lunes, 11 de enero de 2010

Un pintor de hoy. Ayer somos.

Esta mañana me han visitado unos amigos del pueblo. Entre ellos estaba un antiguo compañero con el que compartí vida durante un lustro y pico. D. se tituló en Historia del Arte al tiempo que fantaseábamos con diálogos que desafiaban la noche cubierta de ilusiones. La amistad llegó a fraguar una relación que aún mantiene la misma claridad de entonces y que renueva cada vez que nos vemos, porque sabemos que nuestra educación sentimental brotó de las mismas aguas. Decía que vinieron unos amigos y con ellos los años antiguos; con ellos los tiempos en que uno aspiraba a escribir como quien marca en el agua una línea invisible. Demasiada verdad había en aquellas palabras exaltadas. Estábamos imbuidos por lo que la cultura iba ofreciendo en racimos: un psicólogo, un pintor, un estudiante de Historia del Arte y un filólogo con vagas aspiraciones literarias.
No deben caer en el olvido todas las interpretaciones que perpetrábamos del mundo; no deben convertirse en pasto del olvido. Por eso, con la visita de este amigo, he querido escribir los recuerdos que le acompañan y que me pertenecen tanto como a él. Sin embargo, aquellas vidas que compartimos durante tantas horas ya no nos pertenecen a ninguno de los cuatro. Son recuerdos, imágenes que encrespan la memoria y que ofrecen el dictado rumoroso de otros tiempos. Aquellas vidas han quedado relegadas a lo que recordamos de ellas y es posible que David ni siquiera se haya dado cuenta de que mientras hablaba de su trabajo, de sus últimos logros y de sus manías modernas, yo no le quitaba la mirada de encima, porque pretendía ver a través de sus ojos la luz, la certeza de que fuimos nosotros.

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Un pintor de hoy, de John Berger está cargada de páginas hermosas que reflexionan sobre la creación artística y sobre la figura de un pintor que trabaja incansable y decididamente en su obra. Son varias las virtudes de Janos Lavin, el pintor húngaro que desparace, el escritor del diario que se encuentra un amigo y que vertebra la novela.
Comparto muchas de las sentencias que atraviesan el diario, más allá de proclamas m´´as o menos a favor de tendencias políticas que han quedado resueltas en otros finales.
“El día libre que me tomé ayer terminó fatal. El pintor no debe dejar la pintura nunca”. Hago extensivas esas palabras para los escritores y esa es la sensación que me persigue después de esos llamados días libres, horas sueltas, tiempo libre en que uno se siente cualquier cosa menos eso, libre. A este tipo de declaraciones en referencia al trabajo diario y al compromiso del artista se suman otras de corte más filosófico y teórico, en que se mezclan propiedades del dibujo con el pensamiento en clave metafórica: "Si uno dibuja una serie de líneas paralelas bastante juntas y luego otra serie de líneas en sentido diagonal, cruzando a las primeras, tendrá el ejemplo visual más sencillo del proceso dialéctico. Lo que se suele llamar una retícula. Ahora bien, si observas los diamantes, recordando que cada uno de ellos ha de ser dibujado, te abruma la envergadura y la complejidad de la tarea. Esos diamantes son como el futuro por el que trabajmos. Hay que tener valor. Ya tenemos la primera serie de líneas: sólo nos falta cruzarlas". Este cruce entre la vida y el arte es un tema que me fascina desde antiguo, porque considero que la distancia sobre la vida de uno otorga la virtud del mirar y del escribir, por eso Pesooa ha estado siempre delante de las páginas que he escrito, y Cervantes, y Kafka y Proust.
En algunas páginas se deja ver la maestría y el conocimiento del propio Berger disueltos en boca de Janos Lavin: “El rosa y el ocre, con una pizca de cobalto para envejecerlos, despiden más calor, más temperatura que el cadmio o el cromo puros. El calor es una cuestión de la relación de los azules con el resto. El calor es resonancia, no brillo”. Hay profundidad literaria en pasajes como éste, como de las mismas manos que quedan embadurnadas con pastel u óleo. No deja de sorprenderme otro tipo de advertencias del tipo: “La actividad más profunda de todas es la de dibujar. Y la que más exige”. Detalles concretos, aspectos singulares de la pintura que no frenan en el lector sus ansías de deleite. ¿Cuál sería la actividad literaria más profundad y la que más exige? La poesía es mi respuesta, sin duda.
Sin embargo, las entradas del diario de Janos Lavin que más y mejor he saboreado han sido las que tejen relaciones entre el arte del Renacimiento y el arte moderno. Las relaciones que establece son continuas, del tipo: “¿Cuánta gente cree que en el Renacimiento hubo grandes dibujantes a montones? Pues no hubo tantos. Sólo tres o cuatro artistas renacentistas pueden equipararse con Degas como dibujantes. Lo que tenía el Renacimiento era un método, una forma de dibujar; entonces, una persona podía enseñar a otra a dibujar. Hoy faltos de método y de tradición, una persona sólo puede decirle a otra: observa la naturaleza. Obsérvala y haz lo que puedas con ella sobre el papel”. Me pregunto si es posible trasladar estas reflexiones a la literatura. Considero que en el Renacimiento había un método, un principio, la imitatio, la lectura de Horacio, Petrarca, Virgilio o Dante y que quizás ese era el método con el que un escritor observaba la naturaleza. Ahora..., sí, obsérvala, obsérvala y escribe lo que puedas, a pesar de lo que puedas equivalga a sombra, a humo, a polvo, a nada.