lunes, 4 de enero de 2010

Como este cuaderno, un lector descalzo.

Como este cuaderno se ha convertido en un diario, puede hacer uno lo que quiera, es decir, tengo la libertad para escribir cualquier cosa, sobre cualquier tema, porque los diarios registran estas y aquellas sugerencias, tales o cuales indignas sensaciones. Incluso puede uno permitirse el lujo de trufar sus páginas con anacolutos y silepsis y elipsis monumentales que despisten y alteren al inadvertido lector; o pensándolo en serio, debería escribir sólo para mí, atendiéndome a mí mismo como el único lector, el lector descalzo, podríamos decir. Viene a ser. estas páginas, calro, como esas obras inacabadas de Miguel Ángel, como esas piedras que van tomando forma, rostros, pero que pertenecen aún a la piedra o a no se sabe qué impulso. ¿Es posible un diario abierto al público, leído como del alma?
Creo que, en buena medida, este tipo de escritura extravía la sustancia del diario. Me gustan los escritores que han mantenido un diario y los he leído con fervor (ahí están Valéry, Renard, Tolstoi, Trapiello, Márai, Vila-Matas, Pla o Cheever, entre otros) y en todos ellos hay una particularidad en sus escritos: no reivindican la libertad del género, sino que la practican. Por este motivo, me parece que celebrar este diario por sus posibilidades es una señal de mal agüero. Ya vuela la corneja por la siniestra.

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En algunas ocasiones, la reflexión abierta, la cita o la glosa que proferimos tras una lectura me resultan un ejercicio de segunda mano, un eclipse a la luz de la genialidad. Bien es cierto que uno comenzó a escribir porque se hizo lector, no otra tesis muestra Cervantes (al que leo en estos últimos días, su Quijote, obra que había ignorado, descuidado, a pesar de haberla completado en dos ocasiones). Por ejemplo, no he dicho todavía que (re)leo El Quijote y que voy apuntando aquellas frases, aquellas sentencias que surgen de la boca del Hidalgo o de Sancho Panza con la intención de hacerlas mías y embadurnarlas con los mimbres de mis pensamientos. Pero he decidido que no voy a nombrarlo siquiera, a pesar de la fuerza ciclópea de esas palabras…, que no voy a decirle a nadie -esto es lo que uno debería escribir en un diario privado- que ando leyendo El Quijote. No lo nombraré, esa es la decisión, porque nombrar es otorgar realidad auqnue sea en un diario. Por ejemplo, ahora diré que alguien llama a la puerta y, auqneu sea cierto y esté sucediendo en estos momentos, alguien podrá pensar legítimamente que una ficción, una metalepsis. Por cierto, alguien llama a la puerta. Debo interrumpir la escritura. Huele a vizcaíno.

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Dice Heidegger que solo la palabra concede ser a las cosas. ¿Qué materia atraviesa estos testimonios de una vida imaginada sino la palabra misma, la palabra en sí? Fijaos, según este testimonio, y trasladando la máxima a la literatura, interpreto que la ficción es conceder ser a las cosas aún sin llegar a ser nunca. Porque la verdad no es cuestión de la ficción ni de la literatura, sino que la literatura se encarga de hacerlas como verdaderas a pesar del fingimiento. Si equiparamos verdad

con literatura

estamos hablando

de religiones.
(No tengo espacio en el margen, ya lo corregiré)

Acabo de escribir algo sobre Heidegger y la palabra…lo he escrito tras leer algunas páginas de De camino al habla. Me resultan equivocadas mis afirmaciones, torpes, tristemente dispuestas. ¿A qué habré llegado para escribir esto en el libro de mi vida, a qué vienen, qué hacen aquí estos pensamientos, a quién les pertenece? Será mejor que vuelva a El Quijote, a los tres cuartetos que estoy terminando, al poema sobre Venecia y a no decir nada a nadie, nunca más, en público, en estos diarios.