miércoles, 17 de agosto de 2011

Llevo dos noches sin dormir y ya es habitual que, durante el verano, el insomnio se apodere de las noches calurosas de agosto. Dos noches no son demasiadas si tenemos en cuenta que, en otros años, pude haberme llevado hasta quince días sin dormir de continuo. Decía que llevo dos noches sin conciliar el sueño y lo que hago es aprovechar esa circunstancia para explorar la noche como nunca lo realizo. Los sonidos, la oscuridad, la quietud, percibidas como claves jamás desentrañadas de una cábala.

Mi figura, en esta oscuridad de trigo, es diminuta, casi imperceptible. Penetro en la noche leyendo a Thomas Mann, Doktor Faustus. En esta obra puede uno leer páginas que trascienden la significación más superficial: “Del encuentro de la grandeza y de la muerte nace una objetividad hasta cierto punto convencional, cuya soberana belleza supera a la del más desenfrenado subjetivismo porque en ella lo exclusivamente personal, el dominio de una tradición llevada a su más alta cumbre, se supera a su vez y, en plena grandeza espiritual, accede a lo mítico y a lo colectivo”. ¿No es exactamente lo que predican estas palabras lo que me sucede en esta noche, en la noche toda? La muerte en el sueño, el desvelo, el subjetivo mundo que se objetiva en la noche y en el silencio. El silencio es la objetiva presencia de lo bello.

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Los homenajes a FGL protagonizados por pseudopoetas de todas las edades, es el peor homenaje que pudiéramos ofrecer. Qué panorama y qué catadura ética de los poetas españoles.

En primer lugar, habría que decirles a los poetas más jóvenes que lo lean. Todos dicen, como tenores huecos, que FGL es muy importante en su poesía y para su poesía. Habrá que ser memo para argumentar la importancia del poeta tomándose a sí mismo como ejemplo de virtud. Sinceramente, estos artefactos esperpénticos me irritan demasiado de un tiempo a esta parte. Otra dice, para colmo, “escribo poemas porque leí a FGL”. No puedo dejar esta nota de paso sin decir que la elegía por antonomasia de nuestra lengua la escribió Jorge Manrique.

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Vuelvo a la luminaria de la noche. En la música no existen voces secundarias, porque todas son necesarias para que la composición sea plena. Sin embargo, en la poesía se escriben demasiados versos secundarios que nada vienen a aportar a la polifónica presencia del discurso lírico. Un verso, cualquier verso, debe ser escrito como el elemento capital de la composición, no puede ceder el poeta al pasaje oportuno. Eso pertenece a la narrativa. El poema es, como decía Vallejo, un organismo vivo, orgánico.