miércoles, 31 de agosto de 2011

CANTA, mi corazón, los jardines que tú no conoces, los vastos bronces de la aurora forjada en el emblema de luz y de silencio. Recita el ungüento fijado en tu cuerpo de encierro, recupera los odres de tu noche asolada. Retén, retén la maleza que embrida la sed y la huida. Hazte en el magma canto irradiante de lo que nunca habitaste.
Valemos como lo que somos al margen de lo perenne y solo en lo interno resucita lo bello, porque Orfeo descendió a la resurrección de la belleza, quiso traerla de nuevo a la luz de los mortales sin memorizar sus pisadas, sin fijar la llama desdoblada y fulgurante de su tiempo.
Así, destrozados por las ménades, resistimos el fulgor del tiempo en nuestras carnes, la tirante sentencia en nuestras carnes, la sumaria mortalidad en nuestras carnes.Somos aliento de Orfeo que pervive en la respiración que indagará donde nunca fuimos antes. Canta, mi corazón, los jardines que edifican la callada cumbre raíz del origen que no puede olvidarse. Trae tu canto aromas de nenúfar, trae la lira angosta del ancho cielo. Albos espacios mustian la contemplación. También entre las ondas fuego enciendes.

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EL ÚLTIMO libro que compré en Madrid fue un volumen de Azorín titulado Los dos luises y otros ensayos, editado por Rafael Caro Raggio, en Madrid, en 1921. Se lo compré a un chamarilero del Rastro justo cuando estaba colocando una caja de frutas en una esquina repleta de pájaros.
El libro recoge dos ensayos, uno sobre fray Luis de Granada y otro dedicado a fray Luis de León. Son curiosas las palabras que principian el libro, pues deja aclarado Azorín la intención última de su escritura: “En estas páginas he reunido algunas notas de lector. Leo por placer, y no por enterarme de las cosas, no por atesorar erudición. Solo por este planteamiento, tan cercano a eso que denomino escribir la lectura, compré el libro sin más miramientos.
A poco que uno prosiga con la lectura, se encuentra con esas perlas que, en la sintaxis limpia y bien trabada de Azorín, es costumbre que el autor deje: “El reino del mundo está en el espíritu”.
El apartado dedicado a otros ensayos es una suerte de miscelánea que ofrece las impresiones del propio Azorín sobre Garcilaso (“exquisita y rara conciliación de la realidad y el arte”), Góngora (“el juego de la luz sobre los bellos muebles, la argentería brillante, las gradaciones de la luz,…todo eso es Góngora”), Calderón (“En él llega la lengua castellana a su máximo grado de rotundidad y brillantez”), Cervantes (“guardamos en el espíritu un voltear ligero y grato, sin finalidad ninguna, inconsciente, sobre los mares azules, por entre unas islas encantadas”) y Ercilla (“pintura de batallas, de los encuentros, de los singulares rieptos que españoles y araucanos tienen”). Lo cierra un epílogo que comienza: “He leído por placer”; para concluir con unas líneas divagatorias que acercan al escritor a un idealismo puro: “El espíritu está sobre la materia, mueve el mundo. Lo imperecedero es la poesía, es la especulación desinteresada y pura, es la abnegación y el sacrificio, es la niebla sutil e impalpable de la Idealidad”.

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LA POESÍA tendría que apuntar hacia esa dimensión que Homero dejó establecida: el héroe no es instrumento de un dios. Por tanto, debiera profundizar ésta, como lo hizo Hölderlin, Rilke o JRJ, en el tema del destino, de la arquitectura del cosmos, y debería hacerlo sin dogmatismos, solo estableciendo una conexión con las ínsulas extrañas y las sílabas prendidas de la conciencia de la mortalidad.
El poema no puede ofrecer una desgarradura en su sustancia, pues es el territorio en que la discordia solo puede permanecer latente. El discurso poético no es solo de este mundo, sus referentes atisban lo que no puede entenderse. Es por ello por lo que la poesía es ingobernable para los que quieren controlarla con instrumentos extrapoéticos y es por ello, igualmente, que, cuando un bardo moderno es comisario de lo no poético, su obra se destruye en las aguas de la evidencia.