martes, 2 de junio de 2009

Vida postpoética o del declive de la concepción literaria.

La literatura no produce más que asco en la vida de Márai. Estamos en los últimos meses de 1987, atravesando el otoño y el invierno en San Diego. Vive en soledad absoluta, sólo habla con su editor una vez a la semana. De vez en cuando, viene una señora a limpiar la casa. Tiene setenta años y su asombro es el símbolo de lo que le espera. Parece que ve la muerte en vida, le dice Márai.
Yo escribo todo esto en presente, porque ya soy un huésped en las habitaciones de Márai, en esas habitaciones amplias y repletas de verdad que son los diarios. Soy un insecto que recorre la celulosa de sus diarios en busca de una verdad, con la intención de robarle una de esas cincuenta balas que cuenta cada noche. La última nota hace refrencia al Iris, de Van Gogh; su subasta le parece excesiva. “La vida imita al arte", recupera en su memoria Márai, para concluir a continuación: “... a eso se le llama revolver la mierda”.

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Ayer compré Postpoesía -Hacia un nuevo paradigma-, de Agustín Fernández Mallo por dos razones. La primera, para leer la poética que predican estos posmodernos. La segunda, para confirmar mis sospechas o para desmontarlas.
Creo que este libro encierra todos los libros de Fernández Mallo. Su poética es su mejor obra, porque si la literatura siempre debe estar en experimentación, como afirma el autor, este libro es una suerte de retal que aúna todas las pretensiones de estos porsmodernos. Que su resultado sea satisfactorio es otro cantar.
Por otra parte, mi segunda sospecha todavía no tiene una respuesta, ya que no he terminado de leer el libro, pero a medida que avanzo confirmo la falta de solidez teórica que sustenta estas páginas. Porque las teorías literarias son precisamente teorías. Y una teoría sin obras es una entelequia. No me basta las citas recurrentes a Deleuze, Vattimo, Derrida, Lyotard, entre otros. Autores, todos, que se citan como un rosario salvífico o como talismanes que nos aseguran la validez fisolosofal del saunto.
En ninguna de las páginas que he lído hasta el momento he quedado prendado, conmovido por alguna idea, alguna sugerencia, algún conato de originalidad. Y es eso precisamente lo que me está produciendo esta postpoesía, un sonido hueco, de ingenio que queda en nada, en vacuo mensaje de salvación al mundo de la poesía.
La tesis principal del libro se asienta en la idea de que en todas las artes se ha producido un cambio, llamado posmodernidad, excepto en la poesía. Este libro trata de reemplazar el paradigma inexistente, aunque falle en su cometido.
Son muhcos los matices con los que se puede matizar y afinar las afirmaciones vertidas en la obra de Fernández Mallo: la relación entre tradición y vanguardia, relación de las artes, influencia de las ciencias en la literatura, cánones estéticos, percepción del fenómeno (artefacto para él) literario. Una diversidad de asuntos que se despachan a la ligera, sin análisis exhaustivo de los vectores que los han atravesado desde la antigüedad. Porque Fernández Mallo soluciona con dos etiquetas lo que llama la poesía ortodoxa (clásica, aceptada en sociedad, deudora de tópicos antiguos, habitual en la métrica regular, etc.) y el sistema postpoético. Lo primero que hizo Nietzsche, al que cita de vez en cuando, fue releer a los griegos.
Me ha sorprendido un cuadro comparativo entre la poesía postpoética y la poesía ortodoxa (nota en línea: no entiendo el término poesía postpoética). Mientras que la poesía postpoética admite simbolismo explícito, símbolos y formas espaciales, imagen y forma, inclusión de la publicidad, el cosmos digital implícito o explícito, sigue el modelo de red o rizoma y defiende el pastiche, la ortodoxa es de tono heorica, rechaza el simbolismo explícito, defiende una lírica de la forma, sólo añora el poema puro... y para de anotar demasiados disparates.
No me gusta hacer este tipo de lecturas deslavazadas, pero el libro se me ha caído de las manos, como suele decirse: su intento de establecer un paradigma posmoderno falla estrepitosamente y lo peor de todo es que parece, a mi juicio, que ha leído poca poesía y menos teorías poéticas. Lo mejor del libro es la portada, sale un jugador del Cádiz C.F, eso sí que es posmoderno.