viernes, 22 de enero de 2010

Venía pensando, mientras conducía, en el extraño fenómeno que sucede cuando alguien decide escribir un poema o escribir una página más allá de géneros o dictados formales. Son varios los elementos que se ponen en funcionamiento, varias las relaciones que se establecen entre un ser pensante, una realidad pensada, unas palabras nonatas. En realidad es una relación triangular, establecida en tres vértices, pero también es cierto que todo surge del pensante de turno que azota su realidad manida.
Venía pensado que, si la poesía, según la percibo, es una indagación sobre una realidad que todavía no ha sido proclamada ni verbalizada, esa misma realidad se debe sentir invadida. Es decir, la poesía es una invasión de una realidad jamás percibida.
Pues bien, hoy he sido el que se ha sentido invadido, cercado por los bárbaros responsos del verbo.
Esto significa que la realidad existía antes de ser nombrada. Pero no creo que eso ocurra efectivamente, sino que es la percepción de esa realidad (a través de materiales e instrumentos diversos: la memoria, los sentidos, los recuerdos, la naturaleza, las lecturas…) la que opera en la creación literaria. Por tanto, la creación poética es una interpretación de una realidad que está surgiendo a medida que se va pensando; que fue mirada especular.
Si partimos de este punto, entran en conflicto algunas consideraciones que se acercan a la filosofía. Por ejemplo, la realidad que ha sido invadida, ¿existía? ¿o ha ido siendo invadida a medida que la palabra la iba tomando en su seno? Es difícil poder escribir sobre este asunto sin utilizar perífrasis o circunloquios verbales para poder explicar ese acontecer inexistente y fugitivo. Y esa incapacidad de la lengua es un claro síntoma de la ineficaz aprehensión de la realidad tal y como se percibe.
El concepto estarsiendo es de una oscuridad interpretativa que sólo podemos entenderla gracias a los griegos, genios que hicieron la propuesta estratégica de conceptualizar el tiempo con otros parámetros. Sin embargo, cada vez creo que el conflicto que mantenemos con el tiempo reside ahí, en esa estancia fugitiva que las palabras, temblonas y maleables, nos dejan por incapaces.


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Mientras conducía, las lomas cargadas de albariza acompasaban estas incursiones mentales. Las siluetas de estas lomas son como cuerpos de mujeres flotantes. Sus líneas son delicadas fisuras en el horizonte y el sol, la luz, los pájaros ambiciosos se revuelcan en sus tímidas curvas. Como unos labios translúcidos abrazando en la noche la piel, silabeando los trazos del deseo. Como unas parras estrépitas y avarientas he poseído ese paisaje con mis ojos, donde nunca verán mis ojos y he creído en la inmortalidad y eso me ha entristecido por mi condición.

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Ayer compré Vidas minúsculas, de Pierre Michon. Comencé a leerla esta mañana, mientras atendía a unos alumnos despistados. La primera frase del libro es un declaración de principios: “Entremos en la génesis de mis pretensiones”. Con esta oración se puede iniciar cualquier novela, se puede dar pábulo a cualquier nota en un diario: génesis, entremos, pretensiones. No hay más verdad en un diario, en este por supuesto, que las pretensiones de narrar el movimiento genésico que se reconstituye diariamente. Cuando eso no sucede, cuando ese mecanismo de la ficción deje de operar en la mollera del que escribe, se terminará este cuaderno. Y con el el ser de ficción que la escribe. Y acaso su sombra aledaña.