viernes, 1 de enero de 2010

O...

¿Qué haces?
Escribo.
¿Para qué?
Aún no entiendo su pregunta…
La cambiaré. Por ejemplo, ¿qué escribes ahora?
Algunas notas que surgen tras horas de lecturas, es inevitable, respiración artificial, ya me entiende.
¿Qué logró hasta el momento?
La escritura no logra, transforma.
¿Acaso cree en el poder de la palabra?
Bien pensado, en el poder de la lectura, porque el lector reconstituye, edifica.
¡Ah!, ¿no cree en los autores?
Sí, pero los autores dejan de serlo cuando mueren, así que esa circunstancia es mera coincidencia; el autor de un libro sólo lo es durante los años que vive, algunas veces ni siquiera sucede eso. Ahora bien, después de sus preguntas caigo en la cuenta de que el lector es hoja pasajera, bóveda del viento, vianda sobrante.

***
Ni siquiera una tarde entregada a los arrecifes del canto de un pájaro, ni siquiera las ciudades que han trazado los trayectos secretos de nuestras almas, ni siquiera las aguas, los ríos fugitivos, las encinas corrompiendo el silencio, ni tampoco el verde que se mece en tus palabras cada vez que aíslas de tu verbo la conciencia…Ni siquiera la mujer que restituye tu sombra, ni aquellas piedras que ocultaron tu presencia, ni tus huellas en los países extraños, ni siquiera la mirada que volcaste impaciente sobre el último amanecer en París. Nada de eso es tuyo, aunque todo lo sea, nada te pertenece más allá de tus recuerdos, del fuego con que cubre tus ojos el paso truncado de los días.
***

Este cuaderno, este Trópico, -lo he decidido-, pasará a ser Diario. O a lo mejor novela, ya que la novela todo lo consiente y en su seno se admite todo. O a lo mejor libro de memorias, porque en él escribo como las ascuas del recuerdo. O ,al fin y al cabo, se convierte en una obra en marcha, abierta, edificante, que surge sin rumbo ni brujula, pero que está sujeta a lo que dicten manos ajenas, tiempo nuestro, silencio demediado.