones, palabras que en la redes sociales adquieren difusión social y el ejercicio esencial de crear inherente a la condición de mortalidad. Esta disyuntiva bien valdría para escribir un ensayo que acudiera a todas las etapas de la historia para ofrecer una visión múltiple de esta confusión. 
En estos años dicha confusión se acrecienta; y no quiere decir estas palabras que ciertas manifestaciones no dejen de ser, incluso, mejor que las que se difunden por los métodos tradicionales. En muchas ocasiones hemos leído en la Red páginas de ciudadanos que escriben con pureza, con conocimiento y verdad sin haber publicado en una editorial de prestigio (social). Cada vez son más los casos, pudiera incluso afirmarse, de cómo las editoriales 8las salas de exposiciones, etc.) terminan por publicar lo que a priori tan solo se va a vender, por lo que el criterio de pertenencia a la literatura deja de ser fundamental al igual que la publicación en abierto. Son, sin duda, muchas las aristas de esta reflexión que únicamente expongo a brochazos limpios y que devienen de una conversación con un amigo de años, sin embargo, no deja de ser significativa que la evolución desde distintas disciplinas vayan desembocando a las mismas aguas. Eso indica que el sustento ético, la posición moral del individuo en el cosmos es el principio de la creación, la rotación que otorga sentido a la propuesta formal. 

Poseer la biblioteca más valiosa en España en el siglo XVI no era cuestión menor; de hecho el pleito administrativo tras la pérdida de Siena no se le perdonó hasta que le regaló su biblioteca a Felipe II. Este poeta hizo una paráfrasis a la Mécánica de Aristóteles, entre otras cosas, y sufrió cuartanas que apunto estuvieron de terminar con su vida y le amputaron, casi al final de sus días, una pierna. Todo ello, tras haber vivido una vida apasionante, cargada de experiencias notables en Italia. Siena, Florencia, Roma, Nápoles fueron, durante mucho, sus callejeros sentimentales y de vida diaria. Conoció la literatura italiana y la difusión de las formas clásicas como pocos poetas, es más, ese conocimiento lo convierte en un autor versátil, de difícil clasificación, pero enormemente delicioso. 
Lo primero que conocí de él fue el dato relativo a su reclusión, como otros tantos escritores y sabios, en un castillo, exactamente en el castillo de la Mota para luego ser desterrado a Granada. Estuvo en la cúspide del mayor imperio de nuestra tierra y terminó sus días almacenando volúmenes arábigos de ciencia y historia. Diego Hurtado de Mendoza ha sido siempre un personaje fascinante de nuestra historia literaria. Sus versos resuenan esta mañana diáfanos y refulgentes:

" No es vida la que vivo, pues da muerte;
no es muerte, pues da vida el ansia mía;
no es fuego el que me quema, pues me enfría;
no es frío, pues en fuego se convierte."
[...]

lunes, 28 de diciembre de 2015

BACH es la música blanca. En él caben todas las relaciones de la música con el mundo. Alcanzó lo sagrado en la aritmética del sonido musical como nadie. Fuera o no el elemento religioso el principio activo de esa creación, -es lo de menos o lo de más-, estamos ante una de los momentos estelares de la humanidad. Aunque puede que esa consciencia hacia lo incierto, como deseaba Hölderlin, a lo largo de la historia de la cultura haya sido el hilván que lo atraviesa todo y que precipita el diálogo diáfano y revelador con los hombres de cualquier tiempo. Pues no hay tiempo en Bach, no existe el tiempo en Dante, no hay tiempo en Rilke, tan solo la consciencia de un Tiempo que ante nuestra abstrusa condición nos sobrepasa y emociona y perturba. 

Es el sentido de la belleza lo que prende nuestra armonía. La belleza del uno, del todo, portadora siempre de verdad. ¿Conocimiento de qué? La escondida senda, el tramo absoluto en que dejamos de ser para ser siempre. 

Estos días vengo leyendo a un poeta. Un autor del que no había leído con atención su obra poética. Unamuno es un poeta inmenso, he descubierto que su poesía sobrevuela con mucho su obra en prosa, que no es poco. Igualmente, se confirma la necesaria consciencia de una ética inicial para poder edificar la palabra poética. En este sentido, afirma Unamuno: "El alma, según Aristóteles, es forma. La palabra es la forma de la idea, su alma, y se hace poesía con palabras. la palabra, cuando de veras lo es, es de por si idea. E idea quiere decir visión". 

En el sentido demiúrgico de la creación y la palabra poética, tal que J.R.J., fundamenta Unamuno su propia consciencia creadora. El poema titulado "Credo poético" manifiesta a las claras los fundamentos iniciales de su creación; un estadio que irá evolucionando y mostrando las características de la poesía modernista, existencialista y acaso contemporánea. El autor que palpita detrás de sus versos es Quevedo y a Quevedo me vuelvo con los ojos de Unamuno. Leer, vivir, releer, revivir, añorar siempre en este mundo lo que pudo haberse dicho y nunca será dictado. Escribía el poeta en sus años iniciales la otredad revelada que el poeta conoce desde el comienzo de su labor. 

"Cuando yo sea viejo,
-desde ahora os lo digo-
no sentiré mis cantos, estos cantos, 
más que voces de un muerto
aun siendo de los muertos el más mío 

viernes, 25 de diciembre de 2015

DE J.R.J sigo aprendiendo, en cada lectura, la constante permanencia en la fidelidad a la palabra poética. Decía el de Moguer que los poetas no son filósofos sino clarividentes y existe, en esta afirmación espigada de entre sus páginas, una teoría profunda y esencial.
La poesía debe proponer en su discurso una revelación, lo que los griegos llamaban "aletheia". Al tiempo reside en su seno un razonamiento numinoso, que concierta los contrarios, que conduce a la combinación sintáctica tan mezquina a nuevas posibilidades significativas, que vuelve a decir, explorar, describir la naturaleza del mortal pero en el rescoldo de un discurso nuevo. Esa es la literatura en la que, como lector, me transformo; esa es la literatura con la que, como aprendiz, revuelvo cada vez y siempre cada palabra que desea conformar un poema.
Que todo ha sido nombrado ya, que la naturaleza del hombre ha sido tocada por el magma silencioso y rotundo de la poesía es una pieza del origen de la palabra. Y en ella sigo indagando con las lecturas de los poetas que, en cada silabeó, traen a nuestros ojos del espíritu una verdad y una belleza de las aguas originarias.
Somos nosotros parte de esa unidad natural del cosmos y la música, la poesía propia del centro indudable y concéntrico y el resto es canto raquítico e inservible, pues confunde y desordena la clarividencia que nombraba J.R.J.

martes, 22 de diciembre de 2015

LA mañana resplandece con una tersa languidez de ensueño. Uno, que ha dormido poco, parece resurgir de otro cuerpo que lo acompaña, de otro cuerpo que no se reconoce más que en sus cuidados. Esa otredad me hace leer de nuevo a Pessoa y también a Montaigne; lo hago con una paciencia flamenca, pues cada vez leo más lentamente y con las lentes de las contemplaciones. Escribir la lectura mas con la paciencia de no querer desfigurar la lectura. 
Esta noche, por ejemplo, he estado a leyendo a Bécquer. Leía, cargado de emoción, un texto en prosa, un manuscrito de Bécquer que la erudición (como siempre despistada) despacha con vínculos al Bécquer adolescente y romanticón de entonces. Sin embargo, cuando lo he releído, he podido vislumbrar cómo desde el comienzo el poeta,- verdadero, puro, irrevocablemente poeta-, entiende el fenómeno poético de la misma forma desde que tiene consciencia de la poesía. Con posterioridad, su obra, como la de todos, va cargándose de matices, de vericuetos expresivos con que trata de ensanchar esos límites de la palabra que quedan a la luz de la inmensidad poética. Dice Bécquer:

"Luce brillante estrella que despide rayos de luz purísima argentada, y se halla como perfidia en la inmensidad del espacio. Esta estrella es el poeta que, con sus cantares de ángel, ilumina nuestras almas, nos recuerda cuán grandes somos y haciéndonos por un instante olvidar nuestras pasiones y nuestro egoísmo, hace brotar del fondo del corazón dulcísimas emociones que no pueden arrancar a nuestro gastado corazón ni las riquezas ni los goces. Y entonces adoramos este ser que con su armonía nos hizo felices. Esto es sin duda lo que quisieron expresar los antiguos describiendo a Orfeo". 

En estas líneas iniciales, Bécquer ofrece un diálogo con un estadio de la literatura muy concreto: estamos ante lo que me agrada llamar "la estirpe de Orfeo". Es más, Rilke se hace palabra en este fragmento cuando Bécquer refiere la imagen del ángel asimilada al poeta. La grandeza y la profundidad de este tipo de textos pasa inadvertida por el estudioso, sin embargo, ahí quedan restallando los ecos anteriores de la poesía en la palabra de Bécquer, a saber: "luz, purísima, inmensidad, ángel, olvidar, ser, armonía, Orfeo"; selección léxica que bien pudiera coincidir con otros autores de la antigüedad como Virgilio y de la posterioridad como J.R.J. 

A continuación, podemos leer lo siguiente: "[...] que todo es dolor en nuestra infelices vida, y antes de ver un pueblo a sus pies, antes de ir a reposar sobre la fría losa del sepulcro, do se graba un nombre [...], se sufre, se padece, como en el Infierno de Dante, porque es preciso luchar con la sociedad, lucha moral, espantosa, porque aquella hermosísima y débil flor combate con el huracán que quiere destruirla". 

El caso es que Bécquer sigue ahondando en la idea misma del origen vinculado a la poesía, como si la poesía trajera, al momento de vida, las aguas cristalinas del canto originario. Lo luminoso, la contraposición entre el poeta y el orden social; la ética y la estética. 


viernes, 18 de diciembre de 2015

MACHADO siempre ofrece una lectura esencial de los autores que le han ido nutriendo para sus escritos y para su propia posición en el mundo. Podemos leer las siguientes afirmaciones:

"Si me obligaran a elegir a un poeta, elegiría a Virgilio. ¿Por sus Églogas? No. ¿Por sus Geórgicas? No. ¿Por su Eneida? No.

1 .Porque dio asilo en sus poemas o muchos versos bellos de otros poemas, sin tomarse el trabajo de desfigurarlos.

2. Porque quiso destruir la ENEIDA ¡tan maravillosa!.

3. Por su amor a la Naturaleza.


4. Por su gran amor a los libros".

miércoles, 16 de diciembre de 2015

RECORDABA los días en París del pasado invierno. La ciudad de la luz en la piedra se volvía a un gris intenso que parecía poseernos con el frío en los huesos. Un tuétano de sensibilidad es lo que sucede en París cada vez que la visito. Quizás la educación sentimental terminó por encontrar en aquellas calles, esos puentes, estos recuerdos míos de ahora una forma de estar en la literatura. Nada más y nada menos que una manera de entender la literatura como posición en el mundo que hoy, al amanecer, ha refulgido como estrella candente en el recuerdo.    

viernes, 11 de diciembre de 2015

DEL LIBRO siempre me fascinó el arranque, la melodía que parece impreganr todas las palabras que van encadenando y conformando el texto. Esa virtud de Joseph Conrad de convertir un fraseo en la propia sustancia significativa del texto; la habilidad de lo que antaño se conocía por narrar, el arte de narrar. Las narraciones de Conrad son magras, hechos literarios que conciernen solo al acto de escribir. Y eso mismo sucede al comienzo de La línea de sombra. Logra el autor confrontar la narración de sucesos con la reflexión de la categoría; consigue arropar lo eventual en la reflexión general sobre la condición humana. 

Otra fascinación: un poema de Quevedo que vuelvo a releer como si nunca lo hubiera hecho. "Nací desnudo, y solo mis dos ojos [...]", así  comienza la composición. Los versos iniciales encierran, en sí mismos, una teoría poética del estoicismo más preclaros. "Volver como nací quiero a la tierra" continúa el poeta en un ejercicio de estilo y creación de excelencia. En una suerte de hipérbaton asombroso el poeta coloca la acción en la medianía del verso y, al mismo tiempo, el efecto de la acción, sustantivado el infinitivo, al comienzo, focalizando el regreso a la vez que el nacimiento. Nacer para regresar o, en mejor decir, nacer es regresar. El regreso más puro es el original: la tierra misma, naturaleza toda y todo en ella. 
La cuna y la mortaja lo convertirá Quevedo en un axioma semántico de todas sus composiciones de orden moral, dos epítomes rotundos que, igualmente, incluyen la muerte, el tiempo y el individuo como temas que derivan de ese afán de ilustrar la circularidad de la vida, el trayecto zigzagueante de los días de los individuos. 
Y qué decir le queda a uno cuando lee un poema que empieza: "Músico llanto en lágrimas sonoras", nada más que gozo, nada más que noche música de volcanes encendidos en su piedras. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

ES difícil mantenerse en las pisadas del bosque sin más ni más; permanecer impávido cuando todos se alejan;  mantener la calma y no ceder ante los cantos lejanos de la vanagloria; es difícil respirar a cada paso la soledad plena y musitar con las alas de lo puro el silencio sosegado de las contemplaciones, sí, no caer en el desvío, en el laberinto oxidado del egotismo. 
El centro desprende al individuo: lo somete a la pluralidad para la que no hemos nacido, pues nuestra naturaleza fuerza nuestra existencia. Lo desprende y desmenuza como un cuerpo de Orfeo suficiente ya por haber entonado los cantos primeros de la vida. El centro indudable no existe más que su inexistencia, pero habitamos en él aun sin saberlo, merodeamos sus límites, que son los nuestros; cuando creemos haberlo conocido se vuelve transparente...oh, dios, la transparencia. 
HEMOS PASADO unos días en la naturaleza: rabilargos, pinares, lagunas, senderos, la levedad toda en los ojos. Juntos hemos poseído el tiempo como afirmaba Lucrecio, el poeta, con la solemne y armoniosa lentitud de la noche. Ha sido hermoso vivir, comer sin más ni más juntos, los tres. Y más aún, acabar el capítulo con el deseo abierto y reverdecido de volver a ser plurales de nuevo. 

En esos días escribía en algunos cuadernos. Limpios, transparentes en las manos. Poemas, versos incipientes. Fracasos todos. Me conformaba con sentir la concordia del trazo en el papel, de percibir la cercanía al blanco del blanco en el horizonte perdido; la tranquilidad de nutrir la inquietud y el deseo. 

Poseído por esta lujuria del silencio me he preguntado, sobre todo, ¿para qué poetas?, con Heidegger, si todo existe ya en su justa existencia solitaria y silenciosa. 

sábado, 28 de noviembre de 2015

"Alma región luciente"...Fray Luis de León ha sido siempre un poeta que me ha provocado una fascinación desorbitada, porque encuentro en su poesía el templado dictamen de la reflexión poética, del ahondamiento poético a la par que trascendente; la poesía de Fray Luis de León concita, como pocas, acaso ninguna, la comunión entre las fuentes religiosas y clásicas de la historia de la poesía española. San Juan es otro decir, harina de otro costal, otra naturaleza luminosa, el envés de esto mismo que tratamos de describir. 

"Alma región luciente..." con este verso comienza la Oda titulada "De la vida del cielo", pero, en el fondo, empieza un poema cuyas significaciones se expanden y permean en tradiciones complementarias para sacar a relucir un magma bello y luminoso, que no destella a los ojos, sino que alumbra por de dentro. Con este verso atraviesa el lector (uno mismo, aquí, ahora, embelesado) las estancias de la poesía de Petrarca y, al tiempo, de Horacio; sin abandonar el Apocalipsis y la propia, nada más y nada menos, capacidad del poeta de ejecutar, en su voz personal, ya limpia de ecos invasores, su propia música del idioma. 

Leer a Fray Luis es experimentar, a cada verso, una manifestación de la poesía sin ambages. Leerla es vivirla enteramente; transformación y permanencia en cada uno de los latidos concordes con que construye su discurso poético. Leer a este poeta es aprender el idioma de la poesía en español y escuchar la concorde música del aeda dentro de uno mismo. 

Al lector solo la cabe ser bóveda eventual de la palabra permanente.  

jueves, 26 de noviembre de 2015

UNA calma, en el centro
del bosque. Las colinas
y el canto de los pájaros.
Los cadenciosos vuelos
de la tierra silente.
El largo meditar
del trigo y del olivo,
levantando la tarde
hacia un confín de oro. 
Tú mismo, con la noche,
caminando en el sueño
de la alabanza al año
a la estación florida. 
UNA vez más leo Confesiones de San Agustín cargado de estupor y maravilla. Leer estas páginas supone enfrentarse a un carrusel de galerías insondables que describen el espíritu humano. San Agustín profiere la imagen de un hombre desgarrado y total, intensamente sometido a los juicios sesudos de lo intelectual pero con la deliciosa capacidad de acercarse a lo efímero. Cuánto envidio esa destreza humana de convivir aquí y acullá, en lo inmediato y lo trascendente. 

Pudiera decirse que la lectura de Confesiones conduce al lector a proyectar la imagen becqueriana del anillo, pues San Agustín es ese invisible anillo que une el mundo de la forma al mundo de la idea. Abro el libro por unas páginas y las leo en voz alta: "¿Existe realmente el tiempo pasado? [...] o, sino tan solo el presente, porque los otros dos no existen?" Ante esta inquietud el propio personaje comienza a exponer cuál es su parecer: " ¿Acaso también, esos existen pero proceden de alguna fuente oculta cuando de futuro se hace presente y también retrocede a una fuente oculta cuando de presente se convierte en pasado? Si no existiese todo esto sería del todo imposible contemplarlo". 
Tras esta lectura, Manrique, el genio poético que sentenció sermoneando con el presente dilatado en sus manos. Y también los diálogos de la indolencia, cuántas veces no hemos sentenciado que no existe el pasado ni el futuro, pero que aun existiendo son naturalezas ininteligibles para nuestro razonamiento. 
Cuando una composición poética alcanza a impregnarse tan solo de un atisbo, de una veta de la confluencia del tiempo, el poema necesita de otro razonamiento para ser entendido. Ahí Dante, Petrarca, Rilke, Hölderlin, San Juan de La Cruz...voces que, desde su presente, clocaron con los presentes continuos que suponen las contemplaciones puras. 


martes, 24 de noviembre de 2015

LA ESPIGA en la mano muestra su dulce cuerpo. La arrojo al campo como una semilla incandescente cuando escucho la lira de Hermes. La lira es el mismo instrumento que el arco, uno otorga la vida y le otro, la muerte. El poeta es un arquero que ofrece, en su canto, "encantamiento", término que, en la antigüedad señalaba la capacidad mágica del verbo y la música. Es el reino de la música, el eros, el olvido de sí. 
Por contra, la poesía apolínea, la que remeda las capas ocultas de la vida misma. Cantaba Píndaro: 

Oh, lira de oro, tesoro
común de Apolo y de las musas
[...]

En Ilíada y en Odisea se concitan la luz de la luz y la noche de la noche. Apolo principia el canto y Hermes lo culmina. Entre tanto, Ulises es aconsejado por Circe de los agasajos, el embelesamiento de la poesía "hermética". Caer en ella, arrojarse a a las sirenas es proceder al olvido de sí, al profundo territorio de la evanescencia panteísta. Los oídos de Ulises contuvieron el encantamiento y ello perduró en su memoria como un verso cristalino, punzante. Sin embargo, contuvo las mortales ansias de morir en vida, con el cuerpo en las manos temblorosas del amor.   

lunes, 23 de noviembre de 2015

El mismo escribir pierde la dulzura. Sucede cuando la misma vida perjudica a la expresión de la vida. Probablemente, este yo que se declina en estas páginas no sea más que una proyección estética de lo que realmente soy, día a día. Me vivo, como decía Pessoa, estéticamente en otro.
En estos casos, pienso que la lógica de una vida imaginaria es la más real y placentera. Visitas de poetas, viajes a ciudades donde la niebla es una brigada de la calma, amoríos, música, piedra de cielo…que quien mejor nos conozca, si apenas nos conozca, que quien nos piense completos y entregados sientan el escurridizo siendo de nuestra vida.
Sería un triunfo de la vida poder ser contada o un triunfo del poema dejar en abierto la vida expresada. Como dejó escrito Petrarca: “Stanco già di mirar, non sazio ancora,/or quince, or quindi mi volgea, guardando/cose ch´a ricontarle è breve lóra.” Cansado de mirar pero no saciado, me volví a todas las partes contemplando tanto que no podré contarlo. Contarlo como fue percibido es una entelequia, porque la vida poética es una sucesión armónica y continua de difícil filiación y asentamiento.
***
Vuelvo los ojos hacia lo profundo y solo podrán ver así. Los vuelvo hacia donde nunca tuvieron horizonte. El mundo comienza en la palabra, tiene su pórtico en sus sílabas, pero estas no esconden más que un silencio cósmico. Si alguien dejara de respirar, podría comprender qué es la poesía, porque cuando un poema arranca, cuando un poema comienza su acorde, una respiración nueva nos invade, transforma, resucita de la humillación de habernos conocido solo en la superficie. Volver a la mansedumbre de la música blanca.
***
Esa mortal natura a la que se refiere Leopardi en el poema titulado "El ocaso de la luna". La paradoja humana de su naturaleza mientras lanaturaleza es un ciclo de cierres y entrantes, de muertes y vidas renovadas. Los pájaros cantando, de J.R.J., el paso de la edad madura, para Leopardi. En cualquier caso, llega un punto en que el hombre deviene de su naturaleza para asimilarse a la naturaleza. En ese punto me encuentro estos meses. No desvío ni un ápice de esperanzas a la proclamación de mi vida. Más bien, la voy diluyendo entre la perennidad del que podrá mantenerse erigido más allá de sí mismo. Es este tema una obsesiva percusión de celeste timbre. Una percuciente reflexión que va germinando en poemas elegíacos que, como del rayo, han vuelto de la nada, de lo nunca presentido, para ser yo, total, enteramente.