lunes, 1 de agosto de 2011

Como los caníbales, algunos acuden al lugar en que huele a sangre y allí se asientan y comienzan a gobernar, aunque sea en solitario. Lo dejo escrito en 2011 para que, dentro de unas décadas, el lector pueda comprobar que el ser humano sigue siendo el mismo mojón vanidoso en la Tierra desde sus orígenes. Es lo que me ha parecido una encuesta en un medio pseudo-cultural de tirada nacional en que se preguntaba por las bitácoras literarias más interesantes. Desde luego el compadreo ha salido a la luz y sobre todo, la necesidad de sacar en vivo a ciertos nombres que han llegado a las bitácoras hace pocos minutos y que, siendo buenos escritores, lo único que hacen es colocar sus artículos o sus ponencias o sus refritos en otro formato, simplemente.

Es paupérrima la información que se ofrece en la reseña, ya que existe en este país una editorial, -no diez ni veinte-, dedicada a la publicación en papel de ciertas bitácoras y no aparece nombrada por ninguna parte; ni siquiera se expone a las claras cuáles han sido los criterios de los que han votado o mencionado a los otros.

Escribo todo esto motivado por una náusea que no viene de este minucia sino de un malestar generalizado, un estupor que va acrecentándose cada vez que la literatura es objeto de discusión o de trato en los medios de comunicación o en editoriales que siguen unos ideales políticos. Así que, entre la incertidumbre y los suplementos de aguachirle, tiene un que quedarse mudo ante el espectáculo aunque, en esta ocasión, me haya salido una pedorreta que no pude contener o en otras crea que el circo de pulgas fue una gran metáfora.


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Al final de las páginas de Confesiones de un burgués, de Sándor Márai, declara el escritor: “la soledad es un elemento vital para el escritor”. Así lo creo. Mientras que para una gran franja de la sociedad la soledad es un indicio de fracaso, de vida insostenible, de desorientación o de cualesquiera de las ramas de la muerte en vida, para el escritor es muerte dadora de vida, porque en la soledad comienza la búsqueda perenne de un secreto que se aloja en el interior y que solo es posible escuchar solo, tan solo, que hay que dejarse a uno mismo en la vereda.

En el mismo capítulo, Márai sigue profundizando en el concepto que había sugerido y escribe lo siguiente: “ Los poetas -Mallarmé, Baudelaire, Goethe- me hablaban muy de cerca, con una voz familiar que no pertenecía ni a un parentesco ni a un estilo ni a una ideología. Uno pertenece a una familia espiritual. La soledad del escritor solo está poblada por ese tipo de almas, nunca por amigos o amantes?”