jueves, 18 de agosto de 2011

Escribió Gracián en Arte de ingenio o Tratado de la agudeza: “son los conceptos hijos más del esfuerzo de la mente que del artificio; salen a la luz sin magisterio”, y no puede tener más razón, pues el concepto horada en las dimensiones del talento del escritor de forma natural, sin aspavientos, demostrando un magisterio único y personal que proviene de la mente, esto es, de su inteligencia. Si tenemos en cuenta que inteligencia y lector comparten étimo (del indoerupeo leg*y también en el griego legein) la apreciación de Gracián es perfecta en tanto en cuanto el proceso de escritura y lectura se produce de continuo y recíprocamente.

En este sentido, los escritores que han alcanzado un lenguaje (entendido en sentido muy amplio) personal, una manera singular de expresar literariamente lo sentido, perviven sobre todo en esos giros, en lo que Alonso llamaría el daimon espiritual. Lo creo así en la mayoría de los casos, pero cuando el poeta se entrega únicamente a un credo estético corre el riesgo de agotarse en las formas manidas de esa estética que ya están presentes en la perspectiva del lector. ¿Qué esperamos de la poesía social, por ejemplo? Sin duda, comienzan a dispararse una serie de estructuras, temas y inferencias que podrán encontrarse en buena medida.

Sucede lo mismo cuando un escritor fundamenta toda su escritura en dos o tres figuras retóricas o tropos que, después de la repetición, vienen a desmayarse entre las manos del lector avisado. Por este motivo, el escritor deberá proseguir por donde crea que su campo de expresión podrá ser más fecundo y duradero, tanteando por un lado y por otro, concediendo la oportunidad a la palabra vedada en principio. Hay recursos, como la imagen o el hipérbaton, que pueden funcionar a la perfección cuando son dosificados con mesura, pero pueden saturar, igualmente, el entendimiento del lector si son usadas sin criterio, únicamente por la facilidad del escritor al ejecutarlas o por la simple imitación, burda, de poetas que pensamos excelentes.

Por tanto, Gracián estaba definiendo el concepto (lleno de matices en la época) en la poesía que surge sin magisterios previos, sin artificios establecidos, sino de forma natural, luminaria, como el aire que penetra en los pulmones sin ser notado y luego se expulsa para que pertenezca al mundo.