jueves, 7 de enero de 2010

Hilación.


La tradición es, en las artes, la rueca del trabajo moderno.


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Llevaba toda la tarde observando los trazos de Piero della Francesca. De su simpleza aparente, me detengo en algunos matices del color, las alegorías y, sobre todo, imagino los estudios matemáticos que tuvo que realizar el pintor para ejecutarlo. Esta tabla siempre ha sido un enigma, una obra llena de una panoplia de simbolismos que se esconde, fugan y que se alejan de mi mollera. A pesar de todo, vuelvo la página de vez en cuando para cambiar el modo de ver, el modo de revivir esa insatisfacción gozosa de saberme aturdido por la obra de otro hombre.

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Esto viene a ser, definitivamente, escritura en libertad. Como ocurre en El Quijote, la poesía, el diario, la confesión, la pura narración, los tramos ensayísticos e incluso metalitetarios tienen razón de ser en un cuaderno como este. Si estos textos se van armando mediante la confluencia entre la vida y la literatura, decidme, al menos una, decidme, qué vida ha sido figurada y descrita, ajustada y proclamada antes de suceder. El arte sucede en el presente, es presente acumulado para cada lector. La creación es templanza de lo ido. El artista un rueco que somete la sensación y la razón a los raíles de la palabra o de la pintura o de la música…
Todo se va haciendo, así que el presente (que con Jorge Manrique, en un punto se es ido), en una lengua como la española, es un estarse fugitivo. Nuestra lengua determina la percepción del tiempo, su descender en nuestra conciencia.
Por estos motivos, una pintura, -la quietud del instante-, produce estos efectos turbadores sobre mi conciencia. La vida pasada es un caos irreparable, mas sometido al juicio del arte una pacífica y ordenada (más allá de las técnicas) estancia del presente.