miércoles, 24 de agosto de 2011

PODRÍA uno inventarse sus orígenes literarios para que cuando dejemos de escribir podamos decir lo que Néstor Almendros: “Se me acabó la épica”. Este aserto es tan irónico y a la vez tan literario, que puede utilizarlo cualquier escritor al que le ha llegado el síndrome bartleby. La recuerda Vila-Matas en el prólogo de En un lugar solitario, publicado recientemente. Desde que la leí, me ha parecido una manifestación perfecta para su asunto. La épica de lo cotidiano a la que se le acaba el carrete era la misma que detonaba la imaginación de los orígenes. Lo épico es origen y por eso necesita enturbiarlo, para que nunca nadie lo descifre. Para ello se sirve de la mezcla conveniente entre realidad y ficción, entre realidad y deseo de lo que fue. Esa es la desgracia fieramente humana.

Los orígenes personales de la relación con la literatura deben contener alguna implicación fortuita, simbólica, para que se sostenga durante décadas. ¿Por qué, hasta un tiempo, no te preocupó escribir y de pronto tu vida se convirtió en eso de continuo? Podríamos utilizar una metáfora parecida al soplo divino o a la conversión religiosa o al descubrimiento forzado de la realidad velada. La épica del símbolo aguanta mejor que otras la narración de un acontecimiento probablemente construido por nuestra imaginación.

Ninguno de los artistas proclama que pinta o compone por la gracia de la realidad. Los hay, como Lorca, que combinan la gracia de dios con la técnica, pero la mayoría parte de él mismo como el buscador, el arqueólogo, el detonante de la escritura en sus manos. El arte existe porque existo yo, de mí emana. ¿No será al revés y es por eso por lo que han existido muchos artistas; no será que la condición humana puede desarrollar una sensibilidad hacia la realidad que provoca que esta se apodere de nosotros?

El sujeto agente siempre es el artista. Hice, comencé, intento…sin darse cuenta de que unas coordenadas precisas y mermadas son las que propicia el encuentro. El arte existe antes y después del artista, él únicamente puede rubattearlo, oxigenarlo, acaso mostrar lo que todavía nadie ha podido mostrar. No es que él lo invente, sólo lo desvela porque ya era.

Así que, los orígenes literarios propios los concibo como un estado latente, tal y como hablaba Menéndez Pidal de la lírica primitiva, que anidaban en la conciencia y que se despertaron gracias al concierto y el jalón de la realidad. El resto, es sabido, es búsqueda en vida de ese origen que jamás se alcanzará a las claras.