lunes, 14 de septiembre de 2009

Poemas a la noche, vértigos del verbo.

Entre los años de 1911 y 1912 se fecha la escritura de este poema de Rilke que tengo sobre la mesa. Está escrito en Duino. Ese nombre dispara toda una panoplia de recuerdos protéicos. El poema está recogido en esa excelente edición de Poemas a la noche y otra poesía postuma y dispersa de la editorial DVD con la traducción de Juan Andrés García Román.
Después de escribir este párrafo iniciático, detengo la escritura. Quisiera hacer algo parecido a aquel capítulo en que Cervantes dejó el relato cuando don Quijote y el Vizcaíno se daban unos palos ante el atónito mirar de los acompañantes.
Para poder ejecutar una distorisón de ese calibre hace falta más talento y más inteligencia. Me conformo con dilatar estas letras a medida que mascullo un verso que equivale al universo poético de Duino. Cada vez pienso con más ahínco que, en Duino, Rilke creó un reino, un reino de lo bello, en el que la poesía tiene ya instalada una zona vedada. Acercarse a ella, a su territorio, es como haber visitado a Hölderlin en la cada de Tubinga o haber mantenido una charla con Beethoven a espensas de su carácter. No basta recordarlo para convertirlo en literatura, ni siquiera escribirlo, como hago yo ahora. Hay que hacerlo literatura.
El poema sigue ahí, transparente, indecible. Cada vez que vuelvo a leerlo, sé de sus dimensiones inabarcables, pero aun así me atrevo a escudriñar entre sus posibles significados. Un poema, un solo poema, detiene el curso del día de un hombre que se encuentra con unas palabras ordenadas y las relee como quien repite un salmo o recuerda una melodía, sin asideros, sin soportes que aten o atenacen.
Pero ahora no basta recordar, todo debe alzarse desde cada existencia. Y leer se ha convertido en un ejercicio de la rareza. Ayer escribí que la extraña manía de leer es una generalidad del hombre, no una anécdota. Hoy, después de Rilke, escribir es la extrañeza, escribir es la rareza y la difícil tarea de narrar o describir o acaso seleccionar las palabras que nos dirán más allá de nosotros mismos.
Este poema es más que Rilke, indudablemente. Como más que Juan Ramón Jiménez (el único comparable al talento genial de los europeos) son sus versos. Más y en otro ser podríamos añadir. Y, pensñandolo bien, ¿no es la poesía la palabra del ser total y, por lo tanto, la que dice de nosotros una mísera parte, acaso nada?

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Escribió Pavese, el 12 de septiembre de 1940: “La vida práctica se desarrolla en el presente, la contemplativa, en el pasado. Acción y memoria”. Esta afirmación me parece una adecuada manifestación de qué es la literatura y qué es la vida. La vida se pierde en la acción inmediata sin contemplaciones; la literatura, al contemplar la vida se hace presente, acción.

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En el prólogo de un libro de poesía, de un poeta tomado por antiguo o según los posmodernos por poeta ortodoxo, leo unas palabras liminares escritas al alimón entre Alberto Blecua y Francisco Rico. Las palabras que me trastocan, a pesar de parecer una perugrollada, dicen lo siguiente: “quien desconoce la tradición desconoce la originalidad”.
Tomando esta perspectiva me atrevo a decir que este diagnóstico, a pesar de ser general y difuso, puede aplicarse al estado actual de la literatura. Octavio Paz lo expresó en otros términos, abogaba el mejicano por la tradición de la ruptura. Y esa tendencia cíclica y constante es un observatorio, el único balcón al mundo literario, que permite apreciar la fisonomía de las obras originales. Una obra original no es una obra ininteligible para el lector de su época, más bien es una obra incognoscible para el lector de su tiempo. Faltan escritores que hayan leído para poder propalar, por el magma de la escritura, el candor de la escritura cuyos fines broten de la literatura misma.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Viento sur.

A veces la tarde ofrece unos cambios que terminan por invadirlo todo. Este olor a tierra mojada que proviene de la repentina transformación del carácter de una calurosa jornada; el viento fresco indagando entre mis sienes la superficie del aire; el color grisáceo de las oculares extensiones de las nubes. Con estos cambios tan drásticos me da por pensar en cosas que no someto, en ningún momento, al juicio del parnaso. Debilidades de lo cotidiano, baja tensión del espíritu.
Voy a la biblioteca y agarro un volumen que abandoné hace años. Ahora, como si yo fuera ese viento fresco, ese olor húmedo del pubis de la tierra, me impregno entre sus páginas y las leo, grisáceamente. La lectura es una forma de la extrañeza, de la extraña forma de vida del hombre.

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A lo que no puedo resistirme es a leer a Cioran. Decido que abriré la última página para observar, como si fuera un cabo suelto, alguna conclusión o alguna sentencia sobre la que poder apoyar estas letras. Camino bajo las sombras de los pensadores, con la ilusa manía de reescribirlos con la tinta del olvido. Porque citar, aunque parezca lo contrario, es someter a un libro, a la mayoría de oraciones que componen un libro, al olvido.
Percibo que Cioran ha ido enmudeciendo su palabra a medida que avanzaba en la escritura del mismo. Sus largos párrafos se han convertido en sentencias. Cuasi aforismos. Una búsqueda de la brevedad y de la condensación parece que guía esta escritura.
Escucho música, como es costumbre. Escribo escuchar porque nunca entendí esa música de fondo que proclama las virtudes aun sin ser reconocidas. Entre los compases de la obra de cámara, leo a Cioran: “Ojalá Dios hubiese hecho nuestro mundotan perfecto como Bach lo hizo divino!”.
El aire se serena y viste de hermosura y de luz no usada la caída al oscuro de la tarde. En ocasiones, he pensado que la música surgió para confundirnos a los hombres con los habitantes de la Tierra.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Tiempo en Verona. Asilo de la razón.

En la Porta Borsari, en Verona,
primer siglo después de Cristo,
en un dédalo quieto por el asma
de los siglos, dictando la sentencia
del tiempo,
escribo con la tinta pétrea:
el ser total es el que carece de memoria.

Incipientes sus pasos
por la ciudad, procura este paseo
hasta la Arena.
Comenzará la música
que anule,
-estación del estarse fugitivo-,
el resto de sus sombras.
Modeladas secuencias del olvido.



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Termino de leer un puñado de páginas de Cioran y, mientras estaba subrayando un par de líneas absolutamente geniales, me acordaba de la novela de Javier Marías, Tu rostro mañana. Hay un párrafo de Cioran que condensa el tema de la novela de Marías: “Como individuos tenemos fatalmente conciencia de nuestra limitación, de nuestra insuficiencia individual; ¿Por qué sólo podemos conocer a los hombres en los grandes acontecimientos de la vida? Porque aquí la decisión y el cálculo racional no tienen valor alguno; todo lo que deriva de los valores y criterios exteriores desaparece, para dejar lugar a determinantes más profundos”. A pesar de esta larga cita, no he podido dejar de pensar en la magnífica descripción que suponen estas palabras a muchos de los tramos de la novela de Marías, de Kertész o de Márai. Recuerdo escenas en que los personajes no hacen más que llevar a la vida ficcional esta encrucijada en que la duda racional desaparece en favor de lo irracional.
Predica Cioran que lo irracional es el elemento profundo que nos subleva ante la razón en momentos en que hay que tomar decisiones importantes. Entonces, hay que dejar de hablar de decisiones y emparentar las actuaciones del hombre con lo irracional. Adormilado Apolo, esperemos a Baco. ¿No ha sido la filosofía el axioma de esta disputa, no está en nuestra especie la carga irracional?

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No todo lo pensado es producto de la realidad.

viernes, 11 de septiembre de 2009

En el paseo, las alas se desprenden.

En esa foto en que aparece Robert Walser tirado, con los brazos abiertos, sobre la nieve, se cifra su literatura. Un blanco profundo la envuelve, una ilimitada y acuífera sentencia lo desprende de sus largos paseos. Walser hizo de los paseos una ciencia literaria, los convirtió en un carrusel del desprendimiento de la personalidad. En cada paso, Walser efectuaba una operación lingüística: palabras, palabras, ritmos, aperturas a la nada.
Sus Microgramas no son más que paseos por la escritura, largos, exaltados, a veces, íntimamente desnudos. En una de esas caminatas puede leer uno cosas de este tipo: “Contemplar el paisaje me permite observar que lo que avanza puede ser más delicado, bello, noble que lo que persevera en la inmovilidad”.
Walser con los ojos cerrados, escribiendo estos paseos, inhalando en la escritura la cadencia de una caída en la nieve, siempre blanda, dulce, bella. Abiertos los brazos, persiguen la contemplación. Luego, en el descanso, con el desasosiego de los días, la escritura en miniatura de estos microgramas, desdicen al mundo y al lector. Entonces la genialidad se hace presente. Surge una sonrisa cuando leo: “es puñeteramente difícil escribir cuando uno está loco”; y me lo imagino diciéndole estas palabras a Hölderlin mientras Rilke toca el piano que descansa impertérrito.

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Con veinticinco años escribió Cioran este Libro de las Quimeras. Por entonces, era profesor de filosofía en Brasov. Corría el año de 1936. La obra no fue editada hasta que se tradujo al alemán y al francés hacia los años noventa. Más de cincuenta años estuvo guardado este discurso de las quimeras, esta negación existencial de los ideales más inmediatos de aquella Europa que salía de una tremenda guerra y se preparaba para entrar en otra aún peor. Hago referencia a estas reminiscencias bélicas porque el libro, por momentos, parece oracular: “cuando uno tiene en la memoria tantos sufrimientos pasados y el presentimiento de tantos dolores futuros”.
Parece que las páginas del inicio aúnan la anestesia de la música sobre el espíritu y la protuberante secuencia del dolor y el sufrimiento como anexos insoslayables de la vida. Reflexiona sobre las religiones, sobre la figura de Jesús como el paradigma del sufrimiento humano, devolviéndole ese sesgo hombruno del sufrimiento: un hombre, Jesús, sufrió como hombre. Por eso, el dolor persiste más allá de él y de sus palabras, sólo fue una demostración de los límites a los que podemos someternos. Nada más.
A tenor de lo que reflexiona, me vuelvo hacia mi memoria. En ella se guardan mis sufrimientos. De existir con plenitud, en la estación total, deberé deshacerme de ellos, vivir no como otro hombre, pues en ese otro hombre habita el sufrimiento, sino como un ser total.

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Ser total, territorio en que volcamos las virtudes del ser desasido de lo humano.

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Decía Valéry que quien escribe en versos baila sobre la cuerda. Esa definición, esa extrema sensación de saberse en el abismo, es la que desprende la escritura poética. No sucede lo mismo con la prosa, con la que parece que escribimos con una red o a pocos metros del abismo o a sabiendas de que poco sucede si aflojamos el estilo o desistimos en uan idea que necesita más cuerda sintáctica. Entonces, me pregunto, por qué los prosistas no eliminan la red, la cercanía y lo reducen todo a esa cuerda en que se nutren los versos de las ideas y las ideas encuentran acomodo en los versos. Alguien dirá que, como los amantes, no todos devuelven lo mismo. Y pienso que la lengua sabe de las virtudes de la poesía y nos maneja y nos deriva, a los torpes de la cuerda, hacia la amplia secuencia de la prosa, aunque la prosa sea un susurro débil o una triste insinuación.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Hoy alguien puede dejar de ser humano.

Puedo decir que hoy anhelo el espíritu y lamento la vida. Cioran escribe unas deliciosas palabras sobre la imposibilidad que se le presenta al hombre para encontrar un punto de estabilidad, de un centro que lo determine, de una relación que lo mantenga en el equilibro de la semejanza. Nada en el hombre fue hecho a su medida, a pesar de Protágoras, porque el hombre no encuentra medida en ninguna cosa. Desea vivir, pero sabe de la muerte; en la muerte se ahoga, más la vida lo vapulea.
En esta situación de existencia en la nada, como sustantiva esencia del hombre, el escritor sobrevive a la doble vertiente: su espíritu, su vida; la palabra, la realidad que la expele. Ese doble latir de la existencia en el escritor lo convierte en un incesante diezmador de la realidad: nada que se ponga por delante pasa desapercibido. Por todo esto, cuando uno lee cómo Cioran describe ese territorio: “En el mundo, el hombre es una paradoja”, la ambigúedad de la existencia es una ironía que late cada segundo. Como tal paradoja, debemos consentirnos, asimilarnos e, incluso, rechazarnos. Como hombres jamás tendremos otro pensamiento que el que no quepa en un hombre. Y me acuerdo, entonces, de Machado, quien venía a decirnos que por mucho que valga un hombre jamás valdrá más que hombre.

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¿Cualquier condición debe ser asumida? No. Hay gente que no puede ser más que miserable y actuar de manera que sus acciones provoquen la irascible mirada del otro. Luego, los que, además, arrojan sus miserias sobre los demás porque se sienten incómodos, sobrepasados, violentamente perturbados por las actuaciones ajenas. Por lo tanto, el ser humano no puede entenderse a priori, hay que descansar los atributos de la meditación y juzgar sobre aquellos que hacen de tu vida un canto ahogado.

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¿La poesía? Es una compleja urdimbre que pone silencio sobre lo que nombra.

martes, 8 de septiembre de 2009

Piedra y memoria.

La memoria es un silbo sin espinas,
un templo sin la piedra que la habita,
hoja caída en el estanque
de los verbos prohibidos.

Como dice Cioran:
“el hombre es el camino
más corto
entre la vida y la muerte”.

Imagino al poeta
como un caudal que se fragmenta
y recompone
el discurso cristal de la mañana.
Con su rito de fuentes,
pertenecen al mundo sus sonoras
sentencias de la nada, al mundo
sin provocar desvelos, sin demorar la muerte,
sus pisadas marcadas en la piedra.
Un verso es una piedra en la mirada:
perenne, gris, tocado por el viento.
Acaso una rueda del deseo.

Como la rama tierna, el manantial sereno,
el trigo meditando entre las lomas,
un confuso susurro se levanta,
es el ciego cantar que se traga la tierra,
es el verde difunto que traen las palabras.

lunes, 7 de septiembre de 2009

MÚSICA

Son tus formas vestigios en la arena
húmeda de la noche.
Sólo en la música el amor existe.
Sólo en la música
la luz proviene de un inmenso
ángulo
en que nada se ha dicho todavía.
Y el mundo quedará innombrado.
Más allá de los signos,
antes de todo lenguaje
está la vida intacta.
Éxtasis, vibrar absoluto.



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De todas las quimeras que Cioran nombra, la vida misma es un axioma demasiado constante en los hombres. de ahí que reivindique un absoluto alejamiento de los tentáculos de la vida. En ese trabajo mortecino de dejarse a uno mismo, la soledad es un bálsamo. Dice Cioran: "la soledad cesa de ser un atributo del ser sólo cuando este ser deja ya de existir". En otras palabras, la soledad es un aributo de la existencia, un cobijo necesario para la convivenca con los otros. Esos otros, vistos desde la lejanía de la soledad, contienen y muestran, justamente, el mismo ser que nos recoje.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Una música calma,
la materia que todo lo respira.
Ingravidez armónica del hombre,
se impone una irrealidad
que transmuta la piel y la deshace
del reflejo constante de su cuerpo.

De ahí arrancan todas las revelaciones:
las palabras que crecen minerales
y libres, estos párpados que lamen
los espacios
en que habitan los planos de la nada.
Porque morir es darse al infinito
trasiego en la memoria.

En ese trance, en esa vibración,
se traducen los sueños.
Una quimera diluida
en el espeso tramo donde todo
abandona la límpida existencia,
hasta dejarse pronta en la partícula
de los pasos perdidos que conducen
irrefrenablemente
al estado en que se proclama en grito
originariamente nuevo.

¿De qué cosa eres rostro?
Para que la oscuridad de las cosas
nos sea concedida,
¿qué decir debe convocarnos
y desasirnos
de lo que somos?

No importa que seáis innombrables.
No puedo concebir que un día
la música que suena transparente,
la talla indefinida de los hombres,
me sea extraña para siempre.

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Cioran es testigo del oído de la vida. Esa tendencia del hombre a ahuecarse en la música para deshacerse de sí mismo. La música es la faringe que nos dice para siempre. Estas impresiones me ha causado el comienzo de El libro de las quimeras, el desarrollo de un éxtasis provocado por la música. Cioran proclama, al incio de las páginas, la poderosa virtud del sonido para trasladarnos a los limítrofes recursos de nuestra materia. Endebles, torpemente limitados.
Añade que la voluntad suprema y persistente es la que nos vacía de nosotros mismos, porque decir yo es poner una línea en el agua. Para entonces, he agarrado un par de cedés y he puesto una música de Bach. Esta irrealidad que me invade es indolora, a pesar de que me esté despellejando vivo. Dice Cioran: “Quien no haya tenido la sensación de la desaparición de este mundo, como realidad limitativa, objetiva y separada, quien no haya tenido la sensación de absorber el mundo durante sus éxtasis musicales, nunca entenderá el significado de esa vivencia en la que todo se reduce a una universalidad sonora, continua, ascensional que evoluciona hacia lo alto en un placentero caos”.
El caos es el preludio del placer. Es un lenguaje en potencia, presto a ser ordenado por la voluntad de quien lo percibe. Luego, la vida no es más que la sintaxis de esa voluntad: nunca ordenar un caos costó tanto. En ese éxtasis, se funden la voluntad y la humanidad. Tomar conciencia de la mortalidad es la mayor virtud de un hombre. Entonces el caos habitará en sus adentros.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Lecciones.

Al otro lado del canal, desde San Polo y entre unos árboles que crecen desafiando a la humedad que todo lo impregna, veníamos recordando la novela de Hemingway. Ante de comenzar el viaje, quisimos comprar la novela para llegar a Venecia con una nueva predisposición, es decir, con la esperada sensación de poder encontrarnos a la joven aristócrata de diecinueve años, Renata, en los brazos y a las barbas canas del coronel Cantwell, alter ego de Hemingway.
El libro estaba tan agotado como el cúmulo de lecturas que habíamos pensado para darle al viaje ese sesgo literario que tan necesariamente nos acompaña siempre. Wiesenthal, Magris, García Martín se habían convertido en pasajeros del viaje, compinches de este asalto veraniego a las suelas de la bota de Europa. Por este motivo, no nos preocupó que el libro de Hemingway estuviera descatalogado.
En el primer recorrido que hicimos hasta la Plaza de San Marcos, en la Librería Mondadori, nos hicimos con una edición de bolsillo, inglesa, del susodicho libro. Esta compra no iba, ni mucho menos, a detener las ganas de buscar la edición española de Seix Barral.
Ayer por la mañana, sin más esfuerzos que los del orden alfabético, cacé una presa mansa, dejada caer en unas baldas en que las ediciones reposan hasta el vuelo de una mano. Allí, impoluto, agarré el volumen, Al otro lado del río y entre los árboles, (Seix Barral, 2001), con un prólogo de Gonzalo Suárez.
Este libro de Hemingway cuenta, en realidad, sus aventuras con la baronesa Adriana Ivancich. Esa circunstancia y la cantidad de detalles que ofrece, provocó, a la hora de la publicación, un revuelo enorme. Mas la advertencia que colocó al principio de las páginas acrecentó, en los lectores, las suspicacias más candentes. La ficción, cuando es pura, no necesita de afeites ni aclaraciones. Sobre la mesa, el libro de Hemingway, las copas en el Harry´s Bar y las noches de cama en el Gritti, siempre, claro está, al servicio de la ciudad en que la mañana se desviste entre el fulgor de los canales.

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Mi admirado y querido Fernando Iwasaki acaba de publicar otro libro en la editorial Páginas de espuma. En esta editorial, puede el lector hacerse con otros volúmenes de Iwasaki como Helarte de amar, Inquisiciones peruanas y el exitoso Ajuar funerario. Este último, colmado de microrelatos, creo que va por la quinta edición.
Iwasaki se presenta ahora con un libro que llevaba unos años rondando por su mollera, España, aparta de mí estos premios. Solo al abordar las solapas del libro se me vienen a la cabeza dos autores que, estoy seguro, son la fórmula mágica de este taurino volumen, a saber: Vallejo y Roberto Bolaño. Ál igual que la concepción extraterritorial que ofrece Iwasaki desde que escribió aquella miscelánea deliciosa intitulada El descubrimiento de España.
Destaco estos dos autores no solo por el título, en clara referencia al autor de Poemas Humanos, ni a la cita de Bolaño colocada al inicio, sino por la concepción de la vida de ambos autores. El chileno y el peruano se encuentran en Monsieur Pain, de Bolaño, en esa tragicómica sentencia que otorgan los libros sobre la vida. Esa aspiración, claro está, es la predilecta de Iwasaki.
De ahí este variado ramillete de premios que, al mismo tiempo, es una estupenda crítica sociológica de la literatura.
Por último, acompaña al volumen de cuentos un "Decálogo del concursante consuetudinario (y probablemente ultramarino)" que desarrolla los consejos pertinentes, siempre con la ironía de forma exponencial, para todo el que quiera adentrarse en esa selvática enunciación de los premios. Lista esta faena, suenan ya los clarines que anuncian su lectura.

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A estos dos libros, se suma uno que poco o nada tiene que ver con ellos. G.W.F. Hegel dictó en Filosofía del arte o Estética, posiblemente, una de las obras más citadas y de las que más veces hace uno referencia en la historia de la crítica literaria y de la Teoría de la Literatura. Por eso, como me ocurrió con la Poética, de Aristóteles, no pude más que comprarla en una edición magnífica, bilingüe y puesta al día de la Unam.
Leer sus páginas es un apasionante deslizamiento por uno de los monumentos de la concepción y racionalización del arte. Es evidente que, con el paso del tiempo, muchas de sus propuestas se hayan visto rectificadas, remodeladas o reducidas al absurdo. Lo mismo da, los logros son demasiados. La filosofía del espíritu, tendencia que sigo de cerca y con la que, en fin, me parece hallar más afinidades en relación a mi escritura. El mismo racionalismo que se contrapone, con Kant a la cabeza, persiguen, en definitiva, la verdad en la obra artística.
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La literatura -y lo extiendo al arte, como sinécdoque- es un conducto de la verdad que jamás desemboca en ella. Sólo encamina, ofrece, aturde y desmiembra los cauces estipulados para llegar al conocimiento. La literatura es conocimiento y dispersión en el orden finito del arte. A pesar de las potenciales abstracciones que desprende una obra pictórica, la existencia de un concepto ya delimita el objeto artístico y ahí la palabra, el sonido, el dibujo o el color detonan la humana dimensión del arte. Eso es lo primero, el arte es humano y los límites del arte son los del hombre, aún descomocidos.
Quiero decir que, esta Estética hegeliana es un divertimento más, un aparato que resulta de la imposibilidad del hombre por analizar su creación. Eso es la literatura, criatura del hombre que lo traspasa, materia infinita que surge de lo dado, de lo caduco.

martes, 1 de septiembre de 2009

Oficio de Pavese.

Si dejamos que nos lleve el viento, como decía Onetti, la vida, antes que narrada, se vuelve tosca e insípida. Aunque, después de pensarlo demasiado, creo que la vida es insípida en sí, infructuosa. La vida no contiene ninguna virtud y cuando los moralistas o escritores que se han preocupado por el comportamiento humano, hablan de las virtudes, siempre encuentro una voluntad o una fuerza teleológica que los empuja. No quiero hacerme aristotélico esta tarde, defendiendo la potencia que posee la vida y las predicaciones que devienen de ella. Quizás la vida es una predicación artificial y se acumula en ella aunque depende de los usurpadores de la misma para llevarla a un estado u otro.
Todo pierde sentido cuando me dedico a nada; el problema mayor es que cada vez considero que la nada lo invade todo, desde el trabajo hasta la amistad más próxima. Una nada que levanta las miserias de los que no somos conscientes más que cuando nos ejercemos en alguna disciplina artística. En ese trance, el hombre vislumbra la cortedad de sus actos y la intrascendencia de los mismos. Y es entonces cuando busca el absoluto y el reposo de su acción, de su deseo, de su voluntad en forma artística, en el atril de las artes.

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He ignorado la palabra pensada.
Después del sueño el olvido:
la secuencia de un útero narrado,
el degüello de un verso compartido.
Si uno lanza su voz a las esquinas
de este círculo efímero y acuoso, decidme,
¿cuándo fue esta vida nuestra,
acaso permanece en esta voz
que proclama el ocaso de la carne?


***

Esta tarde, al leer a Cesare Pavese, El oficio de vivir, me ha dejado la juventud por unos momentos. Al leer un fragmento de su obra, la vida se ha tornado evanescente, pero ¿no es esa su condición? La juventud, un estado de la conciencia nueva que jamás deja de habitarnos nada más que para el fin. Dice Pavese: “Se deja de ser joven cuando comprende que expresar un dolor deja el tiempo que encuentra”. El dolor es un término que puede incorporarse a cualquier concepción de la vida, el dolor. Siempre hay, por naturaleza, una placentera y dolorosa contemplación de los días. El dolor es un sucedáneo de los deseos reales y esos terminan por descontar hasta al más oficioso de los humanos. Por otra parte, el dolor es un remiendo, el eco de un tiempo que descubre, tiempo danzante.

lunes, 31 de agosto de 2009

La experiencia literaria.

La obra del polígrafo mejicano Alfonso Reyes siempre atrajo mi intención por la singularidad de sus análisis y por agudeza de su escritura. Sus obras completas, una summa inabarcable para cuya lectura es necesaria veinte años ininterrumpidos, siempre fueron y son un sueño inalcanzable. Me conformo con leer algunas obras que han salido publicadas desgajadas de algunos de los tomos reseñados. Un caso particular es Una experiencia literaria (Bruguera), un libro que me ha acompañado en esos ratos en que uno decide qué libro leer, en que uno apela a la intuición para entregarse a la lectura. Compré el libro cuando comenzaba a explorar las librerías de viejo en Sevilla y llegaba a ellas en busca de algunos volúmenes comentados en las clases o referidos por un algún crítico o, simplemente, indicado por un compañero. En esos días, me hice con la primera edición, ahora reeditada, de Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, un libro repleto de míticos comentarios, ya que el peruano se encargó de prohibir la reedición de ese libro durante décadas. En sus obras completas, Galaxia/Gutenberg, decidió publicarlo en un gesto que le honra, porque su análisis de la obra marquiana es sobresaliente. El libro me costó pocos euros y fue un hito para mi biblioteca, que comenzaba mal que bien, a ramificarse. También encontré un libro maravilloso de Rodríguez Padrón, América en sus novelas. El libro está en un estado magnífico y pude comprarlo a pesar de mi economía de estudiante.
Como estos libros, han sido, a la postre, muchos otros. Pero siempre tiene el del Alfonso Reyes desprende una lectura grata, una frescura necesaria, una inteligencia en sus páginas fuera de lo común. En un libro de Alfonso Reyes puede uno leer una oración de este calibre: “la idea es abstracta; la palabra nace concreta” y entonces pensar que está leyendo un bello libro de sentencias o que su autor está construyendo una novela en que los géneros se amalgaman en la hilaridad del narrador. Un libro que describe ese combate de Jacob con el ángel, lo que A. Reyes llama “continua victoria de la conciencia sobre el caos de las realidades exteriores. Lucha con lo inefable es la literatura”.

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En la mesa, unos libros
afilan el trinar de la mañana.
La vida que discurre entre estos libros,
tan ajena a mí mismo,
tan descarnada y poderosa, late
guardada en el silencio,
como el cantar desierto de una plaza.

domingo, 30 de agosto de 2009

Sobre estos campos
el horizonte es solo una promesa
de pájaros cruzados.
Una luz los invade
marcando un sendero entre sus grietas:
son lomas los deseos de esta tarde.

Como el destello de la vid
que redime su caldo entre las viñas,
como el saliente claro de un deseo
que confisca la estancia de los días,
como el verdeo en la mañana
que tañe entre la tierra
las profundas raíces que vienen delirando
con el canto secreto de los círculos,
las palabras revisten el sonido
de antiguas profecías de los hombres.
Es el oscuro hueco de la nada.

¿Qué música ternaria te proclama,
qué incipiente desasosiego
te desgaja del ritmo de la noche?

sábado, 29 de agosto de 2009

Senecadas con calima.

La calima de estos días y cierto efervescente revolver de lo cotidiano, me llevan a que abra un libro de Séneca. No sé por qué motivo, desde que escuché por primera vez el nombre del cordobés, siempre lo he vinculado con el sofoco y la dilatada morada del verano en agosto. Parece que, en mi entender, se conjugan perfectamente las palabras del estoico con esta sobreexcitación veraniega. A lo mejor, todo proviene de la sonoridad del nombre, esa reminiscencia o eco al secano; o de ese busto de un hombre con mirada torva y con el flequillo empantanado por el calor.
Al abrir alguna página de sus tratados morales y recordando con una sonrisa en los labios su supuesta disposición al suicidio, leo en un escrito dedicado a Paulino y que versa sobre la brevedad de la vida: “lo cierto es que la vida que se nos dio, no es breve, nosotros hacemos que lo sea”. Ah de la vida...
Esta sentencia sacada del libro de Séneca me parece que encuentra analogía en la literatura, en la concepción de la literatura. No es extraño que leyendo un tratado moral, que tiene a la vida como epicentro, observe ángulos aprovechables para la literatura. La literatura en la vida es un espejo cóncavo, es cierto,que la refleja deformada y que la engulle y trastoca, pero también es el material del espejo. Quiero decir que el tiempo en la literatura es una cuestión capital, tanto como en las cuestiones vitales. Por este motivo, cuando Séneca sostiene que la vida en sí no es breve sino que nosotros la hacemos breve, encuentro una lección vital esclarecedora: tu comportamiento, tus actos o tu pensamiento hacen de la vida un compuesto breve. ¿Qué hay más parecido a la literatura?
En literatura, el tiempo es el material de las páginas, la intrínseca sustancia que sostiene en pie toda la significación. No hay un tema mayor que el tiempo o, en mejor decir, del uso o de la concepción que el escritor propugna de él. La lectura es una edificación avocada a la destrucción, aun así los lectores son insaciables. ¿Qué es Faulkner, Joyce, Kafka o Shandy? Trapecistas del tiempo. Sus obras hacen de la literatura en sí un nuevo axioma y con ellos surge la genialidad.
En algún momento, pensé en comenzar estas líneas con una pregunta, pero creo que la pregunta encontrará mejor cabida en otro texto. Ya con el que lees el tiempo ha engullido a toda cuantificación de escritura. Una vez terminado un libro, se desprende éste de todo amarre: con abrirlo, las manillas de la conciencia individual comenzarán a brotar, como mariposas disecadas que alcanzarán la vida de nuevo.

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¿Será la genialidad una consecuencia de la incapacidad? Montaigne no fue capaz de escribir un libro de filosofía con la sistemática escritura de los filósofos. Para entonces, con sus escritos, fundó una nueva manera de escribir: el ensayo. ¿Sería incapaz Rilke de escribir un poema al uso y se entregó por ello a la rotunda esencia de los ángeles? ¿Quiso Cervantes parodiar porque no fue capaz de escribir una novela de caballerías?
La última pregunta lanzada fue, por unos meses, motivo de discusión con unos amigos de la Facultad. Yo mantuve, con seriedad y vehemencia, que Cervantes quiso escribir, en realidad, un libro de caballeros andantes, en serio, con todas sus señas de identidad, pero que, ante su incapacidad, prefirió parodiarlos. Ahora, con el tiempo, recupero otros escritores que quisieron hacer justo lo contrario porque eran incapaces. Creo que Proust escribió En busca del tiempo perdido porque jamás saboreó una magdalena. En ese caso, la literatura es una papila que segrega incesantemente una sustancia. Proust la transformó en literatura.

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El 30 de agosto de 1942, Cesare Pavese dejó escrito en El oficio de vivir: “Amor es deseo de conocimiento”. Estas palabras aleccionan sobre el continuo discurrir de uno en el otro. El curso de una vida puede explorar, por sí misma, los límites de su individualidad. El amor ensancha, todavía más, esa exploración: la conduce al otro, en donde somos más yo que nunca. Recuerdo a Juan Goytisolo asertando sobre las otras realidades que nos configuran. Siempre acudía a una idea que vertebraba su tesis: no terminamos de ser nosotros mismos sin los otros”. Estas divagaciones me traen a la memoria a Octavio Paz, Piedra de sol. El poema no cesa de interpelar al lector en la creencia de que parte de nuestra existencia está en los ojos, las palabras, los pasos o la concepción de los demás sobre nosotros. Ahora bien, el amor es la única vía en que podemos acercarnos a la sincera existencia de uno en el otro. Ya sobre la mesa, preparado, san Juan de la Cruz.

jueves, 27 de agosto de 2009

Canto y desilusión.

Nombrar lo que no existe
es tarea de los mortales.

Quebradizo sendero,
¿qué azul es tu locura?
¿Conducen tus relámpagos
a las estancias del olvido,
a las mareas de la muerte;
qué meditar propones,
un canto de amanecida en la noche?

Canto girado, danza de la piedra,
este cuerpo que reposa como un claustro
cruzado por el llanto
de un millón de ángeles muertos.

Estática viudez, rama desnuda
y verdadera,
desnuda por la gracia de los astros.
Un son de capiteles se pronuncia.

El tiempo te atraviesa:
Bérgamo, Nápoles,
Milán, Venecia, Roma,
aquel atardecer en Trieste.
¿Cómo nombrar al ser que ya es vigilia?

La poesía, donde nombrar lo que no existe
es naturaleza de lo uno en lo diverso;
encarnadura del mortal entre las aguas
estancas por el tiempo, por los dones
de la palabra
que son los de la vida.


***

Cuando uno termina la lectura y escritura de un libro como el de Kertész, siente que un hueco se precipita sobre los días para ocupar, por un tiempo, el lugar de la lectura. Sucedió lo mismo con Márai, con Pessoa o con Jules Renard. Ahora es Kertész quien se me ha muerto en las retinas.
Es cierto que el recuerdo nos procura para las letras una realidad, pero el desflore, la frescura diaria de la genialidad, quedan vituperadas por la ausencia de ese libro. Ya no habrá más galeras, ni diarios encubiertos para ser recitados con el susurro del viento. Habrá que esperar a que el tiempo borre y difumine las huellas de la lectura para que, al comenzar, todo huela a tierra húmeda, tierra transitada por el otro que somos.

***
Escritores. Veo la literatura actual cada vez más obsoleta, menos encendida, más entregada a los sones del mercado, a los halagos de los amigos, a las cuadrillas de políticastros metidos a poeta, de tontos apoderándose de las tertulias, de zotes lameideas que poseen sus tribunas sociales, editoriales y premios. Con ella, los escritores se interesan por los regocijos de sus publicaciones, por escribir el libro por encargo, por inventarse un membrete y lanzarlo al aire para que haga fortuna.
Algunos tienen la posibilidad de escribir en los suplementos literarios de más difusión y por ese hecho, se sienten portadores de la razón y el juicio necesarios para opinar sobre la literatura. Realmente, algunos escritores que dejan sus cuentos en los periódicos nacionales son pésimos, aun así publican en las editoriales del ramo. Ni siquiera los articulistas se esmeran en dejar perlas en miniatura con la que poder paladear alguna reminiscencia literaria; igualmente los grandes del momento, se entregan a las siglas de los partidos políticos como rehenes bajo una coartada o terminan en el observatorio vaticano con la mano diestra lanzando azotes como si fuera un vate de la moralidad. ¿Será la publicación la esclavitud del escritor del siglo XXI?

Merodeadores del fenómeno. Los críticos y el mundo universitario van a la deriva. La escasez de lucidez, de profesionalidad, de verdadera vocación por el fenómeno literario hacen que la Universidad sea un ente que no produce nada ante la sociedad, un círculo cerrado y endogámico. No puede suceder que la Universidad española deje a la deriva y en el olvido la literatura europea simplemente por el descomunal desconocimiento de los profesores. ¿A qué viene enseñar la producción de un escritor de medio pelo que correrá el sueño de los justos, cuando no se dice nada de Thomas Mann, Kafka o Joyce?¿Hasta cuándo los papeles de hace décadas seguirán siendo el guión de las clases de aquellos profesores enamorados de los congresos, los simposios y las estancias, las becas y los jolgorios extraliterarios? ¿Cómo puede enseñarse qué es la literatura mediante una novela en la que es difícil encontrar alguna muestra literaria y dejar a un lado a Homero o a Proust?

Libro electrónico. Nunca leer más ha sido signo de mejora para el acercamiento a la literatura, por ese motivo cuando hablan del libro electrónico siempre argumento que a la literatura no le viene ni mal ni bien. El libro electrónico es una cuestión del mercado editorial, un cuento chino de los editores, un reflejo del afán de almacenamiento masivo del hombre actual que suma y sigue sin la más mínima conciencia ni reparo.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Con Dante y Rafael en Italia.


Oscuro, precipitado por la confusión, solos en medio de la nada. Esa condición, aun cargada de cualquier moral antigua, es la perfecta analogía del hombre en todo tiempo. La desaparición de hombre a través de los rasgos de la humanidad. Si Kafka utilizó el paradigma de un castillo, si Borges vio en Piranesi una arteria de la condición humana, si Cervantes instaló en la ficción el territorio de la mancha, si Shakespeare congregó todas las vertientes del hombre en la literatura, Dante ofrece una exploración antigua sobre un asunto nuevo.
Puede decirse que Dante relata una aventura, una odisea medieval arraigada al espíritu.
Recuerda Bloom en Genios que Benedetto Croce dividía en dos las formas de leer a Dante: la moral o la genial. Obviamente, él prefería la genial. Croce viene a decirnos que Dante fue el hombre de su tiempo que buscó con más ahínco conocer todo lo cognoscible y esa extravagancia de los hombres es una tendencia de los genios.
En todas las ciudades que he visitado en Italia hay una plaza Dante: perpetua, como una comedia humana. Una estatua, recuerdos lapidados de su paso por distintas ciudades en las que estuvo residiendo, exiliado; alguna que otra Via conmemorativa, versos enroscados en la pulcritud del mármol. Con todo, al volver a deslizar mis manos por los lomos de los libros, rescaté la Divina Comedia. Aquí leyendo la Divina Comedia Italia se me hecho de ficción así como los recuerdos que florecen sobre sus imágenes.
En el Vaticano, en la Stanza de la signatura de Rafael. Destaco la testa de Dante en el cuadro El Parnaso. Por lo menudo, deberíamos señalar la mandíbula prominente y la nariz rotunda del florentino. Está coronado y su cuello sostiene el rictus de un poeta que ha descendido hasta los círculos de la literatura. Sigue a Virgilio en señal de fidelidad a los clásicos de la antigüedad. Su gesto es una concesión de un hombre de su tiempo a la tradición más venerable.
Quiso Rafael que Apolo maneje en la escena una lira de braccio, lo que supone un elemento que pertenece a otro tiempo llevado a las manos del dios. Un anacronismo. Con esta juego histórico, abre la posibilidad de introducir, junto a los poetas antiguos, los modernos maestros de las letras. Entre ellos, por supuesto, Dante. Apolo rodeado de las nueve musas. Dante, Homero y Virgilio flanquean al dios de la poesía. Virgilio parece conducir a Dante a la fuente simbólica de la que brota la clara emanación de la verdad. Entre ellos, Homero: un clarividente anciano que tantea con su mano derecha los confines del hombre.
Virgilio quiere conducir a Dante al manantial, pero su rictus es de sospecha. Su cuerpo hierático, las manos recogidas delante del torso, el laurel que lo corona es una tragedia, el rojo de su túnica, los pasos de la pérdida. El semblante de austeridad que suscita su ingravidez. Su mirada parece una sentencia del purgatorio.
El cuadro parece la corriente infinita de la poesía y el conocimiento. Un parnaso que circula en los brazos de Safo, que descansa al final de la escena, casi invadiendo el espacio del espectador. Música, naturaleza, poesía.

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Siempre he pensado que, como Cortázar entendía la literatura, el escritor no hace más que jugar, jugar en el lato sentido del término y de sus consecuencias. Por ese motivo, cuando paseábamos por Venecia, sobre todo por los campi, rodeados por unos carteles que anunciaban la celebración de una especie de congreso o simposio que versaba sobre el arte. Su lema no dejó de suscitar en nuestras charlas todo tipo de insinuaciones. M. llegó a decir que se trataba de una broma de propia de los serios artistas del arte para que los viandantes dejarán aparcadas sus reservas veraniegas a las aguas frescas de la literatura. Il gioco serio dell´Arte, rezaba con solemnidad. Seriedad y juego n son más que el haz y el nevés de la misma creación. Cervantes supo de esta cualidad al final de sus días. Y Joyce vislumbró el serio juego en Trieste. Un lector no es más que un dado en la partida.
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Al llegar al café San Marcos, inflado por las páginas de Microcosmos, de Claudio Magris, bajo la calima de agosto y la bora azotando mis nalgas, solo pude comprobar que estaba cerrada, chiusa per ferie.

martes, 25 de agosto de 2009

Ajenidad.

Después de muchos días alejados de los objetos comunes y, más aún, de las actividades diarias, emprende uno la vuelta con una prístina melancolía del espíritu. Parece haberlo dejado uno todo al desvarío de los días, pero, en el retorno, el resultado solo hace confirmarnos que el tiempo es un capricho de la sangre. Todo sigue en su sitio, con otro olor, con otra textura, con la entrega a la soledad.
Había dejado por unos días la escritura, la lectura y quizás otras tantas manías que hasta el momento las tomaba como honrosas mediciones de mi vida. No lo había hecho por descansar en las vacaciones o por darle un respiro a la incesante cita con el diario. La escritura es la renovación del diario, el diario la laguna de la escritura. En alguna ocasión me pregunta si escribo. Con mi respuesta nada queda satisfecho. Doy por descontado que, según los estancos sociales, un escritor es aquel que escribe una novela, un libro de poemas o una obra de teatro. Siempre digo que escribo a diario, que en esa puntualidad está lo que puede llamarse escribir. No quedan satisfechos y me dicen que debo escribir una novela o algo parecido. Una vida contada es una novela, con sus desvíos y sus misceláneas, no hay una autoridad en la vida que ponga orden, por supuesto, la literatura así entendida es la vida reemplazada.
Basta con retomar a lo lejos, con revisar con templanza, con asir los textos y acercarlos a los ojos para darse cuenta de que una vida debe entregarse para ser escrita. En Italia, durante unos días, he querido aprender los artificios de otra lengua, las costumbres de otros hombres, el arte que invade el recorrido sentimental de los habitantes de otras tierras.
He visto como un hombre no es más que un hombre, como la literatura es una y en ella se proclaman los literatos, como la vida, la voz, la palabra, los atardeceres, el grito de un niño es uno, uno original, verdadero, secuenciado entre las cavidades de la humanidad. Como todo sólo puede decirse desde la convicción de la piedra: casa de tiempo y silencio.

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No nos realizamos nunca, ni dejamos de ser nunca. Somos un estadio en el abismo. La literatura, que surge y mana de la vida, termina por habitarla. Todo más claro, a pesar del abandono de la carne. Thomas Mann vino a decirnos en Tonio Kröger que para ser escritor es fundamental deshacernos de nuestra vida, por ese motivo los escritores de la desaparición son mis predilectos. La desaparición en literatura tiene un territorio: la metamorfosis. Cervantes y Joyce, Kafka u Ovidio, Shakespeare u Homero, se han valido de esta tremenda virtud para enseñarnos que el canto a lo cotidiano es una grito perdido, madera hueca.
No somos más materia que la difunta, hilván de la memoria.

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Acabo el libro, Diario de una galera, de Imre Kertész. Lo vuelvo a abrir por la primera página y vuelvo a escribirlo, a escribir después de leer, claro está. Este libro es una evidencia: el yo es una condición de la creación. Si el estilo literario es una variación de la genialidad, la construcción de un yo ajeno es el fundamento del estilo. En cualquier caso, pudiera decirse, en algún momento, que, tal vez, un estilo es la melodía de un yo o que si un escritor nunca consigue un estilo es el equivalente a decir que jamás existió.
Kertész: “Cuando estés muerto disfruta del silencio”. En ese silencio proclamado en la muerte debería haber apostillado Kertész que la vida es un preludio en el que el silencio produce las estancias del tiempo.

lunes, 24 de agosto de 2009

No hay permanecer en parte alguna.

Como Ulises, después de un viaje -qué es la vida- soy Nadie. Así me doy al mundo, como una rúbrica indescifrable, alimento de los sueños, remiendo de las letras, articulada secuencia de la literatura. Nadie, por falta de tierra, por ausencia de palabras. Nadie. Sine die.
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En Trieste, después de remontar el sendero por el que Rilke paseaba cuando el Castillo de Duino se le hacía canto mudo, vuelvo la mirada al propio Castillo en busca de una plenitud irreconocible. Y los senderos, como los ríos, son recorridos de precipitada eficacia para el caminante. No conducen a nada, pero te alejan del todo. En el trayecto debe uno cuidar cada pisada sobre la tierra para guardarse del riesgo de verse con un hueso roto o con su cuerpo arrumbado y maltrecho. Por eso la elegía atrapó a Rilke: poesía en el sendero; cada paso, como cada verso, debe costarnos la vida o la muerte.
Con la lluvia, con la poesía, el rastro del camino en la tierra se pierde, así como los pasos de sus caminantes dejan de imprimir en las piedras la trama del paseo. Vuelve la naturaleza a recomponer sus espinas y la disposición del campo vuelve a abrirse a un rito genésico. Con Rilke, “no hay permanecer en parte alguna”.
Al fondo, ya alejado, a las espaldas, siempre el Castillo, como una locura precipitada al Adriático, como una elegía dictada por un ángel en un paraje de vocales arbóreas.
A mitad del sendero, noto que mis pasos se solapan con otra melodía, como una música inalterable que acuña las extremidades de mi discurso. Sondeo la intrincada ruta y me desvío con voluntad de pájaro. En otros caminos, en esos inciertos ángulos de la nada, vislumbro entonces un perfil tallado en el silencio. No lo dudo y me entrego. La mano de un ángel arruga mis certezas.

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Manejo mis días con la agilidad de un fauno. Entre mis dedos, el tiempo es una posibilidad del infinito. Uso las palabras de otros hombres para hablar de mí, para acechar al verbo que descubra mi existencia.
La literatura es la manifestación de que existe una vida de la que brotamos todos, una sola existencia de la que manan los hombres como arañazos sobre un muro. He comprobado que el hombre es mísero y uno. La literatura es la fisura que ausculta los latidos de la verdad camuflada. Esa vereda que incita al fusilamiento de la carne. Dice Kertész: “Siempre he tenido una vida secreta y siempre ha sido la verdadera”.

martes, 4 de agosto de 2009

Luz de vísperas.

Luz de las vísperas, ancho salón del presentimiento, futuro decir, arrepentido regreso. Mañana, pasado el mediodía, llegaré a Bergamo. Por unos días estaré atravesando algunas ciudades italianas. No sé si, de esa experiencia próxima, surgirá algún texto, alguna parrafada estrambótica o los mimbres para una narración extensa o siquiera las protuberancias de unos poemas o -a lo sumo y como casi siempre ocurre- ideas fugitivas que terminan en migajas de un diario.
A decir verdad, nada de eso hace falta para escribir, pero el estímulo es notable. Las ciudades me esperan con la cadencia de unas páginas en blanco, con la apertura de un puente que aproxima a otra orilla. El amanecer, las noches, las miradas ajenas sobre nuestro rostro, el candor modelado por una tierra, un lugar en que el sol aplica el amor a los desterrados.

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He querido esta tarde terminar la lectura de Kertész. Cosa imposble. Su profundidad y genialidad hacen que uno no arranque de un impulso más de dos páginas. Con esta lectura aprende el lector que la literatura es el comienzo de una postura frente al mundo, una postura profunda y radical. Descreo de los escritores que dicen que necesitan contar historias o de aquellos que argumentan que la poesía debe estar a pie de calle. Pienso que nunca lo ha estado, al menos, en épocas modernas y si lo ha estado fue bajo unas circunstancias muy determinadas.
Sin embargo, la narración ha sufrido un cambio en la relación con la sociedad. Su sitio es otro. Kertész: “Piensa mal del arte quien considera que transmite sentimientos. El arte transmite vivencia, la vivencia de vivir el mundo y sus consecuencias éticas. El arte transmite existencia a la existencia. Para ser artistas, hemos de sustanciarnos en existencia, igual que el receptor, que también ha de sustanciarse en existencia. No vale conformarse con menos; y su algún significado posee este rito, únicamente se puede buscar aquí”. Me van a perdonar la extensión de estas líneas de Kertész, pero el párrafo es de un calado en que la glosa o la respuesta se diluyen en esta sintaxis galérica.

lunes, 3 de agosto de 2009

Entre el cielo y la tierra.

Cuando escribo me preocupan más las palabras que dejaré sin decir que las mencionadas; la realidad guardada en estas últimas más que la que intento desvelar.

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En ocasiones Kertész me deja encallado en una galera de la que tardo unas horas en salir. Desde luego, pocas palabras bastan para dislocar la sensibilidad o desvanecer los criterios que uno pretendía mantener erectos frente a las tempestades. Rodeado uno de esas condiciones, resulta todo una bella dispersión de pareceres y mejunjes de la conciencia. Kertész: “Nuestro condicionamiento metafísico depende, en gran parte de nuestro condicionamiento terrenal”.
El observatorio es la cualidad de la literatura, el alambique en que se vierten memoria, deseo, realidad y ficción. Cuál sea su resultado depende de las manos de un hombre, del alfarero meditabundo y sostenido. Leer el moldear el barro, escribir crear su sustancia.
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Sólo un hombre contiene la verdad, aunque toda verdad es manifiestamente humana.

domingo, 2 de agosto de 2009

La poesía, ramaje del olvido.

El discurso de la memoria no basta para desmembrar los recuerdos. La ficción es un mecanismo autosuficiente, tanto que invalida los límites entre realidad y ficción. De un tiempo a esta parte, no hago más que distribuir mis energías entre el amarre a la realidad y el impulso a la desaparición que, en puridad, consiste en convertirse en personaje de ficción.
No creo que el grado cero de la escritura consista simplemente en hacer desaparecer al autor y dejar que el texto sea por completo. Más bien considero que el autor debe aparecer y desaparecer en el texto, hacer como el que escribe y dejar de escribir al público cuando de verdad trenza su obra. Debe ser su figura como una presencia fantasmal; como el padre de Hamlet, conviene que parezca que algo se nos ha aparecido y nos ha dado la anatomía de una realidad desconocida. Sólo el escritor entiende que debe escribir esa realidad, aunque sea inexistente, aunque todo parta de la imginación.
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¿Qué innombrada verdad dejará de ser dicha
cuando los hombres mueran?
¿Cómo será el sonido
de la palabra última
sobre la tierra?
¿Qué sentencia, qué olvido
vendrán en esa música
cautiva,
en el canto rodado de una luz
que en sus senos trasluce una danza;
la danza de la vida
sobre la muerte,
el decir transparente de lo oculto,
el sonar mismo de los pasos
como una fuente que se agota,
la cadencia de un hombre inhabitado
por la virtud de la poesía?



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Sanlúcar dejó de ser, desde hace mucho tiempo, un lugar de partida, para convertirse en un territorio de la llegada. A esos espacios hay que dejarlos respirar, que recuperen las virtudes que robaremos con nuestra presencia. Decía Cernuda que las ciudades, pasado un tiempo, dejan de decir la realidad, se agotan y que, entonces, conviene marcharse de ellas para recuperarlas con el paso del tiempo.
Con Sanlúcar sucede ese mutismo con frecuencia, aunque cuando la naturaleza se conjura sobre su piel, nada más sublime ni más olímpico. Ayer mismo, intentando pensar en la secuencia de mi infancia, sumando los olvidos, vertiendo los acuíferos del sol batiendo sobre el coto, no pude más que escribir. Es la escritura la respuesta sincera que puedo lanzar a ese periplo estanco de mi vida, a ese espacioso meandro de mis pasos.
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“La memoria es ya un rastro sobre el mar”
J.M. Caballero Bonald
Tan firme como un trazo imaginario
así te inventan mis recuerdos:
volcada toda en la impostura
de un horizonte paramero,
de un mirar de marismas coaguladas.
Pusiste límites al hospicio
de un niño sin fisuras ni lamentos,
detuviste al mismo océano en sus manos,
infantes ramajes de esqueleto.
Y lo dotaste de absoluto fingimiento marino.
Todo pasa. Otra banda
en su lengua te tornaste
y tus orillas, tu piel negra,
la inalterable argónida
hecha de verbo y ramajes.

Un ave sobrevuela el firmamento.
Las branquias de un poema me respiran.