domingo, 24 de enero de 2010

Un dolor es algo profundamente serio.



Hoy la vida pudo con la escritura. Este dolor en las cervicales me está aproximando al paroxismo. Me ha incapacitado para poder escribir. Ágrafo total. Violín sin cuerdas. Piano mudo.
Cuando no se puede escribir no se debe ni siquiera dejar el rastro de ese fracaso, de esa tentación del fracaso. Pero qué difícil, a veces, resulta no darle a ese trabajo la aspiración repentina de algo digno, emparentado a lo lejos con una escritura concertada, como ese recuerdo que convive con los que jalonan tu memoria que, apesra de su insustancialidad, aperece aledaño a la memoria suficiente.
Se me viene a la cabeza esas pinceladas arrinconadas que reflejaban cómo Velázquez limpiaba los pinceles en las esquinas de las obras de envergadura. Así sean estos textos de hoy, rincones en que se vuelca lo sobrante, en que se limpian los colores que no importan, que debieran haber desaparecido sin haber sido nombrados nunca.
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Hoy, por fin, compré el Álbum de Juan Ramón Jiménez publicado en 2009 por la Residencia de estudiantes. La edición es una delicia en todos los sentidos, sobre todo por las páginas biográficas de Javier Blasco y de, cómo no, Andrés Trapiello. Además, la edición está cargada de fotos inéditas, facsímiles de primeras ediciones o cartas manuscritas hasta el momento nunca publicadas. Toda la tarde enroscado entre estas páginas, en esa “ética estética” que proclamaba el poeta. Y confirmando la grandeza inadvertida del poeta, aún inadvertida para tantos.

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Siempre he comprendido a los que no les agrada la figura y los libros de Francisco Rico. Y lo entiendo a la perfección porque suelo leerlos todos, a no ser que alguno de su bibliografía no esté en las baldas de turno. Llega ahora, como del cielo, una reedición de Figuras con paisaje. Otra obra genial, totalizadora, erudita cercana a la iconografía, pero sobre todo al ejercicio filológico en toda su profundidad y dimensión.
La prosa de Rico es un ejemplo de conocimiento exhaustivo de la lengua: sus giros, sus recursos, el uso adecuado de refranes y clichés que vienen a renovarse en sus páginas. Siempre me sorprendió la capacidad para maridar la soberbia prosa de corte erudito con la presencia del acervo popular del habla. Los capítulos dedicados a Velázquez son de las mejores páginas escritas en un libro con aspiraciones filológicas en su sentido más primitivo.

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Comencemos por la génesis de este día: el maldito dolor punzante, el dolor peliagudo de aliento insufrible, el dolor de torres de marfil, el dolor del infinito instalado en los huesos, este dolor, ay, este dolor de trincheras quemadas. Este dolor de espalda que me atraviesa no parece que vaya a exiliarse voluntariamente. Deberé convivir con sus monólogos de indescifrables metáforas.