miércoles, 6 de enero de 2010

La rebelión de los ojos.

Llegamos a casa a la una de la madrugada. Habíamos ido al cine. Habíamos elegido la película porque Juan Carlos Palma y Luis Manuel Ruiz habían hablado de ella con elogios superlativos y porque hacía algún tiempo que no íbamos. Además era el día perfecto, el día en que la gente se adocena alrededor de estos ritos que tanto me desagradan, es decir, la circunstancia justa para encontrar el gozo en un retiro. Así que, en la sala, había dos matrimonios de personas que podrían ser nuestros padres y una pareja acompañada por un perro. Prácticamente, la sala del cine estaba a nuestra disposición.
Tanto como la potencia cinematográfica de la película, qué maravilla. Habría que pensar demasiado este texto para que alcanzara uno a decir las virtudes sin desfallecer ni un momento. Porque son tantas las perspectivas por las que pudiéramos entrar en el análisis… el amor en todas sus vertientes (desde el platónico entre los protagonistas hasta el escatológico del asesino, pasando por el que sostiene el marido de la víctima, algo parecido a religio amoris y terminando por la del propio Sandoval, un funcionario que sucumbe a la pasión por el alcohol), la justicia (entendida en la Argentina de los setenta como la desembocadura de la corruptela política), el honor y la dignidad (de personajes que participan en un Juzgado Penal y que terminan por incorporar las historias que tramitan en sus vidas), el compromiso moral (aquella perpetua que atestigua al final de la película el protagonista), la trama detectivesca (bien trenzada y conjuntada con escenas de humor magníficas), la venganza (del compañero Romano, del facha Romano), la reflexión metaliteraria (ya que todo deviene de los recuerdos que trata de novelar Espósito), la conjunción entre recuerdos, vida y literatura o la rebelión de las miradas, los actores protagonistas y secundarios, la banda sonora, la fotografía, el ritmo de la narración, los escenarios, algunos diálogos, la ironía y el humor y, por qué no, la melodiosa cadencia argentina en el habla de los actores.
Hay, por lo demás, escenas, gloriosas, como la regañina del doctor Fortuna a Espósito y a Sandoval. Aunque me quedo con esa escena en que Sandoval está tomando en el bar que frecuenta. Justo en ese momento, Espósito se coloca a su lado y comienza una perorata que bien vale un cuento de Cortázar, por el juego de narradores, por las elipsis, por el enturbiado primer plano.
Decía Javier Marías que no posee un criterio único para calificar una novela de buena o mala, de extraordinaria o pésima. Sin embargo, sentenciaba que son las obras que siguen resonando varios días y varias semanas, resonando a través del recuerdo de sus diálogos, de su tono, las que tiene en su más alta estima. No es de extrañar que Thomas Bernhard esté entre sus favoritos. Algo parecido sucede con esta película (y con otras muchas), aún sigue resonando. Y con esa señal me quedo, y esa señal transmito.


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La película me ha llevado a otro terreno, al estrictamente literario. Porque un escritor argentino de mi admiración, Juan Filloy también trabajó como magistrado. En algunas de sus entrevistas, declaró que no pocas veces había utilizado historias verídicas para elaborar sus novelas o sus cuentos. Ese dato, que puede parecer nimio, siempre lo he mantenido reluciente en la memoria, sin saber con qué propósito.
Los recuerdos deambulan sin una justificación práctica. Reposan ahí, quietos, hasta que algo los despabila. Y entonces sucede una conmoción que puede terminar en un furor momentáneo, una sonrisa, una lágrima, un abrazo; o bien en una obra literaria.
Los recuerdos encienden la acción. Cuando García Márquez iba conduciendo su Opel paró el vehículo porque había recordado el inicio de su novela, Cien años de soledad. Y Cortázar, cuando viajaba en el metro, pretendía hacer de esos viajes una confusión de los espacios, del tiempo, de los sueños. Y terminaba reflejado, como dijo mi amigo Iván en París, en los cristales de los vagones. Y ese recuerdo de la lectura de Cortázar, ese recuerdo de Iván, aún permanece en los míos. De un sueño en otro, de un recuerdo al instante.


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He hablado, al principio de este texto, que estábamos acompañados en la sala, o al menos eso recuerdo, por dos parejas de personas que pudieran ser nuestros padres. Pero también había otra pareja, al lado derecho y un perro. La mujer era ciega. Había presenciado la película. No sé si era el marido el que le relataba los acontecimientos repletos de vacíos. Pero una mujer ciega indagando en el secreto de sus ojos, en el secreto del silencio de sus ojos.