miércoles, 17 de agosto de 2011

Siente la orfandad del ingenio y de la virtud. Se ahoga en los merodeos de sí mismo. Falaz engaño de enunciados tristes, renuncia exacta de los ecos vivos.

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Huelga decir que el escritor de diarios reflexiona continuamente sobre la propia escritura de diarios. A poco que uno lea algún volumen al azar de este género, puede comprobarlo. He pensado sobre ello de un tiempo a esta parte y quiero expresar algunas cuestiones al respecto, aunque sea de forma inconexa o a modo de esbozo.

Creo que el escritor de diarios puede igualarse en ocasiones al escritor de poemas. No quiero decir con ello que el resultado verbal pueda igualarse, estoy señalando la condición de la escritura por parte del escritor. Es, quizás, el diario la forma narrativa en que se ha ido resguardando cierta pureza de la escritura y del hecho literario. En él pueden darse todas las experimentaciones formales y sustanciales de cualquier índole, puede divagar por los temas que quiera; puede sufrir elipsis enormes y el escritor puede optar por el narrador que le venga en gana sin que nada, al final, quede trocado o modificado.

No cualquiera se plantea escribirlo y, menos aún, mantenerlo durante décadas o lustros. Hay, por el contrario, en esa escritura, un profundo ahondamiento en el espíritu del ser humano, pues, indagar en las entrañas de un solo hombre es hacerlo de la humanidad entera.

Hasta aquí llego, pues no sé explicar con entereza lo que quiero transmitir. Perdóneme, lector, estas torpezas de aprendiz, pero supongo que habrá quien será siempre un aprendiz.

Por otro lado, el destinatario de esos textos –que ha sufrido en la época contemporánea una evolución notable- ha sido siempre el interesado en los vericuetos de la vida de un escritor que ha escrito otras obras supuestamente mejores. Por ejemplo, se han interesado por los diarios de Kafka para entender mejor -piensan- algunas piezas mayores de su producción. Sin embargo, puedo decir que la mejor obra de Julio Ramón Ribeyro son sus diarios y lo mismo sucede con Márai, Renard, Cheever, Pla o el propio Trapiello, entre otros, cuyas obras no alcanzan la entereza de sus páginas de diarios. De ahí la diarivela trapiellana, la mezcolanza literaria de un discurso nuevo. Podríamos incluir obras que no son tomadas con el marbete de diarios, pero cuya sustancia biográfica evidencia una impronta decisiva. Me acuerdo de Montaigne o de Chateaubriand. ¿No es acaso la lectura de un diario un pacto ficticio en la comunicación literaria? ¿Cuál es el molde comunicativo en que debemos enrolarnos para entender estas obras; uno fronterizo entre el mundo real y el ficcional o debemos elegir uno de los dos sin más miramientos?

En fin, sean cuales sean las respuestas a estas disquisiciones apenas abocetadas, sigo preguntándome por la naturaleza de estas páginas que brotan incesantemente y que, cada vez, me alejan más de algunas convicciones antiguas. Solo tengo que releer algunas páginas escritas hace tiempo para comprobar que ya nada parece ni siquiera el reflejo de lo que fue y que, con seguridad, la imagen total del hombre que las vive y escribe será distinta de todas las supuestas imágenes que quiera proyectar ahora, desde la vida narrada. El lector del futuro se comunicará con estas páginas, -si es que alguien lo hace alguna vez- con pactos y sensaciones distintas a las que cree uno ahora. Pero, ¿no es mágico, acaso, saber que serán leídas como nunca antes lo fueron, que serán leídas como nunca antes había imaginado?