domingo, 24 de enero de 2010

Lo que fui aun siendo un será.

El dolor persiste. Tiene voz de sochantre. Punzantes son sus pasos sobre mi espalda. Y parece enquistado en este cuerpo sufriente y maltrecho. Pero pocas son sus verdades sobre mis carnes, porque la miseria humana es lástima y dolor acumulados y conciencia de ellas. Sobre todo en España, en la antigua tierra de neguijones y santurrones que perpetraban por las calles las formas complejas de la vida en sociedad. A ellos me entrego, a su memoria y a su poderío, a sus hechizos y retahílas, a sus ungüentos y predicas que clamaban a no sé qué cielo. Porque el dolor nos ha invadido la vida y pretende acabar con ella en estos tiempos modernos, de traca y berrinches, de lábiles cuerpos sometidos a la usura del dinero y los fármacos.
Pienso en Cervantes, en Quevedo y en la vida dolorosa de aquellos tiempos de gañanes y pícaros. ¿A qué viene este dolor? No conseguirá distraerme de este diario, porque el bálsamo que produce de su blancura es único, incierto e imperecedero. ¿Dónde queda el dolor que no es del alma en la literatura? Quedan en las páginas que no se pudieron escribir. Pero contra eso lucho, contra eso, contra la virginidad que el dolor traslada al cuaderno.

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Escribió Diego de Torres Villarroel, en su Vida, que "mi vida, ni en su vida ni en su muerte, merece más honras ni más epitafios que el olvido y el silencio”. Qué fabulosa manera de sacudirse este acompañante que siente nuestros dolores y que piensa, la mayor de las veces, con el ánimo cansado y torpe. En muchas ocasiones he imaginado la narración de mi vida desde la muerte. Sinceramente, no encuentro otro punto de vista que ofrezca mejores posibilidades. Cuando he tratado de hacerlo he llegado a la conclusión de que habría que inventar un nuevo género literario basado en las memorias. Unas memorias de un señor que ha muerto, pero que ha venido al mundo sólo para contarnos su vida. Esas memorias serían, toda ella, una prolepsis formidable y los críticos jamás tendrían que dilucidar si tal o cual dato es real. Ya que si inventamos los recuerdos, ¿por qué no inventar la memoria futura?
En una ocasión le dije a un escritor con más edad que yo que tenía intención de escribir un libro de memorias sobre una vida que jamás había ocurrido, pero que sería la mía. El señor se quedó mirándome con la cara perpelja y me reprochó que para escribir hay que haber tenido una vida. Claro, le dije, lo que ocurre es que el que no tiene una vida, como, el que vivie en una vida que no es la suya, necesita inventársela y escribirla. Mutis en el foro.
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A continuación, nos convence Diego de Torres Villarroel de que se siente ánima del purgatorio y que por eso escribe su vida. Esto es exactamente lo que hay que declararse para poder escribir, además, con las vanaglorias celestiales. Un vida inventada es lo que quiero escribir cada día; inventar sus recuerdos, pero también sus actuaciones futuras, dejar dicho antes de que suceda qué libro, qué imagen, qué amor será el suyo. Cuando eso haya sucedido, a pesar de que sea un trabajo inmemorial y rotundo, podré regresar de las catacumbas y aposentarme en las letras que dijeron lo que fui aun siendo un será.

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Cuando uno despierta ocurre el prodigio que consiste en una aglutinación del tiempo. Lo que fue, lo que dejó de ser siguió siendo y, además, es ahora. Esta evidencia se precipita del sueño, del estado en que somos más nosotros, la pluralidad que nos engulle. Por eso, esta mañana, cuando desperté, comencé a mirar a mi alrededor como un recién nacido, como lo que soy todas las mañanas, un recién llegado al mundo en el que estuve. Por eso la vida es sueño y la muerte verdad, porque con la muerte no volveremos a tener esa sensación estancada y cíclica de que vivimos a pesar de nosotros mismos.