domingo, 10 de enero de 2010

Con la nieve en las manos.

Con la nieve en las manos, sin guantes, cree uno estar en posesión de algún elemento mágico que ansía ser destruido. Por eso, ayer nos lanzamos bolas de nieve como dos niños que exploraban, con la inocencia de los primeros años, cómo se deforma la realidad de un solo golpe. Golpes en la vida, ay, yo no sé…
Cuando paseábamos por la nieve, con los abrigos repletos de agua, con las manos como estalactitas rellenas de sangre, con los ojos entrecerrados por el viento, no tuve más remedio que acordarme de Robert Walser. En este mismo cuaderno, hay una foto del escritor tirado en la nieve, batiendo sus brazos como dos alas de un ser mitológico.
Walser hizo de sus paseos materia literaria. Porque en los paseos se esconde una vereda –para J.R.J, una alameda verde- que sólo puede ser visitada por la reflexión y el disparadero solipsista. Hay en el paseo una virtud escondida que se llega a contemplar sólo cuando terminas siendo parte del paisaje o de la geografía que acompaña tus pasos. Le sucede a Trapiello, en el Rastro: él es ya un personaje de aquellas callejuelas repletas de cachivaches. Le ocurre a Vila-Matas, en París y, ahora, en Dublín; le sucedió a
J. Marías, en Oxford; lo mismo pasó con García Márquez, en el Caribe, o a Kafka, en Praga, o a Casanova, en Venecia.
Todos estos escritores fueron paisaje de pensamiento, paisaje de creación literaria, figuración activa y procreadora, insatisfecha y analítica.
Me quedo sorprendido por la prosa pausada y metódica de Casanova en sus memorias. Dice que el exceso no es conveniente. Y lo dice después de haber dejado para los hombres venideros un volumen en que lo que no falta es, precisamente, el exceso. Creo que Casanova, y algunos de los escritores mencionados, escriben estas manifestaciones justamente para deshacerse como paisaje, como pieza del territorio que están escribiendo. A lo mejor es un ejercicio de objetivación, un ejercicio filosófico o ético, en cualquier caso, un desprendimiento del yo que, aposentado en sus costumbres, exige que se les escriba.
Todo esto lo pensaba mientras cogía, de una roca tan gris como un cielo, un puñado de nieve para lanzárselo a M. Ella reía y me miraba como si no fuera yo quien le estuviera lanzando ese montón de agua a sus espaldas, al abrigo morado que la cubría del frío. Entonces comprendí que, al llegar a casa, no tendría más remedio que escribir de ese personaje que deambuló por unas horas por la nieve, que lanzó nieve a la cabeza con la gracia como si las gotitas fueran ángeles que repelen una maldición. Y recordé a Antonio Machado sometido al frío de Soria y al frío de Baeza. Acurrucado en la copa de cisco y escribiendo aquellos versos que desgranaba después de pasear por las calles pétreas y los paisajes olivareros. Eran una cosecha esos paseos, una cosecha que tenía que ser sometida a la reflexión, cuando los pasos quedaban sólo como ecos, espectros de un hombre soñado. Poco a poco, fui atendiendo al sendero que teníamos por delante.
Sin embargo, no pude esperar más tiempo y como llevaba mi moleskine en el bolsillo, a pesar de que mis manos estuvieran anestesiadas, agarré el bolígrafo y comencé a escribir mientras M. recogía algunas piñas del suelo.