viernes, 15 de enero de 2010

Eso otro.

Si quisiera ser música, lo primero sería dejar de existir (acabo de convertirme en una sinécdoque de la propia creación, ya engullido por ella, ya fagocitado por ella). Porque la música no existe en referencia a nada y esa falta de referencialidad, llevada a la poesía, se convierte en simbolismo. Y ese simbolismo es la creación de un mundo ajeno, fundado, que va haciéndose (de no sé qué ropajes, ay), pero que utiliza los mismos sonidos que el mundo utiliza para seguir siendo. Qué difícil decir qué es este mundo que se deja para profundizar en el simbólico (¿se llega a abandonar totalmente o es una estancia compartida?), ¿real, material, presente, acaso?
La nada ya la tengo. No soy más que un vaso que contiene aspiraciones de otras vidas ya fundadas fuera de mí.
El simbolismo, en poesía, es una virtud de la palabra, quizás la mayor virtud, porque refunda sus formas complejas; esparce su semántica más allá de cualquier interpretación. Y hace nuevo un mundo que se nombra, que va tomando matices a medida que va nombrándose, que se fecunda con la sonora claridad. Mundo extraño ese, ínsula variada, edificante defunción.

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Argenteado
el mar parece muerto.
Sangre de luna.