lunes, 18 de enero de 2010

Aprendiz.

Pienso que el aprendizaje del escritor reside, casi exclusivamente, en la forma que elije para sus composiciones. Ese aprendizaje al que me refiero es la consecuencia de los cambios de credo que en muchos poetas, por ejemplo, es tomado como una traición a un estilo, a un compromiso, a una generación inexistente.
Nada más contrario a la individualidad. Lo cambiante, la sed de espacios nuevos es consustancial a un espíritu motivado y necesitado por la creación artística. Por tanto, no hay extrañeza en esos cambios que, de repente, le sorprenden a uno en tal o cual narrador, por ejemplo.
A todo esto, huelga nombrar el estilo, la singularidad o el talento individuales como elementos que aparecen desde las primeras composiciones. Brotan púberes, incompletos, pero dejando su presencia. Se reconocen estas marcas individuales, envueltas en disposiciones sintácticas o léxicas, cuando la obra ha tomado el cuerpo necesario y suficiente. Entonces puede uno valorar, con esa perspectiva, cómo fueron los arranques. Ahora bien, si el artista no consigue abandonar esos balbuceos siempre serán tomados como tales.
Uno aprende a leer en los clásicos que la adecuación a un cauce apropiado es determinante. Ayer, por ejemplo, al leer La Epístola moral a Fabio, de Fernández de Andrada, fue todo tan claro, todo tan claro y de una evidencia… Lo mismo sucede con fary Luis o san Juan, Quevedo o Lope.
Igualmente, al contrario. Hay obras literarias fallidas no por la idea o el pensamiento que maneja el autor; tampoco por la trama que se desarrolla. Hay obras que necesitan de la prosa sin ambajes, del verso sin establecimientos métricos, pero también hay expresiones que, para alcanzar su fin de la forma más perfecta debe acompasarse a la rima, a la métrica o al molde novelístico más encorsetado. Esta compostura es, con mucho, un concierto insólito en los autores clásicos. Hya logros y maravillas en verso regular y en verso desligado de rimas y ritmos constantes. Novelas, como del alma que brotaron de la exprimentación, pero tambi´ne otras cargadas de mesura y claridad, con la escritura limpia y reluciente como un mundo inaugurado.

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Escribir un diario es un ejercicio de musculatura que no puede oxidarse ni mantenerse en resaca. Por eso, se asoma uno con miedo y reticencias a este cuaderno en blanco. Blanca impostura. Es una evidencia que el narrador de estos pasajes termina por convertirse en un personaje más, porque la confesión otorga a los otros, a los lectores, los entresijos de una palabra suelta, suelta en la intimidad.
No persigo nada más que desdecir a este hombre que me acompaña y que parece habitarme a diario. Este hombre cansado, que vuelve de su trabajo con la mirada cargada de anhelos, de mañanas perdidas, de tiempo sóloo recuperable por la orden y gracia del amor.
El miedo a que aparezca una circunstancia demoledora es un acicate que cada vez más tienta esta inclinación diaria a que suceda lo que a Sándor Márai con su esposa. Hoy, por ejemplo, Rafael me ha recordado aquel año en que Márai entregó sus días a la muerte de su mujer; que entregó sus días a la fantasmagoría que atenuaba su presencia a la luz del exilio.
Un cataclismo puede proclamar en un diario que, incluso los diaristas, envejecen. Sin embargo, narrar los días al ritmo de la prosa es la mejor manera de cantar sus virtudes. No encuentro un homenaje mejor a esta vida que celebrarla con palabras, con las misma que me hacen y construyen como ser impenitente.