jueves, 28 de enero de 2010

Dúctil nada.

Hoy me he dejado llevar sin miramientos en las clases. Me he olvidado de las leyes, de que soy un trabajador público y he entregado, en carne cruda, al que subyace por de dentro, al cuerpo invisible y paramero que sustancia estas palabras.
Llevaba unos poemas de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez para leerlos con los alumnos, como es práctica común. Comencé con el maravilloso verso que inicia el soneto espiritual “Octubre”. Con el silabeo de memoria, los alumnos comprendieron que la clase iba a ser de esas que, de vez en cuando, desarrollo: sin riendas, ni ataduras. Con los primeros versos, la atención iba creciendo en medio de esos jóvenes sometidos a estos hábitos de antiguas costumbres.
Venía pensando, antes de entrar en el aula, que al cabo de los años manifiesta uno solo las posibilidades que un sistema educativo le permite. Por eso, poseído por la rebeldía, me propuse probar con unos versos. Hacer de la poesía el elemento que detonara otro comportamiento, acaso el más verdadero y claro que se pueda donar a los otros.
Creo que hoy los alumnos han comprendido o al menos intuido que uno disfruta con la lectura porque lo metamorfosea, lo transforma en otro ser que sujeta con sus manos el tiempo. Y hoy el tiempo se arrodilló, por la gracia de las palabras, ante nosotros. Y así lo percibimos. Y así lo escribo en el cuaderno.
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De otro las huellas
dúctiles de la nada
sombras de un hombre

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Sobrevivimos a pesar de nosotros mismos, a pesar de las inexactas rectitudes por las que sometemos a nuestro espíritu. La conciencia es la forma orgánica de la vida. Es la manera de aprehender la naturaleza que nos atraviesa. Y hoy he sido más consciente que nunca.
Lo mismo sucede con la poesía y con el arte, sus formas desmienten las certezas, ya que ellas son versiones de la idea que percute en el poeta. Nunca las certezas fueron fidedignas.
Esas versiones pueden ser renovadas, revisadas por el cambio de entendimiento que nos va poseyendo a lo largo de nuestra vida. Por eso es difícil identificarse con las letras que uno escribió hace unos meses, con los poemas que fueron ejecutados hace años, con las mismas ideas que atormentaron o incitaron desde antiguo. ¿Hay que renunciar o hay que revivir?

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Esta manía ha ido creciendo y apoderándose como lo hacen la tierra y el verde de los campos. Ha ido tomando cuerpo, cuerpo de náyade varada, con cada página, con cada oración de estos cuadernos, como olas pasajeras y confundidas con el salitre. Poco a poco, los pensamientos han ido claudicando a una forma que no encuentra su himno. Y el resto es silencio, como el de los pájaros en el nido de la muerte.