domingo, 17 de enero de 2010

Un cuento en otro.

Las páginas de este diario son un cuento en otro, ideas sobre la misma idea, palabras sobre la misma palabra. Exactamente dispone las aciagas manías de la vida, con los bucles de una especie que sigue pronuciándonos como sueños bastardos.


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Le cosmicomiche (1965), de Italo Calvino, ese es el libro que ha elegido M. para su segunda lectura en italiano y lo hace con un entusiasmo renovado, con las ansias de saberse en manos de una lengua que tantas satisfacciones le otorga. Mi expectación, por otro lado, es más bien admiración, pero, al tiempo, aprendizaje, porque con sus lecturas yo me ofrezco como si asistiera a un concierto polifónico de lenguas emparentadas, aunque con sonoridades distintas.
El sábado, en Sevilla, comenzó a leer una entrevista que sirve de introducción al libro. En esa entrevista, Calvino deja algunas consideraciones sobre sus influencias, entre las que nombra a Borges, y su actitud ante estos relatos que conforman el libro. Me ha parecido necesario escribir en este diario que esas ideas de Calvino hay que pensarlas una y otra vez, por eso las escribo.
Con este libro, Calvino combinó la poética con la creación; hizo con la practica lo que pensaba de la literatura. Esta idea no hace mucho que apareció por estas páginas.
Escribir el mismo relato, la misma página una y otra vez. Incluso imaginé que Vila-Matas había escrito una página secreta, idéntica, que iba introduciendo en todos sus libros sin que ningún lector llegara, con sus sospechas, a encontrarla.
Dice Calvino que cuando un escritor termina una página nunca es el resultado de lo que tenía pensado. Esa incompatibilidad total entre las ideas y el resultado final mediante la palabra, hace posible que un escritor pueda volver sobre el mismo relato, pero con nuevas aportaciones. Escribir la misma página una y otra vez, y pulir. Y volver sobre ella con nuevas palabras, sin eliminar las antiguas, solo las que ofrezcan el sonido de tus pasos nuevos por la obra.
Pasado un tiempo, las interpretaciones pueden situar la creación en otra situación comunicativa, como le ocurre al Quijote de Piere Menard. Es otra la cuestión en este asunto. Calvino atina al describir esa misión incompleta de los escritores porque todos sus textos no son más que bastardos de la inexactitud, herederos de una parte del robo simbólico, fugaz e incompleta sustancia del pensamiento.

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Dos conclusiones me dejan meditabundo y con las manos repletas de soles caídos. Las leí esta mañana, pero todavía no he logrado desgajarlas de su extrañeza y rotundidad: “Los dibujantes puros son filósofos y alquimistas de quintaesencias. Los coloristas son poetas épicos”. Estas palabras las escribió Baudelaire en Críticas de arte, exactamente en un artículo titualdo “Del color”.
No sé cómo trasladar estas apreciaciones a la literatura, si lo necesario es equipar, como hice el otro día, el dibujo a la pintura y el color a la prosa o si aceptar, de una vez por todas, que es indisocibale la relación entre la poesía y el dibujo.
Quizás, para salir de este conficto, puedo escribir, la poesía es dibujo de quintaesencias y el poeta es un filósofo del color, a pesar de los fines distintos que persiguen una y otra disciplina. Pero qué si no fue Antonio Machado, poeta ayer, hoy triste y pobre filosofo trasnochado; qué no se esconde y se enreda entre los versos más imponentes de los hombres.

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A oscuras, con los dedos encendidos como candelabros de aceite, que arden y desafían las aguas de la noche, me detengo ante ti y te pronuncio. Te pronuncio como lo hacen los pájaros que emigran y danzan en los cielos cubiertos, te pronuncio en la lentitud de los recuerdos, de los mundos diversos, en esta rebelación que eres ante el mundo.