martes, 19 de enero de 2010

Un nacimiento.

Cuando he llegado a casa me han dado la noticia: ha nacido la hija de unos amigos. Me he alegrado en demasía, ya que hemos sido testigos de cómo el embarazo ha ido ocupando los días, las horas y la vida de sus padres incluidas las nuestras.
Aunque ellos no sean lectores de estos diarios, aunque ellos no tengan ni la más remota intuición de que yo estoy aquí refiriéndome al nacimiento de su hija, Ana, me siento como el narrador de una novela que atestigua las intimidades de uno de sus personajes, a pesar de que esas intimidades vengan cargadas de emoción y beneplácito.
Bien pensado, hay en estos ejercicios la distancia más errante que se consigue entre realidad y ficción y que más dificulta la ficción. Una lejanía necesaria y complementaria, ya que la realidad total del acontecimiento debería incluir estas notas de diario.
Su desconocimiento no anula su existencia. Alguien, en algún momento, enseñará a la niña de ahora (ya mujer y con hijos) estas notas del día de su nacimiento. O todo lo contrario, estas palabras (y eso es lo más probable) nunca formarán parte del conocimiento de este mundo de esa niña. Serán sin que ella haya participado ni las haya leído, serán a pesar de ella. Y esa es la ficción. Por este motivo, alguien puede imaginar que esto que relato no es más que una invención más, una de las tantas que han completado estos tres años de dedicación en el trópico. ¿Y qué? si el hecho es cierto una pura invención, ¿qué importa para la literatura tal o cual circunstancia?

Cuánto no se nos queda en la incomprensión y cuánto no se nos hace invisible. Imagino que nuestras vidas están escritas en algunas páginas que jamás conoceremos, en algunos poemas que serán desconocidos para siempre. Incluso puede que estemos registrados en alguna pintura que pervive, a pesar de nuestro desconocimiento, junto a nosotros, más allá de nosotros mismos. Por eso en la vida no deberíamos atestiguarlo todo, más bien, tendríamos que entender, con la suficiencia de la mortalidad, que sólo somos una parte de nuestra vida.
Así entendido, y con esta insuficiencia aceptada, la vida no sería más benévola, pero sí estaría subordinada al dictado de la templanza. La templanza aviva la pasión, porque en ella el deseo se mantiene constante.

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Canto de invierno
la lluvia reverdece
pluma del árbol.