miércoles, 19 de marzo de 2008

JULIÁN RÍOS. LARVADO EN EL CORTEJO (II).

DE TODAS FORMAS, el mayor juego que ha hecho Ríos con la literatura es dejar sin publicar un libro durante casi cuarenta años. Cortejo de sombras se redactó entre 1966 y 1968 y acaba de publicarse en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, editorial que se plantea editar las obras completas del autor gallego.
Escribo libro porque Cortejo de sombras no es propiamente una novela, tampoco un libro de relatos, ni tan siquiera una nouvelle. Es la descripción narrativa de un espacio, Tamoga, que funciona de "aleph" para todos los que habitan en él y para todo lo que sucede en él. Aunque no por ello estaríamos, a lo sumo, ante un ejemplo de “novela de espacio”, según las palabras del crítico W. Kayser: ni los ambientes sociales ni el marco histórico determinan el desarrollo de la trama. En cualquier caso, las descripciones, los personajes, sus diálogos y las acciones quedan determinadas en la templanza de un espacio; el espacio es el testigo de lo que sucede, en él se guardan los secretos de las genealogías que han vivido en él, es decir, el espacio se nutre de lo externo. En una interpretación fenomenológica, Bachelard aplicaría a la perfección su poética del espacio en Tamoga.
De esta forma, los límites entre lo real y lo fantástico quedan desdibujados en una suerte de mágico realismo. La obra de Juan Rulfo abriga muchas de las páginas de este magnífico libro, aunque no por ello deje de escucharse la personalísima voz del autor. Sin embargo, muchos de los personajes, como Palonzo, recuerdan con claridad a “Macario” del Llano en llamas (1953).
En este sentido, la sintaxis reducida, sintética, sencilla pero penetrante, concisa, de adjetivación brillante y justedad de párrafos rinde homenaje, igualmente, al tono rulfiano que posee. La novela tiene un tono de extrema adicción y un eficiente desarrollo de la trama. Por momentos recuerda al Benet de Volverás a Región (1969), pero la prolija prosa de Benet poco tiene que ver con la Ríos. Las dos son de extrema calidad, pero distintas. Una, la benetiana, profundiza en párrafos interminables y en descripciones estáticas. Ríos, por su parte, agiliza los procedimientos a favor de la sugerencia. Sin embargo, ambos ahondan hasta los recovecos de Región y de Tamoga hasta penetrar en sus catacumbas y hacerlas literatura.
No es éste un libro experimental, cercano a lo que el autor dejaría en las prensas a la postre. Es más, redunda en cada una de las secuencias un profundo corte clásico en que las claves de la narrativa se desarrollan fehacientemente. El narrador en primera persona se combina con la tercera persona, el testigo con el protagonista; se suceden los cambios de voces narrativas con habilidad y, en ocasiones, se ofrece un multiperspectivimso muy conseguido a través del etilo directo o indirecto libre. Algunas historias poseen estructuras circulares, otras se dejan llevar por finales abiertos que dejan en manos del lector la posible reconstrucción de lo sucedido. Sólo en "Palonzo" se evidencian algunos juegos de orden léxico como: “cuidamaba” p. 58, “gocespasmo” p. 62, “brincalegre” p. 63 y “blancamudez” p. 63. Larvas léxicas, posibles, de lo que después desarrollaría plenamente en otras obras.
Completan el libro nueve secuencias, a saber: "Historia de Mortes", "Las sombras", "Palonzo", "Cacería en Julio", "La casa dividida", "La segunda persona", "Dies Irae", "Polvo enamorado" y "El río sin orillas". Dos de ellas ofrecen la misma historia, pero desde puntos de vista distintos, "Cacería en Julio" y "Dies Irae". Es la historia del sastre de Tamoga, Celso Castillo, narrada en el presente del suceso y después de treinta años del mismo.
En todas las historias, los protagonistas son verdaderas sombras, larvas de lo que finalmente intentarán ser. El pueblo, testigo de lo que ocurre, actúa como un corifeo mudo y pintiparado que sólo atestigua lo que está aconteciendo. Es un reflejo de la Galicia de posguerra, donde el miedo a las confesiones sacudía la atmósfera de los pueblos. Así, los silencios, la potencia de la naturaleza gallega y los comentarios de alcoba son inherentes a la sociedad en que se sitúan las historias.
Los nombres alegóricos y las historias fantásticas de ciertos protagonistas y demás personajes llevan a identificar al libro con las leyendas mágicas de la galicia profunda, leyendas a las que Julio Caro Baroja o Lisón Tolosana entre otros, han dedicado buena parte de su quehacer antropológico. Tal es el caso de Mortes ("Historia de Mortes") que regresa para morir en Tamoga y a quien nadie recuerda haberlo visto; de la centenaria Sacramento Andreini, esposa de Salvador Peña ("Las sombras"); de la anciana retirada, Luzdivina, vendedora de estriércol y limpiadora de pozos negros ("Palonzo") y de la animalización del propio Palonzo, que bien podría ocupar alguna página de su posterior obra Monstruario (1999); de Horacio Arias y su hermana Delia ("La casa dividida"); de Eladio Robles Sanz, el notario de Tamoga ("La segunda persona"); del sobrecogedor Elías Racha y su mujer Magana y su sobrino Claudio ("Polvo enamorado"); de José Augusto-Iglesias, el colombiano de Barranquilla, que recuerda haber nacido en Tamoga y que cuando regresa lee su nombre en una lápida ("El río sin orillas"). A este cortejo cabe incluir a un personaje constante en casi todas las secuencias, el padre Cándido Lozano, una especie de salvaguarda de la posible demonización a que sucumbe el territorio "en que si es difícil vivir es mejor que ningún otro para ir a morir”.
Es esta una obra que desdice muchas de las acusaciones que se le ha lanzado a Julián Ríos desde antiguo (epígono de Joyce, vacuo registrador de juegos léxicos, etc.) y que hace que su autor merezca de una vez por todas que los lectores reconozcamos en su obra el compromiso rilkeano de la escritura. Escritores como Ríos merecen nuestra atención, demasiado anquilosada en productos mercantiles y en fantoches de las letras y los suplementos y las editoriales. Cortejo de sombras es, efectivamente, con Goytisolo, “la exploración de territorios o parcelas desconocidos de la realidad: acto mediante el cual el productor del texto responde o debería responder a la exigencia no sólo moral, sino física de inaugurar ad libitum campos insospechados de desalienación, de inventar nuevas y más amplias libertades”. Por eso su obra ha sido una larva (ya formada, madura) en el cortejo de sombras de las críticas que han sacudido este país de realismos injustificables.

lunes, 17 de marzo de 2008

TORRIJA SANTA

LAS FIESTAS en las que todo el mundo se agolpa y adocena no las aguanto. Tampoco las que convierten a las ciudades en recintos destinados al disfrute de la fiesta o celebración o conmemoración que toque según la creencia o el suelo patrio en que uno viva. No consiento las fiestas de exaltación a nada. No reconozco como tales las exposiciones públicas de las creencias o aficiones que de vez en cuando se echan a la calle, como si la calle necesitara de su bullicio y desmesura. Por tanto, no entiendo cómo la Semana Santa todavía sigue marcando una semana festiva en que incluso el acceso a la vivienda se convierte en una aventura digna de la mejor novela bizantina.
Sin ir más lejos, el año pasado, cuando regresé de un viaje por tierras parisinas -donde no vislumbré ni un solo resquicio de incienso-, tuve que reñir con algunos entusiastas para poder llegar a mi casa cargado de maletas (y también, para decir la verdad, de quesos, vino, libros). Me argumentaban que llevaban allí dos horas esperando a la cofradía y que yo pretendía colarme y quedarme con el sitio. Nada más lejos de realidad. Aquí no queda la cosa, durante la Semana Santa no puede uno tomarse tranquilamente un refrigerio en la plaza del pueblo porque resulta que están por las calles, a golpe de tambor, las manifestaciones modernas de la fe, es decir, las cofradías. Porque la fe católica nunca se ha visto más veces en la calle que en estos tiempos de familias verdaderas u obispos políticos. Curioso es el silencio que se exige a los ciudadanos cuando la imagen se encuentra cercana a alguien que sigue su perorata con los amigos sobre los trabajos y los días. Hasta el silencio, que en Sanlúcar ya no existe, se hace público por gracia de los acontecimientos de este calibre. Aunque, evidentemente, salvando alguna que otra virtud artística y cultural a la manifestación religiosa, he de decir que la metonimia de la Semana Santa es la torrija, santa torrija, claro está.
Sólo me gustan las que se maceran con manzanilla. Ni la salmuera, ni el vino blanco ni el almíbar ni la leche han sabido conquistarme cada primavera. Ellas dulcifican cualquier descarrío evangélico y todas las declinaciones pecaminosas. Así que lo único que espero durante esta semana es reencontrarme en el paladar con la exquisitez de la artesanía. A fin de olvidarme, a pesar de ser una tarea imposible, de las sinrazones que azotan a este mundo de espíritus vacíos que buscan el abrigo de la calle para justificar su existencia.

sábado, 15 de marzo de 2008

CRÍTICA DE UN CRÍTICO

EXTRAIGO unas palabras referidas a la crítica literararia de uno de los grandes críticos de la literatura occidental, George Steiner. Sus libros son degustaciones del buen hacer del intelectual que se acerca al fenómeno literario, mas sin posicionarse, como es costumbre, en la absoluta certeza de sus palabras. Por el contrario, Steiner ha ido analizando la crítica de la literatura a la par de la propia obra literaria, poniendo en tela de juicio el propio concepto de "crítica". En Lenguaje y Silencio (1982), se puede leer lo siguiente:
"El lenguaje es el que arranca al hombre de los códigos de señales deterministas, de lo inarticulado, de los silencios que habitan la mayor parte del ser. Si el silencio hubiera de retornar a una civilización destruida, sería un doble silencio, clamoroso y desesperado por el recuerdo de la Palabra. [...] El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura. Pero esto sucede sólo cuando el escritor hace de crítico de la propia obra o de corifeo de la propia poética, cuando la crítica de Coleridge es obra acumulativa o la de T.S. Eliot divulgación. Fuera de Sainte-Beuve, ¿hay alguien que pertenezca a la literatura permanente en calidad de crítico? No es la crítica lo que hace vivir al lenguaje".

martes, 11 de marzo de 2008

YO ERA UN TONTO Y LO QUE HE VISTO ME HA HECHO DOS TONTOS

EN MUCHAS ocasiones, desde antiguo, se ha discutido sobre la "claridad" y la "oscuridad" en la poesía. Los matices a los que pudieran ser sometidos los dos términos dan para escribir varias tesis doctorales, pero ése no es nuestro caso. Quiero, simplemente, arrimar a estas disquisiciones unos versos cristalinos de Rafael Alberti, quien me parece un poeta degradado por sus implicaciones políticas y a quien han querido, los críticos y otros secuaces, resumir con Marinero en Tierra (1925).
"Poeta, por ser claro no se es mejor poeta.
Por oscuro, poeta, -no lo olvides- tampoco."


Cármenes

sábado, 8 de marzo de 2008

UNA GRAMÁTICA DE 1926

AÚN no he confesado una de las aficiones que mejor soporto y que más desarrollo: comprar en librerías de viejo. Visitar una librería de lance es una aventura nonata. Nunca sabemos -a diferencia de una librería al uso donde todo está ordenado y clasificado al son del mercado editorial- con qué nuevo volumen vamos a encontrarnos. Todo comenzó hace años, cuando en la facultad nos avisaron de la imposibilidad de encontrar Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, y América en sus novelas, de Morales Padrón. Esa misma tarde fui a una librería de lance con la intención de husmear por sus anaqueles empolvados y repletos de firmas antiguas, jamás con la intención de encontrar esos ejemplares. Los encontré los dos y a un precio ridículo. Desde entonces no he dejado de comprar libros en ellas.
Son muchos los libros que agotados, fuera de colección o publicados en otros países he podido leer gracias a estos parajes de los olvidados. Hoy mismo he comprado una Gramática Española de 1926 por un euro. Es, concretamente, el “libro del maestro”. En su portada reza la siguiente presentación: “Gramática Española por Edelvives, Tercer Grado, obra conforme con la RAE, 1926”. A continuación, si pasamos la página, nos topamos con la siguiente información: “Nihil Obstat, el censor, Jaime Pons S.J, Barcelona, 19 de octubre de 1926”.
A partir de aquí podemos hablar de la historia social de un país a través del estudio de la gramática. El índice general de la obra es ya una curiosidad en sí: ejercicios preliminares, analogía, prosodia, ortografía, sintaxis, de la composición, trozos escogidos para dictado y paremiología.
Los ejercicios preliminares encierran ejercicios acerca de los conceptos que los jóvenes de entonces debían manejar con soltura. Tales son “Dios y mundo”, “trabajo y premio”, “pecado e infierno”, etc. En una suerte de breviario bíblico se suceden una y otra vez juicios del calibre de “el vicio merece castigo”, “la vida del hombre es breve y penosa” o “la muerte de justo es preciosa a los ojos del señor”.
El bloque de analogía se dedica al estudio de la morfología: el artículo, el nombre (se dice accidente del nombre para referirse al género y al número, como antaño), el adjetivo, el verbo, etc.
La parte segunda es la prosodia. En ella se atiende a cuestiones relacionadas con las grafías, las sílabas, el acento, la cantidad y la métrica. Ya en el tercer apartado, la ortografía, se detiene en el uso de las letras, los signos de puntuación, los homónimos y los parónimos. El cuarto apartado es el dedicado a la sintaxis. Comienza por los elementos esenciales de la oración, pasa por el complemento del nombre, los del verbo, la concordancia, la oración simple, las oraciones de relativo y culmina con las subordinadas de todo tipo.
Sin duda, la parte más jugosa y singular -a pesar de las antiguas teorías gramaticales que se enjuician en la obra y que forman parte de la historia de la lingüística en un suerte de palimpsesto para todo filólogo que se precie- se encuentra en el final, en el apartado que abre el apéndice y que parece intitulado como “De la composición”. En él se proponen unas claves para la buena elaboración de una “composición”. De la mano del más estricto sentido retórico, nos lleva desde la elaboración de esbozos y esquemas (recensio) hasta la elocución o estilo, la amplificación o la acción; todo ello poniendo mayor énfasis en la narración, la descripción, la carta y el diálogo.
Por último, cierra la obra una recopilación, “conforme al DRAE”, bajo el marbete de Paremiología, esto es, un tratado de refranes. En él se suceden un ramillete de refranes que tiene su explicación semántica y la indicación de su uso líneas más abajo.
Todos los ejercicios de orden gramatical están ejemplificados con fragmentos literarios, aunque bien es cierto que los fragmentos son de temática monocorde, centrados de lleno en el espíritu de quienes poseían la absoluta potestad sobre la educación…para la ciudadanía. Una golosina, al fin y al cabo.

miércoles, 5 de marzo de 2008

DEBATES ANTIGUOS

NO VOY a escribir nada sobre los debates de los candidatos políticos que se han celebrado en la televisión pública. Nada sobre la niña de Rajoy ni sobre la buena suerte de Zapatero; nada acerca del control inmigratorio ni de la ceguedad con la educación; nada sobre Irak ni sobre ETA, y absolutamente nada sobre las mentiras y las desviaciones interpretativas que los dos púgiles han presentado a un país de sesgo cada vez más ecléctico. Lo digo con Nietzsche: "no hay hechos, hay interpretaciones".
Así que voy a limitarme a las oraculares palabras de Azorín en La Voluntad (1902), ¡pareciera presente bajo la mesa del debate...un siglo antes!:
"Yo no lo sé; quizás en España está aún lejano el día, pero en otros países, en Francia, por ejemplo, ya se ha dado la voz de alarma... Un día - se ha dicho- el absentismo, la usura, las hipotecas, el exceso de tributos, pondrán la propiedad rústica en manos de los bancos de crédito, de los grandes financieros, de los grandes rentistas;...".

lunes, 3 de marzo de 2008

LOS BUDDENBROOK, T. MANN

LA EDITORIAL Edhasa está empeñando sus bienes para que los lectores devoren al novelista de la música, las montañas y los doctores: Thomas Mann. A las maravillosa ediciones conmemorativas y de lujo a las que nos tenía acostumbrados, se suma la reedición de la primera novela de Mann, -¡contaba con veinticinco años!-, Los Buddenbrook (1897), y con ello ha inaugurado el 2008 con una nueva traducción de la obra. Me parece estupendo que vayan revisando las traducciones de ciertas obras, ya que en ocasiones se encuentra uno con reminiscencias arcaicas que entorpecen y, en muchos casos, enlentecen la lectura. Me acuerdo de los “laísmos salinescos” (verdad, Iván) que don Pedro desperdigó en la obra de Proust. Elogiosa traducción, pero susceptible de revisión igualmente.
Volviendo a Thomas Mann, rescato un fragmento de una carta del autor dirigida a un colega y que se refiere a su editor de entonces. Es la época en que germinaban las ideas de Mann acerca de la novela que se disponía a escribir:
"La novedad más reciente es que estoy preparando una novela, una gran novela... Fischer, quien al parecer se promete hacer un pequeño negocio con mi producción, ha expresado reiteradamente en sus cartas el deseo de publicar una obra mayor mía en prosa; un libro así lo podría comercializar mejor que un volumen de cuentos. Yo mismo no había creído hasta ahora que llegase a tener el valor de emprender una empresa así. Pero, casi de repente, he descubierto una materia, he tomado una resolución y estoy pensando en comenzar con la escritura."

domingo, 2 de marzo de 2008

A AÑOS LUZ...

SONÓ el timbré del piso y al momento la voz invadió mis oídos. Era Manuel Gallego, un antiguo compañero que ha compartido el paso de la “línea de sombra”, lo que Conrad propone como el traslado que sufre la pubertad hacia la madurez.
“¡Ay, Gallego, la vida nos azuza…de tantas formas que nunca sabemos hacia dónde nos lleva, más bien nos turba y confunde! –dije mientras estábamos sentados en la Plaza del Pan, en Sevilla, en una esquina presenciando el espectáculo de la normalidad.
“Tomás…recuerdo que empezamos enfrentándonos a todo, pensando que en algún momento todo se haría más claro con los años. Todo lo contrario, no sé bien dónde ni cómo dispondré mis días; lo que antes era indispensable, ahora no es nada, lo que me sobrecogía ahora me deja indiferente, lo necesario es accesorio, lo fundamental es accidental… ¿tanto hemos cambiado, o sólo es una sensación? –me preguntó Manuel como si yo fuese un oráculo cargado de soluciones.
“He aprendido que antes no sabía pensar, últimamente he aprendido a pensar una y otra vez… o, por lo menos, a saber qué no es pensar. Dice Nietzsche que no hay hechos, hay interpretaciones –quise contestarle con la intención de aclararle algo en el camino.
“Por ejemplo, Tomás, necesito pintar. Necesito volver a sentirme uno con el pincel, los colores, la perspectiva – cuando acabó de dirigirme estas palabras tomó el vaso y le dio un sorbo al refresco. “Así que estoy buscando la manera de recaer en el compromiso diario con la pintura, con la expresión que me hacía, no hace mucho, tú lo sabes” –puntualizó. “Me da pánico aislarme en una soledad absoluta en busca de mí mismo, me da miedo o reparo, no lo sé, el aislamiento de todo tampoco es beneficioso, ¿no?”- aclaró con énfasis.
“En ocasiones, ¿qué ocasiones?, la soledad vislumbra lo que debemos desarrollar y nos ayuda a tener consciencia del encuentro con nosotros mismos. Una vez que has intuido tu perfil serás capaz de observar el resto desde sí, es decir, sin ningún prejuicio equívoco. Si conoces bien el lugar que habitas y ocupas sabrás dónde están los otros límites” –sin ninguna firmeza llegué a crear estos silogismos vacuos y casi incognoscibles.
La tarde era lenta, de otro tiempo. Las manos del pintor acariciaban un libro de fotografías del universo. Por momentos, me sentí flotando en esas galaxias, en la órbita que me presta la amistad de los que aún se preguntan.

sábado, 1 de marzo de 2008

LAS EDADES Y LA MUERTE

Es la primera vez que escribo sobre la muerte de un familiar en esta bitácora. En otras ocasiones me he referido a la de un escritor o un personaje que merecía mi atención. Sin embargo, hoy la muerte la he visto frente a frente, con sus fríos y desvelos, su noche y su infinito. Hoy me he acordado, por azar, de una pintura de Brueghel, "el viejo", que expongo junto a estas letras. También de varias elegías poéticas: Miguel Hernández, Alberti, Lorca,... Por encima de todos, unos versos de Antonio Machado me han percutido en mi duelo nocturno con el sueño. Al igual que estos, Quevedo se me ha vuelto hoy más transparente que ayer y que mañana. Cuando he estado junto a la difunta atestigué que en un amanecer "junto/ pañales y mortaja" y vi que la presencia de Encarnación no será más que "presentes sucesiones de difunto".
La muerte nunca viene a tiempo, aunque cuando alguien escala hasta la condición de nonagenaria, la muerte, el tiempo y la vida se hacen un todo. Este fin de semana la he visto encarnarse con sus patas de caña y trastocar la apariencia de lo real. En un golpe tierno se nos ha ido, como del rayo, la “chacha”, Encarnación, porque, con Antonio Machado:
“un golpe de ataúd en tierra es algo
completamente serio”

Seguirán el silbo de sus ocurrencias y el timbre de su piel diluidas en la memoria de su familia. La imagen fija de una letanía que ya será inherente a su silueta de tacto apergaminado; la que ahora sostengo en este tiempo que ya corre, vuela y desaparece.

jueves, 28 de febrero de 2008

LA VOLUNTAD DEL OLVIDO

CUANDO uno lee literatura de otra época, de siglos pasados, parte de la convicción de que todas las interpretaciones posibles están fijadas. Incluso hay quienes, sin leer las obras, tienen la osadía de opinar sobre un libro en cuestión ya que conocen prolijamente “el contexto histórico”, “las características de la generación” (siempre hay una generación), “las peculiaridades de la obra del autor de marras”, etc. Nada más lejos de la realidad.
El otro día escuché a Jesús García Sánchez reivindicando la obra de Gabriel Miró. Habló de El obispo leproso (1926) y de Las cerezas del cementerio (1910). Argumentó su discurso refiriéndose, entre otras cosas, a la calidad de la escritura de Miró: el uso del adjetivo, la capacidad de recrear sensaciones, crear atmósferas, etc. ¡Toda una apología mironiana! Cuando todo terminó, salté como un animal de campo sobre la biblioteca a fin de olisquear por las páginas de Miró. Sin embargo, en mi búsqueda se cruzó un libro al que quiero referirme, La voluntad (1902).
Efectivamente, La voluntad (1902) es de José Martínez Ruiz, “Azorín”. La obra se cruzó en el cementerio porque los libros no caben ya en la biblioteca y tengo que ponerlos uno encima de otro. De esta forma, Azorín estaba situado justo encima de los libros de Miró. Abandoné mi cita con el obispo que comía cerezas en un cementerio y me tiré por el tobogán de la voluntad. ¡Nada más grato y gozoso!
De inmediato, me invadieron esas aureolas filológicas que sobrecogen a los lectores del ramo: “generación del 98, el grupo de los tres, novela que inicia junto a Valle, Baroja y Unamuno la nueva narrativa…”, pero supe abandonarlas a tiempo. Comencé la lectura de Azorín solo movido por mi voluntad.
En pocas novelas he aprendido el uso de la adjetivación tal y como se da en ésta; la justedad de párrafos y la puntuación es todo un manual de estilo; todo lo referente al sintagma nominal, pongo por caso, puede solucionarse con esta obra que consiente el análisis más exhaustivo desde la lengua (con permiso de Jakobson y los estructuralistas); las reflexiones de Yuste, Justina o Antonio Azorín valen por un monográfico crítico sobre los “regeneracionistas”; en ella se vuelcan todas las preocupaciones profundas que inquietaban a los intelectuales del momento; aparecen Shopenhauer, Lamarck, Darwin, Baroja o Clarín, etc. Muchos de sus pasajes serían firmados por autores modernos, me imagno a Vila-Matas subrayando el siguiente pasaje de la obra de Azorín: "Cuando yo muevo mi pluma para escribir una página, ¿puedo asegurar que esa página es mía y no de las generaciones y generaciones que han inventado el alfabeto, la gramática, la retórica, la dialéctica?[...]¡Admitir la propiedad como creación personal...!".
En definitiva, un hallazgo tardío pero sorprendente que confirma que sus páginas nos pertenecen ahora a nosotros; una perla olvidada que necesita el brillo, junto a Miró, de los lectores de la buena prosa que ha dado las letras hispánicas.

domingo, 24 de febrero de 2008

DEL ARTE DE LA EDICIÓN: CLÁSICOS NUEVOS

El año 2007 no quiso despedirse de nosotros (digo los lectores) sin regalarnos una última golosina: una magnífica edición de La Lozana Andaluza.
El Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, dirigido por Fransico Rico, junto a la editorial Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores y con la ayuda de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, está desarrollando un trabajo filológico de dimensiones ciclópeas. Con él, muchos de los textos de la Editorial Crítica -ya inmejorables para la filología- están siendo revisados y actualizados. De esta forma, podemos disfrutar de una edición renovada del Cantar de Mio Cid (Alberto Montaner) que establece novedades en la lectura del texto gracias a los últimos avances tecnológicos y que pone, además, en su lugar las posturas de Ian Michael, Menéndez Pidal o Colin Smith; una exquisita antología de la poesía de fray Luis de León, Poesía, (Antonio Ramajo Caño); lo propio ocurre con Fernández de Andrada y su Epístola Moral a Fabio y otros escritos, que tiene la suerte de ser editado por Dámaso Alonso y de contar con una elogiosa introducción al alimón de Juan F. Alcina y Francisco Rico; El Conde Lucanor, editado por Guillermo Serés, también se ve actualizado en un exquisito trabajo de erudición y mimo textual; incluso un texto como La Dama Duende, de Pedro Calderón de la Barca se nos antoja apetitoso y dulcificado gracias al trabajo de Fausta Antonucci; José María de Pereda, con todos los prejuicios críticos que ha sufrido, se muestra fresco y serrano (hasta donde puede ser fresco Pereda) en Peñas arriba, bajo la tutela filológica de Laureano Bonet; y, por último, una edición de las Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer, editadas por Joan Estruch, y que posee un elocuente estudio preliminar (por cierto, de los últimos que hizo) de Russel P. Sebold.
La Lozana Andaluza se ha editado siguiendo los cánones actuales de la filología moderna y del propio Centro: variantes, recensio, aparatos de notas, lectio difficilior, collatio, grafías, etc. Los encargados de tal tarea han sido Jacques Joset y Folke Gernert. En la introducción puede uno deleitarse con estudios acerca de la vida de Delicado, del recorrido que hace el impreso desde la imprenta hasta su publicación, el espacio literario que adquirió el libro, la disputa sobre los aspectos realistas de la obra, los elementos metaficcionales de la misma y el olvido, injusto, que sufrió hasta el siglo XIX. Un lujo para navegantes en estos tiempos de descrédito de los clásicos y un ejemplo de trabajo filológico que se suma a la biblioteca que todo filólogo debiera poseer por su rigor y seriedad en el establecimiento de los textos.
Debo decir que uno de los escritores que han defendido siempre la modernidad y el logro literario de sus páginas ha sido Juan Goytisolo. Gracias a sus indicaciones pude leer la Lozana Andaluza, y releer El Libro de buen amor y La Celestina con ojos nuevos, tal y como se hace en las ediciones reseñadas.

sábado, 23 de febrero de 2008

VERTEDEROS DE LA MEMORIA

PONGAMOS por caso que alguien quiere comprarse una casa o un piso en Sanlúcar porque busca de la ciudad su luz, su clima, su gastronomía. El caso de quienes esperan encontrarse con una ciudad construida sobre su memoria; acicalada con todos los vestigios que la Historia ha querido dejarle; aromatizada por el jugo de la uva en septiembre y, por supuesto, empapada en el salitre de una buena copa de manzanilla. El caso de quienes disfrutan paseando por la plaza de abastos con la intención de vislumbrar en el mercadeo la fórmula de su infancia; o dejar correr el viento por la Plaza del Cabildo imaginando la travesía de los navegadores colombinos al silbo primitivo de las lenguas indígenas.
El caso de quienes pretenden ser en una ciudad ajena y encontrar un ángulo adecuado para observarla detenidamente como a una presa: para luego volcar en ella la extrañeza de sentirse cómodos en una tierra que fue de paso continuo y que debiera conservar la albariza de la memoria.
Sin embargo, la situación se aleja de estos propósitos. Hemos de admitirlo -y no por ello seguir permitiéndolo-, a Sanlúcar la han desfigurado, han tratado de asimilarla al resto de ciudades de la comarca con el único propósito de “modernizarla”. La modernidad en Sanlúcar es el vertedero de aguas residuales que se expone al final de la Calzada de la Infanta y que resuelve el problema que les relato. Un vertedero que bien vale una metáfora, la de evidenciar en nuestras narices cómo lo que circula bajo la apariencia es puro excremento y pudrición.
Ha perdido la luz que le provocaba el rostro y que la hacía alzarse de entre las ciudades de la costa. Sanlúcar ha ido dejando atrás el estado virginal y mítico de las tierras marítimas, de las que jamás pueden tener una posición fija e inmaculada. Pero la ignorancia y la política -que es la forma pública que tenemos de pagar la ignorancia- han desvencijado todo lo que fue siempre.
Los que nos hemos marchado por razones múltiples, hemos constatado desde la distancia la pérdida de muchas singularidades que hacían de la ciudad un digno merecedor del retorno. Eso ha cambiado tanto que, ahora que compruebo que algunos quieren ir a la tierra de mi infancia, no puedo más que pensar en lo que había por entonces: un espacio digno para los días, y lo que hay ahora, un espacio sin días, sin dignidad.
En esa lucha de la memoria por establecer la imagen última de los recuerdos habitan el olvido y todos sus tentáculos; ahora los únicos tentáculos que me unen son los personales. En esa búsqueda resulta que el desencanto va tomando cuerpo a medida que constata que las señas de identidad han ido diluyéndose por el desagüe y ya la identidad no es nada, y con eso yo no soy el que fui.
(Vista panorámica de la ciudad, Sanlúcar de Barrameda)

lunes, 18 de febrero de 2008

PENSAMIENTO SALVAJE

Voy a utilizar las palabras que a continuación transcribo como bálsamo ante tanta desmesura dialogal en estos “prototiempos” electorales en que cada uno muestra sus inclinaciones ideológicas sin tomar en cuenta la posición del otro y su validez. Como mi asombro ante tanta inverosimilitud es continuo, no puedo más que decir con Lèvis-Strauss: “La actitud más antigua, y que descansa sin duda sobre fundamentos psicológicos sólidos en vista de que tiende a reaparecer en cada uno de nosotros cuando nos hallamos en una situación inesperada, consiste en repudiar pura y simplemente las formas culturales –morales, religiosas, sociales, estéticas- que están más alejadas de aquellas con las que nos identificamos. ‘Costumbres de salvajes’, ‘eso no es cosa nuestra’, ‘no debiera permitirse eso…’, etc., y otras tantas reacciones groseras que traducen este mismo estremecimiento, esta misma repulsión en presencia de maneras de vivir, de creer o de pensar que nos son ajenas. Así la Antigüedad confundía todo lo que no participaba de la cultura griega bajo el mismo nombre de ‘bárbaro’; la civilización occidental utilizó después el término ‘salvaje’. […] En los casos evoca un género de vida animal, por oposición a la cultura humana. En los dos casos no se quiere admitir el hecho de la diversidad cultural; se prefiere arrojar fuera de la cultura, a la naturaleza, todo aquello que no se conforma a la norma bajo la cual se vive”.

Claude Lèvi-Stauss, “Raza e historia”, Antropología estructural dos, Méjico, Siglo XXI, 1979.

sábado, 16 de febrero de 2008

PARÍS, JULIEN GREEN

"Muchas veces he soñado con escribir sobre París un libro que fuese como un largo paseo sin objetivo, uno de esos paseos en los que uno no encuentra nada de lo que busca, sino un buen número de cosas que no buscaba. De hecho, sólo de esta forma me siento capaz de abordar un tema que me desalienta y me atrae por igual. En efecto, la ciudad sonríe sólo a quienes se le arriman y curiosean por sus calles. A ellos les habla en un lenguaje tranquilizador y familiar. Sin embargo, el alma de París sólo se revela a distancia y desde lo alto, pues es en el silencio del cielo donde puede oírse el gran grito patético de orgullo y de fe que eleva hacia las nubes".
París, Julien Green, Valencia, Pre-textos, 2005. Traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar.

jueves, 14 de febrero de 2008

SALA DE ESPERA

CUANDO llegué a la sala de espera del dentista y comprobé que era un televisor lo que servía de distracción a los que allí esperábamos el veredicto de las muelas y las encías, no tuve más que sentarme cabizbajo y entristecido. Hasta hace poco, ir al médico tenía un componente épico que se sustentaba en la sala de espera. En esa sala, podías encontrarte con personas de las que no tenías noticias desde hacía mucho tiempo, antiguos compañeros del colegio ahora convertidos en padres de familia, ex novias bien situadas, maestros ya jubilados, etc. Lo cierto es que nunca sabías si tu madre te iba a presentar a una desconocida para ti de tu familia o si, en definitiva, te reencontrarías con el pasado personificado en una de las figuras de tu memoria.
Recuerdo a mi madre y a mi abuela impresionadas por la cantidad de títulos que poseía el médico. Éste los mostraba en aquel habitáculo como los trofeos de su carrera profesional. Todos enmarcados, los títulos rezaban con el nombre que se leía como un rosario y casi de memoria. Si por entonces acudías de continuo al mismo doctor, incluso se memorizaban los títulos y los cuadros, el mismo lugar que ocupaba en la orla de licenciatura (arcaicos, copias, anacrónicos); paisajes que bailaban al son del silencio que era perpetuo. El silencio en las salas de espera era melodioso y húmedo, casi vegetativo y transpirable. Así que con los títulos, el silencio y las sorpresas personales, la estancia en la sala de espera terminaba, no siempre, en una aventura digna del recuerdo.
Sin embargo, lo que me arroja la memoria con más potencia y como una daga mortecina, es la cantidad de revistas que se amontonaba en la mesa central. Esas revistas eran una experiencia inolvidable: viajes, lecturas, sociedad, ciencia, etc. Con el paso del tiempo, las revistas fueron sustituidas por la prensa intolerable del corazón, al punto que ese es el reducto de lo que fue. En más de una ocasión, se hojeaba una revista con las ansias de volverlo a hacer en el futuro. Y así ocurría. Se mantenían las misma revistas durante mucho tiempo, el necesario para que cada paciente la pudiera leer, al menos, un par de veces.
En efecto, cuando llegué a la sala de espera del dentista y no pude paladear su silencio con musgo, ni leer ninguna revista, ni volver a encontrarme con el pasado en el rictus de un conocido y, por el contrario, la televisión hipnotizaba la mirada de los que allí esperaban, las voces en alto se diluían entre ruidos y timbres, me escapé como pude y anduve por las calles de la ciudad en busca de la segregación tardía de la felicidad que es de otro tiempo.

sábado, 9 de febrero de 2008

TRES AÑOS DE UN YO

No me reconozco en ninguno de los artículos que he escrito para este trópico. Empecé la andadura hace ya tres años, pero la sensación de inmovilidad en las palabras y de absoluta desconfianza hacía mí mismo me llevan a decir que este trópico, realmente, empieza ahora.
Después de este tiempo escribiendo no he sacado nada en claro excepto que la claridad viene del cielo y que la ebriedad es un don que no poseo. Eso es todo y es mucho, porque hay quienes dicen encontrar su tono y sus temas a medida que escriben. A mí me pasa todo lo contrario, tenía fe en algunos temas que a la postre ni siquiera me importan. Y el llamado tono es un silbo inescrutable para mis oídos.
Los asuntos son otros porque yo mismo fui otro, y en ese espacio que recorremos entre yo y yo es por donde repta nuestro pensamiento, por el sucedáneo discurrir de las dudas. Cuándo dejé de ser yo mismo es una pregunta mal planteada que consiente el revés, ¿cuándo fui yo?, ¿Acaso fui yo por un tiempo? En un puñado de palabras se perfila el ámbito de este espacio; en un puñado de palabras, por lo tanto, me disperso yo mismo en lo que supuse ser. No busqué nada, ni pretendo nada ahora, sólo escribir como animal humano que soy, leer y escribir para que mi pensamiento se vea atendido y no desfallezca mientras muero a diario. ¿Cómo decir que me encuentro a mí mismo, si ni siquiera sé lo que busco ni lo que soy?
Los asuntos son otros y se confunden porque yo mismo soy otro y confuso. “Nunca he buscado vivir mi vida/ mi vida se ha ido sin quererlo yo o no quererlo./Sólo he querido ver como si no tuviera alma/ sólo he querido ver como si fueran extraños los ojos con los que nací. Como estos “Poemas Inconjuntos” de Alberto Caeiro, siento que para ver lo que ocurre fuera de los límites del trópico debo utilizar otros ojos, otra mirada que no me incluya ni sume mis palabras. Cada mañana, cuando voy en el tren que me lleva al trabajo, se me ocurre que el destino será distinto, el verdadero, que alguna certeza que no atisbé me llevará a otros derroteros y que al fin podré observarme desde la distancia. Eso todavía no ha ocurrido, aunque con la lectura y la escritura ocurre siempre. Pretendo hacer de mí otra voz que me recupere y me levante del suelo a lengüetazos.
Esta mañana corté una naranja por la mitad y resultaron dos partes desiguales: una cáscara, una sustancia, la acidez de los días. Qué más esperar de esta metamorfosis, me alegré de ver con los ojos y no con las páginas que había leído, aunque ahora lo escriba y convierta la naranja en página, en mitad, en cáscara, en nada de nuevo.
(Ilustración, "Dalí Dalí")

miércoles, 6 de febrero de 2008

PALABRAS DISECADAS

Tal es la fuerza de la poesía, que a medida que uno lee versos, se da cuenta de que los poetas consiguen arrancar todo el jugo semántico y sintáctico de las palabras que seleccionan. Las trastocan y eternizan en el ritmo del verso, en el lugar sintáctico que fue escogido. Valgan como ejemplos espontáneos estos que siguen, no están muertas, simplemente disecadas, es decir, con apariencia de viveza a pesar de que no volveremos a usarlas con la misma liviandad de entonces:
“Consuetudinario”, "olmo”, “patio”, “bueno”, con Machado; “Animal”, “Espacio”, “poesía”, con Juan Ramón Jiménez; “desesperado”, “canto general”, “estravagario”, “residencia” con Neruda; “jueves”, “puma”, “trilce”, con Vallejo; “Umbrío”, “estercolas”, con Miguel Hernández; “Enhiesto” con Gerardo Diego; “mundanal ruido, descansada vida, el aire se serena” con fray Luis; “competir”, “errante”, con Góngora; “constante”, “ah, de la vida”, con Quevedo; “ansias”, “inflamada”, “noche oscura”, “cántico”, con Juan de la Cruz; “Romancero”, “Nueva York”, “verde”, con García Lorca; “underwood”, “voz”, “tú”, con Pedro Salinas; “mar”, “paloma”, “cal y canto”, con Alberti; “probó”, “ingenio”, con Lope de Vega”; etcétera.
El corpus es mucho más amplio e incluso consiente una clasificación personal en que cada lector selecciona un vocablo distinto de cada poeta. Un adjetivo, un sustantivo, un giro sintáctico con música estremada.
De todas formas, disecan las palabras al darle una vida insólita, dejándolas sin posibilidad de nueva aparición. Preparan las palabras muertas para que conserven la apariencia de la vida. Sólo un nuevo poeta es capaz de resucitarlas, y matarlas al momento con ello. La palabra poética es renovación y muerte, abismo y límite, inspección de la nada.

lunes, 4 de febrero de 2008

DOBLE FILO

Perdí la juventud como las ondas
concéntricas se pierden en la cara del agua
cuando cae una piedra.
Es cierto:
la he perdido.

Retornan vagamente
las secuencias que entonces eran ya conjeturas
de recuerdos: ese trasiego
obstinado de sitios, emociones,
cuerpos, arboladuras, libros,
que intempestivamente
van cayendo y cayendo
hacia el fondo implacable de unos días
que avalan de continuo su extinción.
No los veo caer: sólo los oigo.
Ya el tiempo acecha
como una errata al borde de una página en blanco.
(DIARIO DE ARGÓNIDA, 1997, J.M. CABALERO BONALD )

domingo, 3 de febrero de 2008

OJO QUE TOCA, MANO QUE HUELE

VENGO PENSANDO en la relación de las artes con los sentidos, con la capacidad sensorial de los hombres. No en la estimulación que deviene una vez que apresamos la obra con los ojos, la boca, las orejas o las manos; sino en la creación misma, en la vinculación que existe entre el medio material y el resultado artístico.
Comprendo que las artes están supeditadas a un solo sentido, lo intensifica y desmesura, aunque recurran a factores secundarios. La música al oído (el genio, Beethoven, desmonta mis palabras), la pintura a la vista, la escultura a las manos (y a la vista, en gran medida), ¿y la literatura? Se puede escribir pese a la ceguera (el argentino, toca ahora), a pesar de la mudez, de la falta de audición, de extremidades, etc. ¿Cuál es la relación entre la literatura y los sentidos, la realidad sensorial para macerarla y crearla? ¿La música y la literatura poseen la misma sustancia que las vertebra? ¿Necesitan asideros la escritura y la música, más la palabra que el sonido? ¿En qué ámbito crearon Beethoven y Borges?¿Se encuentra la genialidad adyacente al trazo que sugirieron Ludwig y Jorge Luis, es decir, allí por donde no hay salvación alguna, respuesta posible, vuelta atrás existente, donde la profundidad del yo lo abriga todo y nada es ya necesario?

jueves, 31 de enero de 2008

DESASOSIEGO DEL LIBRO

Me encontré de nuevo con un aparte de la vida, con un transeúnte de los bares. Un extraño, acaso. Un desvestido de las rutinas y las deudas de los hombres. Nada más escucharlo -aún no había hablado con él directamente- dijo en voz baja y mascullando las sílabas: “La renuncia por modo y la contemplación por destino”, dijo. Lo hizo mirando fijamente el vaso que agarraba con la mano derecha, ya que en la izquierda sostenía un libro, Libro del desasosiego. Pensé de inmediato que esa frase llevaba mucho tiempo caldeándose entre diversas reflexiones, y tuve la sensación de haber asistido a un parto, a un nacimiento único, que jamás volvería a repetirse. Las palabras terminaron de existir cuando dejó de pronunciarlas; volvieron a su nido, a la cabeza de Bernardo.
Prosiguió azotando los desniveles a que la realidad lo tenía acostumbrado; desandaba su soledad por el hecho de la duda. No dejó ni un momento de atisbar que la finitud era una compañía desde infante. Por eso, su mirada calaba con precisión los recovecos de las personas que lo rodeaban. Percibí que era “más alto que bajo, encorvado extremadamente”; y que poseía un aire de inteligencia, de quien no espera nada, “porque no debemos esperar nada”. Junto a él vino a sentarse Fernando. Un bigote y un discreto sombrero aureolaban su rostro. Comenzaron a hablar de inmediato y, por los gestos que se proferían el uno al otro, intuí que la conversación se estaba dirigiendo hacia la tierra de las intuiciones y las sustancias eternas. Al agudizar el oído pude discernir entre el bullicio del bar: “Mira, Fernando, viviendo de nosotros mismos, nos disminuimos, porque el hombre completo es el hombre que se ignora”. No tardó Fernando, una vez que se despojó del sombrero y dejó su bastón colgando de la silla, en contestarle: “Cierto, Bernardo, cierto…El Hombre, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no es más digna de adoración que cualquier otra especie. Este culto de la Humanidad a la Libertad y a la Igualdad me ha parecido siempre una recuperación de los cultos antiguos en que los animales eran como dioses o tenían cabeza de animales”.
Cesaron ambos de dirigirse la palabra. El silencio los abrigó por decenas de minutos mientras bebían con la tranquilidad de los veranos. Por unos momentos nuestras miradas se entrecruzaron (realmente fui muy descuidado y atrevido) e incluso les mandé un escueto saludo.
Al día siguiente volví a ver a Bernardo. Esta vez solo. “¿Por qué has venido otra vez, a qué vienes?”, dijo. No tuve otras palabras, recuperé el vuelo de otras aves, “a la renuncia por modo y a la contemplación por destino”.