martes, 30 de agosto de 2011

DEBERÍA uno dedicarse a la labranza y al huerto y quedar callado como esos campos de hortalizas que solo nombran el fruto maduro y necesario, el que vive y otorga vida. Unir unos buenos aperos del campo y someterme todas las mañanas a la crecida de los frutos. Ahí podría medir quién soy rotundamente y podría expulsar todo lo nefasto de la vida moderna: las obsesiones, lo histriónico de estos tiempos ungidos con lo vacuo. Me falta la templanza del trigo y la solemne erupción de la vid. En esos campos, durante la vendimia, por ejemplo, tendría la posibilidad de acariciar los sarmientos como si fueran himnos sustraídos de la noche.

Creo que sería algo fabuloso, sí, alejado de todo escarnio social y que sería un compromiso personal como ningún otro. El más íntimo y profundo decidido nunca. Acompañado por el frío de la madrugada, arropado solo por la lengua de las lomas, iría al encuentro de la tierra para extraerle el fruto. Con paciencia, con la paciencia perdida de lo contemporáneo, iría sometiendo la siembra y la labranza a sus tiempos más ajustados. Lentamente, con la cadencia del sol entre las eras, escuchando la voz de los muertos y los antiguos labradores que cantan, como ahora recita su letanía la tarde. En esas incursiones agrícolas, podría uno recitar, de vez en cuando, los versos de Virgilio o leer en voz alta pasajes en latín de Cornelio Nepote o reivindicar la supremacía de la luz sobre todos los infinitos que auspicia Leopardi en su poesía. Todo este delirio repentino responde a un malestar que asoma todos los veranos después de la paz contemplada.

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SI alguien me ofreciera un don, le pediría el saber del silencio. Porque en él se encierran todos los actos que, cuando no se realizan, dictan la figura del hombre.

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A LA TAREA diaria de escribir y de leer suma uno otros menesteres. Asuntos del trabajo y otras cuestiones que se cruzan cuando nadie las espera. No he aprendido todavía la lentitud de las encinas para incorporarlo a mi vida. Si existe algo que me turbe es el compromiso personal, ya que, es, en ese estadio de la vida, en donde selecciona uno sus prioridades. Y siempre he creído, y así actúo, en que la dignidad se derrama en esos compromisos secundarios. Me aterra fallar, no quedar en la perspectiva creada. Me aterra tanto como si todo se redujera a una letra, a la letra T., por ejemplo.

Como filólogo, me apasiona todo lo que se vincula con la disciplina, hasta el punto que quiero realizar estudios de doctorado sobre algunos de los poetas del Siglo de Oro que persigo por archivos y bibliotecas. Cuando este arrebato se templa, asoma la manía de escribir. ¿O es al revés, primero la manía y después la pasión? Es cuando todos los deseos se vuelcan a la escritura de la poesía o de las anotaciones en un diario. Existe otra dimensión: es la lectura. Todo me parece que debiera subordinarse a ella, establecerse siempre y cuando rindamos cuenta diaria de las horas de lectura que hemos desarrollado. Leer, escribir, desarrollar el espíritu en la palabra contemplada. No es este el orden pertinente que defiendo, porque quizás, a estas alturas de la vida, no tengo la claridad necesaria para ello. El día que la encuentre y lo vea todo más claro, decidiré sin remiendos. Hasta entonces, la vida seguirá incursionándose por los compases solemnes del estudio, la proteica sustancia de la lectura y por esta, cada vez más triste y desustanciada, escritura de diario cuyo sujeto se diluye una y otra vez, una y otra vez.

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EL PASADO reaparece al fin de cada ciclo porque nunca fue, es. Constante e inevitable, se degrada en el devenir del tiempo. Es como el sueño de un dios: el hombre se despierta Es una discordia latente. Como la poesía, es una totalidad irreemplazable, viviente, verdadera traducción que recrea en sí misma con elementos finitos.

Hay un cambio sustancial entre el poeta que funda y perpetúa lo que funda y el panfletario. Mientras el primero media entre la sociedad y su ser, el segundo propaga en la masa, como decía Octavio Paz, “las concepciones de su jerarca”.

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ACLARA el Diccionario de Autoridades, -acaso el diccionario que más disfrute otorga-, que histriónico es “lo que toca y pertenece al histrión”. Y, por ende, histrión es “el que representa disfrazado en las comedias o tragedias”, ¿qué es sino la otredad que asoma en el escenario sino los desmanes que hacemos inconscientemente, como si fuéramos histriónicos que representan la tragedia cómica de nuestra vida? Cuánto ridículo actúo cuando me roban el guión.